
A través del espejo: la partida de Alicia
38 min · Clásicos de la literatura

Historia para dormir · Clásicos de la literatura
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Orgullo y prejuicio, de Jane Austen
Es una verdad universalmente reconocida que un hombre soltero, poseedor de una gran fortuna, necesita esposa. Al menos, así lo entendió la señora Bennet cuando supo que Netherfield Park había sido alquilado por el joven señor Bingley, dueño de cuatro o cinco mil libras anuales.
—Querido señor Bennet —dijo a su marido—, debe usted visitarlo en cuanto llegue.
—No veo por qué.
—¡Por nuestras hijas, naturalmente! Piense que podría enamorarse de una de ellas.
El señor Bennet, hombre irónico y reservado, dejó que su esposa se impacientara antes de revelar que ya había visitado a Bingley. La noticia llenó la casa de conjeturas. Jane, la mayor, era hermosa y serena; Elizabeth, vivaz y perspicaz; Mary buscaba distinguirse por sus conocimientos, y las menores, Kitty y Lydia, pensaban sobre todo en oficiales y bailes. En la asamblea de Meryton, Bingley confirmó las mejores esperanzas de la señora Bennet. Era apuesto, afable y bailó todas las piezas. Sus hermanas vestían con elegancia; pero quien atrajo más miradas fue su amigo, el señor Darcy. Se decía que poseía diez mil libras al año y una magnífica propiedad en Derbyshire.
La admiración duró poco. Darcy parecía orgulloso, distante y poco dispuesto a complacer. Bingley, en cambio, pidió dos veces la mano de Jane para bailar y mostró hacia ella una preferencia evidente.
—Jamás he visto tantos rostros agradables —le dijo después a Darcy—. Y la señorita Bennet es la criatura más hermosa que he contemplado.
Al ver a Elizabeth sentada durante una pieza, quiso que su amigo bailara con ella.
—Es bastante tolerable —respondió Darcy, mirando a Elizabeth—, pero no lo suficientemente hermosa para tentarme.
Elizabeth oyó aquellas palabras. En lugar de abatirse, las contó luego con gracia a sus amigas; pero su opinión sobre Darcy quedó fijada.
Al regresar a Longbourn, la señora Bennet celebró el triunfo de Jane y censuró con indignación al hombre más desagradable del mundo. Jane habló de Bingley con cautela, aunque había quedado encantada por su carácter. Elizabeth, que conocía bien el corazón de su hermana, advirtió que aquella inclinación comenzaba a ser correspondida.
Así, la llegada a Netherfield abrió dos caminos: uno parecía conducir dulcemente a Jane hacia Bingley; el otro empezaba con una ofensa, una risa contenida y el firme prejuicio de Elizabeth contra el orgulloso señor Darcy.
Pocos días después, Jane recibió una invitación para cenar en Netherfield con Caroline Bingley y su hermana. La señora Bennet, al ver el cielo cargado de lluvia, se negó a prestarle el carruaje y la envió a caballo, confiando en que el temporal la obligaría a pasar allí la noche.
Su cálculo resultó demasiado acertado. Jane llegó empapada y, a la mañana siguiente, escribió que se encontraba enferma. Elizabeth, alarmada, partió a pie hacia Netherfield. Cruzó campos embarrados, saltó cercas y llegó con las medias sucias y las mejillas encendidas por el ejercicio. Bingley la recibió con verdadera preocupación y la condujo hasta Jane, que tenía fiebre y no podía regresar a Longbourn. Elizabeth decidió quedarse a cuidarla.
Su aparición provocó juicios muy distintos. Caroline Bingley y la señora Hurst se burlaron de su aspecto en cuanto salió de la habitación.
—Caminar tantas millas, sola y cubierta de barro… ¡Qué conducta tan impropia!
Darcy, sin embargo, había advertido que el esfuerzo daba mayor brillo a los ojos de Elizabeth. Cuando Caroline le preguntó si aquella aventura había disminuido su admiración, él contestó serenamente:
—En absoluto. Sus ojos estaban más hermosos por el ejercicio.
Caroline, que deseaba para sí la atención de Darcy, recibió la respuesta con disgusto. Durante los días siguientes, Elizabeth permaneció junto a Jane. En el salón se encontró repetidas veces con Darcy. Él observaba su inteligencia, su vivacidad y la firmeza con que defendía sus opiniones. Elizabeth, todavía herida por el desprecio sufrido en Meryton, interpretaba sus miradas como señales de censura.
Una noche, Caroline invitó a Elizabeth a pasear por la habitación para exhibirse ante Darcy. Él comprendió la maniobra.
—¿No desea acompañarnos? —preguntó Caroline.
—No —respondió Darcy—. Solo pueden tener dos motivos para caminar juntas: confiarse algún secreto o mostrar sus figuras. En ambos casos, las contemplaré mejor desde aquí.
Elizabeth se rio y replicó que resultaba difícil castigarlo, pues no admitía burlas. Darcy sostuvo que nadie estaba libre de defectos; ella declaró que el suyo era inclinarse a comprender mal a los demás.
—Y el mío —dijo él— es el resentimiento. Una vez perdida mi buena opinión, se pierde para siempre.
—Ese sí es un defecto peligroso —contestó Elizabeth.
Jane mejoró finalmente, y ambas hermanas regresaron a Longbourn. Elizabeth abandonó Netherfield convencida de que Darcy era orgulloso e implacable. Él, en cambio, quedó inquieto al descubrir cuánto empezaba a atraerle una mujer cuya familia y posición consideraba inferiores.
Cuando Jane y Elizabeth regresaron a Longbourn, encontraron una novedad: el señor Collins, primo del señor Bennet y heredero de la propiedad, había llegado para visitarlos. Era un clérigo alto, solemne y pomposo, incapaz de pronunciar una frase sencilla si podía convertirla en discurso. Hablaba sin cesar de su protectora, lady Catherine de Bourgh, cuya grandeza, sabiduría y condescendencia parecían justificar cada una de sus opiniones.
Había venido, según explicó, para reparar la futura injusticia de heredar Longbourn a la muerte del señor Bennet. Su medio de reconciliarse con la familia consistía en casarse con una de sus primas. Jane atrajo primero su atención; pero la señora Bennet le insinuó que quizá estuviera próxima a comprometerse. El señor Collins trasladó entonces sus propósitos a Elizabeth con admirable rapidez. Poco después, las jóvenes Bennet fueron a Meryton. Allí conocieron al señor Wickham, un oficial de maneras agradables, conversación fácil y aspecto distinguido. Mientras hablaban con él apareció Darcy, acompañado de Bingley. Darcy y Wickham se miraron: el primero palideció; el segundo se ruborizó. Aquel intercambio silencioso despertó de inmediato la curiosidad de Elizabeth.
Días después, en casa de la señora Phillips, Wickham se sentó junto a ella. Al mencionar Elizabeth que conocía al señor Darcy, el oficial le confió su historia.
—Su padre fue mi padrino y me quiso como a un hijo. Me destinó una buena posición en la Iglesia; pero, al morir, Darcy desoyó sus deseos y entregó el beneficio a otro.
Elizabeth escuchó indignada.
—¿Cómo pudo actuar así?
Wickham respondió que los celos habían guiado a Darcy desde la infancia. Añadió que no deseaba difamarlo, por respeto a la memoria de su padre, aunque también habló con amargura del orgullo de la familia y de lady Catherine, tía de Darcy.
El relato encajaba demasiado bien con cuanto Elizabeth ya creía saber. Recordó el desaire sufrido en el primer baile, la reserva y altivez de Darcy, y aceptó las palabras de Wickham sin exigir pruebas. Su simpatía por el oficial creció al mismo tiempo que su aversión hacia Darcy.
Jane, más cauta, sugirió que debía de existir algún malentendido entre ambos. Elizabeth no quiso admitirlo. Para ella, la amabilidad de Wickham era garantía suficiente de sinceridad, y el orgullo de Darcy, prueba anticipada de culpabilidad. Así, antes del próximo baile en Netherfield, su juicio parecía ya decidido.
Elizabeth llegó al baile de Netherfield esperando encontrar a Wickham, pero el oficial no apareció. Denny explicó que había sido enviado a Londres; Elizabeth sospechó de inmediato que evitaba a Darcy y se sintió aún más indignada contra este.
El señor Collins, decidido a distinguirse, reclamó los dos primeros bailes de Elizabeth y los ejecutó con tan solemne torpeza que ella apenas pudo contener la vergüenza. Después, para su sorpresa, Darcy se acercó y le pidió la siguiente pieza. Elizabeth aceptó antes de recordar que había resuelto rechazarlo.
Bailaron casi en silencio. Ella mencionó a Wickham con intención provocadora.
—El señor Wickham posee un talento singular para hacer amigos.
El semblante de Darcy se endureció.
—Sí; pero conservarlos es menos seguro.
Elizabeth no obtuvo más respuesta. Cada uno se retiró convencido de haber comprendido al otro, aunque ambos se equivocaban. La velada empeoró cuando la señora Bennet habló, con voz bastante alta para ser oída por Darcy, de la próxima boda de Jane y Bingley como si ya estuviese acordada. Mary cantó demasiado y el señor Bennet tuvo que detenerla; Collins se presentó pomposamente ante Darcy sin respetar rango ni conveniencia. Elizabeth contempló a su familia con creciente humillación. Solo Jane mantuvo su dulzura, aunque Bingley parecía tan atento como siempre.
A la mañana siguiente, Collins solicitó hablar a solas con Elizabeth. Enumeró sus razones para casarse: el deber de dar ejemplo como clérigo, el consejo de lady Catherine y la conveniencia de elegir esposa entre las Bennet. Luego le ofreció su mano.
—Le agradezco el honor, pero no puedo aceptarlo —respondió Elizabeth.
Collins creyó que aquella negativa era coquetería.
—Soy perfectamente seria. No podría hacerle feliz, ni usted a mí.
La señora Bennet exigió que su marido obligase a Elizabeth. El señor Bennet dictaminó:
—Tu madre no volverá a verte si no te casas con Collins; y yo no volveré a verte si lo haces.
La negativa quedó firme.
Herido más en su vanidad que en su afecto, Collins trasladó pronto sus atenciones a Charlotte Lucas. Charlotte, a los veintisiete años, sin fortuna ni ilusiones románticas, aceptó casarse con él por seguridad económica.
Cuando se lo comunicó, Elizabeth quedó atónita.
—¡Comprometida con el señor Collins!
Charlotte defendió serenamente su decisión. Elizabeth no pudo aprobarla, pero comprendió que su amiga había escogido, con plena conciencia, el porvenir que juzgaba posible.
Pocos días después del baile, el señor Bingley partió hacia Londres con intención, según dijo, de regresar pronto a Netherfield. Pero sus hermanas y Darcy le siguieron casi de inmediato, y Caroline escribió a Jane anunciándole que todos permanecerían en la capital durante el invierno.
La carta, bajo una cortesía estudiada, dejaba traslucir algo más. Caroline hablaba con entusiasmo de Georgiana Darcy y sugería cuánto deseaba verla unida a Bingley. Jane leyó aquellas líneas sin quejarse, aunque su esperanza quedó herida.
—Caroline está convencida de que su hermano no volverá —dijo—. Tal vez yo haya interpretado mal sus atenciones.
Elizabeth no aceptó aquella explicación.
—No. Bingley te quiere. Sus hermanas desean apartarlo, y Darcy, seguramente, las ayuda. Todos creen que pueden decidir por él.
Jane se resistió a juzgarlos con dureza. Prefería pensar que Bingley era inconstante antes que atribuir mala intención a sus amigos. Entretanto, Charlotte Lucas se casó con el señor Collins. Antes de marcharse a Hunsford, pidió a Elizabeth que la visitara.
—No soy romántica —le recordó—. Solo deseo un hogar confortable.
Elizabeth no podía aprobar aquella elección. Collins le parecía ridículo, engreído e incapaz de hacer feliz a una mujer sensata. Sin embargo, comprendía que Charlotte, a sus veintisiete años y sin fortuna, había escogido la seguridad que la sociedad apenas permitía alcanzar de otro modo.
En enero, Jane viajó a Londres para alojarse con sus tíos Gardiner. Elizabeth esperaba que allí se encontrase con Bingley. Jane escribió enseguida a Caroline, pero transcurrieron semanas antes de recibir una visita. Cuando Caroline apareció, fue fría y apresurada; después no volvió.
De Bingley no hubo noticia. Jane acabó admitiendo que se había engañado, aunque seguía disculpando a todos.
—Si él no siente ya lo mismo, procuraré olvidarlo —dijo.
—Podrás resignarte —respondió Elizabeth—, pero no me convencerás de que sus hermanas son inocentes.
La señora Gardiner, prudente y afectuosa, observó también el interés de Elizabeth por Wickham. Le aconsejó no comprometerse con un hombre sin fortuna. Poco después, Wickham dirigió sus atenciones hacia una joven que acababa de heredar diez mil libras. Elizabeth vio en ello una muestra de conveniencia, aunque lo perdonó con más facilidad de la que habría concedido a otros.
Así, mientras Jane sufría en silencio y Charlotte se instalaba como esposa en Hunsford, Elizabeth se preparó para visitarla, sin imaginar que allí volvería a encontrarse con Darcy.
Elizabeth llegó a Hunsford y encontró a Charlotte instalada en una vida que había organizado con prudencia alrededor de las vanidades de su marido. El señor Collins hablaba sin descanso de su parroquia y, sobre todo, de lady Catherine de Bourgh, cuya residencia, Rosings, dominaba cuanto ocurría en la vecindad.
Lady Catherine recibió a Elizabeth con su acostumbrada autoridad. Le preguntó por su familia, su educación y sus habilidades, y manifestó su asombro al saber que las hermanas Bennet no habían tenido institutriz. Elizabeth respondió con firmeza, sin dejarse intimidar. Poco después llegaron a Rosings los sobrinos de lady Catherine: el coronel Fitzwilliam, afable y conversador, y el señor Darcy. Desde entonces, Darcy visitó con frecuencia la rectoría. Apenas hablaba, pero buscaba la compañía de Elizabeth y escuchaba sus palabras con una atención que ella no sabía interpretar.
Durante un paseo, el coronel Fitzwilliam mencionó que Darcy se felicitaba por haber salvado recientemente a un amigo de un matrimonio imprudente. Elizabeth comprendió de inmediato: aquel amigo era Bingley; la joven, Jane. Su indignación creció al pensar en el sufrimiento de su hermana.
Esa tarde, mientras permanecía sola en la rectoría, Darcy entró inesperadamente. Tras caminar por la estancia con visible agitación, se detuvo ante ella.
—En vano he luchado. No puedo más. Debe permitirme que le diga cuánto la admiro y la amo.
Pero su declaración estuvo acompañada por la confesión de sus escrúpulos: la inferioridad de las relaciones de Elizabeth, la falta de decoro de su familia y el esfuerzo que le había costado vencer su propio juicio.
Elizabeth, sorprendida y ofendida, rechazó su propuesta. Le reprochó haber separado a Jane de Bingley y haber reducido a Wickham a la pobreza.
—Desde el principio —dijo—, su arrogancia, su presunción y su desprecio por los sentimientos ajenos me convencieron de que usted sería el último hombre del mundo con quien podría casarme.
Darcy palideció. Defendió su sinceridad, aunque no negó su intervención entre Bingley y Jane. Después, dominando con dificultad su orgullo herido, se inclinó.
—Ha dicho usted bastante. Comprendo perfectamente sus sentimientos. Perdone que le haya robado tanto tiempo y acepte mis mejores deseos para su salud y felicidad.
Salió de la casa, dejando a Elizabeth temblorosa, agitada por la cólera y por la violencia de cuanto acababa de ocurrir. A la mañana siguiente de la desastrosa declaración, Elizabeth salió a pasear por los alrededores de Rosings. Apenas había avanzado cuando vio acercarse a Darcy. Él le entregó una carta y, tras decir con gravedad que no pretendía renovar las súplicas de la víspera, se marchó.
Elizabeth rompió el sello con manos inquietas. Darcy abordaba primero la separación de Bingley y Jane. Confesaba haber persuadido a su amigo de que abandonara Netherfield y haberle ocultado que Jane se encontraba en Londres. No se arrepentía entonces de su intervención: había observado a Jane y, aunque reconocía la dulzura de su carácter, la había creído indiferente. También aludía, con severidad, a la falta de decoro de la madre y de las hermanas menores de Elizabeth. Sin embargo, admitía que ocultar a Bingley la presencia de Jane había sido una decisión de dudosa justificación. La segunda parte trataba de Wickham. El padre de Darcy lo había protegido y le había destinado una carrera eclesiástica. Pero Wickham renunció a ella y aceptó, en su lugar, una suma de dinero. La dilapidó y, años después, reclamó el beneficio que antes había rechazado. Darcy se negó.
Aún quedaba una revelación más dolorosa. Wickham había conquistado la confianza de Georgiana Darcy, que entonces contaba quince años, y la había convencido para fugarse con él. No lo movía el amor, sino la fortuna de treinta mil libras de la muchacha y, quizá, el deseo de vengarse de su hermano. Darcy llegó a tiempo para impedir el matrimonio. Como prueba de aquel relato, nombraba al coronel Fitzwilliam.
Elizabeth leyó la carta una vez y después otra. Al principio quiso rechazar cada frase. Pero los recuerdos fueron ordenándose contra ella. Wickham había contado sus desgracias sin reserva; había evitado el baile de Netherfield cuando Darcy estaba presente; sus modales encantadores habían bastado para ganar su confianza. Darcy, en cambio, no había intentado justificarse ante nadie.
También tuvo que reconocer que Jane ocultaba sus sentimientos incluso a quienes más la querían. Y las observaciones sobre su familia, por ofensivas que fueran, no eran falsas.
—¡Qué despreciablemente he obrado! —se dijo—. Yo, que me creía perspicaz, me dejé cegar por la vanidad. La atención de uno me agradó; el desdén del otro me ofendió.
Su opinión sobre Darcy no quedó absuelta de pronto: seguía viendo su orgullo y condenaba su intervención. Pero ya no podía llamarlo injusto con Wickham. Al doblar la carta, Elizabeth comprendió que había juzgado a ambos hombres según sus deseos, no según la verdad.
Durante el verano, Elizabeth viajó por Derbyshire con sus tíos, los Gardiner. Al saber que Pemberley estaba cerca, aceptó visitarlo solo después de cerciorarse de que el señor Darcy se hallaba ausente.
La magnificencia de la casa la impresionó menos que el testimonio de su ama de llaves. Aquella mujer habló de Darcy con un afecto imposible de fingir.
—Es el mejor señor y el mejor amo que pueda encontrarse —dijo—. Siempre fue generoso con los pobres y muy atento con su hermana.
Elizabeth contempló su retrato con una emoción nueva. El hombre descrito por sus servidores no se parecía al ser orgulloso y cruel que ella había imaginado. Al recorrer los jardines, ocurrió lo que más temía: Darcy apareció ante ellos, recién llegado a Pemberley. Ambos se quedaron turbados. Elizabeth esperaba frialdad o resentimiento; él, sin embargo, la saludó con cortesía y preguntó por su familia. Incluso solicitó que le presentara a los Gardiner, pese a conocer su relación con el comercio.
La sorpresa de Elizabeth aumentó cuando Darcy caminó junto a su tío y conversó con él sobre pesca. Antes de despedirse, manifestó su deseo de presentarles a su hermana.
—¿Me permitiría usted ese honor, señorita Bennet?
Ella aceptó, apenas capaz de comprender aquella transformación.
Al día siguiente, Darcy llegó con Georgiana y Bingley. La joven, tímida y dulce, recibió a Elizabeth con visible interés. Darcy la trataba con una ternura protectora que confirmaba cuanto decía la carta. Bingley, por su parte, preguntó por todas las hermanas Bennet y recordó con exactitud cuánto tiempo había pasado desde su último encuentro con Jane.
Más tarde, Elizabeth y los Gardiner fueron invitados a Pemberley. Allí, la hostilidad de la señorita Bingley se hizo evidente. Mencionó a Wickham con intención de incomodar, pero Elizabeth respondió con serenidad. Darcy no se dejó arrastrar por aquella malicia; toda su atención parecía dirigida hacia Elizabeth.
Ella comprendió entonces que su afecto no había desaparecido tras el rechazo. Y, al observar su respeto hacia sus tíos, su generosidad como propietario y su cariño por Georgiana, sintió nacer una estima más profunda que la gratitud. Pemberley le mostraba no a un hombre transformado por completo, sino al hombre verdadero que su prejuicio le había impedido conocer.
La mañana que siguió a la visita a Pemberley, Elizabeth recibió dos cartas de Jane. La primera contenía una noticia alarmante: Lydia había huido de Brighton con Wickham. Al principio, todos creyeron que se dirigían a Escocia para casarse. Pero la segunda carta deshacía aquella esperanza. El coronel Forster había averiguado que la pareja iba hacia Londres y que Wickham no parecía tener intención alguna de contraer matrimonio.
Elizabeth leyó con creciente horror. Lydia, sin fortuna y casi sin juicio, había quedado en poder de un hombre cuyos vicios ella conocía demasiado bien. La reputación de su hermana estaba perdida; y, con ella, la de toda la familia Bennet. Jane le rogaba que regresara cuanto antes: el señor Bennet había partido hacia Londres en busca de los fugitivos, y la señora Bennet se hallaba postrada por la desesperación. Elizabeth se levantó para buscar a sus tíos, pero Darcy apareció antes de que pudiera salir. Al verla pálida y trastornada, preguntó qué había ocurrido.
—He recibido noticias terribles —dijo ella—. Mi hermana menor ha huido con el señor Wickham. No se han casado. Tal vez nunca lo hagan.
Darcy quedó inmóvil. Preguntó por los detalles, grave y atento, mientras Elizabeth, vencida por la angustia, confesaba que había sabido meses atrás cuál era el verdadero carácter de Wickham.
—Si yo lo hubiera revelado —exclamó—, esto quizá no habría sucedido.
Darcy rechazó aquella culpa, pero su expresión se volvió sombría. Permaneció unos instantes en silencio y después se despidió, alegando que no debía retrasar el regreso de Elizabeth.
Ella interpretó su reserva como el fin inevitable de la estima que había comenzado a nacer entre ambos. Ningún hombre como Darcy querría unirse a una familia marcada por semejante escándalo.
Los Gardiner dispusieron el viaje de inmediato. Al llegar a Longbourn, encontraron a Jane sosteniendo la casa con serenidad, a las hermanas confusas y a la señora Bennet lamentándose entre sollozos, más preocupada por el matrimonio frustrado que por la conducta de Lydia.
No había noticias seguras desde Londres. El señor Bennet buscaba a la pareja sin éxito. Elizabeth comprendió entonces toda la magnitud de la desgracia: Lydia podía quedar abandonada, Wickham escapar, y las cinco hermanas cargarían para siempre con la deshonra. Y, en medio de aquel temor, Elizabeth pensaba también en Darcy. Precisamente cuando había aprendido a comprenderlo, creía haberlo perdido para siempre.
La espera en Longbourn se hizo insoportable. El señor Bennet había regresado de Londres sin hallar a Lydia ni a Wickham, y la señora Bennet alternaba lamentos con preparativos imaginarios de boda. Entonces llegó una carta del señor Gardiner.
Había encontrado a los fugitivos. Wickham aceptaría casarse con Lydia si se le garantizaba una pequeña renta anual y se pagaban sus deudas. Las condiciones parecían tan moderadas que el señor Bennet comprendió al instante que su cuñado ocultaba un sacrificio mucho mayor.
—Gardiner ha desembolsado una suma considerable —dijo—. Tendré que pasar el resto de mi vida devolviéndosela.
Elizabeth compartió aquella sospecha, pero el alivio dominó a la familia: Lydia se casaría, y el escándalo, aunque no borrado, quedaría contenido. Celebrada la boda, los recién casados llegaron a Longbourn. Lydia entró triunfalmente, exhibiendo su anillo y reclamando precedencia sobre sus hermanas por ser mujer casada. Wickham conservaba su sonrisa fácil, como si nada vergonzoso hubiera ocurrido.
Durante una conversación, Lydia dejó escapar una indiscreción:
—Darcy estuvo en nuestra boda… Pero no debía decirlo.
Elizabeth quedó inmóvil. Escribió de inmediato a la señora Gardiner, rogándole que explicara aquella presencia inesperada. La respuesta reveló cuanto Darcy había querido mantener oculto.
Él había localizado a Wickham y Lydia en Londres. Había intentado primero persuadir a Lydia para que abandonase al oficial, pero ella se negó. Entonces negoció con Wickham: pagó sus deudas, compró su renuncia a ciertos compromisos y aseguró para él un puesto militar, imponiéndole a cambio el matrimonio. También asistió a la ceremonia y confió al señor Gardiner la apariencia pública de las gestiones.
Darcy había afirmado que actuaba por responsabilidad: él conocía el carácter de Wickham y no lo había denunciado. Pero la señora Gardiner no dudaba de que otro motivo lo había llevado a intervenir.
Elizabeth comprendió, con gratitud y dolor, que Darcy había salvado a Lydia, el nombre de los Bennet y el porvenir de todas las hermanas. Lo había hecho sin esperar agradecimiento y después de haber sido rechazado. Ahora sabía que se había equivocado aún más profundamente sobre él; pero ignoraba si aquel acto nacía todavía del amor o solo de una generosidad que jamás podría corresponder.
Poco después de la boda de Lydia, llegó la noticia de que el señor Bingley regresaba a Netherfield. No volvió solo: Darcy le acompañaba.
La presencia de ambos en Longbourn agitó a toda la familia. Jane procuró mostrarse serena, aunque su alegría apenas podía ocultarse. Elizabeth, por su parte, recibió a Darcy con una mezcla de gratitud, turbación y esperanza. Sabía cuánto debía a su generosidad, pero no podía hablar de ello.
Las primeras visitas fueron contenidas. Sin embargo, Bingley acudía con frecuencia y buscaba siempre la compañía de Jane. Darcy había reparado al fin el daño que causara meses atrás: confesó a su amigo que se había equivocado al juzgar indiferente a Jane y reconoció que ella lo amaba. También admitió haberle ocultado que Jane estuvo en Londres.
Libre ya de aquella falsa certeza, Bingley no tardó en actuar. Una mañana quedó a solas con Jane. Cuando ella reapareció, su rostro revelaba la respuesta antes de que pronunciara palabra alguna.
—Soy la criatura más feliz del mundo —confió después a Elizabeth—. ¡Ojalá tú pudieras ser tan feliz como yo!
El señor Bennet dio su consentimiento, y la señora Bennet recibió el compromiso con un entusiasmo desbordado. Jane y Bingley, reconciliados al fin, contemplaban el porvenir sin reservas. Pero otra visita llegó inesperadamente a Longbourn. Lady Catherine de Bourgh exigió hablar con Elizabeth a solas. Había oído el rumor de un posible compromiso entre ella y Darcy, y venía decidida a impedirlo.
—¿Está usted prometida con mi sobrino?
—No lo estoy.
Lady Catherine le ordenó entonces que prometiera no aceptar jamás a Darcy. Alegó deberes familiares, rango y el antiguo deseo de unirlo con su hija, la señorita de Bourgh.
Elizabeth no cedió.
—Él es un caballero; yo soy hija de un caballero. Hasta ahí somos iguales.
—¿Se niega a obedecerme?
—Me niego a hacer una promesa que perjudicaría mi felicidad sin beneficiar a nadie.
Lady Catherine partió indignada, sin obtener la renuncia que buscaba.
Elizabeth quedó inquieta. La visita podía separar para siempre a Darcy de ella. Pero su negativa había dicho, con más claridad de la que se atrevía a reconocer, que si él volvía a declararse, ya no encontraría la misma respuesta.
Pocos días después de la visita de Lady Catherine, Darcy volvió a Longbourn con Bingley. Durante un paseo, Jane y su prometido se adelantaron, dejando a Elizabeth y Darcy juntos.
Él habló con visible esfuerzo:
—Es usted demasiado generosa para jugar conmigo. Si sus sentimientos siguen siendo los de abril, dígamelo ahora. Mi afecto y mis deseos no han cambiado; pero una sola palabra suya me hará guardar silencio para siempre.
Elizabeth, venciendo su turbación, le confesó que sus sentimientos habían cambiado tanto que recibía con gratitud y alegría aquella nueva declaración. Darcy le contó entonces que Lady Catherine, al relatar indignada la negativa de Elizabeth a prometer que jamás se casaría con él, había despertado su esperanza. También reconoció cuánto le había dolido y enseñado el rechazo de Rosings.
—Fui egoísta desde niño —dijo—. Usted me mostró cuán insuficientes eran mis pretensiones para agradar a una mujer digna de ser agradada.
Elizabeth admitió a su vez la vanidad y el prejuicio con que lo había juzgado. Hablaron de la carta, de Pemberley y de Lydia. Darcy confirmó, con modestia, que había buscado a Wickham y pagado sus deudas; lo había hecho por Elizabeth.
Al día siguiente, Darcy pidió el consentimiento del señor Bennet. Este llamó a su hija, perplejo.
—Lizzy, ¿qué haces? ¿Estás decidida a aceptar a un hombre al que siempre has detestado?
Elizabeth le aseguró que ahora lo amaba. Cuando explicó cuánto había hecho Darcy por Lydia, su padre acabó convencido.
—Si es así, merece tu mano. No habría podido separarme de ti por nadie menos digno.
La señora Bennet recibió la noticia con asombro y, enseguida, con júbilo ante la fortuna de su futuro yerno. Poco después se celebraron las bodas de Jane con Bingley y de Elizabeth con Darcy.
Jane y Bingley se establecieron cerca de Pemberley. Kitty mejoró al frecuentar la compañía de sus hermanas; Mary permaneció en Longbourn, y Lydia siguió escribiendo para pedir ayuda. Georgiana Darcy aprendió a querer profundamente a Elizabeth, admirando la viva familiaridad con que trataba a su hermano.
Elizabeth se convirtió en señora de Pemberley. Allí, ella y Darcy conservaron el afecto de los Gardiner, cuya intervención había favorecido su reconciliación. Lady Catherine, tras un largo resentimiento, acabó visitándolos. Y en Pemberley, vencidos el orgullo de él y los prejuicios de ella, comenzó su vida común.
En Pemberley, Elizabeth y Darcy hallaron por fin una felicidad nacida del conocimiento mutuo.
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