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Historia para dormir · Clásicos de la literatura

Alicia en el país de las maravillas

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Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll

La historia en texto

Alicia empezaba a cansarse de estar sentada junto a su hermana en la orilla, sin tener nada que hacer. Una o dos veces había echado una mirada al libro que su hermana leía, pero no tenía dibujos ni diálogos. Y Alicia se preguntó, con bastante razón, de qué servía un libro sin dibujos ni conversaciones.

El calor la volvía soñolienta. Estaba pensando si el placer de hacer una guirnalda de margaritas merecería el trabajo de levantarse y recoger las flores, cuando un Conejo Blanco de ojos rosados pasó corriendo muy cerca de ella.

No había nada tan extraordinario en eso al principio. Tampoco le pareció a Alicia demasiado raro oír que el Conejo decía para sí:

—¡Ay, Dios mío! ¡Ay, Dios mío! ¡Voy a llegar tarde!

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Pero cuando el Conejo sacó un reloj del bolsillo de su chaleco, lo miró con preocupación y echó a correr de nuevo, Alicia se puso en pie de un salto. Jamás había visto un conejo con chaleco, ni mucho menos con reloj de bolsillo. Ardiendo de curiosidad, cruzó el campo tras él, justo a tiempo para verlo desaparecer en una gran madriguera bajo el seto. Sin pensarlo un instante, Alicia se metió detrás.

La madriguera seguía recta durante un trecho, como un túnel, y luego se hundía de pronto, tan de pronto que Alicia no tuvo tiempo de detenerse antes de encontrarse cayendo por un pozo muy profundo.

O el pozo era hondísimo, o ella caía muy despacio, porque tuvo tiempo de sobra para mirar alrededor mientras descendía. Vio que las paredes estaban llenas de armarios y estantes; aquí y allá colgaban mapas y cuadros. Al pasar junto a una repisa, tomó un tarro. La etiqueta decía: «Mermelada de naranja». Pero el tarro estaba vacío, y Alicia no quiso soltarlo por miedo a matar a alguien abajo; así que lo dejó cuidadosamente en otro estante mientras seguía cayendo.

—¡Después de una caída como esta —pensó—, rodar por las escaleras no será nada! ¡Qué valiente me creerán todos en casa!

Más abajo, más abajo, más abajo. Alicia empezó a preguntarse si atravesaría toda la Tierra. Intentó recordar lo que había aprendido en las lecciones.

—¿Estaré cerca del centro? ¿Y si salgo por el otro lado, donde la gente anda cabeza abajo? Creo que se llaman... antipatías.

Se corrigió a medias, sin estar segura, y siguió hablando para no sentirse sola. Pensó en su gata Dina, en si la echarían de menos a la hora del té, y se preguntó si habría ratones en aquel lugar subterráneo.

Entonces, de pronto, ¡plaf! Cayó sobre un montón de hojas secas y ramitas. No se hizo daño. Se levantó enseguida y miró hacia arriba: todo estaba oscuro. Delante de ella había otro largo pasadizo, y por él corría aún el Conejo Blanco, apurado, murmurando:

—¡Por mis orejas y mis bigotes, qué tarde se está haciendo!

Alicia echó a correr tras él. Pero al doblar una esquina, el Conejo desapareció.

Y Alicia se encontró en una sala larga y baja, iluminada por una fila de lámparas que colgaban del techo. A su alrededor había muchas puertas, todas cerradas. Probó una tras otra, pero ninguna se abrió. Entonces quedó allí, en medio de aquel lugar extraño, preguntándose cómo iba a salir de nuevo.

Alicia se encontró sola en una sala baja y larga, iluminada por una hilera de lámparas que colgaban del techo. A su alrededor había puertas por todas partes, pero cuando fue probando una tras otra, descubrió que todas estaban cerradas. Recorrió la sala de punta a punta, tiró de picaportes, empujó, llamó suavemente con los nudillos, y nada cedió.

En medio de la sala había una mesa de cristal, de tres patas, y sobre ella una llavecita de oro. Alicia la tomó con presteza, pensando que tal vez sería la llave de alguna de aquellas puertas; pero, por mucho que la probó, o las cerraduras eran demasiado grandes, o la llave demasiado pequeña. Entonces vio, casi escondida tras una cortina, una puertecilla de no más de cuarenta centímetros de altura. La llave encajó. La puerta se abrió. Alicia se arrodilló y miró al otro lado. Allí se extendía el jardín más hermoso que había visto nunca: paseos luminosos, fuentes, flores vivas bajo una claridad suave. Sintió un deseo enorme de entrar, pero la abertura era tan estrecha que ni siquiera podía pasar la cabeza.

—¡De poco me sirve abrirla —dijo— si no puedo entrar! Ojalá pudiera plegarme como un telescopio.

Volvió a la mesa, con la esperanza de hallar otra llave o, al menos, algún libro de instrucciones para empequeñecerse. Esta vez encontró una botella que antes no estaba allí. En torno al cuello llevaba una etiqueta de papel con letras grandes y claras: «BÉBEME».

Alicia no era imprudente del todo. Miró primero si decía «veneno»; como no lo decía, probó un sorbo. El sabor le pareció una mezcla extraña de tarta de cerezas, natillas, piña, pavo asado, caramelo y tostada caliente con mantequilla. Bebió hasta vaciarla.

—¡Qué sensación tan curiosa! —exclamó—. Me estoy encogiendo como un catalejo.

Y así era. Pronto no medía más de veinticinco centímetros. Estaba ya a la altura justa para pasar por la puertecilla del jardín. Pero entonces recordó, con disgusto, que había dejado la llave de oro sobre la mesa de cristal. Al intentar alcanzarla, comprobó que las patas de la mesa se alzaban muy por encima de ella. Trató de trepar, resbaló, volvió a intentarlo, y al fin se sentó en el suelo, cansada y a punto de llorar.

—¡Vamos, no sirve de nada llorar así! —se reprendió—. Te aconsejo que pares ahora mismo.

Poco después vio bajo la mesa una cajita de cristal. La abrió y encontró dentro un pastel muy pequeño, con las palabras «CÓMEME» escritas en pasas sobre la superficie.

—Si me hace crecer, alcanzaré la llave —pensó—; y si me hace encoger más, podré colarme por debajo de la puerta. De un modo u otro llegaré al jardín.

Dio un mordisco y se quedó muy quieta, con una mano sobre la cabeza, esperando notar hacia dónde se movía su tamaño. Pero, al principio, no ocurrió nada. Así que, con decisión, se terminó el pastel entero.

Alicia acababa de terminar el pastelillo cuando sintió que algo extraordinario le sucedía. Primero creyó que se estiraba como un telescopio; después comprendió que no era una impresión. Subía, subía, hasta que su cabeza chocó contra el techo de la sala. Entonces miró hacia abajo y vio la mesita de cristal muy lejos, y la llave diminuta, imposible ya de alcanzar.

—¡Qué desgracia! —exclamó—. Ahora soy demasiado grande para pasar por la puerta, y demasiado grande siquiera para coger la llave.

Intentó agacharse, pero no había modo. Pensó en el jardín, tan cerca y tan inaccesible, y comenzó a llorar. Lloró con tal abundancia que sus lágrimas formaron a sus pies un charco inmenso, casi un estanque. Al poco oyó pasos apresurados. Era el Conejo Blanco, muy elegante, con guantes blancos en una mano y un abanico en la otra, murmurando:

—¡La Duquesa! ¡La Duquesa! ¡Me hará ejecutar si la hago esperar!

Al ver a Alicia, dio un salto de espanto y dejó caer guantes y abanico. Alicia cogió el abanico sin pensarlo y, mientras se abanicaba, notó que volvía a encogerse. Bajaba deprisa. Antes de desaparecer del todo, corrió hacia la puertecilla, pero la llave seguía sobre la mesa. Un instante después resbaló y cayó de lleno en el charco que ella misma había llorado.

Nadaba trabajosamente cuando oyó algo chapotear cerca. Era un Ratón, mojado y serio. Alicia quiso ser amable.

—¡Oh, Ratón! ¿Sabes cómo salir de este estanque?

El Ratón no contestó. Alicia probó con algunas palabras en francés, recordadas de sus lecciones, y mencionó sin querer a una gata. El Ratón se estremeció.

—¡No me hables de gatos! —dijo con voz aguda.

Pronto se acercaron otros animales arrastrados por las lágrimas: un Pato, un Loro, un Aguilucho y, más tarde, un Dodo. Todos llegaron a la orilla empapados, incómodos y discutidores. El Ratón propuso secarlos con una historia muy seca, llena de reyes, conquistas y fechas; pero nadie se secó lo bastante.

Entonces el Dodo, con aire solemne, anunció:

—Lo mejor será una carrera electoral.

Nadie preguntó demasiado en qué consistía. Trazaron una especie de círculo, cada cual se colocó donde quiso, y empezaron a correr cuando les pareció oportuno. No hubo salida clara, ni meta, ni reglas. Al cabo de un rato, el Dodo levantó una mano y declaró:

—La carrera ha terminado. Todos han ganado, y todos deben recibir premio.

Como Alicia era quien tenía los bolsillos, tuvo que entregar confites a los animales. Para ella no quedaba premio, así que el Dodo le pidió un dedal que llevaba en el bolsillo y se lo devolvió con gran ceremonia.

—Te concedemos este elegante dedal —proclamó.

Alicia hizo una reverencia, aunque todo le parecía disparatado. Sin embargo, empezaba a entender que en aquel país las cosas no necesitaban lógica para suceder con absoluta seriedad. La reunión en la orilla se deshizo de mal humor. El Ratón se marchó ofendido, y los pájaros y demás criaturas fueron desapareciendo de uno en uno, hasta dejar a Alicia sola. Ella pensaba con tristeza en Dina, su gata, y en lo imprudente que había sido hablar de ella delante de tantos animales asustadizos, cuando oyó de nuevo unos pasos apresurados.

Era el Conejo Blanco, que venía mirando alrededor con gran ansiedad y murmuraba:

—¡La Duquesa! ¡La Duquesa! ¡Ay, qué furiosa estará si la hago esperar!

Al ver a Alicia, no pareció reconocerla. La tomó por su criada y le dijo con voz seca:

—¡Mary Ann! ¿Qué haces aquí? Corre a casa ahora mismo y tráeme un par de guantes y un abanico. ¡Rápido!

Alicia se sobresaltó tanto que obedeció sin discutir. Echó a correr en la dirección que el Conejo señalaba y pronto llegó a una casita muy pulcra. En la puerta había una placa de bronce con el nombre: “C. Blanco”. Entró, subió por una escalerilla y encontró una habitación ordenada, con una mesa. Sobre ella estaban los guantes y el abanico; pero junto a ellos vio una botellita. Alicia ya sabía que, en aquel país, las botellas podían traer consecuencias extraordinarias. Aun así, pensó que acaso le ayudaría a recuperar su tamaño apropiado, y bebió. Al instante empezó a crecer. Creció tanto y tan deprisa que tuvo que arrodillarse; luego un brazo salió por la ventana y un pie quedó atascado en la chimenea.

—¡Esto es peor que nunca! —exclamó, encajada en la casa.

El Conejo llegó a la puerta y pidió sus guantes. Al no poder entrar, fue hacia la ventana. Alicia movió la mano, y el pobre Conejo cayó rodando. Después se oyeron voces: Pat, Bill el lagarto y otros animales discutían qué hacer con aquella monstruosa presencia dentro de la casa.

—¡Bill, baja por la chimenea! —ordenaron.

Alicia notó un roce en el pie y dio una patada. Bill salió disparado al aire. Entonces arrojaron piedrecitas por la ventana; pero, al caer al suelo, las piedrecitas se convertían en pequeños pasteles. Alicia comió uno, y empezó a menguar.

Cuando fue lo bastante pequeña, salió corriendo de la casa antes de que la atraparan. Los animales la siguieron un trecho, pero Alicia se internó entre las hierbas altas, decidida a encontrar algo que la devolviera a su tamaño normal.

Alicia se internó entre las hierbas altas, todavía diminuta y todavía contrariada por los cambios que su cuerpo había sufrido desde que cayó por la madriguera. No sabía muy bien hacia dónde dirigirse, pero pronto vio, delante de ella, una gran seta casi de su misma altura. Sobre la seta estaba sentada una Oruga azul, con los brazos cruzados y una larga pipa en la boca. La Oruga fumaba despacio, sin hacerle el menor caso.

Al cabo de un rato, quitó la pipa de la boca y preguntó con voz grave:

—¿Quién eres tú?

Alicia no halló una respuesta sencilla.

—Yo... apenas lo sé, señor, en este momento. Sé quién era cuando me levanté esta mañana, pero desde entonces creo que he cambiado varias veces.

—¿Qué quieres decir con eso? —dijo la Oruga con severidad—. Explícate.

—Me temo que no puedo explicarme, porque yo no soy yo, ¿comprende?

—No comprendo —respondió la Oruga.

Alicia, algo molesta, le habló de sus crecimientos y encogimientos, y de lo extraño que resultaba no conservar el mismo tamaño ni la misma seguridad sobre una misma. La Oruga escuchó sin mostrar compasión. Luego le pidió que recitara unos versos. Alicia obedeció, pero las palabras le salieron trastocadas, como tantas cosas en aquel país.

—Eso no está bien —sentenció la Oruga.

Alicia perdió la paciencia.

—Creo que usted no sabe lo que es cambiar de tamaño continuamente.

—Puede que todavía no —dijo la Oruga—, pero cuando me convierta en crisálida y luego en mariposa, tal vez me parezca extraño.

—No tanto como a mí —replicó Alicia.

La Oruga volvió a fumar en silencio. Después bajó de la seta y se alejó por la hierba. Antes de marcharse, dijo:

—Un lado te hará crecer; el otro lado te hará menguar.

—¿Un lado de qué? ¿El otro lado de qué? —preguntó Alicia.

—De la seta —contestó la Oruga, y desapareció. Alicia miró la seta redonda y no pudo distinguir lados en ella. Aun así, rodeó el borde con los brazos, arrancó un pedazo con cada mano y mordió primero uno. Al instante su barbilla chocó contra sus pies: había menguado de golpe. Asustada, mordió el otro pedazo, y el cuello se le alargó hasta elevar su cabeza por encima de las copas de los árboles.

Desde allí se encontró con una paloma que aleteaba furiosa.

—¡Serpiente! —gritó la paloma.

—¡No soy una serpiente! Soy una niña.

—Una bonita historia —dijo la paloma—. Las serpientes comen huevos, y las niñas también comen huevos.

Alicia no supo negar aquello del todo, pero insistió en que no buscaba ningún nido. La paloma siguió desconfiando hasta que Alicia consiguió apartarse, torpe con su cuello larguísimo. Con paciencia, mordisqueó alternativamente los dos trozos de seta. Creció, menguó, se corrigió, volvió a corregirse, hasta alcanzar una estatura más conveniente. Entonces guardó los pedazos, por si volvían a hacerle falta, y miró alrededor.

Entre los árboles distinguió un claro, y más allá una casa de aspecto extraño. Alicia decidió acercarse, pero antes redujo un poco más su tamaño: no quería presentarse allí tan alta como una intrusa ni tan pequeña como un insecto. Cuando se sintió preparada, avanzó hacia la casa, llevando consigo el secreto de la seta.

Alicia, con un trozo de seta en cada mano por si necesitaba crecer o menguar, se acercó a la casita que había visto entre los árboles. Era tan pequeña que, si entraba con su tamaño de entonces, quizá la habría derribado sin querer; así que mordisqueó el lado que la hacía disminuir hasta medir alrededor de nueve pulgadas. Entonces caminó hasta la puerta.

De pronto apareció un lacayo vestido con librea, aunque tenía cara de pez, y llamó con gran solemnidad. Abrió otro lacayo, también con librea, pero con cara de rana. El Lacayo-Pez entregó una enorme invitación y dijo:

—Para la Duquesa. Una invitación de la Reina para jugar al croquet.

El Lacayo-Rana la recibió con igual gravedad:

—De la Reina. Una invitación para la Duquesa para jugar al croquet.

Después ambos hicieron reverencias tan exageradas que sus rizos casi se enredaron. Alicia escuchó, desconcertada, y cuando el Lacayo-Rana se sentó junto a la puerta, le preguntó cómo podía entrar.

—No sirve de nada llamar —respondió él—. Por dos razones. Primero, porque estoy al mismo lado de la puerta que tú. Segundo, porque dentro hacen tanto ruido que nadie te oiría.

Y era cierto: de la casa salían golpes, estornudos, chillidos y un estrépito de vajilla rota. Alicia, harta de tanta ceremonia inútil, abrió la puerta y entró. La cocina estaba llena de humo y pimienta. En medio, la Duquesa sostenía a un bebé que berreaba sin descanso; la Cocinera removía una olla enorme y, de vez en cuando, lanzaba platos, sartenes y cucharones contra todos. Cerca del fuego, sentado sobre el hogar, un gato sonreía de oreja a oreja.

—Por favor —dijo Alicia, esquivando una cacerola—, ¿por qué sonríe ese gato?

—Es un gato de Cheshire —contestó la Duquesa—, y por eso sonríe. ¡Cerdo!

Alicia dio un respingo, creyendo que el insulto iba dirigido a ella; pero la Duquesa había hablado al bebé. Luego empezó a cantarle una nana brusca, zarandeándolo a cada verso, mientras la Cocinera seguía arrojando objetos.

Al cabo de un rato, la Duquesa le encajó el niño a Alicia en los brazos.

—Ten. Si quieres, cuídalo tú. Yo debo prepararme para jugar al croquet con la Reina.

Y salió precipitadamente. Alicia pensó que, si no se llevaba a aquella criatura, la matarían a golpes entre todos. Así que escapó con el bebé, que gruñía de un modo cada vez menos humano. Cuando lo miró mejor, vio su nariz levantada, sus ojos diminutos, su cuerpo retorcido.

—Si vas a convertirte en cerdo —dijo Alicia—, no tengo nada más que hacer contigo.

Lo dejó en el suelo, y el animalito se internó trotando en el bosque.

Alicia se quedó pensando adónde ir, cuando vio de nuevo al Gato de Cheshire sobre una rama.

—Minino de Cheshire —empezó con cautela—, ¿podrías decirme qué camino debo tomar?

—Eso depende mucho de adónde quieras ir —respondió el Gato.

—No me importa demasiado adónde.

—Entonces no importa qué camino tomes.

Alicia añadió que le bastaba con llegar a alguna parte, y el Gato observó que eso ocurriría si caminaba lo suficiente. Después le indicó dos direcciones: en una vivía el Sombrerero; en la otra, la Liebre de Marzo.

—Visita al que quieras —dijo—. Los dos están locos.

—Pero yo no quiero tratar con locos —replicó Alicia.

—No puedes evitarlo —dijo el Gato—. Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.

—¿Cómo sabes que yo lo estoy?

—Debes de estarlo —contestó—, o no habrías venido aquí.

Y empezó a desaparecer lentamente: primero la cola, luego el cuerpo, y al final quedó solo su sonrisa, suspendida un momento en el aire. Alicia decidió visitar a la Liebre de Marzo, pensando que, como ya estaban en mayo, quizá no estuviera tan furiosa. Y echó a andar entre los árboles.

Alicia tomó el camino señalado por el Gato de Cheshire, aunque no estaba segura de que escoger entre un Sombrerero y una Liebre de Marzo fuese escoger con prudencia. Al poco vio una casa bajo los árboles, y delante de ella, una mesa puesta para el té. Era una mesa grande, pero solo ocupaban un extremo el Sombrerero, la Liebre de Marzo y un Lirón dormido entre los dos, que usaban como cojín mientras hablaban sobre su cabeza.

—¡No hay sitio! —gritaron al verla acercarse.

—Hay sitio de sobra —respondió Alicia, indignada, y se sentó en una gran butaca, en un extremo de la mesa.

La Liebre de Marzo le ofreció vino. Alicia miró alrededor: no había más que té.

—No veo ningún vino —dijo.

—No lo hay —contestó la Liebre.

—Entonces no ha sido muy cortés ofrecérmelo.

—Tampoco lo ha sido sentarte sin invitación —replicó la Liebre.

Alicia no encontró respuesta inmediata. El Sombrerero, que la miraba con sus ojos vivos, dijo de pronto:

—Tu pelo necesita un corte.

—Debería aprender usted a no hacer observaciones personales —dijo Alicia con severidad—. Es de muy mala educación.

El Sombrerero abrió mucho los ojos, pero solo preguntó:

—¿En qué se parece un cuervo a un escritorio?

Alicia se animó. Le gustaban las adivinanzas.

—Creo que puedo adivinarlo.

—¿Quieres decir que crees que puedes hallar la respuesta? —preguntó la Liebre.

—Exactamente.

—Entonces deberías decir lo que quieres decir —añadió la Liebre.

—Lo digo —contestó Alicia—, al menos, quiero decir lo que digo, que es lo mismo.

—No es lo mismo en absoluto —dijo el Sombrerero—. ¡Como si fuera igual “veo lo que como” que “como lo que veo”! La conversación se enredó hasta que Alicia preguntó si ya sabían la solución del acertijo.

—Ni la menor idea —dijo el Sombrerero.

—Ni yo —añadió la Liebre.

Alicia suspiró, molesta por haber perdido el tiempo.

Entonces hablaron del Tiempo, no como una cosa, sino como alguien a quien el Sombrerero conocía. Contó que, en un concierto de la Reina de Corazones, había cantado tan mal que la Reina había gritado: “¡Que le corten la cabeza!”. Desde entonces, el Tiempo se había enfadado con él y se había detenido para siempre en las seis.

—Por eso siempre es la hora del té —explicó el Sombrerero—. No tenemos tiempo ni de lavar las tazas.

Y, para demostrarlo, propuso cambiar de sitio. Todos se movieron una silla más allá. Alicia recibió una taza usada y un plato con migas.

El Lirón, medio despierto, empezó una historia sobre tres hermanitas que vivían en el fondo de un pozo y sacaban de él cuanto terminaba en eme. Alicia preguntó cómo podían vivir allí, de qué se alimentaban y por qué sacaban tantas cosas. Cada pregunta interrumpía más el relato, y la Liebre y el Sombrerero la reprendían por hablar demasiado. Al fin, Alicia se levantó, ofendida.

—¡Es el té más estúpido al que he asistido en toda mi vida!

Se alejó sin que ninguno la llamara. Al mirar atrás, vio que intentaban meter al Lirón dentro de la tetera.

Caminando entre los árboles, encontró una puerta en el tronco de uno de ellos. La abrió, entró, y se halló de nuevo en la sala larga, con la mesita de cristal y la diminuta llave de oro. Esta vez actuaría con más cuidado para llegar, por fin, al jardín.

Alicia dejó atrás la mesa del té y regresó por el pasadizo hasta la sala de las puertas. Allí encontró de nuevo la mesita de cristal y, esta vez, no olvidó la llavecita de oro. Abrió la puertecilla que daba al jardín, mordisqueó con cuidado un pedazo de seta que aún guardaba, y cuando tuvo el tamaño justo, pasó al fin por aquel umbral que tanto había deseado cruzar. Se halló en un jardín luminoso, con senderos ordenados y rosales cargados de flores. Pero apenas había avanzado cuando oyó voces nerviosas. Junto a un rosal, tres jardineros trabajaban con brochas y cubos de pintura. Eran naipes, con cuerpo de carta y manos apresuradas: el Dos, el Cinco y el Siete de Picas.

—¡Cuidado, Cinco! —gruñó el Siete—. ¡Me estás salpicando la cara!

—Tú no hables —replicó el Cinco—. Fuiste tú quien plantó un rosal blanco donde debía haber uno rojo.

Alicia se acercó, sorprendida.

—¿Podríais decirme por qué pintáis esas rosas?

Los tres bajaron la voz y miraron alrededor con miedo.

—Porque la Reina quería rosas rojas —dijo el Dos—. Si descubre que las plantamos blancas, nos mandará cortar la cabeza.

No acabó de decirlo cuando se oyó, a lo lejos, una marcha solemne. Los jardineros se arrojaron al suelo, boca abajo. Primero aparecieron diez soldados, también naipes, con tréboles por armas; luego diez cortesanos adornados con diamantes; después los infantes reales, cogidos de la mano. Tras ellos venían el Conejo Blanco, muy atareado, y el Rey y la Reina de Corazones. La Reina tenía una voz aguda y terrible. Al ver a Alicia, se detuvo.

—¿Quién es esa?

—Me llamo Alicia, majestad —respondió ella, con bastante firmeza.

La Reina miró a los jardineros, que seguían tendidos.

—¿Y esos quiénes son?

—No lo sé —dijo Alicia—. No es asunto mío.

La Reina se puso roja de furia.

—¡Que le corten la cabeza!

—¡Tonterías! —dijo Alicia en voz alta.

La Reina calló un instante, como si no estuviera acostumbrada a que nadie contestase. El Rey, pequeño y prudente, murmuró:

—Considerad, querida, que es solo una niña.

Pero la Reina ya había visto las rosas medio pintadas.

—¡Cortadles la cabeza a esos tres!

Los soldados se dispusieron a llevarse a los jardineros, pero Alicia, rápida, los escondió dentro de una gran maceta. Los soldados buscaron sin gran interés y regresaron diciendo que la orden estaba cumplida.

Entonces la Reina se volvió hacia Alicia como si nada hubiera pasado.

—¿Sabes jugar al croquet?

—Sí —contestó Alicia, aunque empezaba a desconfiar de cualquier juego en aquel país.

—¡Ven, entonces! —ordenó la Reina.

La comitiva siguió adelante. Alicia caminó con ellos, mientras el Conejo Blanco, pegado a su lado, le susurraba que la Duquesa estaba condenada a muerte por haber abofeteado a la Reina. Delante, la Reina gritaba nuevas sentencias por el menor tropiezo, y todos se apresuraban a obedecer, al menos en apariencia.

Así llegó Alicia al campo de croquet, sin saber aún que allí los mazos serían flamencos vivos, las bolas erizos encogidos, y los arcos soldados doblados sobre manos y pies.

La Reina condujo a Alicia hacia el campo de croquet, y Alicia comprendió al instante que aquel juego no se parecía a ningún otro que hubiera visto. No había terreno llano: todo eran surcos y montículos. Las bolas eran erizos vivos, que se desenroscaban y echaban a correr cuando les venía en gana. Los mazos eran flamencos, torpes y orgullosos, que retorcían el cuello justo cuando uno quería golpear. Y los arcos eran soldados de la baraja, doblados por la cintura y apoyados en manos y pies, procurando no moverse demasiado para no atraer la atención de la Reina. Alicia tomó su flamenco con ambas manos y trató de acomodar la cabeza del ave bajo el brazo. En cuanto lograba enderezarlo, el erizo se desenroscaba y se alejaba lentamente. Cuando volvía a empujar al erizo hacia su sitio, el flamenco giraba el cuello y la miraba a la cara con ojos redondos. Mientras tanto, los demás jugadores disputaban sin orden alguno, jugaban todos a la vez y discutían por los turnos que nadie respetaba.

La Reina, roja de ira, corría de un lado a otro gritando:

—¡Que le corten la cabeza!

Y enseguida, a otro:

—¡Que le corten la cabeza a él también!

Alicia empezó a inquietarse. Había visto ya que muchas de aquellas sentencias no llegaban a cumplirse, porque el Rey iba detrás murmurando perdones en voz baja; pero la furia de la Reina era tan frecuente que resultaba difícil saber cuándo se cansaría de amenazar y cuándo decidiría hacerlo de verdad.

En medio de aquella confusión, Alicia vio aparecer una sonrisa en el aire. Poco a poco se dibujaron unos ojos, luego una nariz, y al fin la cabeza entera del Gato de Cheshire, sin rastro de cuerpo debajo.

—Me alegra verte —dijo Alicia—. No sé si te gustará este juego.

—¿Cómo te va? —preguntó el Gato.

—No creo que jueguen nada limpiamente —respondió Alicia en voz baja—. Se pelean tanto que no se oye una palabra; no parecen tener reglas, o si las tienen, nadie las sigue. Y todas las cosas están vivas.

El Gato la escuchó con su sonrisa habitual.

—¿Qué opinas de la Reina? —preguntó.

Alicia miró alrededor para asegurarse de que la Reina no estaba cerca.

—No me parece… —empezó; pero se detuvo al verla justo detrás de ella—. No me parece que vaya a dejar ganar a nadie, eso quería decir.

La Reina miró al Gato con desconfianza.

—¿Quién es ese?

—Es un amigo mío: un Gato de Cheshire —contestó Alicia—. Permítame presentárselo.

El Gato no hizo la menor reverencia.

—No me gusta su aspecto —dijo la Reina—. Sin embargo, puede besarme la mano si quiere.

—Prefiero no hacerlo —dijo el Gato.

La Reina se puso furiosa.

—¡Que le corten la cabeza! El verdugo fue llamado al instante, pero se encontró con una dificultad que nadie había previsto: no podía cortar una cabeza si no había un cuerpo del que separarla. El Rey sostuvo que, si había cabeza, podía cortarse. El verdugo replicó que jamás había ejecutado una cabeza suelta. La Reina declaró que, si no resolvían aquello pronto, mandaría ejecutar a todos los presentes.

Entonces recordaron que el Gato pertenecía a la Duquesa, y fueron a buscarla a la prisión para que decidiera qué debía hacerse. Mientras discutían, la cabeza del Gato comenzó a desvanecerse despacio. Cuando volvió el recado, ya no quedaba nada de él. Y el juego continuó, tan desordenado como antes, bajo los gritos incesantes de la Reina.

La partida de croquet quedó atrás como quedan los sueños que no se terminan, sino que cambian de forma. La Reina, todavía encendida y dando órdenes a gritos, se volvió hacia Alicia y preguntó si ya había visto a la Falsa Tortuga.

—No —respondió Alicia—. Ni siquiera sé qué es una Falsa Tortuga.

—Es aquello con lo que se hace la sopa de falsa tortuga —dijo la Reina, como si la explicación fuera perfecta.

Entonces llamó al Grifo, una criatura con cuerpo de león y cabeza y alas de águila, que estaba tendido al sol. Le ordenó que llevase a Alicia hasta la Falsa Tortuga para que le contase su historia. El Grifo se incorporó con pereza y, cuando la Reina se alejó gritando nuevas sentencias de muerte, soltó una risita áspera.

—¡Qué gracia tiene! Nunca ejecutan a nadie, ¿sabes? Vamos.

Alicia le siguió, algo aliviada, hasta llegar junto a una roca. Allí estaba sentada la Falsa Tortuga: tenía aspecto triste, ojos llorosos y un aire tan desconsolado que Alicia sintió curiosidad y pena a la vez. —Esta señorita quiere conocer tu historia —dijo el Grifo.

La Falsa Tortuga suspiró tan hondo que parecía que el mar entero se le hubiese quedado dentro.

—Érase una vez —comenzó— que yo fui una verdadera tortuga.

Alicia esperó, pero el silencio se alargó entre sollozos.

—Cuando éramos pequeños —continuó al fin— íbamos a la escuela en el mar. El maestro era una vieja Tortuga; le llamábamos Tortuga porque nos enseñaba.

Alicia no quiso discutir aquella lógica. La Falsa Tortuga fue enumerando sus estudios con solemne melancolía: Reeling y Writhing, que en su lengua sonaban como leer y escribir deformados; luego las cuatro reglas de la Aritmética: Ambición, Distracción, Fealdad y Burla. También estudiaban Mareografía, Pintura al óleo, Desdibujo y Desmayo en espiral.

—¿Y cuántas horas de clase teníais? —preguntó Alicia.

—Diez el primer día, nueve el siguiente, y así bajando.

—Entonces al undécimo día no teníais clase.

—Claro —dijo el Grifo—. Por eso se llamaban lecciones: porque iban disminuyendo.

La Falsa Tortuga, animándose entre suspiros, habló luego de su profesor de baile: una langosta vieja que enseñaba la Contradanza de las Langostas. El Grifo insistió en que debían mostrarle cómo era. Se colocaron alrededor de Alicia, avanzaron, retrocedieron y empezaron a cantar una canción disparatada sobre merluzas, caracoles y langostas que se lanzaban al mar.

Alicia, confundida, intentó contarles sus propias aventuras, pero al recitar unos versos le salieron torcidos, como todo en aquel país. La Falsa Tortuga lloró de emoción o de costumbre, y el Grifo comentó que aquello no tenía sentido alguno.

Entonces, a lo lejos, se oyó una voz apremiante:

—¡Comienza el juicio!

El Grifo agarró a Alicia de la mano.

—Vamos —dijo—. No hay tiempo que perder.

Y la arrastró de vuelta, dejando a la Falsa Tortuga sollozando sobre su roca.

El Grifo llevó a Alicia a toda prisa, y en un instante llegaron a la sala del tribunal. Allí estaban el Rey y la Reina de Corazones, sentados en sus tronos, con una gran multitud alrededor: aves, animales, toda la baraja, y en medio, encadenada, la Sota de Corazones. Delante de él había una bandeja con tartas, tan apetitosas que Alicia pensó que, si el juicio duraba mucho, quizá se echarían a perder.

El Conejo Blanco, con una trompeta en una mano y un pergamino en la otra, gritó:

—¡Silencio en la sala!

El Rey, que llevaba la corona sobre la peluca de juez, miró al jurado. En la pizarra, los doce jurados ya escribían sus nombres, por miedo a olvidarlos antes de acabar el juicio. Alicia reconoció al Lagarto Bill entre ellos.

—Leed la acusación —ordenó el Rey.

El Conejo Blanco desenrolló el pergamino y leyó:

—La Reina de Corazones hizo unas tartas, en un día de verano; la Sota de Corazones robó esas tartas y se las llevó sin reparo.

—Considerad vuestro veredicto —dijo el Rey al jurado.

—¡Todavía no! —exclamó el Conejo—. Falta mucho antes de eso.

El primer testigo fue el Sombrerero. Entró con una taza de té en una mano y pan con mantequilla en la otra.

—Perdonad, Majestad —dijo—, no había acabado el té cuando me llamaron.

—Debías haberlo acabado —replicó el Rey—. ¿Cuándo empezaste?

El Sombrerero miró a la Liebre de Marzo, que estaba cerca, con el Lirón entre los dos.

—El catorce de marzo, creo.

—El quince —dijo la Liebre.

—El dieciséis —murmuró el Lirón.

Los jurados anotaron las tres fechas.

—Quitadle el sombrero —ordenó el Rey.

—No es mío —dijo el Sombrerero—. Los vendo.

La Reina lo observó con dureza.

—Está dando un testimonio muy pobre —dijo—. ¡Que le corten la cabeza!

El Sombrerero tembló tanto que mordió la taza en vez del pan. Al fin, el Rey le permitió marcharse, y él desapareció antes de que acabaran de pronunciar la frase. La siguiente testigo fue la Cocinera de la Duquesa. Entró con aire obstinado.

—¿De qué están hechas las tartas? —preguntó el Rey.

—De pimienta, sobre todo —contestó la Cocinera.

—De melaza —dijo una voz adormilada: era el Lirón.

Al momento hubo confusión. La Reina mandó expulsar al Lirón; unos intentaron meterlo cabeza abajo en la tetera, y otros discutían por dónde debía salir. Mientras tanto, la Cocinera aprovechó el tumulto y se marchó sin responder nada más.

Cuando el ruido cesó, el Conejo Blanco leyó el nombre del tercer testigo:

—¡Alicia!

—¡Aquí! —respondió Alicia, levantándose con tanta prisa que volcó el banco del jurado. Los pobres jurados quedaron patas arriba, agitándose como peces fuera del agua. Alicia los colocó de nuevo uno por uno, aunque el Rey dijo que el juicio no podía continuar hasta que todos estuvieran en su sitio.

Alicia notó entonces que estaba creciendo otra vez. El borde de su falda empujaba a algunos animales, y su cabeza se elevaba por encima de muchos presentes.

—¿Qué sabes de este asunto? —preguntó el Rey.

—Nada —dijo Alicia.

—¿Nada de nada? —insistió el Rey.

—Nada de nada.

—Eso es muy importante —declaró el Rey.

—Quiere decir “sin importancia” —susurró el Conejo Blanco.

El Rey tosió y corrigió:

—Sin importancia, quería decir. Entonces el Conejo Blanco anunció que había una prueba recién encontrada: una carta sin firma, dirigida a nadie en particular. El Rey quiso leerla como si fuese decisiva. Pero Alicia, ya más alta y menos dispuesta a asustarse, escuchó aquellas palabras sin sentido y miró al tribunal con creciente incredulidad.

El Conejo Blanco desplegó el papel hallado en el tribunal y lo leyó con gran solemnidad. No era una confesión, ni una declaración clara, sino unos versos extraños, llenos de alusiones que nadie parecía comprender. El Rey, sin embargo, se apresuró a darles importancia.

—Es la prueba más concluyente que hemos oído hasta ahora —dijo.

Alicia, que ya había recobrado casi su tamaño natural, no pudo contenerse.

—No prueban nada de nada —replicó—. Ni siquiera sabéis de qué tratan.

El Rey frunció el ceño y empezó a buscar sentido en cada línea, acomodándola como podía al caso de las tartas. La Reina, impaciente, no quería más explicaciones.

—¡Que se pronuncie la sentencia! —ordenó.

—No —dijo el Rey—. Primero el veredicto, y después la sentencia.

—¡Sentencia primero, veredicto después! —insistió la Reina con voz tajante.

Aquello colmó la paciencia de Alicia. Miró a los jurados, que escribían disparates en sus pizarras; al Conejo Blanco, nervioso con sus pergaminos; al Rey, empeñado en parecer sabio; y a la Reina, siempre dispuesta a mandar cortar cabezas. —¡Qué tontería! —exclamó Alicia, ya sin miedo—. ¡La idea de dar la sentencia antes del veredicto!

—¡Calla! —gritó la Reina, roja de furia.

—¡No me callo! —contestó Alicia.

La Reina se levantó de golpe.

—¡Que le corten la cabeza!

Pero Alicia, que ahora se sentía más alta que todos ellos, respondió con firmeza:

—¿A quién le importa lo que digáis? ¡No sois más que una baraja de cartas!

En el mismo instante, todo el tribunal se agitó. El Rey, la Reina, los soldados, los cortesanos y los jurados perdieron su aspecto solemne y se lanzaron contra ella como naipes vivos, revoloteando y cayendo en remolino. Alicia alzó las manos para apartarlos. Las cartas le golpeaban la cara, los hombros, el cabello, en una confusión de rojos y negros.

Entonces abrió los ojos.

Estaba tumbada en la orilla del río, con la cabeza apoyada en el regazo de su hermana. No había tribunal, ni Reina de Corazones, ni Sota acusada, ni tartas robadas. Unas hojas secas, caídas de los árboles, le rozaban el rostro.

—Despierta, Alicia —dijo su hermana—. Has dormido un buen rato.

—¡Oh, he tenido un sueño tan curioso! —respondió Alicia.

Y comenzó a contarle, lo mejor que pudo, todas aquellas aventuras: la caída por la madriguera, la sala de las puertas, el mar de lágrimas, el Conejo Blanco, la Oruga, la Duquesa, el Gato de Cheshire, el té interminable, el croquet de la Reina, la Falsa Tortuga y aquel juicio absurdo que había terminado en una lluvia de cartas.

Cuando hubo acabado, se levantó y echó a correr hacia casa, pensando aún en las maravillas que acababa de soñar. Su hermana quedó sentada junto al río, con los ojos cerrados, imaginando por un momento aquel mundo imposible: el Conejo apresurado, el Sombrerero, la Liebre, la Reina furiosa y la niña que se había atrevido a decir la verdad en medio de tanto disparate. Después abrió los ojos. El río seguía murmurando, la tarde seguía allí, y el sueño de Alicia quedaba ya guardado como una extraña y brillante aventura.

Alicia despierta junto a su hermana, dejando atrás el juicio y el extraño sueño.

Guion y voz generados con inteligencia artificial.

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