aliento

Historia para dormir · Clásicos de la literatura

A través del espejo: la partida de Alicia

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al otro lado del espejo de carroll

La historia en texto

Una tarde fría, cuando la nieve golpeaba suavemente los cristales y el salón estaba encendido por el resplandor del fuego, Alicia estaba en el suelo con un ovillo de lana deshecho entre las manos. Dinah, la gata, dormitaba cerca de la chimenea; sus dos gatitos, uno negro y otro blanco, habían aprovechado la ocasión para enredarlo todo.

—Kitty, has sido muy mala —dijo Alicia, levantando al gatito negro con aire severo—. Mira lo que has hecho con mi labor. No pongas esa cara; sabes perfectamente que eres culpable.

El gatito blanco se había portado bastante mejor, o eso decidió Alicia, aunque quizá solo porque había dormido durante casi toda la travesura. Kitty, en cambio, pataleaba y fingía no entender palabra. Alicia la sentó sobre sus rodillas y continuó su regañina, mezclándola con preguntas como si la gatita pudiese contestar.

—¿Qué harías tú si fueras una reina, Kitty? Porque, si no mejoras tus modales, no llegarás nunca a ser reina. Al decir esto, Alicia miró hacia la repisa de la chimenea. Sobre ella había un gran espejo, tan brillante que parecía una estancia abierta al otro lado. El salón reflejado era casi igual al suyo: las mismas butacas, la misma mesa, el mismo fuego. Pero Alicia empezó a imaginar diferencias.

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—La habitación del espejo parece igual —murmuró—, solo que las cosas van al revés. Me gustaría saber si allí tienen libros con las palabras vueltas del otro lado. Y si la leche del espejo será buena para beber. No creo que sea conveniente dársela a Kitty.

Se acercó más. El cristal parecía volverse nebuloso, como una bruma plateada. Alicia apoyó una mano en él, esperando encontrar una superficie dura; pero la mano pasó suavemente, como si atravesara una nube fría.

—¡Vaya! —exclamó—. Se está deshaciendo. Ahora sí que puedo entrar.

Sin pensárselo mucho, trepó con cuidado por la repisa de la chimenea. El espejo cedió por completo, y Alicia pasó al otro lado.

Se encontró en la Casa del Espejo. Todo era conocido y extraño a la vez. El reloj parecía sonreír de un modo distinto, y los objetos de la habitación tenían un aire más vivo que en el salón de donde venía. Sobre la mesa había piezas de ajedrez, pero no estaban quietas. Caminaban.

Alicia se agachó, asombrada. Un Rey Blanco se movía inquieto por la alfombra, mientras la Reina Blanca buscaba a una de sus niñas, un peón diminuto que se había caído. Las piezas hablaban entre sí con voces finas y agitadas, pero no parecían ver a Alicia, aunque ella estaba justo encima de ellas.

—¡Aquí está! —dijo Alicia, tomando con delicadeza al pequeño peón y poniéndolo sobre la mesa.

La Reina Blanca lanzó un chillido tremendo, no de agradecimiento, sino de puro susto, al sentirse levantada por una fuerza invisible. El Rey Blanco cayó de espaldas, y luego empezó a escribir frenéticamente en su libreta, como si quisiera dejar constancia de aquel prodigio.

Alicia sonrió, divertida y desconcertada. Había cruzado el espejo, y aquel mundo obedecía a reglas que todavía no comprendía.

Alicia dejó a las piezas de ajedrez con sus alarmas y sus idas y venidas por la mesa, y siguió explorando la estancia del otro lado del espejo. Todo se parecía a su salón, y sin embargo cada cosa parecía guardar una pequeña desobediencia. Sobre una mesa encontró un libro abierto. Las páginas estaban cubiertas de palabras, pero al inclinarse sobre ellas vio que las letras corrían de derecha a izquierda, como si se burlaran de sus ojos.

—Esto no se puede leer así —dijo Alicia.

Entonces recordó dónde estaba. Tomó el libro, lo sostuvo ante el espejo, y las líneas aparecieron por fin en orden. Leyó en voz alta aquel comienzo extraño, lleno de palabras que parecían recién salidas de un sueño difícil:

«Brillig era, y los toves agilimosos giraban y barruntaban en el césped; misébil estaban los borogovos, y los momios raths outgrabeaban».

Alicia frunció el ceño. Las palabras sonaban importantes, casi solemnes, pero se resistían a dejarse entender. Continuó leyendo. En el poema, un padre advertía a su hijo contra el terrible Jabberwock, de fauces que mordían y garras que apresaban; también contra el ave Jubjub y el furioso Bandersnatch. El muchacho tomaba su espada vorpalina, esperaba largo rato junto al árbol Tumtum, y cuando el monstruo llegaba bufando por el bosque tulgey, con ojos de llama, lo atacaba una y otra vez hasta cortarle la cabeza. Luego regresaba con ella, y el padre lo recibía con júbilo.

Cuando terminó, Alicia cerró el libro despacio.

—Parece muy bonito —dijo—, pero es bastante difícil de comprender. De algún modo me llena la cabeza de ideas, solo que no sé exactamente cuáles son. Alguien ha matado algo, eso está claro.

Dejó el volumen en su sitio. Quería ver más de aquel país invertido. Salió de la casa, y al hacerlo tuvo la impresión de que el propio mundo empezaba a ordenarse como un tablero: campos claros y oscuros, senderos que parecían casillas, y piezas vivas que quizá avanzaban obedeciendo reglas invisibles. No tardó en ver, tendido bajo un árbol, a un gran personaje rojo, inmóvil y profundamente dormido. Era el Rey Rojo. Su respiración sonaba grave, y a cada ronquido parecía estremecerse la tierra de alrededor.

Alicia lo miró con curiosidad. El rey no despertaba. Cerca de él, todo mantenía una quietud extraña, como si el sueño de aquel monarca sujetara el paisaje entero.

—Me pregunto si también él será una pieza de ajedrez —murmuró Alicia.

Aún no sabía hasta qué punto aquella tierra estaba gobernada por movimientos, turnos y casillas; pero empezaba a sospechar que allí avanzar no significaría simplemente caminar, y que entender las cosas exigiría mirarlas al revés, como las letras del libro.

Con el poema del Jabberwock todavía resonándole en la memoria, Alicia se volvió hacia el jardín que se extendía más allá, dispuesta a descubrir cuál sería su próximo movimiento en aquella partida extraña.

Alicia dejó atrás la casa del espejo con la determinación de llegar al jardín que había visto desde la ventana. Pero, como todo en aquel país, el camino no parecía obedecer a las reglas corrientes. Cada vez que intentaba avanzar hacia la colina, acababa de nuevo frente a la puerta de la casa, como si el sendero se burlara de ella. Probó a caminar en línea recta, probó a rodear un árbol, probó incluso a darse la vuelta; y entonces, para su sorpresa, al alejarse del jardín fue cuando por fin llegó a él.

Entre los arriates crecían flores altas, vivas y muy dueñas de su opinión. Alicia se inclinó ante una flor de tallo erguido y preguntó con cortesía:

—¿Podéis hablar todas?

—Tan bien como tú —respondió una azucena atigrada—, y bastante más alto.

—No es de buena educación empezar nosotras —añadió una rosa—. Estábamos esperando a que hablaras.

Alicia, algo desconcertada, quiso saber si no se sentían solas allí.

—¿Solas? —dijo la rosa—. Con un árbol en medio, imposible. Sirve para ladrar si hay peligro.

—¿Y puede ladrar? —preguntó Alicia.

—Dice “¡ramas!” —contestó la margarita, y varias margaritas rieron con un murmullo impertinente.

Las flores la examinaron entonces con descarada severidad. La azucena declaró que sus pétalos eran de un color muy apagado, y la rosa comentó que, aunque su cara tenía cierta forma, no estaba bien hecha. Alicia empezaba a sentirse ofendida cuando un estremecimiento recorrió el jardín. —Ahí viene —susurró la rosa—. La otra flor.

Alicia miró y vio acercarse a la Reina Roja, alta, rígida, con paso decidido. Recordó a las piezas que había visto antes y pensó que, en efecto, aquella reina parecía salida del tablero. Quiso adelantarse a su encuentro, pero cuanto más caminaba hacia ella, más lejos parecía hallarse. Finalmente comprendió la regla absurda del lugar: dio media vuelta, caminó en dirección contraria, y la Reina Roja apareció junto a ella.

—¿De dónde vienes? ¿Y adónde vas? —preguntó la Reina con brusquedad—. Mira hacia delante, habla con claridad y no hagas reverencias mientras piensas.

Alicia intentó explicarse, pero la Reina la interrumpió una y otra vez, corrigiendo sus palabras como si cada frase fuese un movimiento mal hecho.

—Esto es un gran tablero de ajedrez —dijo al fin, señalando el campo que se extendía alrededor—. Las líneas son arroyos y setos. Tú estás en la segunda casilla.

Alicia miró entonces con más atención. El paisaje se ordenaba, en efecto, en cuadrados que se perdían hasta el horizonte.

—Me gustaría ser una reina —dijo, casi sin atreverse.

—Eso puede arreglarse —respondió la Reina Roja—. Empiezas como peón de la Reina Blanca. Si llegas a la octava casilla, serás reina. Pero tendrás que moverte como corresponde.

Y comenzó a explicarle el recorrido: en la cuarta casilla encontraría a Tweedledum y Tweedledee; en la sexta, a Humpty Dumpty; en la séptima, el León y el Unicornio estarían combatiendo; y, al final, si Alicia seguía adelante, llegaría la coronación.

—Habla cuando se te hable, camina deprisa y no pierdas tu turno —añadió la Reina.

Alicia quiso hacer otra pregunta, pero la Reina Roja ya corría, y Alicia corrió tras ella, sintiendo que la partida acababa de empezar de verdad.

La Reina Roja seguía delante de Alicia, muy erguida, como si cada paso suyo fuese una orden. Había señalado los cuadros del país con una seguridad que no admitía réplica: allí, dijo, Alicia empezaría como peón; allí avanzaría hasta la octava casilla; y allí, si todo sucedía como debía, sería reina.

—Pero, para eso —añadió la Reina—, tendrás que correr.

Alicia apenas tuvo tiempo de preguntar hacia dónde. La Reina Roja la tomó de la mano, y al instante echaron a correr. No fue una carrera como las de un prado común, donde los árboles quedan atrás y los caminos cambian bajo los pies. Allí todo se precipitaba alrededor con una rapidez confusa, y sin embargo los objetos parecían obstinarse en permanecer junto a ellas. El aire le golpeaba la cara a Alicia; sus piernas se movían cuanto podían, y la mano de la Reina la arrastraba con una fuerza asombrosa para una criatura tan pequeña y tiesa.

—¡Más deprisa! —gritaba la Reina—. ¡Más deprisa todavía!

Alicia corría hasta sentir que ya no podía distinguir si pisaba hierba, sendero o casilla. Quiso decir que se ahogaba, pero la Reina no soltaba su mano. Entonces todo dio un último tirón, como si el mundo entero hubiese sido estirado por una cuerda, y de pronto se detuvieron. Alicia miró alrededor, jadeando. Para su sorpresa, estaban bajo el mismo árbol, junto al mismo seto, exactamente donde habían empezado.

—¡Pero si no hemos avanzado nada! —dijo, indignada y sin aliento—. En mi país, si una corre mucho, suele llegar a otro sitio.

—Un país bastante lento —respondió la Reina—. Aquí, como ves, hace falta correr todo lo que una pueda para permanecer en el mismo lugar. Si quieres llegar a otra parte, tendrás que correr por lo menos el doble de rápido.

Alicia no supo si aquello era una explicación o una burla. La Reina, sin embargo, hablaba con la seriedad de quien enuncia una ley natural. Después le dio instrucciones precisas sobre su puesto en la partida. Alicia sería un peón blanco; debía avanzar por el tablero, casilla tras casilla, aunque los caminos no siempre parecieran caminos, ni las reglas se anunciaran antes de cumplirse.

—Cuando llegues a la octava casilla —dijo la Reina Roja—, serás reina. Y ahora, antes de que puedas decir una palabra más, empieza.

Alicia quiso hacer una pregunta, pero la Reina ya se alejaba con paso rígido, disminuyendo a la vista de manera extraña, como una pieza que se retirase sin dejar de vigilar el tablero.

Entonces Alicia comprendió que no se trataba solo de pasear por aquel país. Había aceptado, casi sin darse cuenta, entrar en una partida. No conocía todas sus reglas, pero sí el premio prometido y el primer deber de un peón: avanzar.

Alicia, ya convertida en peón blanco, miró el tablero invisible que el país parecía tender bajo sus pies. Apenas hubo dado unos pasos, el paisaje cambió de súbito, y se encontró sentada en un vagón de tren, como si siempre hubiera estado allí. Frente a ella viajaban pasajeros extrañísimos: un hombre vestido de papel, una cabra, un escarabajo y otros seres que hablaban todos a la vez sin escucharse demasiado.

El revisor apareció con gesto severo.

—¡Billetes, por favor! —dijo.

Alicia buscó en sus bolsillos, desconcertada.

—Me temo que no tengo billete. No sabía que iba a viajar.

—Entonces no debió subir —replicó el revisor—. Nadie debe ir a ninguna parte sin billete.

Los pasajeros la miraron como si aquello fuese una falta gravísima. Uno comentó que una niña costaba más que un equipaje; otro aseguró que los pensamientos debían facturarse aparte. El revisor examinó a Alicia de arriba abajo con una lente enorme, y luego declaró que era demasiado joven para saber a dónde iba, pero no lo bastante joven para no pagar por ello. El tren silbó, aceleró y pareció saltar por encima de los campos. De pronto todos gritaron:

—¡Va en dirección contraria!

Alicia quiso preguntar hacia dónde, pero el vagón se estremeció, el revisor desapareció, los pasajeros se desvanecieron como humo, y ella se vio sola al borde de un bosque.

Entró bajo los árboles. A medida que avanzaba, una extraña quietud caía sobre las palabras. Alicia quiso decirse quién era, para no sentirse perdida, pero el nombre no acudió a su lengua. También olvidó cómo se llamaban los árboles, el camino, sus propias manos.

—¿Qué seré yo? —pensó, inquieta—. Sé que soy algo, pero no sé qué.

Entonces apareció un cervatillo. La miró sin miedo y se acercó con dulzura.

—¿Sabes cómo nos llamamos? —preguntó Alicia.

El animal negó levemente.

—Aquí nadie lo sabe —parecía decir su mirada.

Caminaron juntos, muy cerca, como dos criaturas sin nombre en un lugar donde no había cazadores ni niñas, ni ciervos, ni palabras para separarlos. Alicia apoyó la mano sobre su cuello, y el cervatillo no huyó.

Pero al llegar al claro, fuera del bosque, los nombres regresaron de golpe.

—¡Soy un cervatillo! —exclamó él, sobresaltado—. ¡Y tú eres una niña!

Sus patas temblaron un instante. Luego, obedeciendo a un miedo antiguo, dio media vuelta y escapó entre los árboles.

Alicia se quedó mirándolo desaparecer. Ya recordaba su nombre, pero el recuerdo le pareció, por primera vez, una forma de pérdida. Después siguió adelante, hacia la siguiente casilla del tablero.

Al dejar atrás el bosque donde las cosas recuperaban sus nombres, Alicia siguió el sendero con el corazón aún apenado por la huida del cervatillo. No había avanzado mucho cuando vio, bajo unos árboles, a dos niños gordezuelos, idénticos como dos huevos, con los brazos enlazados y el cuello ceñido por grandes cuellos de camisa. En el pecho de uno se leía DUM, y en el del otro DEE.

Alicia recordó una vieja rima y se inclinó con cortesía.

—Si no os molesta, ¿podríais indicarme el camino para salir de este bosque?

Tweedledum y Tweedledee no contestaron. La miraron con gravedad, extendieron cada uno una mano y Alicia, sin saber a quién atender primero, tomó las dos a la vez. Entonces los gemelos sonrieron y comenzaron a girar alrededor de ella, recitando versos y haciendo reverencias absurdamente solemnes. Cuando por fin se detuvieron, Tweedledee dijo:

—Sabemos una historia.

—La historia de la Morsa y el Carpintero —añadió Tweedledum.

Y, sin esperar permiso, la recitaron. Contaron cómo la Morsa y el Carpintero paseaban junto al mar, invitando a unas inocentes ostras a seguirlos por la arena. Las ostras, pequeñas y confiadas, salieron de sus lechos en fila. La luna brillaba, el mar quedaba atrás, y la charla parecía amable… hasta que, al final, la Morsa y el Carpintero se sentaron con pan, pimienta y vinagre, y se comieron a todas las ostras.

—¡Eso no está nada bien! —exclamó Alicia—. La Morsa me parece peor, aunque llorara.

—Pero se comió más que el Carpintero —dijo Tweedledee.

—Entonces el Carpintero es peor, porque no lloró —dijo Alicia, confundida.

—Eran los dos muy desagradables —concluyó al fin.

Apenas lo dijo, Tweedledum se puso pálido y señaló algo en el suelo.

—¡Mi sonajero! ¡Está roto!

Tweedledee lo miró con indignación, y los dos se irguieron como guerreros. Decidieron batirse en duelo. Alicia intentó razonar con ellos, pero ya se estaban poniendo armaduras improvisadas: cacerolas por cascos, cojines por corazas, cucharones por espadas. Antes de que empezaran, un cuervo enorme cruzó el cielo con un batir de alas tan negro y vasto que los gemelos olvidaron su disputa y huyeron aterrados entre los árboles.

Alicia quedó sola, hasta que los vio asomar de nuevo y la llamaron en voz baja. La llevaron a un claro donde un gran rey, de rostro solemne y barba roja, dormía profundamente bajo un árbol. Roncaba con tanta fuerza que las hojas temblaban.

—Es el Rey Rojo —susurró Tweedledee—. Y ahora mismo está soñando.

—¿Y con qué sueña? —preguntó Alicia.

—Contigo —dijo Tweedledum.

Alicia frunció el ceño.

—¡Eso no puede ser! Yo soy real.

—No lo eres —replicó Tweedledee—. Solo eres una cosa dentro de su sueño. Si despertara, te apagarías como una vela.

Alicia sintió ganas de llorar, pero se mantuvo firme.

—No me apagaría. Estoy aquí, pensando y hablando.

—Eso es justo lo que soñaría él que dices —contestaron los gemelos.

El Rey Rojo siguió roncando, indiferente, mientras Alicia miraba su rostro dormido y, por primera vez desde que atravesó el espejo, dudó de si aquel viaje le pertenecía de verdad.

Alicia dejó atrás a Tweedledum y Tweedledee con la inquietud todavía prendida a sus palabras: si el Rey Rojo soñaba con ella, ¿qué sería Alicia al despertar él? Pero apenas hubo caminado un poco por el tablero viviente, oyó un roce apresurado entre los matorrales, y vio venir a la Reina Blanca, que corría de un lado a otro con el aspecto más descompuesto que pudiera imaginarse.

Llevaba el chal torcido, el cabello escapado bajo la corona y una expresión de grave sobresalto, como si todo cuanto sucedía llegara siempre demasiado pronto o demasiado tarde.

—¡Mírame bien! —exclamó la Reina, sin detenerse—. ¡Mi broche se ha soltado otra vez! ¡Y no sé qué hacer con mi chal!

Alicia, que conservaba cierta inclinación a poner orden donde encontraba desorden, se acercó y le acomodó el chal con cuidado. También le sujetó el broche, mientras la Reina permanecía muy rígida, mirando al frente con ojos extraviados.

—Tienes manos muy hábiles —dijo la Reina—. ¿Cuántos años tienes?

—Siete años y medio, exactamente.

—No hace falta decir “exactamente” —repuso la Reina—. Yo puedo creer seis cosas imposibles antes del desayuno.

Alicia pensó que aquello era una exageración, pero la Reina hablaba con tanta seriedad que no supo cómo contradecirla. Entonces la Reina comenzó a explicar, como si se tratara de la cosa más natural del mundo, que en aquel país se vivía de un modo bastante peculiar.

—Nosotras recordamos hacia las dos direcciones —dijo—. La memoria que solo funciona hacia atrás es una memoria pobre.

—Yo solo recuerdo las cosas que ya han ocurrido —confesó Alicia.

—¡Qué atrasada! —dijo la Reina—. Aquí se recuerdan mejor las cosas que ocurrirán la semana que viene.

Y, para probarlo, empezó a gritar antes de haberse hecho daño. Alicia la miró asombrada.

—¿Por qué grita, Majestad?

—Porque pronto me pincharé el dedo —respondió la Reina entre alaridos.

Alicia esperó. Al cabo de un momento, la Reina se pinchó de verdad al intentar arreglar de nuevo el broche. Entonces cesó en seco.

—Ya está —dijo tranquilamente—. Ahora que ha ocurrido, no hay por qué seguir gritando.

Alicia no encontró respuesta para semejante razonamiento. Todo parecía funcionar al revés: primero el lamento, después la herida; primero el recuerdo, luego el suceso. La Reina, ya más sosegada, anunció que pronto sería detenida una persona por un crimen que cometería más adelante. Alicia intentó comprenderlo, pero cada explicación levantaba nuevas dificultades, como si las palabras caminaran de espaldas.

De pronto, la Reina empezó a encogerse y a cambiar. Su rostro se alargó, su voz se volvió balido, la corona pareció confundirse con unos rizos blancos, y el chal que Alicia acababa de ordenar se transformó en una especie de lana espesa.

Alicia parpadeó. La Reina Blanca ya no estaba ante ella.

En su lugar había una oveja, sentada muy seria, como si aquella transformación no mereciera comentario alguno. Alicia miró alrededor, desconcertada, y descubrió que el paisaje también había mudado. Ya no se hallaba en el claro del camino, sino junto a un mostrador, en una tienda llena de objetos que parecían retirarse en cuanto ella intentaba mirarlos fijamente.

La oveja levantó la vista.

—¿Qué desea comprar? —preguntó.

Y Alicia comprendió que la partida continuaba, casilla tras casilla, aunque las reglas siguieran burlándose de ella.

Alicia parpadeó, y donde un instante antes había estado la Reina Blanca, apareció una Oveja sentada al otro lado de un mostrador. Llevaba unas agujas de hacer punto, y las movía con tanta rapidez que parecían brillar en el aire.

—¿Qué deseas comprar? —preguntó la Oveja, sin levantar apenas la vista.

Alicia miró alrededor. La tienda estaba llena de cosas: huevos, cintas, cajas, botellas, mantas, bastones, teteras… Pero en cuanto fijaba los ojos en un objeto, este parecía escurrirse hacia otro estante. Si extendía la mano hacia una caja, la caja ya no estaba allí; si se volvía hacia una botella, la botella se retiraba como si tuviera voluntad propia. —Me gustaría mirar un poco antes —dijo Alicia.

—Puedes mirar delante de ti y a los dos lados, si quieres —respondió la Oveja—, pero no puedes mirar todo alrededor… a menos que tengas ojos en la nuca.

Alicia no quiso discutir. Se acercó a un estante donde creía haber visto un huevo.

—Quisiera comprar uno de esos —dijo.

—¿Cómo lo quieres? —preguntó la Oveja—. A tres peniques uno, o a dos peniques dos.

—Entonces, dos salen más baratos que uno —observó Alicia.

—Solo que si compras dos, tendrás que comértelos los dos —replicó la Oveja.

Alicia pensó que eso no era una gran ventaja, y pidió uno solo. Pero al intentar cogerlo, el huevo rodó más lejos, y el estante pareció alargarse sin fin. La Oveja seguía haciendo punto, impasible.

De pronto, las agujas se convirtieron en remos. El mostrador desapareció. Los estantes se deslizaron hacia las orillas, y Alicia se encontró sentada en una barca, frente a la Oveja, que remaba por un río estrecho y silencioso.

—¡Sostén el remo derecho! —dijo la Oveja—. ¡No salpiques tanto!

Alicia intentó obedecer, pero los remos se le enredaban en el agua. La barca se inclinaba, avanzaba a tirones, y los juncos parecían apartarse justo cuando ella quería tocarlos. En la orilla vio unos hermosos juncos con punta perfumada y alargó la mano para cogerlos; siempre, el más bonito quedaba un poco más lejos que los demás.

Al fin consiguió arrancar algunos, pero se marchitaban casi en cuanto caían en su regazo. A Alicia le dio pena, aunque no tuvo tiempo de decirlo, porque el río se deshizo tan repentinamente como había aparecido.

La barca volvió a ser tienda. La Oveja estaba otra vez tras el mostrador, con las agujas en la mano.

—Aquí tienes tu huevo —dijo.

Alicia pagó, o creyó pagar, y salió con el huevo entre las manos. Pero cuanto más lo llevaba, más crecía; y cuanto más crecía, más se parecía a una cara redonda, sentada en lo alto de un muro.

Alicia comprendió que había avanzado otra casilla en aquella partida extraña, donde cada paso cambiaba el mundo bajo sus pies. El huevo que Alicia había comprado a la Oveja siguió creciendo ante sus ojos, redondeándose con una solemnidad extraordinaria, hasta que dejó de parecer un huevo y se convirtió en una figura sentada en lo alto de un muro estrecho. Tenía rostro, brazos, piernas, y una expresión tan satisfecha de sí misma que Alicia no dudó en reconocerle.

—Debe de ser Humpty Dumpty —murmuró.

La criatura la oyó, aunque Alicia había hablado en voz baja.

—No me gusta que me llamen así —dijo Humpty Dumpty con tono ofendido—. Es un nombre bastante ridículo.

—Es que su forma es exactamente la de un huevo —repuso Alicia, procurando ser cortés.

Humpty Dumpty la miró con severidad.

—Algunas personas tienen una forma; otras, otra. Eso no es razón para hacer comentarios.

Alicia cambió de asunto y le preguntó por qué estaba sentado en un sitio tan peligroso. El muro era alto y estrecho, y él parecía equilibrarse allí como si el suelo no tuviera derecho a existir.

—Si me cayera —contestó con orgullo—, el Rey me prometió enviar todos sus caballos y todos sus hombres.

—Pero quizá no pudieran volver a ponerle en pie —dijo Alicia.

Humpty Dumpty la miró como si hubiera cometido una gran impertinencia.

—Esa observación es innecesaria. Entonces empezó a hablar de los nombres. Dijo que el nombre de Alicia no significaba nada, y que un nombre debía querer decir algo. El suyo, aseguró, explicaba la forma que tenía, y por tanto era superior.

Alicia, que no estaba convencida, le habló del poema que había leído al entrar en el mundo del espejo. Humpty Dumpty se irguió con aire magistral.

—Puedo explicar todos los poemas que se han inventado, y algunos que todavía no se han inventado.

Alicia recitó los versos del Jabberwocky, aquellos de palabras extrañas y criaturas imposibles. Humpty Dumpty los fue desmontando uno por uno con mucha autoridad. Dijo que “brillig” significaba las cuatro de la tarde, cuando se empieza a asar la cena; que “slithy” era una palabra compuesta de ágil y viscoso; y que “mimsy” mezclaba miserable y endeble.

—Cuando yo uso una palabra —declaró—, significa exactamente lo que yo decido que signifique, ni más ni menos.

—La cuestión es si usted puede hacer que las palabras signifiquen tantas cosas distintas —dijo Alicia.

—La cuestión —respondió Humpty Dumpty— es saber quién manda. Eso es todo.

Continuó explicando los versos con una seguridad que no admitía réplica, como si el idioma entero fuese un criado suyo. Alicia escuchaba, entre interesada y desconcertada. También le ofreció una resta extraña sobre su edad y le cantó una canción de despedida que parecía no querer terminar nunca.

Por fin, Alicia dijo que debía continuar su camino. Humpty Dumpty no hizo ademán de bajar ni de tenderle la mano. Solo le anunció que, si volvía a verla, no la reconocería, porque su cara era igual por todas partes.

Alicia se alejó un poco molesta, pensando que era una criatura insoportable. Apenas había dado unos pasos cuando oyó detrás de ella un estruendo terrible, como si todos los caballos y todos los hombres del Rey se hubieran puesto en marcha a la vez.

Apenas había dejado Alicia atrás el alto muro de Humpty Dumpty, cuando oyó un redoble de tambores, un ruido de cascos y voces que corrían hacia un mismo punto. Era el séptimo escaque, y allí encontró al Rey Blanco, muy ocupado en mirar por el camino con sus dos mensajeros: Haigha y Hatta, que no parecían más sensatos que los demás habitantes del país del espejo.

—¡Vienen el León y el Unicornio! —dijo el Rey—. Luchan por mi corona, como siempre.

Alicia pensó que, si la corona era del Rey, resultaba extraño que otros dos la disputasen; pero en aquel mundo lo extraño solía presentarse como si fuera lo más natural. El León y el Unicornio llegaron resoplando, y se embistieron con gran aparato, aunque la batalla tenía más de costumbre repetida que de furia verdadera. El Rey observaba con solemnidad; los mensajeros corrían de un lado a otro, y Alicia procuraba entender quién ganaba.

Al fin los combatientes se detuvieron, y alguien trajo pan y pastel, porque así lo mandaba la canción: primero se les dio pan blanco y moreno; después, pastel de ciruelas. Pero el pastel se resistió a la lógica común. Cuando Alicia intentó partirlo, el corte desaparecía y las porciones volvían a unirse.

—Debes repartirlo primero y cortarlo después —le explicaron.

Alicia obedeció, y entonces, contra toda razón, las rebanadas quedaron separadas en los platos antes de que el cuchillo hiciera su trabajo. El Unicornio la miró con asombro.

—¿Qué es esta criatura?

—Una niña —dijo Haigha.

—Siempre pensé que las niñas eran monstruos fabulosos —respondió el Unicornio—. Bueno, si tú crees en mí, yo creeré en ti.

No hubo tiempo para mucho más. Sonó un estrépito confuso, como si todos los soldados y todos los caballos del Rey se hubieran puesto en marcha a la vez. La escena se deshizo en ruido y movimiento, y Alicia siguió avanzando hasta que dos figuras armadas aparecieron en el camino.

Uno era el Caballero Rojo, que la declaró prisionera. Casi en seguida llegó el Caballero Blanco, que afirmó venir a rescatarla. Ambos se batieron de una manera torpe y ceremoniosa, cayéndose a menudo del caballo; al final, el Caballero Rojo se retiró, y el Blanco quedó como vencedor.

—Ahora te acompañaré hasta el último arroyo —dijo con gran amabilidad.

Era un caballero lleno de inventos: llevaba cajas, bolsas, un cazo, colmenas y objetos que se caían a cada paso. También él caía, ya de lado, ya de cabeza, y volvía a montar como si tal cosa. Mientras avanzaban, le habló de sus descubrimientos y le cantó una canción melancólica. Alicia, a pesar de la rareza, sintió por él una ternura inesperada.

Por fin llegaron al borde del arroyo.

—Cuando lo saltes —dijo el Caballero Blanco—, serás reina.

Alicia se despidió, cruzó el agua de un salto, y dejó atrás al caballero, que todavía la saludaba desde la otra orilla. Alicia se quedó mirando el arroyo que el Caballero Blanco le había señalado. Él se alejaba ya, torpe y digno, cayéndose de cuando en cuando con sus propias invenciones a cuestas. Alicia le hizo una última señal con la mano; luego saltó. Al tocar la otra orilla, algo pesado y brillante le cayó suavemente sobre la cabeza. Era una corona. Alicia se llevó las manos al pelo, sorprendida, y comprendió que había llegado a la octava casilla: ya era reina.

No tuvo tiempo de alegrarse mucho. A un lado apareció la Reina Roja, severa como siempre; al otro, la Reina Blanca, con su aire extraviado y su sonrisa débil. Las dos la acomodaron entre ellas como si llevaran siglos esperándola.

—Ahora debes ser examinada —dijo la Reina Roja—. Las reinas tienen que saberlo todo.

—¿Todo? —preguntó Alicia.

—Naturalmente —contestó la Roja—. ¿Cuánto es uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno y uno?

Alicia empezó a contar, pero la Reina Blanca la interrumpió:

—No sabe hacer sumas. Hazle una resta. Quítale un hueso a un perro: ¿qué queda?

—El hueso no quedaría, desde luego, si el perro pudiera evitarlo —dijo Alicia.

—Mal —sentenció la Reina Roja—. Queda el temperamento del perro.

Siguieron con preguntas sobre pan, rayos, relámpagos y modales. Cada respuesta de Alicia parecía equivocada antes de ser pronunciada. La Reina Blanca dormitaba de pronto en su hombro; la Roja la corregía con frases tajantes. Alicia, cada vez más reina y menos paciente, procuraba mantenerse cortés.

Entonces se anunció su banquete. Sin saber cómo, Alicia se vio sentada a una mesa larga, entre las dos reinas, con platos que parecían demasiado vivos para ser servidos. Había una pierna de cordero, pero la Reina Roja la presentó solemnemente:

—Alicia, permíteme presentarte al Cordero.

Alicia, desconcertada, hizo una reverencia. Después de presentados, le dijeron que ya no podía cortarlo. Luego le presentaron al pudin, y tampoco pudo servirse.

—¡No se corta a quien ha sido presentado! —gritaban las reinas.

Los invitados hablaban a la vez. Las botellas volaban, las fuentes se cambiaban de sitio, las palabras de los brindis se enredaban antes de llegar al final. Alicia intentó pronunciar un discurso, pero las voces crecieron a su alrededor.

La mesa empezó a desobedecer, los platos se levantaban, las sillas se movían, y la Reina Blanca desapareció dentro de una sopera mientras la Roja se volvía cada vez más pequeña, o quizá más furiosa.

Alicia apoyó las manos en la mesa. Ya no iba a tolerar aquel desorden disfrazado de ceremonia.

—¡Esto es absurdo! —exclamó al fin.

Y en cuanto lo dijo, todo el banquete pareció estremecerse, como si la partida entera estuviera a punto de romperse bajo sus dedos.

Alicia, recién coronada, miró la mesa del banquete con una indignación que ya no cabía en su pequeño cuerpo de reina. La Reina Roja y la Reina Blanca seguían allí, a un lado y a otro, dándole órdenes, contradiciéndose y confundiendo hasta las palabras más sencillas. Los invitados hablaban todos a la vez; las fuentes se movían como si tuvieran voluntad propia, y el pudín que Alicia había intentado repartir le respondió con descaro, como si fuese un personaje más de aquella sala imposible.

—¡No aguantaré esto ni un minuto más! —exclamó Alicia.

La confusión aumentó. Las copas rodaban por la mesa, las sillas se agitaban, y las reinas parecían satisfechas de aquel disparate, como si el desorden fuese la verdadera ceremonia. Entonces Alicia se puso en pie. Había crecido de pronto, o acaso la sala había menguado a su alrededor. Ya no se sentía una invitada examinada por jueces absurdos, sino alguien que podía terminar de una vez con aquella partida.

—¡Sois solo una baraja de cartas! —dijo con fuerza, aunque allí no hubiera cartas, sino reinas, vajilla rebelde e invitados sin concierto.

La Reina Roja intentó escapar, menuda, rápida, severa todavía en su enfado. Alicia alargó la mano y la agarró con decisión. En el mismo instante, todo empezó a sacudirse. La mesa, las luces, las voces y el salón entero se deshicieron como una imagen reflejada en agua removida.

—¡Te sacudiré hasta que te conviertas en gatita! —dijo Alicia.

Y eso fue exactamente lo que pareció ocurrir. La Reina Roja se hizo cada vez más pequeña entre sus manos. Su corona desapareció, su severidad se volvió un maullido, y el vestido encarnado se transformó en el pelo suave de Kitty, la gatita negra, que se retorcía entre los brazos de Alicia.

Alicia abrió los ojos. Estaba de nuevo en el salón, junto al sillón, con Kitty entre las manos. La nieve seguía fuera; el fuego ardía tranquilo; Dinah estaba cerca, y la casa no tenía ya ni tablero, ni arroyos, ni reinas.

—Kitty —dijo Alicia—, ¿sabes que has sido la Reina Roja? Deberías estar avergonzada.

Kitty no respondió, por supuesto. Solo se lamió una pata con mucha dignidad. Alicia la dejó en el suelo y tomó en brazos a la otra gatita, como si también ella hubiera tenido alguna parte en la aventura.

Luego pensó en el Rey Rojo, aquel durmiente que Tweedledum y Tweedledee le habían mostrado en el bosque. Le habían dicho que ella no era más que una cosa dentro de su sueño, y que si el Rey despertaba, Alicia se apagaría como una vela.

Ahora, de vuelta en su salón, Alicia no estaba segura. ¿Había soñado ella con el Rey Rojo, con las reinas, con el Caballero Blanco y con todo el país del espejo? ¿O era el Rey Rojo quien la había soñado a ella? La pregunta quedó suspendida, tan extraña como el mundo que acababa de desvanecerse. Y Alicia, con las gatitas a su lado, siguió preguntándose de quién habría sido, en verdad, aquel sueño.

Y quedó la pregunta suspendida: ¿quién había soñado a quién?

Guion y voz generados con inteligencia artificial.

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