aliento

Historia para dormir · Clásicos de la literatura

El cuento de Genji: deseo, esplendor y pérdida en la corte de Heian

47 min · Para escuchar con la luz apagada

Leer el guion

Gratis y sin registro. Con el icono de la luna del reproductor pones un temporizador o dejas que sigan sonando historias toda la noche.

Hikaru Genji persigue en sus amores la imagen inalcanzable de Fujitsubo, mientras une su vida a Murasaki y asciende entre destierros, pérdidas e intrigas cortesanas. Su esplendor acaba quebrándose con el deterioro de sus vínculos y la muerte de Murasaki, antes de que el relato continúe con una generación heredera de sus incertidumbres.

La historia en texto

En cierta época del reinado de un emperador de Japón, vivía en palacio una dama a la que su señor amaba por encima de todas las demás. No pertenecía a una familia bastante poderosa para defenderla de aquel favor excesivo. Las consortes de rango superior la despreciaban, y hasta las damas menores murmuraban al verla atravesar corredores donde cada precedencia era vigilada como una ley.

La llamaban Kiritsubo, por el pabellón apartado que ocupaba. El emperador la mandaba llamar sin atender a horas ni ceremonias. Durante aquellos trayectos, las otras mujeres le cerraban puertas, ensuciaban los pasadizos o la obligaban a soportar burlas apenas veladas. Kiritsubo callaba, pero su salud se consumía.

Cuando dio a luz un hijo de extraordinaria hermosura, el amor del emperador se hizo todavía más visible. El niño parecía destinado a eclipsar a todos. Sin embargo, ya existía un príncipe heredero, hijo de la poderosa dama Kokiden. La corte comprendió que la belleza del recién nacido podía convertirse en una amenaza.

—No temáis por vuestro hijo —decía el emperador a Kiritsubo—. Mientras yo viva, nada habrá de faltarle.

Seguir leyendo (127 párrafos más)

Pero no podía librarla de la hostilidad cotidiana. Kiritsubo enfermó y pidió regresar a casa de su madre. El emperador se resistió a dejarla partir; cuando al fin cedió, era demasiado tarde. Murió poco después.

El emperador quedó sumido en un dolor que ni la música ni las ceremonias lograban aliviar. Mandó traer al niño a palacio y lo mantuvo cerca de sí. El pequeño creció entre damas que admiraban su gracia y cortesanos que calculaban el peligro de cada gesto imperial. Su rostro era tan luminoso, y su talento tan precoz, que empezaron a llamarlo Hikaru Genji: Genji el Resplandeciente.

Su padre habría querido elevarlo por encima de los demás príncipes, pero conocía la fragilidad de su posición. Sin parientes maternos influyentes, el muchacho quedaría expuesto a la facción de Kokiden y a las luchas por la sucesión. Un sabio venido de Corea examinó al niño y anunció que, si ascendía al trono, sobrevendrían desórdenes; si quedaba como simple súbdito, tampoco parecía destinado a una vida común.

El emperador tomó entonces una decisión dolorosa. Apartó a Genji de la línea imperial y le concedió un apellido: Minamoto. Ya no sería príncipe de sangre con derecho a sucederlo, sino miembro de un clan noble al servicio de la corte. Así esperaba protegerlo de una rivalidad que podía destruirlo. Pasaron los años. El recuerdo de Kiritsubo seguía gobernando secretamente el corazón del emperador. Al saber que una joven princesa, Fujitsubo, se parecía de manera asombrosa a la difunta, la hizo entrar en palacio como consorte. Era noble, serena y casi inaccesible.

Genji oyó a las damas repetir aquella comparación. Como apenas conservaba imágenes claras de su madre, empezó a contemplar a Fujitsubo con una emoción confusa. El emperador permitía que el niño se acercara a ella.

—No debes mostrarte distante con él —le dijo—. Su madre se parecía tanto a vos que quizá encuentre consuelo a vuestro lado.

Fujitsubo trató a Genji con afectuosa reserva. Él buscaba cualquier pretexto para permanecer cerca de sus aposentos, escuchar su voz o verla detrás de las cortinas de seda. En su imaginación, la madre perdida y aquella joven consorte se fundieron en una sola figura.

Pero Genji crecía, y el consuelo de la infancia comenzaba ya a transformarse en un sentimiento que la corte jamás podría admitir.

Genji había sido unido muy joven a Aoi, hija del ministro de la Izquierda. Ella era noble, hermosa y varios años mayor que él; pero lo recibía con una reserva que hería su orgullo. Cuando Genji acudía a sus aposentos, encontraba cortesía donde esperaba ternura, y silencio donde deseaba confianza. Así, aunque cumplía con las apariencias de su matrimonio, buscaba en otras mujeres el afecto que Aoi no le concedía.

Sus aventuras fueron numerosas y desiguales. A veces lo guiaba el deseo; otras, la curiosidad o el afán de descubrir una belleza oculta tras persianas y cortinas. Sin embargo, ninguna mujer lograba apartar de su pensamiento a Fujitsubo. La consorte de su padre poseía el rostro que Genji asociaba a la madre perdida y una dignidad que volvía todavía más peligroso su anhelo.

La diferencia de rango y la vigilancia de palacio hacían casi imposible acercarse a ella. Genji aguardaba noticias de sus damas, enviaba versos discretos y se atormentaba con respuestas prudentes que no prometían nada. Sabía que aquel amor ofendía a su padre y amenazaba el orden mismo de la corte. Pero el temor no extinguía su pasión: la hacía más secreta. Cuando Fujitsubo se retiró temporalmente de palacio a causa de una indisposición, Genji encontró el modo de entrar en sus habitaciones con ayuda de una dama cómplice. Ella intentó rechazarlo.

—No debéis estar aquí —murmuró—. Si alguien os viera, no habría perdón para ninguno de los dos.

—He vivido cerca de vos como si una barrera invisible me negara cuanto más amo —respondió Genji—. No puedo seguir fingiendo que sois para mí solamente la esposa de mi padre.

Fujitsubo comprendía el peligro mejor que él. Su resistencia nacía del deber, pero también del miedo a reconocer sus propios sentimientos. Aquel encuentro secreto selló una unión que ninguno podría confesar. Después, ella se apartó de Genji con angustia, y él regresó a la corte dividido entre la dicha y el remordimiento.

Pasaron los meses. Fujitsubo descubrió que esperaba un hijo. Ante los ojos de todos, el niño sería descendiente del emperador. Solo ella y Genji conocían la verdad. Cuando él consiguió verla durante el embarazo, apenas se atrevieron a hablar.

—Este secreto puede destruirnos —dijo Fujitsubo—. No volváis a buscarme.

Genji inclinó la cabeza, aunque sabía que obedecerla sería casi imposible.

El niño nació con una belleza extraordinaria. El emperador, feliz, creyó reconocer en él rasgos familiares y lo acogió como príncipe imperial. Genji, al contemplarlo, vio su propio rostro reproducido con una claridad aterradora. Debía celebrar como súbdito y callar como padre.

Fujitsubo evitó en adelante toda ocasión de intimidad. Genji continuó moviéndose entre fiestas, obligaciones y amores clandestinos, pero ninguno borró aquella pasión. Bajo el esplendor de la corte quedaba oculto un vínculo prohibido: un hijo destinado a ocupar un lugar que no le correspondía por sangre, y una culpa compartida que podía quebrar la casa imperial si alguna vez salía a la luz. El secreto que unía a Genji con Fujitsubo no podía hallar alivio en palabras. Cuanto más inaccesible se volvía ella, más perseguía él su imagen en otros rostros.

Durante una enfermedad, Genji se retiró a Kitayama, las montañas del norte, donde un venerable religioso debía practicar las curas prescritas. Una tarde, al pasear cerca de una humilde residencia, miró a través de una cerca y vio a varias muchachas. Entre ellas destacaba una niña de unos diez años, afligida porque había perdido un gorrión. Su cabello caía libremente sobre los hombros, y en sus facciones había una semejanza tan viva con Fujitsubo que Genji quedó sobrecogido.

—¿Quién es esa niña? —preguntó a Koremitsu.

Averiguó que se llamaba Murasaki. Era hija del príncipe Hyōbu, hermano de Fujitsubo, pero había crecido apartada de él bajo el cuidado de su abuela, una monja. La semejanza, por tanto, no era casual: Murasaki era sobrina de la mujer a quien Genji amaba sin esperanza. Genji pidió hablar con la abuela. Con palabras corteses, le propuso hacerse cargo de la educación de la niña.

—Es aún demasiado pequeña —respondió la anciana, alarmada—. No puedo comprender qué interés podría tener en ella un caballero como vos.

Genji insistió en que su intención era protegerla y tratarla como a una hija. Pero la abuela conocía la inconstancia de la corte y no quiso entregársela. Él regresó a la capital sin haber logrado su propósito, aunque desde entonces envió cartas y preguntó a menudo por Murasaki.

Pasaron los meses. La anciana enfermó y murió, dejando a la niña entre sirvientas desconcertadas. El padre de Murasaki proyectaba llevarla a su casa, donde su esposa no deseaba recibirla. Cuando Genji conoció la noticia, temió perder para siempre aquella figura en la que había creído ver una promesa del pasado. Actuó antes de que nadie pudiera impedírselo.

Llegó de noche con Koremitsu. Murasaki, vestida de luto, no entendía por qué debía abandonar la casa de su abuela.

—Ven conmigo —le dijo Genji—. En mi residencia nadie te descuidará.

La niña lloró y buscó con la mirada a sus cuidadoras, pero Genji ordenó que la acomodasen en el carruaje y se la llevó a Nijō.

Al principio, Murasaki vivió aquel cambio con miedo. Genji procuró tranquilizarla: jugaba con ella, admiraba sus dibujos y corregía con delicadeza su caligrafía. Escogió sus ropas, sus lecturas y sus damas, y dispuso cada detalle de su formación. La niña comenzó a confiar en él, a esperarlo cuando se ausentaba y a mostrarle sin reserva sus alegrías y enfados.

Pero la ternura de Genji no era enteramente paternal. Había llevado a Murasaki consigo porque veía en ella el linaje y los rasgos de Fujitsubo; y ahora se proponía educarla conforme a su propio ideal de belleza, sensibilidad y obediencia. Mientras Murasaki crecía al amparo de Nijō, ignoraba que su protector había decidido también la forma de la mujer en que deseaba verla convertida. Mientras Murasaki crecía en la residencia de Nijō bajo la tutela de Genji, otra casa aguardaba un nacimiento decisivo. Aoi, esposa principal del príncipe, estaba encinta. Entre ambos nunca había habido verdadera intimidad: ella, orgullosa y reservada, no olvidaba las numerosas aventuras de su marido; él se sentía rechazado por su frialdad y acudía a verla con menos frecuencia de la debida.

Durante la fiesta de purificación de Kamo, las damas de la corte habían salido en carruajes para contemplar la procesión. La dama Rokujō, antigua amante de Genji, quiso verlo pasar en secreto. Pero los criados de Aoi, cuya elevada posición les daba arrogancia, apartaron por la fuerza el carruaje de Rokujō y lo dejaron oculto detrás de otros. Desde allí, humillada ante todos, vio a Genji acompañar la comitiva sin advertir su presencia.

Rokujō regresó consumida por la vergüenza. Amaba aún a Genji, pero despreciaba su propia dependencia. Cuanto más intentaba dominar los celos, con mayor violencia parecían escapar de ella. Al acercarse el parto, Aoi enfermó de un modo extraño. Se retorcía, perdía el conocimiento y hablaba con una voz que no parecía suya. Sacerdotes y exorcistas fueron convocados. Ataron espíritus a médiums para obligarlos a revelar sus nombres, pero uno de ellos permanecía adherido a la enferma.

Genji se inclinó junto al lecho. La figura atormentada de Aoi dejó escapar un lamento y, de pronto, habló con la dignidad herida de Rokujō:

—Ya que has venido, ordena que cesen estos sufrimientos. No deseaba presentarme así ante ti.

Genji quedó helado. Reconoció aquella voz. No podía saber si la propia Rokujō era consciente de lo ocurrido, pero comprendió hasta dónde habían llegado el abandono y la humillación que él le había causado.

Aoi dio finalmente a luz a un niño, Yūgiri. La casa entera celebró que madre e hijo hubieran sobrevivido, y durante unos días pareció que el peligro se retiraba. Genji, conmovido al contemplar al recién nacido, trató a su esposa con una ternura tardía. Aoi, debilitada, se mostró menos distante; por un instante, entre ellos asomó la posibilidad de una vida distinta.

Pero cuando los ritos y vigilias se relajaron, el espíritu regresó. Aoi sufrió una nueva crisis y murió antes de que pudieran socorrerla.

Ante el cuerpo de su esposa, Genji descubrió que el dolor no reparaba la negligencia. La había juzgado severa y había buscado consuelo en otras mujeres; ahora recordaba cada gesto suyo como una oportunidad perdida. El pequeño Yūgiri quedó al cuidado de la familia materna, en la casa del ministro de la Izquierda.

Rokujō, al conocer la muerte, quedó horrorizada. En sus ropas y en sus cabellos creyó percibir el olor del incienso empleado en los exorcismos. Temió que su alma hubiera vagado fuera de su voluntad y decidió alejarse de la capital, acompañando a su hija, destinada al santuario de Ise.

Pasado el luto, Genji regresó a Nijō. Allí lo esperaba Murasaki, ya no como la niña enferma de Kitayama, sino como una joven educada según sus deseos. La muerte de Aoi había dejado vacante el lugar más íntimo de su casa. Genji volvió entonces hacia Murasaki con una intención nueva, dispuesto a convertir aquella tutela ambigua en una unión plena. Cuando concluyó el luto por Aoi, Genji regresó a la residencia de Nijō. Allí encontró a Murasaki convertida ya en una joven de extraordinaria gracia. Él mismo había dirigido su educación, escogiendo su caligrafía, sus lecturas y hasta los colores de sus vestidos; pero, al contemplarla entonces, comprendió que aquella niña de las montañas ya no era una discípula.

Durante años le había hablado con la confianza de un hermano mayor. Una noche cambió entre ellos la naturaleza de aquel vínculo. Murasaki, sorprendida y herida por no haber sido consultada, se encerró en un silencio orgulloso. Genji trató de disipar su enojo con cartas y palabras afectuosas.

—Nada ha cambiado en mi corazón —le dijo—. Eres la persona a quien siempre deseo regresar.

Pero para Murasaki sí había cambiado todo. Había quedado unida a él sin ceremonia solemne y sin el rango que habría asegurado su posición. No podía llamarse esposa principal, aunque desde entonces fue la señora íntima de Nijō y la compañera central de la vida de Genji. La devoción de Genji no puso fin a su inconstancia. Seguía visitando a otras damas y enviando mensajes cuya fragancia bastaba para revelar su procedencia. Murasaki no podía reprocharle abiertamente una conducta tolerada entre los hombres de su rango. Aprendió a recibirlo con serenidad, aun cuando había pasado la noche lejos, y a ocultar bajo una cortesía impecable el dolor de los celos.

Genji, que advertía ese sufrimiento, procuraba tranquilizarla.

—Las demás son encuentros pasajeros. Tú eres mi hogar.

Aquellas palabras contenían afecto verdadero, pero también una injusticia que él apenas alcanzaba a reconocer. Exigía constancia a Murasaki mientras se reservaba para sí toda libertad. Ella se convirtió así en el centro de su casa, aunque nunca quedó a salvo de una nueva rival.

Entretanto, en palacio, Fujitsubo vivía acosada por otro peligro. Su hijo, nacido del encuentro secreto con Genji, era tenido por hijo del emperador y ocupaba una posición cada vez más elevada. Cualquier sospecha podía destruir al niño, deshonrar a su madre y sacudir la sucesión imperial. Genji buscaba ocasiones para aproximarse a ella, incapaz de renunciar al amor que había marcado su juventud.

Fujitsubo comprendió que ni las negativas ni la vigilancia bastaban. Tomó entonces una decisión irrevocable: abandonar el mundo y recibir los hábitos religiosos. Ante la corte alegó dolor, enfermedad y deseo de recogimiento. Genji supo, sin embargo, que aquella renuncia era también una muralla levantada contra él.

Cuando la vio con la cabeza cubierta por el atuendo de religiosa, sintió que perdía por segunda vez a la mujer amada: primero le había sido prohibida por su condición de consorte imperial; ahora quedaba fuera del alcance de todo deseo mundano. No podía protestar sin revelar aquello que ambos debían ocultar.

Fujitsubo se mantuvo firme. Al apartarse de la corte protegía a su hijo y sellaba el secreto de su nacimiento. Genji regresó a Nijō abatido. Allí estaba Murasaki, cercana y, sin embargo, vulnerable a cada una de sus ausencias. En ella halló consuelo y compañía; en Fujitsubo quedó fijado para siempre el deseo imposible. Entre ambas mujeres se dibujaban ya los dos extremos de su vida amorosa: la presencia que no sabía cuidar sin herir y la ausencia que jamás podría conquistar. La muerte del viejo emperador dejó a Genji sin su más firme amparo. En el trono estaba Suzaku, su hermanastro, pero el poder efectivo había pasado a manos de la familia de la Kokiden, antigua rival de la madre de Genji. Los cargos, los favores y hasta los rumores obedecían ahora a aquella facción. Quienes antes buscaban la compañía del príncipe resplandeciente comenzaron a medir sus saludos y a apartarse prudentemente de él.

Genji comprendía el peligro, pero no renunciaba a Oborozukiyo, la dama de las flores de luna. Había conocido su amor en circunstancias arriesgadas, y ella era, además, hermana de la consorte Kokiden y favorita del emperador Suzaku. Cada encuentro clandestino podía convertirse en una acusación contra Genji: no solo por quebrantar el decoro de la corte, sino por desafiar al soberano y a la familia dominante.

Una noche, Genji entró en secreto en la residencia donde Oborozukiyo se alojaba. La lluvia y el viento ocultaban sus pasos. Ella lo recibió entre el temor y el deseo.

—No debéis venir —murmuró—. Nos vigilan.

—Si dejo de venir por miedo —respondió Genji—, ¿qué quedará de cuanto hemos sentido?

Pero antes del amanecer se oyó movimiento en las galerías. El padre de la dama, el ministro de la Derecha, había regresado inesperadamente. Una puerta mal cerrada, unas ropas masculinas, la presencia imposible de ocultar: bastó aquello para descubrir al visitante. Genji logró marcharse, pero el secreto quedó en manos de sus enemigos. El escándalo se extendió sin necesidad de proclamarse. La Kokiden recibió la noticia con indignación. A sus ojos, Genji no era únicamente un amante imprudente: era un rival cuya influencia debía ser destruida. Se recordaron antiguas transgresiones, se deformaron amistades y se insinuó que el príncipe aspiraba a perturbar la sucesión. Nadie se atrevía aún a formular una acusación abierta, pero las puertas de palacio se cerraban a su paso.

En Nijō, Murasaki advirtió la gravedad de lo sucedido. Había soportado muchas ausencias de Genji; esta vez no eran los celos lo que la atormentaba, sino el presentimiento de una separación verdadera.

—¿Qué van a haceros? —preguntó.

—Lo que puedan —dijo él—. Y pueden mucho.

Genji sabía que, si aguardaba, sus adversarios obtendrían del emperador una condena humillante. Decidió adelantarse al castigo y abandonar voluntariamente la capital. No quiso llevar consigo a Murasaki a una costa remota, expuesta a privaciones y peligros. Ella escuchó la decisión en silencio, luchando por no mostrar el dolor.

—He vivido siempre bajo vuestra protección —dijo al fin—. ¿A quién miraré cuando os hayáis ido?

Genji le prometió escribir y regresar, aunque ignoraba cuándo podría cumplirlo. Ordenó sus asuntos, distribuyó encargos entre los servidores fieles y visitó discretamente a quienes no podía dejar sin despedida. También contempló desde lejos el palacio, donde permanecían el emperador niño nacido de Fujitsubo y todos los secretos de su pasado.

Así, el príncipe que había brillado en el centro de la corte se dispuso a marchar hacia Suma. No partía condenado formalmente, pero sí vencido por una red de hostilidad política, culpa y deseo. Tras él quedaban Murasaki y la capital; delante, el mar y el destierro.

Genji llegó a Suma acompañado únicamente por unos pocos servidores fieles. Había elegido aquel retiro antes de que sus enemigos pudieran imponerle un castigo más humillante, pero la libertad voluntaria se parecía demasiado al destierro. Desde la costa contemplaba el mar y pensaba en la capital: en el emperador, en los amigos que ya no podían visitarlo sin peligro y, sobre todo, en Murasaki, a quien había dejado al cuidado de su residencia.

Las cartas entre ambos eran frecuentes. Genji escribía versos sobre las olas y las mangas empapadas de lágrimas; Murasaki respondía con una tristeza contenida, sin reprocharle las acciones que habían causado su caída. Aquella indulgencia lo hería más que cualquier acusación.

—¿Hasta cuándo habrá de prolongarse esta separación? —murmuró una noche—. Ni siquiera puedo prometerle mi regreso.

Celebró en Suma las ceremonias de purificación y rogó que sus faltas no alcanzaran a quienes amaba. Aunque trataba de conservar la dignidad propia de su rango, la incertidumbre lo dominaba. Las noticias de la corte llegaban escasas y tardías, y cada rumor parecía confirmar el poder de la facción que lo había apartado. Al comenzar el tercer mes, el cielo se oscureció de manera repentina. Un viento feroz azotó la costa; las olas crecieron hasta golpear la vivienda, y los truenos hicieron temblar a los servidores. Genji ordenó que se recitaran plegarias y resistió junto a los suyos, mientras la tormenta se prolongaba durante días. Un rayo cayó cerca de la casa y prendió fuego a una galería. Todos corrieron a sofocar las llamas.

—Este lugar ya no es seguro —le advirtieron—. El mar parece querer reclamarnos.

Agotado, Genji se durmió por fin. En sueños vio a su difunto padre, el antiguo emperador, que lo miraba con severidad.

—¿Por qué permaneces en este lugar miserable? —le dijo—. Parte de aquí. Los dioses han señalado otro camino.

Genji despertó estremecido. Casi al mismo tiempo, en Akashi, un antiguo gobernador convertido en hombre piadoso había tenido también un sueño revelador. Aquel señor llevaba años confiando en que su única hija, joven de notable educación y belleza, alcanzaría un destino elevado. Convencido de que las señales del cielo se referían a Genji, envió una embarcación para buscarlo.

Los mensajeros llegaron cuando el temporal aún amenazaba la costa.

—Nuestro señor os ruega que abandonéis Suma —dijeron—. En Akashi encontraréis refugio y protección.

Genji vaciló. Aceptar podía parecer una huida aún más profunda; quedarse, después del sueño y de la tormenta, era desafiar advertencias demasiado claras. Finalmente embarcó con sus servidores. El mar, antes enfurecido, comenzó a serenarse durante la travesía.

El señor de Akashi lo recibió con respeto y dispuso para él una residencia digna. Genji seguía lejos de Murasaki y de la corte, pero su aislamiento empezaba a quebrarse. En la capital, entretanto, crecían los presagios adversos para quienes gobernaban sin él. El destierro no había terminado todavía, aunque los sueños de Suma habían anunciado que la fortuna del príncipe resplandeciente estaba a punto de cambiar.

En Akashi, Genji aguardaba aún entre la esperanza y el temor. El señor de aquellas tierras, convencido de que los dioses habían conducido hasta él al príncipe, favoreció su unión con su hija. La dama de Akashi, discreta y cultivada, despertó en Genji un afecto verdadero; pero él no olvidaba a Murasaki ni ignoraba la distancia de rango que separaba a ambas mujeres.

Entretanto, en la capital se sucedían los presagios. El emperador Suzaku enfermó de los ojos; su madre, la poderosa Kokiden, también cayó enferma, y los cielos parecían reprochar a la corte el castigo impuesto a Genji. Suzaku, atormentado además por el recuerdo de su difunto padre, comprendió que había permitido una injusticia.

—Que regrese —ordenó al fin—. Restituidle sus títulos y su lugar en la corte.

La noticia llegó a Akashi como el término de una larga noche. Genji se despidió del anciano señor y de su hija, a quien prometió no abandonar. Cuando volvió a la capital, su rehabilitación fue rápida y solemne. Murasaki, que tanto había sufrido durante la separación, lo recibió con una emoción contenida. Ninguno necesitó decir cuánto habían temido perderse para siempre. La fortuna cambió entonces de rostro. El antiguo adversario de Genji, el ministro de la Derecha, perdió influencia, mientras quienes habían permanecido fieles al príncipe recuperaban sus cargos. Suzaku abdicó poco después y se retiró del trono. El nuevo emperador era el hijo de Fujitsubo, reconocido públicamente como hijo del difunto soberano, aunque Genji conocía el secreto de su nacimiento. Así, sin poder declararlo, veía sentado en el trono a su propio hijo.

El joven emperador acabó conociendo aquella verdad y quiso elevar a Genji a una dignidad casi imperial. Genji se resistió a aceptar honores que revelasen demasiado, pero su autoridad creció hasta dominar la vida política y ceremonial de la capital.

En Rokujō mandó disponer una residencia magnífica, dividida en pabellones y jardines acordes con las estaciones. Allí reunió a las mujeres cuya suerte estaba ligada a la suya: Murasaki ocupó el lugar principal, y otras damas recibieron aposentos dignos de su condición. Aquella casa fue la imagen visible de su apogeo, pero también una delicada red de afectos, jerarquías y silencios.

Desde Akashi llegó entonces una noticia decisiva: la dama había dado a luz una niña. Genji reconoció a la pequeña como hija suya y comprendió que podía aguardarle un destino extraordinario. Para asegurar su porvenir, decidió que fuese criada bajo la protección de Murasaki.

La madre de Akashi aceptó, aunque entregarla le desgarraba el corazón. Sabía que su rango podía limitar a la niña y que, junto a Murasaki, tendría acceso al mundo más alto de la corte. Genji contempló así reunidas las dos vertientes de su vida: el amor sereno que había construido en la capital y el vínculo nacido durante el destierro.

Había regresado de Suma con más poder del que poseía antes de caer. Su nombre resplandecía de nuevo; pero bajo aquel esplendor permanecían secretos que ningún rango podía borrar.

Cuando el emperador retirado Suzaku decidió abandonar el mundo y tomar los hábitos, una inquietud le impedía hallar sosiego: el porvenir de su hija predilecta, la Tercera Princesa. Joven, de altísimo rango y todavía inexperta, necesitaba un protector cuya autoridad pudiera resguardarla de las intrigas de la corte.

Suzaku hizo llamar a Genji.

—Entre todos los hombres —le dijo—, solo en ti puedo confiar. Acógela y vela por ella cuando yo ya no esté a su lado.

Genji comprendió que aquella petición era casi una orden. También lo sedujeron la juventud y la dignidad imperial de la princesa. Aceptó convertirla en su esposa principal, aunque sabía que, al hacerlo, heriría a la mujer que durante tantos años había compartido su fortuna: Murasaki. La noticia llegó a Rokujō antes de que Genji encontrase palabras para comunicarla. Murasaki no le hizo reproches. Esa reserva, más que cualquier acusación, lo turbó.

—Nada cambiará entre nosotros —le aseguró él—. Cumplo un deber hacia Suzaku. Tú conoces el lugar que ocupas en mi corazón.

Murasaki respondió con una sonrisa serena, pero aquella serenidad ocultaba el dolor. No era esposa imperial ni poseía un rango capaz de competir con el de la recién llegada. Comprendió que la intimidad de tantos años, que Genji juzgaba invulnerable, dependía aún de ceremonias, títulos y alianzas.

La Tercera Princesa fue instalada con el esplendor debido a una hija de emperador. Genji la visitó con respeto y curiosidad, pero pronto advirtió en ella una inocencia casi infantil. Había esperado una compañera refinada; encontró a una muchacha tímida, criada tras cortinas y protegida de toda decisión. Su belleza despertaba ternura, aunque no la profunda complicidad que lo unía a Murasaki.

Sin embargo, las obligaciones de la nueva unión alteraron la vida de la residencia. Genji debía mostrarse atento a la princesa, mientras Murasaki conservaba una compostura impecable ante damas y servidores. A solas, empezó a hablar con mayor frecuencia de retirarse del mundo.

—Quizá haya llegado el momento de consagrarme a otra vida —dijo.

Genji rechazó la idea con angustia.

—¿Cómo puedes hablar de abandonarme? Todo cuanto he levantado carecería de sentido sin ti.

Pero sus palabras no podían borrar el hecho consumado.

Por primera vez, Genji contempló desde el otro lado una herida que él mismo había infligido muchas veces. Recordó a las mujeres obligadas a esperar sus visitas, a soportar sus ausencias y a recibir promesas que no impedían una nueva conquista. Ahora, dentro de su propia casa, el rango de una joven esposa amenazaba la seguridad de Murasaki, y él no podía reparar el daño con elegantes explicaciones.

Entretanto, la Tercera Princesa atraía miradas que su padre había querido evitar. Entre quienes oyeron hablar de su belleza estaba Kashiwagi, hijo del antiguo rival de Genji. Sin haberla visto apenas, concibió por ella una pasión obstinada. La custodia de Genji parecía hacerla inaccesible, pero esa misma prohibición alimentó su deseo.

Así, la nueva boda, celebrada para proteger a una princesa, abrió una grieta en Rokujō. Murasaki quedó herida, Genji descubrió la fragilidad de su dicha y, en torno a la joven esposa, comenzó a formarse un peligro que pronto alcanzaría a todos. La obsesión de Kashiwagi no se extinguió con la distancia. Una tarde, durante un juego cortesano, el gato de la Tercera Princesa se enredó en la cortina y la alzó por un instante. Kashiwagi alcanzó a verla. Aquella visión, breve e indebida, convirtió su deseo en una pasión temeraria.

Sirviéndose de una mujer de confianza de la casa, buscó el modo de llegar hasta los aposentos de la princesa durante una ausencia de Genji. Ella, criada bajo una protección casi infantil, quedó paralizada ante su irrupción. Kashiwagi le habló de un amor que decía insoportable; la princesa apenas supo responder. El encuentro no tuvo la dignidad de una unión elegida, sino la violencia secreta de una transgresión. Después, él regresó, venciendo sus resistencias, y dejó tras de sí temor, silencio y culpa. Cuando Genji volvió, advirtió en la Tercera Princesa una turbación que no comprendió al principio. Poco después supo que estaba encinta. El tiempo transcurrido despertó sus sospechas, y una carta imprudente de Kashiwagi, hallada donde no debía, reveló la verdad.

Genji no hizo estallar el escándalo. Su rango y el honor de la casa exigían silencio. Sin embargo, trató a la princesa con una frialdad tan cortés como cruel. En sus palabras había alusiones que ella entendía demasiado bien. La joven, incapaz de defenderse y aterrada ante la posibilidad de que su padre conociera su deshonra, enfermó de angustia.

Entonces el secreto abrió ante Genji un espejo que había evitado durante toda su vida. Recordó a Fujitsubo, esposa de su propio padre; recordó las visitas clandestinas y al niño nacido de aquella relación, el futuro emperador Reizei, reconocido públicamente como hijo imperial. Ahora era Genji quien debía recibir como suyo al hijo de otro hombre.

«¿Es esto —pensó— el retorno de aquello que hice? ¿He de conocer desde el lugar del engañado el dolor que causé?»

No podía condenar a Kashiwagi sin condenar también al joven que él mismo había sido. La falta repetida no borraba la primera: la iluminaba con mayor dureza.

Kashiwagi, por su parte, comprendió que Genji lo sabía. En una reunión, una frase velada y una mirada bastaron para quebrar su ánimo. Consumido por el miedo, la vergüenza y un deseo que ya no podía reparar nada, cayó gravemente enfermo.

La princesa dio a luz un varón. Genji lo tomó en brazos ante todos y lo reconoció como hijo propio. El niño recibió el nombre de Kaoru. Había en él una singular fragancia natural, delicada y persistente, como si desde su nacimiento llevara la señal de un destino apartado de los demás.

Mientras la corte celebraba al recién nacido, Genji guardó el secreto. Al mirar a Kaoru, veía a un inocente; pero también veía a Reizei, a Fujitsubo y a sí mismo. El esplendor que durante tantos años había encubierto sus faltas comenzaba a devolverle, una por una, sus consecuencias. La enfermedad de Kashiwagi terminó por vencerlo. Antes de morir, confió a su amigo Yugiri palabras veladas, imposibles de entender del todo sin conocer el secreto de la Tercera Princesa. Genji, entretanto, miraba al pequeño Kaoru y reconocía en sus facciones una verdad que debía callar. Lo trató públicamente como hijo suyo, pero la herida de aquella traición se extendió por la mansión de Rokujō.

La Tercera Princesa, abrumada por la vergüenza y el temor, tomó los votos religiosos. Genji no pudo impedirlo. Aquel retiro alteró aún más la vida de Murasaki, que desde hacía tiempo se sentía desplazada por el nuevo matrimonio del príncipe. Ella también pidió permiso para abandonar el mundo.

—Mi salud declina —le dijo—. Ya no deseo permanecer atada a cuanto causa sufrimiento.

Genji se negó. Había aceptado los votos de la Tercera Princesa porque entre ambos se había abierto una distancia que no sabía cerrar; pero Murasaki era el centro de su existencia, la compañera que había formado a su lado desde la juventud.

—Si tú te retiras —respondió—, ¿qué quedará para mí en este mundo?

Murasaki no insistió con dureza. Como tantas veces, cedió ante el dolor de Genji, aunque su deseo no cambió. Su enfermedad se agravó. La llevaron a la residencia de Nijō, donde recibió cuidados constantes. En un momento de extrema debilidad pareció morir, y la casa entera cayó en el desconcierto. Genji acudió desesperado; se celebraron plegarias y ritos, y Murasaki volvió en sí. Pero aquella mejoría fue breve, apenas una tregua.

Durante los meses siguientes repartió limosnas, encargó ceremonias y se desprendió silenciosamente de los asuntos mundanos. Genji vigilaba cada cambio de su rostro, incapaz de admitir lo inevitable. También Yugiri la visitó. Al verla tras tantos años de respeto distante, comprendió hasta qué punto aquella mujer había sostenido la dignidad y la armonía de la casa de su padre.

Llegó el otoño. Murasaki contempló las flores del jardín, castigadas por el rocío, y habló con serenidad de lo poco que dura cuanto parece hermoso. Genji quiso responder, pero las palabras se le quebraron. Ella había sido para él discípula, esposa y refugio; sin embargo, también había padecido sus ausencias, sus amores y la humillación de la Tercera Princesa. Ahora se alejaba sin reproches.

Una noche, su respiración se hizo más débil. Genji permaneció junto a ella, llamándola, como si la voz pudiera retenerla. Murasaki murió antes del amanecer.

La noticia sumió la mansión en el luto. En las exequias, Genji apenas distinguía los rostros ni escuchaba las fórmulas ceremoniales. Después hizo destruir cartas y recuerdos que no deseaba dejar expuestos a miradas ajenas. Cada estancia le devolvía la presencia perdida; cada objeto parecía acusarlo de haber comprendido demasiado tarde la profundidad de aquel vínculo.

Durante el año siguiente se apartó de la corte. Visitó a la emperatriz Akashi y atendió todavía algunos deberes, pero su voluntad estaba ya fuera del mundo. Hablaba de tomar los votos y ordenaba sus asuntos como quien se prepara para desaparecer. La historia no cuenta la muerte de Genji. Tras mostrarlo consumido por el duelo, dispuesto a renunciar a cuanto había alcanzado, guarda silencio. El príncipe resplandeciente sale así del relato sin una última escena, dejando tras de sí hijos, secretos y una gloria que comenzaba a apagarse.

Después de Genji, la corte conservó su brillo, pero no recuperó su figura. Kaoru, tenido por hijo suyo aunque nacido del secreto entre la Tercera Princesa y Kashiwagi, creció grave, reservado y perseguido por la sospecha de su verdadero origen. A su lado, el príncipe Niou era impetuoso, elegante y mudable. Ambos llevaron sus rivalidades hasta Uji, donde un príncipe retirado vivía pobremente con sus hijas, Ōigimi y Nakanokimi.

Kaoru se inclinó hacia Ōigimi con una devoción paciente. Ella, sin embargo, desconfiaba del mundo y temía abandonar a su hermana. Creyendo asegurar el porvenir de Nakanokimi, favoreció su unión con Niou. Pero Niou tardó en acudir, retenido por los deberes y placeres de la capital, y Ōigimi vio confirmados sus temores.

—Así comienzan las promesas —dijo—, y así quedan después las mujeres: aguardando.

Kaoru quiso entonces hacerla su esposa, pero ella se negó. Debilitada por la angustia y el ayuno, enfermó. Ni las súplicas de Kaoru consiguieron retenerla. Ōigimi murió, y él convirtió su recuerdo en una fidelidad inconsolable.

Nakanokimi fue llevada finalmente junto a Niou. Allí habló a Kaoru de Ukifune, hermanastra de las jóvenes de Uji, cuyo rostro recordaba de manera turbadora al de Ōigimi. Kaoru la buscó y decidió protegerla, aunque en su afecto se mezclaban el deseo y la memoria de la muerta.

Niou descubrió a Ukifune y, fingiendo ser Kaoru, entró de noche en su aposento. Ella reconoció demasiado tarde el engaño. Después, Niou la visitó en secreto y la llevó en barca por el río de Uji. Ukifune quedó dividida entre la insistencia ardiente de uno y la posesiva solicitud del otro. Kaoru preparaba su traslado; Niou proyectaba arrebatársela. Llegaban cartas de ambos, y cada respuesta podía provocar la ruina.

—No hay lugar donde pueda ocultarme —pensó Ukifune—. Si elijo, traiciono; si permanezco, seré descubierta.

Abrumada, salió una noche con intención de arrojarse al río. Después desapareció. Los suyos hallaron señales suficientes para creerla muerta y celebraron en secreto sus exequias. Kaoru y Niou lloraron, cada cual encerrado en sus propios remordimientos. Pero Ukifune había sobrevivido. Unos religiosos la encontraron y la llevaron a Ono, donde recuperó lentamente la conciencia. Rechazó volver al mundo y pidió tomar los hábitos. La monja que la cuidaba vaciló, pero Ukifune insistió hasta que su cabello fue cortado. Ni siquiera entonces cesaron del todo el miedo y los recuerdos.

Kaoru supo finalmente que podía estar viva. Envió a su hermano menor con una carta y la promesa de conducirla a un lugar seguro. Ukifune oyó el mensaje tras los biombos. No salió. Negó ser la mujer buscada y se negó también a escribir una sola línea.

El muchacho regresó sin respuesta. Kaoru, desconcertado, llegó a sospechar que alguien la ocultaba para sí. No comprendió que el silencio era la única decisión que Ukifune conservaba como propia.

Así termina el relato: Kaoru aún interrogando la ausencia, Ukifune apartada tras sus votos, y entre ambos una carta que nunca recibió contestación.

Tras Genji, también las vidas de sus herederos se desvanecen en la incertidumbre.

Guion y voz generados con inteligencia artificial.

Publicidad

Más historias para dormir