
A través del espejo: la partida de Alicia
38 min · Clásicos de la literatura

Historia para dormir · Clásicos de la literatura
47 min · Para escuchar con la luz apagada
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Josef K., empleado de banca, es detenido una mañana sin que nadie le revele el delito del que se le acusa. Mientras intenta defenderse, penetra en un aparato judicial laberíntico que invade su trabajo, sus relaciones y su conciencia hasta conducirlo a una sentencia jamás pronunciada ante él.
Alguien debía de haber calumniado a Josef K., porque, sin haber hecho nada malo, fue detenido una mañana.
Era el día de su trigésimo cumpleaños. A las ocho, la cocinera de la señora Grubach, dueña de la pensión, no llevó el desayuno como de costumbre. K. aguardó unos instantes y llamó. Entonces entró en su habitación un hombre desconocido, vestido de negro y provisto de numerosos bolsillos, correas y botones.
—¿Quién es usted?
El hombre eludió la pregunta y se volvió hacia la puerta. En la habitación contigua había otro desconocido, sentado junto a la ventana.
—Quiere que Anna le traiga el desayuno —dijo el primero.
Ambos rieron. K. quiso atravesar la estancia para pedir explicaciones, pero el hombre le cerró el paso.
—No puede salir. Está detenido.
—¿Y por qué?
—No estamos autorizados a decírselo. Los guardianes se llamaban Franz y Willem. Habían instalado su vigilancia en el cuarto de la señorita Bürstner, una joven mecanógrafa que también vivía en la pensión. Comían el desayuno de K. y le aconsejaban que les entregase su ropa interior, pues, según afirmaban, en los depósitos judiciales solían desaparecer las prendas de los detenidos.
K. empezó a irritarse, aunque todavía sospechaba que todo podía ser una broma organizada por sus compañeros del banco. Exigió ver la orden de arresto y conocer la acusación.
—No sabemos nada de eso —respondió Willem—. Las autoridades no buscan la culpa entre la población. Es la culpa la que atrae a la ley. Así está dispuesto.
K. buscó sus documentos: la partida de nacimiento, la licencia de ciclista. Pero los guardianes apenas los miraron. Le anunciaron que un inspector deseaba interrogarlo y le ordenaron vestirse de negro.
En el salón de la señora Grubach, varios empleados subalternos del banco observaban desde un rincón. El inspector se hallaba sentado ante una mesilla desplazada al centro de la habitación. K. compareció ante él, ya impaciente.
—Se me ha comunicado que estoy detenido. Quiero saber por qué.
El inspector movió algunos objetos sobre la mesa, como si tampoco él supiera qué función cumplía allí.
—No puedo decírselo. Se ha abierto un proceso contra usted. Eso es todo.
—Pero ¿de qué se me acusa?
—No estoy encargado de responder a esa pregunta.
K. protestó contra el absurdo procedimiento, habló de funcionarios incompetentes y de una organización cuyos agentes desconocían la causa que defendían. Sin embargo, sus palabras no alteraron nada. El inspector ni siquiera parecía ofendido.
—Considere su situación con prudencia —le aconsejó—. No desperdicie sus fuerzas en afirmaciones inútiles.
Entonces K. comprendió la extraña naturaleza de aquella detención. Nadie iba a llevarlo a prisión. Podía marcharse al banco y continuar su vida habitual. Los guardianes y el inspector abandonaron la pensión, dejando tras de sí el desorden de una intervención oficial cuya autoridad nadie había demostrado y que, sin embargo, resultaba imposible negar.
K. salió hacia su trabajo acompañado por los tres empleados del banco. Seguía siendo libre en apariencia. Pero desde aquella mañana existía contra él un proceso, y ninguna de las personas que lo habían iniciado había querido decirle cuál era su culpa.
Josef K. llegó al banco con retraso, pero se entregó al trabajo con una energía casi desafiante. Era apoderado principal y estaba acostumbrado a dominar cuanto ocurría a su alrededor: empleados, clientes, expedientes. Aquella mañana quiso tratar su detención como un incidente ridículo, indigno de alterar su rutina. Sin embargo, mientras recibía visitas y dictaba instrucciones, volvía a oír las palabras del inspector: el proceso estaba en marcha. No conocía la acusación ni sabía ante quién debía defenderse. La libertad que le habían concedido empezaba a parecerle una forma más sutil de vigilancia.
Al regresar a la pensión, preguntó por la señorita Bürstner. La señora Grubach le explicó que la joven aún no había vuelto del teatro. K. aprovechó para disculparse por el desorden causado en su habitación durante el interrogatorio. La patrona intentó tranquilizarlo: no consideraba aquello una verdadera detención. Después, con cautela, insinuó ciertas dudas sobre la conducta nocturna de la señorita Bürstner. K. la interrumpió con dureza. No permitiría que se calumniase a la joven. La señora Grubach, herida, se retiró. K. esperó. Pasadas las once y media oyó pasos en el recibidor. La señorita Bürstner entró, cansada, y aceptó hablar unos minutos. En su cuarto observó que las fotografías habían sido desplazadas. K. confesó que todo se debía a su arresto.
—¿Le han arrestado? —preguntó ella, sorprendida.
—Sí, aunque me dejaron ir al banco. Es una detención muy extraña.
La joven, que deseaba trabajar algún día en un bufete, escuchó con curiosidad. K., excitado por su atención, decidió reconstruir la escena. Movió la mesilla para representar la posición del inspector, señaló dónde estaban los guardianes y adoptó el tono autoritario de quienes lo habían interrogado. Quería demostrar lo absurdo del procedimiento, pero, al repetirlo, pareció someterse otra vez a él.
De pronto golpeó la mesilla y gritó su propio nombre, imitando al inspector:
—¡Josef K.!
En la habitación contigua se oyó un golpe. La señorita Bürstner palideció. La señora Grubach había alojado allí a un capitán, sobrino suyo, cuya presencia podía comprometerla si descubría a K. en su cuarto a aquellas horas.
K. trató de tranquilizarla. Dijo que asumiría toda responsabilidad e incluso inventaría una explicación si fuera necesario. Pero ella, inquieta y agotada, le pidió que se marchara. Al despedirse, K. le tomó la mano. Luego, dominado por un impulso repentino, la besó en la boca y después por toda la cara, con una avidez casi febril. La señorita Bürstner apenas pudo apartarse y señalar la puerta.
K. salió al pasillo. Antes de retirarse vio al capitán, que parecía haber permanecido despierto. Se encerró en su habitación convencido de que había actuado con audacia. Sin embargo, la satisfacción no borró la sospecha de haber causado un daño irreparable. Su proceso, aunque invisible, ya penetraba en sus relaciones y transformaba cada gesto en una posible prueba contra él.
Pocos días después, Josef K. recibió una llamada telefónica en el banco. Se le comunicó que el domingo siguiente tendría lugar una breve audiencia relacionada con su causa. No le dieron hora exacta, ni explicaron qué se esperaba de él. Solo le indicaron una dirección situada en un barrio apartado de la ciudad.
K. decidió acudir sin pedir más detalles. Quería impedir que aquel procedimiento absurdo interfiriese en su trabajo y confiaba en acabar con él mediante una intervención firme. El domingo tomó el camino indicado, atravesó calles pobres y llegó a una larga hilera de casas grises, atestadas de familias. La dirección era correcta, pero nada distinguía al supuesto tribunal.
Entró en un edificio y subió escaleras, preguntando por un carpintero llamado Lanz, nombre que había inventado como pretexto. Abrió puertas, interrumpió habitaciones llenas de niños y mujeres, y siguió ascendiendo hasta que una lavandera le señaló una entrada. Al otro lado encontró una sala abarrotada. Dos grupos de hombres ocupaban ambos lados del recinto; muchos llevaban insignias en las solapas. En una tarima, un hombre corpulento, sentado ante una mesa, consultó su reloj.
—Debía usted haberse presentado hace una hora y cinco minutos.
K. respondió que, tarde o no, ya estaba allí. Una parte de la concurrencia aplaudió. El juez instructor abrió un cuaderno y preguntó:
—¿Es usted pintor de brocha gorda?
—Soy apoderado de un gran banco —replicó K.
Las risas que siguieron confirmaron para él la incompetencia de aquella justicia. Entonces avanzó hasta la mesa y, sin pedir permiso, tomó la palabra. Declaró que su detención no era un caso aislado, sino una muestra de la naturaleza de toda aquella organización. Habían enviado guardianes corruptos a su habitación; habían intentado robarle la ropa; lo habían interrogado hombres incapaces de formular una acusación. Detrás de ellos debía de existir una vasta maquinaria de funcionarios, inspectores y jueces, sostenida por la mentira y la arbitrariedad.
Mientras hablaba, observó que el juez hacía una señal furtiva a alguien de la sala. K. lo denunció en voz alta. La asamblea se agitó, pero no como él esperaba. Al mirar con mayor atención, descubrió que los dos bandos no eran contrarios: todos llevaban insignias semejantes. Incluso quienes lo habían aplaudido pertenecían al tribunal.
Un grito surgió entonces desde el fondo. La lavandera forcejeaba con un estudiante que la había arrinconado. La sala se volvió hacia ellos, y K. comprendió que su discurso había dejado de importar. Indignado, se abrió paso entre los presentes y llegó a la puerta.
El juez instructor lo siguió para advertirle:
—Hoy se ha privado usted de las ventajas que un interrogatorio concede siempre al acusado.
K. soltó una breve carcajada.
—¡Canallas! Quedaos con vuestros interrogatorios.
Y descendió las escaleras convencido de haber desenmascarado aquella comedia. Sin embargo, el tribunal no había sido destruido ni refutado. Solo había permitido que K. entrase, hablase y saliese, como si incluso su rebeldía formara parte del procedimiento.
El domingo siguiente, Josef K. volvió por iniciativa propia a la misma casa. Nadie lo había citado, pero supuso que las sesiones se celebrarían cada semana. Subió hasta la sala del tribunal y encontró la puerta abierta. Dentro no había asamblea. Solo estaba la mujer del ujier, ocupada en lavar ropa.
—Hoy no hay sesión —le dijo.
K. pidió examinar los libros que habían quedado sobre la mesa del juez instructor. La mujer se resistió al principio; después levantó uno de ellos. K. encontró volúmenes viejos, manoseados, llenos de estampas obscenas y relatos vulgares.
—Estos son los códigos que estudian aquí —dijo con desprecio—. Y estos hombres han de juzgarme.
La mujer intentó ganarse su confianza. Le habló del estudiante que la perseguía y del juez instructor, que redactaba informes hasta bien entrada la noche. Se ofreció incluso a ayudar a K. Pero, mientras conversaban, apareció el estudiante: un joven bajo, de piernas arqueadas y barba escasa. La llamó con un gesto imperioso. Ella se acercó y él la abrazó sin disimulo.
K. quiso intervenir. El estudiante, sin embargo, levantó a la mujer en brazos y se la llevó hacia la escalera que conducía a los desvanes.
—Me lleva ante el juez instructor —alcanzó a decir ella—. No puedo evitarlo.
K. los siguió, indignado, pero comprendió que una pelea no conseguiría liberarla. El estudiante pertenecía al tribunal; también aquel abuso formaba parte de su orden. Entonces apareció el ujier, marido de la mujer. Conocía las infidelidades forzadas o consentidas que se repetían durante las sesiones, pero temía perder su empleo si se enfrentaba al estudiante. Rogó a K. que lo castigase en su lugar. Luego lo condujo hasta las oficinas judiciales.
Estaban instaladas bajo el tejado, al otro lado de un largo corredor. El aire era denso y caliente; las vigas bajas oscurecían el paso. En bancos estrechos esperaban numerosos acusados, todos vestidos con cuidado, pero encorvados y sumisos. Al ver al ujier, algunos se levantaron. K. habló con uno de ellos, un hombre alto y canoso, y le preguntó por qué aguardaba allí.
El acusado respondió con confusión. Había presentado ciertas pruebas y esperaba conocer su resultado. Cuando K. le dijo que también estaba procesado, el hombre pareció desconfiar. K. lo sujetó del brazo para obligarlo a contestar, pero el otro lanzó un grito, como si hubiese sufrido una herida terrible. Los demás lo rodearon, y un funcionario acudió a restablecer el orden.
K. quiso marcharse. Ya no soportaba el calor ni el olor de aquel lugar. Sin embargo, los pasillos parecían prolongarse y confundirse. Preguntó por la salida, pero apenas pudo avanzar. Le zumbaban los oídos; las voces llegaban deformadas, y las figuras de acusados y empleados se inclinaban sobre él como si el edificio entero respirase un aire venenoso.
Una joven empleada y un informador del tribunal tuvieron que sostenerlo. K., avergonzado, insistía en que fuera de allí recobraría las fuerzas. Lo condujeron lentamente hasta la puerta. En cuanto recibió el aire más fresco de la escalera, se enderezó casi de inmediato.
Bajó solo, sorprendido por su debilidad. Había entrado en aquellas oficinas como un visitante desdeñoso y salía de ellas vencido físicamente. El tribunal no necesitaba encerrarlo. Bastaba con admitirlo en sus corredores para hacerle sentir su poder.
Después de su visita a los desvanes judiciales, K. volvió al banco decidido a entregarse por entero al trabajo. Sin embargo, el proceso no permanecía ya en los barrios apartados ni en las salas sofocantes del tribunal. Había comenzado a seguirlo.
Una tarde, cuando casi todos los empleados se habían marchado, K. oyó unos gemidos detrás de la puerta de un cuarto donde se guardaban trastos. La abrió y vio, a la luz de una vela, a tres hombres apretados entre papeles viejos y muebles inútiles. Reconoció enseguida a dos de ellos: eran Franz y Willem, los guardianes que lo habían detenido. El tercero, vestido con una prenda oscura de cuero, sostenía una vara.
—¿Qué hacéis aquí? —preguntó K.
—Señor —dijo Willem—, van a azotarnos porque usted se quejó de nosotros ante el juez instructor.
K. protestó. Él no había presentado una denuncia formal; se había limitado a describir lo ocurrido durante su detención. Los guardianes habían registrado su ropa, habían querido quedarse con su ropa interior y le habían pedido dinero, pero K. no había exigido ningún castigo.
—Yo solo hablé de la organización —dijo—. Vosotros no sois los verdaderos culpables.
El azotador no pareció escucharlo. Ordenó a los guardianes que se desnudasen. Willem trató de justificarse: su sueldo era miserable, y entre los detenidos resultaba habitual obtener algún beneficio. Franz, más joven, aguardaba aterrorizado. K. ofreció dinero al azotador para que los dejara libres. El hombre examinó los billetes, pero sospechó que, si aceptaba, también él acabaría castigado. Levantó la vara.
El primer golpe hizo gritar a Franz. Su alarido fue tan penetrante que K. temió que acudieran los ordenanzas del banco. Le tapó la boca, empujó a los tres dentro del cuarto y cerró la puerta. Cuando aparecieron dos empleados, K. fingió que nada importante sucedía. Ellos atribuyeron el ruido a un perro del patio.
Durante el resto de la tarde, K. no logró concentrarse. Se reprochaba haber abandonado a los guardianes, aunque también se decía que el sistema entero era responsable: funcionarios corrompidos por salarios indignos, castigos secretos, superiores invisibles. Quizá habría podido salvarlos ofreciendo más dinero. Quizá no habría cambiado nada.
Al día siguiente, volvió a pasar ante el cuarto. Abrió la puerta y quedó inmóvil. Allí estaban otra vez Franz, Willem y el azotador, exactamente como la víspera. La vela ardía en el mismo lugar; los guardianes seguían medio desnudos, y el hombre levantaba la vara.
—¡Señor! —clamaron ambos al verlo.
K. cerró de golpe. Llamó a dos ordenanzas y les ordenó que vaciaran por completo aquel cuarto. Ellos prometieron hacerlo al día siguiente, sin mostrar sorpresa alguna.
K. regresó a su despacho. Ya no podía imaginar el banco como un refugio gobernado por reglas distintas. El tribunal había penetrado en sus pasillos y escondía sus castigos detrás de cualquier puerta. Y lo más inquietante no era que la escena se hubiera repetido, sino que parecía dispuesta a repetirse siempre, intacta, esperando que él volviera a mirar.
Poco después, el tío Karl llegó inesperadamente al banco. Había sabido por una carta de Erna que Josef estaba sometido a un proceso, y la noticia lo había alarmado hasta la indignación.
—¿Qué clase de proceso es ese? —preguntó, apenas estuvieron solos—. No puede ser un proceso ordinario. Si lo fuera, ya me habrías avisado.
K. intentó restarle importancia, pero su tío no se dejó tranquilizar. Pensaba en el apellido, en la familia, en la posibilidad de una condena que arrastrara a todos. Quiso llevárselo al campo, como si la distancia pudiera protegerlo; después rechazó él mismo la idea: una huida parecería una confesión.
—Vendrás conmigo ahora mismo —decidió—. Iremos a ver al abogado Huld.
Huld había sido compañero suyo y conocía a numerosos funcionarios judiciales. Vivía enfermo, recluido en una casa oscura. Los recibió Leni, su cuidadora, una joven de mirada atrevida que condujo a tío y sobrino hasta el dormitorio. El abogado yacía en la cama, pero afirmó que seguía trabajando y que su enfermedad no había debilitado sus relaciones.
—No necesitaré explicárselo todo —dijo K.—. Usted ya conoce mi asunto.
Huld sonrió. Sí, había oído hablar de él. Los procesos de aquella clase se discutían en círculos inaccesibles para los acusados. La defensa no estaba oficialmente reconocida y los abogados debían actuar mediante contactos, súplicas y conversaciones discretas. Nada se presentaba de frente; todo dependía de influencias invisibles. Entonces se alzó una voz desde un rincón. Allí estaba el director de la secretaría del tribunal, casi oculto en la penumbra. El tío de K. se mostró encantado: aquella visita parecía demostrar la importancia de Huld. Los tres empezaron a hablar del proceso por encima de K., como si él fuese a la vez el objeto de la conversación y el único que no podía comprenderla.
Un estrépito sonó en el vestíbulo. K. salió para averiguar qué había ocurrido. Leni lo esperaba junto a una vajilla rota.
—Lo hice para que viniera —confesó.
Lo llevó a otra habitación y comenzó a interrogarlo. Quería saber si tenía amante. K. le mostró la fotografía de Elsa, pero Leni la examinó con desdén. Después se acercó más.
—Usted es demasiado obstinado. Contra este tribunal no sirve resistirse así. Hay que confesar.
—¿Confesar qué?
—Confesar. Solo entonces puede encontrarse una salida.
Leni le enseñó dos dedos unidos por una membrana y dejó que K. los tocara. Aquel pequeño defecto pareció establecer entre ambos una intimidad inmediata. Ella lo abrazó, lo besó y le entregó una llave para que pudiera volver cuando quisiera.
—Ahora me perteneces —le dijo.
Cuando K. salió de la casa, su tío lo aguardaba bajo la lluvia, furioso. Había permanecido horas fuera, mientras dentro el director se marchaba y Huld quedaba humillado por la ausencia de su nuevo cliente.
—Has perjudicado terriblemente tu causa —dijo—. Mientras hombres capaces de ayudarte hablaban de tu proceso, tú te encerrabas con esa muchacha.
K. no respondió. Había acudido en busca de una defensa y salía ligado a un abogado enfermo, a influencias que no podía comprobar y a Leni, que ya daba por inevitable su confesión.
Después de aquella noche en casa de Huld, Josef K. aguardó resultados. El abogado hablaba de gestiones delicadas, de conversaciones con funcionarios y de influencias que solo podían ejercerse en secreto. Sin embargo, nada comprobable sucedía. Cada visita comenzaba con largas explicaciones y terminaba con nuevas promesas.
Huld, tendido en la cama, le describía la dificultad de presentar el primer escrito de defensa. Según él, era la pieza más importante del proceso; pero también podía perderse, quedar sin leer o ser sustituida por contactos personales. Los abogados tolerados por aquel tribunal no poseían verdadero rango. Esperaban en una habitación miserable y dependían del favor de empleados subalternos.
—Los procedimientos son secretos —explicó Huld—. Ni el acusado ni su defensor tienen acceso al expediente. Ignoramos qué cargo se ha formulado contra usted y debemos deducirlo de los interrogatorios.
K. lo miró con creciente impaciencia.
—Entonces, ¿contra qué se supone que debo defenderme?
El abogado respondió con otra exposición acerca de los jueces, de las jerarquías invisibles y de la necesidad de no irritar a nadie. Aseguró que su experiencia le permitía reconocer señales favorables. Pero cuando K. preguntó qué había conseguido concretamente, Huld no pudo señalar una sola resolución, una sola página examinada, un solo avance cierto. La espera empezó a invadir la vida de K. En el banco, donde antes resolvía los asuntos con rapidez, se quedaba absorto ante documentos abiertos. Las visitas del fabricante, las consultas de los empleados y las decisiones urgentes lo encontraban pensando en el tribunal. Su rival, el subdirector, aprovechaba cada demora: entraba con aire servicial, asumía conversaciones que correspondían a K. y se marchaba dejando la impresión de que había salvado el trabajo del día.
K. comprendía el peligro, pero no lograba apartar el proceso de su mente. Si Huld seguía inmóvil, tendría que intervenir él mismo. Imaginó un escrito de defensa minucioso, redactado durante las noches. No se limitaría a negar una acusación que desconocía. Examinaría toda su vida, explicaría cada decisión importante y justificaría hasta los actos más insignificantes. Allí donde pudiera haber una sospecha, ofrecería antecedentes, motivos y testigos.
Pronto advirtió la enormidad de aquella empresa. Una vida no podía reducirse a una declaración ordenada; cada recuerdo conducía a otro, y cualquier explicación parecía capaz de engendrar nuevas preguntas. Además, ¿quién leería el escrito? ¿Llegaría alguna vez a manos de un juez?
Aun así, la idea se convirtió en una necesidad. K. decidió retirar su defensa a Huld si este no mostraba avances y hacerse cargo personalmente del asunto. Prefería una tarea interminable a continuar sometido a aquella actividad invisible, cuya única prueba era la palabra del abogado.
Mientras intentaba atender los negocios del banco, comenzó a reservar mentalmente horas para redactar. El proceso, que al principio había querido tratar como una molestia secundaria, exigía ya el relato entero de su existencia. Y cuanto más se disponía a defender su inocencia, más aceptaba, sin quererlo, el poder de un tribunal que nunca le había dicho de qué era culpable.
Mientras Josef K. intentaba atender los asuntos del banco y, al mismo tiempo, ordenar en secreto la defensa de toda su vida, recibió la visita de un fabricante. El hombre, cliente de la entidad, advirtió su distracción y, cuando quedaron solos, le habló con cautela.
—Sé algo de su proceso —dijo—. Conozco a un pintor llamado Titorelli. Trabaja para los tribunales y trata con muchos jueces. Quizá pueda ayudarle.
Le entregó una carta de recomendación. K. decidió acudir al estudio sin demora, temeroso de que el subdirector descubriese cuánto interfería el proceso en su trabajo. Titorelli vivía en un barrio miserable, en lo alto de una casa sofocante. Un grupo de muchachas se agolpaba ante la puerta, espiaba por las rendijas y reía mientras K. subía. El pintor lo recibió en una habitación estrecha, dominada por un gran lienzo: el retrato de un juez sentado en actitud solemne. Detrás de su cabeza aparecía una figura que parecía representar a la Justicia, aunque también recordaba a la diosa de la Victoria y, por la postura, incluso a una cazadora.
Tras leer la carta, Titorelli preguntó directamente:
—¿Es usted inocente?
—Completamente inocente.
—Entonces el asunto es muy sencillo.
Pero su tono no ofrecía consuelo. Titorelli explicó que conocía a numerosos jueces y que su cargo de pintor del tribunal era hereditario. Sabía cómo hablaban, qué esperaban y hasta dónde llegaba su influencia. Sin embargo, distinguió enseguida entre lo que decía la ley y lo que sucedía en la práctica.
—La absolución verdadera —afirmó— exige que desaparezca por completo la acusación. Según la tradición, es posible. Pero yo nunca he visto una. Tampoco conozco a nadie que pueda obtenerla mediante influencias.
K. sintió que la habitación se volvía más asfixiante.
—Entonces, ¿qué puede hacerse?
—Quedan dos procedimientos: la absolución aparente y el aplazamiento indefinido.
Para la absolución aparente, Titorelli redactaría una declaración de inocencia y conseguiría las firmas de cuantos jueces pudiera. El acusado quedaría libre y el expediente parecería cerrado. Pero no sería destruido: circularía por las oficinas, podría regresar a manos de otro juez y provocar una nueva detención. Tras ella, cabría obtener otra absolución aparente, y después otra detención, sin término seguro.
El aplazamiento indefinido era distinto. El proceso se mantenía siempre en su fase inicial. Había que vigilarlo, visitar al juez, recordar el caso, ejercer influencias constantes. El acusado no era absuelto, pero evitaba la condena mientras consiguiera impedir cualquier avance decisivo.
—¿De modo que ambas soluciones excluyen una absolución real? —preguntó K.
—Eso es exactamente lo que he dicho.
Las muchachas seguían cuchicheando detrás de la puerta. Titorelli añadió que todas pertenecían, de algún modo, al tribunal. K. comprendió que incluso aquel estudio, que parecía una vía privada hacia la ayuda, formaba parte del mismo aparato. Deseoso de marcharse, compró varios paisajes casi idénticos que el pintor le ofreció con insistencia. Titorelli lo condujo por una puerta trasera. K. esperaba encontrar una escalera distinta, pero salió a otro corredor de oficinas judiciales, lleno del mismo aire pesado de los desvanes.
Mientras se alejaba con los cuadros bajo el brazo, llevaba también una certeza más opresiva: las salidas que el tribunal permitía no conducían fuera del proceso.
Titorelli, sentado frente a K. en el estudio sofocante, explicó con precisión las dos posibilidades que quedaban cuando la absolución verdadera era inalcanzable.
—En la absolución aparente —dijo— hay que reunir testimonios favorables. Yo redactaría una declaración sobre su inocencia y solicitaría la firma de los jueces que conozco. Después la presentaría al juez encargado de su causa.
K. escuchaba con creciente impaciencia. Aquello parecía, al menos, una acción concreta.
—¿Y entonces quedaría libre?
—Libre, sí. Pero solo en apariencia.
La declaración podía recorrer los despachos y obtener suficientes apoyos. El acusado era puesto en libertad; la causa, sin embargo, no desaparecía. El expediente seguía existiendo y circulaba por los tribunales superiores, donde nadie podía intervenir. En cualquier momento regresaba a un juez que ordenaba una nueva detención.
—¿Después de la absolución? —preguntó K.
—Después de esa absolución. Podrían absolverle otra vez y volver a detenerle. Y así sucesivamente. K. comprendió que aquella salida no conducía fuera del proceso. Solo alternaba la prisión y una libertad siempre amenazada.
—¿Y el aplazamiento?
—En ese caso —respondió Titorelli— el proceso debe conservarse indefinidamente en su fase inicial.
Para lograrlo, era necesario mantener contacto continuo con el juez, vigilar el expediente, presentar solicitudes y realizar visitas periódicas. La causa no avanzaría hacia la sentencia, pero tampoco terminaría. El acusado quedaría sometido para siempre a una actividad judicial menor, regular e incesante.
—¿Y no podrían detenerme de improviso?
—Si todo se hace correctamente, el peligro es menor. Pero exige atención constante.
K. comparó ambas opciones. Una ofrecía liberaciones revocables; la otra, una paralización que exigía alimentar sin descanso el mismo proceso que pretendía contener. Ninguna reconocía su inocencia. Ninguna destruía la acusación.
—Lo pensaré —dijo, levantándose.
El calor y las palabras del pintor le habían producido un cansancio opresivo. Titorelli intentó retenerlo todavía y le ofreció varios paisajes iguales: páramos desolados, árboles oscuros, una luz inmóvil. K., deseoso de marcharse, compró tres sin examinarlos y los colocó bajo el brazo.
Al abrir una puerta lateral, creyó haber encontrado una salida más rápida. Pero al otro lado no había una escalera libre ni la calle. Se extendía un corredor largo, provisto de bancos, con acusados que aguardaban y funcionarios que iban de un despacho a otro.
—También aquí hay oficinas judiciales —explicó Titorelli.
K. se quedó inmóvil. El taller del pintor, que parecía un refugio apartado, comunicaba directamente con el tribunal. Las muchachas que rondaban la puerta pertenecían también a aquel mundo; el aire cerrado, los pasillos y los ujieres eran los mismos que había conocido en los desvanes.
Un ordenanza lo condujo por el corredor. K. caminó deprisa, cargado con los cuadros, mientras las miradas de quienes esperaban se volvían hacia él. Solo después de atravesar nuevas puertas y escaleras consiguió alcanzar la calle.
Allí comprendió que Titorelli no le había mostrado dos caminos de salida, sino dos maneras de permanecer dentro. Y hasta la puerta por la que había intentado escapar desembocaba en otra dependencia del mismo tribunal.
Las explicaciones de Titorelli no habían ofrecido a K. ninguna salida. Al contrario: le habían demostrado que incluso la absolución podía ser una forma de condena. Desde entonces pensó con creciente impaciencia en el abogado Huld. Su defensa avanzaba mediante alusiones, promesas y memoriales que nunca llegaban a concluirse. K. empezó a sospechar que aquella lentitud no era un defecto, sino el procedimiento mismo.
Una noche fue a casa de Huld decidido a retirarle el caso. Leni le abrió y trató de distraerlo, pero K. exigió ver al abogado. Allí encontró también al comerciante Block, un hombre pequeño y envejecido por cinco años de proceso. Block confesó que, además de Huld, mantenía en secreto a otros abogados de inferior categoría. Había sacrificado su negocio, su dinero y casi toda su vida a la causa. Esperaba noticias durante días enteros, dormía a veces en un reducido cuarto de la casa y acudía en cuanto Leni lo llamaba.
—¿Y has conseguido algún progreso? —preguntó K.
Block no supo responder. Solo podía enumerar gestiones, rumores y esperanzas. Su proceso lo había convertido en un servidor de quienes decían defenderlo. K. vio en él una imagen intolerable de su propio porvenir. Cuando por fin entró en el dormitorio de Huld, anunció sin rodeos:
—He venido para retirarle mi defensa.
El abogado, enfermo en la cama, no pareció sorprendido. Le recordó la amistad con su tío, la complejidad del tribunal y el peligro de actuar con impaciencia. Afirmó que un acusado debía confiar en quienes conocían los accesos ocultos a los funcionarios. K. replicó que, desde que le había confiado el asunto, su preocupación no había hecho más que aumentar.
Huld quiso mostrarle cuánto dependían de él sus clientes. Mandó llamar a Block. El comerciante entró encorvado, se acercó al lecho y adoptó una actitud humilde. El abogado lo recibió con frialdad. Dijo haber hablado con un juez, pero se negó a comunicarle enseguida lo que había sabido. Block suplicó. Huld lo reprendió como si fuera un niño desobediente y le recordó que su causa ni siquiera había comenzado verdaderamente.
—No eres mi cliente —le dijo—. Eres mi perro.
Block cayó de rodillas junto a la cama. Besó la mano del abogado y aceptó cada humillación con tal de obtener una palabra favorable. Leni lo contemplaba sin escándalo, como si aquello formara parte natural de la defensa.
K. sintió repugnancia, aunque también comprendió que Huld había preparado la escena para él. Quería enseñarle qué debía ser un acusado: dócil, agradecido, enteramente absorbido por su proceso. Pero el efecto fue el contrario. En Block reconoció el resultado de años de sumisión: un hombre reducido a esperar, incapaz de distinguir entre ayuda y dominio.
Huld siguió hablando, insinuando que la situación de K. aún podía empeorar si prescindía de su intervención. K. no cedió. Había comprendido que aquella defensa no combatía al tribunal; lo prolongaba dentro de la vida del acusado. Confirmó su decisión y se marchó dejando a Block junto al lecho, todavía pendiente de una revelación que quizá nunca llegaría.
Al destituir a Huld, K. creyó recuperar el control de su causa. Sin embargo, quedaba más solo frente a una ley cuyos jueces no conocía y cuya acusación seguía sin ser pronunciada.
Después de apartar al abogado Huld, K. creyó haber recuperado el dominio de su defensa. Pero el proceso no retrocedió. Seguía infiltrándose en su trabajo, en sus pensamientos y en cada encuentro inesperado.
Una mañana, el banco le encargó acompañar a un importante cliente italiano por la ciudad. Debían encontrarse en la catedral. K. acudió a la hora convenida, aunque el visitante no apareció. Bajo las altas bóvedas, el templo estaba casi vacío y en penumbra. Cuando se disponía a marcharse, oyó que alguien pronunciaba su nombre.
—¡Josef K.!
Desde un pequeño púlpito lo observaba un sacerdote. K. se acercó.
—Eres el acusado —dijo el hombre.
—Sí.
—Tu proceso va mal. Se te considera culpable.
K. protestó: todos los seres humanos podían ser considerados culpables de algún modo. El sacerdote descendió y se presentó como capellán de la prisión. Le advirtió que buscaba demasiada ayuda en los demás, especialmente en las mujeres, y que se engañaba acerca del tribunal.
—Pero yo no soy culpable —insistió K.—. ¿Cómo puede ser culpable un hombre sin saber de qué se le acusa?
El capellán respondió que así acostumbraban a hablar los culpables. Después le dijo que en los escritos preliminares de la Ley figuraba una parábola. Ante la Ley hay un guardián. Un hombre del campo se presenta y pide entrar. El guardián contesta que, por el momento, no puede permitirlo. El hombre pregunta si podrá entrar más adelante.
—Es posible —responde el guardián—, pero ahora no.
La puerta permanece abierta. El hombre intenta mirar al interior, y el guardián se ríe. Le advierte que él es poderoso, aunque solo sea el más humilde de los guardianes; tras él hay otros, cada uno más terrible que el anterior.
El hombre decide esperar. El guardián le da un taburete y lo deja sentado junto a la entrada. Pasan los años. El hombre ofrece cuanto posee para obtener acceso, y el guardián acepta los regalos diciendo que lo hace únicamente para que aquel no crea haber omitido nada. El hombre envejece. Suplica, interroga, incluso ruega a las pulgas del abrigo del guardián que lo ayuden.
Cuando está a punto de morir, formula una última pregunta:
—Todos aspiran a la Ley. ¿Cómo es posible que durante tantos años nadie más haya solicitado entrar?
El guardián se inclina sobre él.
—Nadie podía obtener aquí el permiso, porque esta entrada estaba destinada solamente a ti. Ahora voy a cerrarla.
K. declaró que el guardián había engañado al hombre. El sacerdote replicó que el relato no decía tal cosa. Quizá el guardián había cumplido estrictamente su deber. Quizá incluso dependía del hombre, pues su función existía únicamente por aquella entrada. K. sostuvo entonces que, si el guardián estaba sometido a su cargo, también él había sido engañado.
El capellán fue desmontando cada interpretación y proponiendo otra contraria. No exigía aceptar todas como verdaderas; bastaba con considerarlas necesarias.
—Una opinión desoladora —dijo K.—. La mentira se convierte en el orden universal.
Habían caminado hasta quedar envueltos por la oscuridad. K. preguntó si el sacerdote quería algo más de él.
—No —respondió este—. El tribunal no quiere nada de ti. Te recibe cuando vienes y te deja marchar cuando te vas.
K. salió de la catedral sin haber recibido absolución, consejo ni certeza. La puerta de la Ley seguía abierta en la parábola; para él, sin embargo, no aparecía ninguna entrada.
La víspera de su trigésimo primer cumpleaños, hacia las nueve de la noche, dos hombres llegaron al alojamiento de Josef K. Vestían levitas negras, demasiado ceñidas, y llevaban sombreros de copa. Eran pálidos, solemnes, casi idénticos en sus movimientos.
K. los esperaba sentado junto a la puerta. Sin pedirles explicación, tomó su sombrero. Los hombres se colocaron a ambos lados y le ofrecieron los brazos. K. comprendió que venían por él.
—¿En qué teatro actúan ustedes? —preguntó.
Ellos se miraron, desconcertados, como si no estuvieran autorizados a responder. Después apretaron sus brazos contra los de K. y echaron a andar.
En la calle formaron una unidad rígida. K. intentó detenerse, pero los hombres se aferraron a él con tal destreza que apenas pudo separarse. Por un instante pensó en resistir. Aún era libre de gritar, de pedir auxilio, de obligarlos a arrastrarlo. Sin embargo, continuó caminando. Al cruzar una plaza, vio a la señorita Bürstner, o acaso a una mujer que se le parecía. Aquella aparición le hizo comprender la inutilidad de una resistencia tardía. Había que conservar la razón hasta el final, aunque el tribunal nunca le hubiera mostrado una acusación ni pronunciado sentencia alguna.
Salieron de la ciudad. Los edificios escasearon y el camino ascendió hacia las afueras. Cuando un policía se acercó, K. tuvo un impulso de acudir a él. Pero sus acompañantes aceleraron el paso, y K., en vez de llamar, corrió con ellos.
Llegaron a una cantera abandonada. La luz de la luna caía sobre una gran piedra desprendida. Los hombres condujeron a K. hasta allí, le quitaron la chaqueta, el chaleco y la camisa, y lo apoyaron contra la roca. Después lo colocaron en el suelo, con la cabeza sobre una piedra.
Uno de ellos sacó de su levita un cuchillo de carnicero, largo, estrecho y afilado por ambos lados. Lo alzó ante la luna para examinar el filo. Luego los dos hombres comenzaron a pasárselo de mano en mano, con ceremoniosa cortesía, como si cada uno quisiera ceder al otro el cumplimiento de la tarea.
K. comprendió que quizá esperaban que él mismo tomara el cuchillo. No lo hizo. Todavía buscó alrededor alguna posibilidad de ayuda. En una casa próxima se abrió una ventana. Una figura humana se inclinó hacia fuera y extendió los brazos.
¿Quién era? ¿Un amigo? ¿Alguien dispuesto a intervenir? ¿Existía aún una instancia superior a la que pudiera apelar?
K. levantó las manos y separó los dedos.
Entonces uno de los hombres le sujetó la garganta. El otro le hundió el cuchillo profundamente en el corazón y lo hizo girar dos veces.
Con los ojos ya desfallecidos, K. vio a ambos inclinados sobre su rostro, mejilla contra mejilla, observando el final.
—¡Como un perro! —dijo.
Y fue como si la vergüenza hubiera de sobrevivirle.
Y fue como si la vergüenza hubiera de sobrevivirle.
Guion y voz generados con inteligencia artificial.
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