
A través del espejo: la partida de Alicia
38 min · Clásicos de la literatura

Historia para dormir · Clásicos de la literatura
49 min · Para escuchar con la luz apagada
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La peste asola Tebas y Edipo promete descubrir al asesino del rey Layo para salvar la ciudad. La pesquisa enfrenta al soberano con Tiresias, Creonte y Yocasta, hasta revelar que él mismo ha cumplido el destino del que quiso escapar.
Ante el palacio real de Tebas, una multitud permanecía arrodillada junto a los altares. Ancianos, jóvenes y niños sostenían ramas de olivo envueltas en lana, señal de súplica. El humo del incienso ascendía entre lamentos, pero ninguna plegaria conseguía apartar la calamidad que se había abatido sobre la ciudad.
La peste recorría las calles. Los campos no daban fruto, los rebaños enfermaban y las mujeres perdían a sus hijos antes de verlos nacer. En las casas se velaba a los muertos; en los templos se pedía auxilio a unos dioses que aún no habían respondido.
Las puertas del palacio se abrieron y apareció Edipo, rey de Tebas. No envió a un servidor para escuchar a los suplicantes. Salió él mismo y, contemplando las ramas depositadas ante los altares, habló con gravedad:
—Hijos míos, descendientes del antiguo Cadmo, ¿por qué estáis aquí, coronados como suplicantes? La ciudad entera se llena de incienso, de cantos de dolor y de gemidos. No he querido saber vuestra desgracia por boca ajena. Yo, Edipo, a quien todos conocéis, he venido a escucharos. De entre la multitud se adelantó el sacerdote de Zeus, un anciano cuya voz cargaba con la aflicción de todos.
—Edipo, señor de nuestra tierra, mira a quienes se postran ante ti. Unos apenas tienen fuerzas para volar lejos; otros estamos rendidos por la edad. Detrás de nosotros aguarda el pueblo de Tebas. La ciudad, como una nave azotada por la tormenta, ya no puede alzar la cabeza sobre las olas de la muerte. Perecen los frutos de la tierra, los animales y los hijos en el vientre de sus madres. Un dios portador de fuego se ha lanzado sobre nosotros: la peste, el peor de los enemigos.
El sacerdote recordó entonces la antigua salvación de Tebas. Años atrás, la Esfinge había sometido la ciudad a un terror implacable. Desde una roca planteaba su enigma y devoraba a quienes no sabían resolverlo. Edipo, recién llegado y sin ayuda de ningún tebano, había encontrado la respuesta. La Esfinge fue derrotada, y el extranjero recibió como recompensa el trono y la mano de la reina Yocasta.
—No te juzgamos igual a los dioses —prosiguió el anciano—, pero sí el primero entre los hombres cuando llegan las desgracias. Una vez nos libraste. Sálvanos de nuevo. Busca consejo entre los dioses o entre los hombres, porque la experiencia suele dar fuerza a las decisiones. No permitas que se recuerde tu reinado diciendo que levantaste a Tebas para verla caer después.
Edipo escuchó sin apartar la mirada. Conocía ya el sufrimiento de su pueblo.
—Pobres hijos —respondió—. Sé qué deseáis. Sé que todos estáis enfermos; pero, aun padeciendo vosotros, ninguno sufre tanto como yo. Cada cual llora su propio dolor. Mi corazón llora por la ciudad, por vosotros y por mí mismo. No me habéis despertado de un sueño. He derramado muchas lágrimas y recorrido muchos caminos con el pensamiento.
No se había limitado, pues, a esperar. Había enviado a Creonte, hermano de Yocasta, al santuario de Apolo en Delfos, para preguntar al oráculo qué acción o qué palabra podría liberar a Tebas.
—Hace ya más tiempo del razonable que partió —dijo Edipo—. Su tardanza me inquieta. Pero cuando regrese, sería indigno de mí no cumplir cuanto ordene el dios.
En aquel instante, algunos tebanos alzaron la vista. A lo lejos se acercaba una figura coronada con hojas de laurel, señal de que venía del recinto sagrado de Apolo.
Era Creonte.
Edipo avanzó hacia él ante la multitud expectante. La respuesta del oráculo llegaba por fin a las puertas de Tebas. Y con ella comenzaba una búsqueda que el rey prometía emprender para salvar la ciudad, sin saber que la verdad perseguida se hallaba mucho más cerca de su trono de lo que nadie podía imaginar.
Creonte se detuvo ante Edipo, aún coronado con el laurel de Delfos. El rey, viendo en su semblante una esperanza incierta, le pidió que hablase delante de todos. Si la respuesta del dios concernía a Tebas, todo el pueblo debía conocerla.
—El mandato de Apolo es claro —declaró Creonte—. Debemos expulsar de esta tierra una mancha que vive entre nosotros. No hemos de alimentarla hasta hacerla incurable.
Edipo le exigió que nombrase aquella mancha y dijera cómo podía purificarse la ciudad.
—Mediante el destierro —respondió Creonte—, o pagando una muerte con otra muerte. La sangre derramada es la que provoca esta tempestad sobre Tebas. El rey preguntó quién había sido asesinado. Creonte pronunció entonces el nombre de Layo, antiguo soberano de la ciudad, muerto antes de que Edipo obtuviese el trono.
—¿Dónde cayó? —preguntó Edipo—. ¿En su palacio, en Tebas o lejos de ella?
Creonte explicó que Layo había partido para consultar un oráculo y nunca regresó. De cuantos lo acompañaban, solo un servidor sobrevivió. Aquel hombre aseguró que una banda de salteadores había atacado al rey y a su séquito.
Edipo se extrañó. Si el crimen había sido cometido por varios hombres, quizá alguien de Tebas los había pagado. ¿Por qué no se investigó entonces?
—La Esfinge nos obligaba a atender la desgracia que teníamos delante —dijo Creonte—. Mientras ella nos acosaba, la muerte de Layo quedó sin venganza.
Edipo guardó silencio unos instantes. Él mismo había recibido el poder del rey muerto; perseguir a su asesino era, por tanto, defender a Tebas y también defenderse a sí mismo. Prometió sacar a la luz un crimen oculto durante tantos años.
Ante los tebanos reunidos, Edipo proclamó una orden. Quien supiera quién había matado a Layo debía hablar sin temor. Si el culpable se denunciaba a sí mismo, no sufriría la muerte: abandonaría el país y conservaría la vida. Si un extranjero conocía la verdad, recibiría recompensa y gratitud.
Pero nadie debía proteger al asesino. Nadie podía recibirlo bajo su techo, dirigirle la palabra, admitirlo en las plegarias ni compartir con él el agua de los sacrificios. Todos debían rechazarlo como la impureza que consumía la ciudad.
Entonces el rey llevó todavía más lejos su decreto.
—Sea quien sea el culpable —clamó—, viva solo, miserable y proscrito. Y si yo, sabiéndolo, llegara a acogerlo en mi propia casa, que caiga también sobre mí la maldición que acabo de pronunciar.
Las palabras resonaron ante las puertas de Tebas. Edipo no sabía que, al condenar al hombre buscado, había pronunciado sentencia contra sí mismo. Afirmó que lucharía por Layo como si luchase por su propio padre. El antiguo rey había poseído el cetro que ahora sostenía Edipo y había sido esposo de Yocasta, la mujer con quien él compartía el trono. Buscaría al asesino hasta encontrarlo, por obediencia a Apolo y por salvar a la ciudad.
El coro recordó que ninguno de ellos conocía al culpable. Si Apolo había señalado el crimen, quizá también pudiera revelar al criminal. Pero Edipo respondió que los dioses no se sometían a las órdenes de los hombres. Había, sin embargo, un mortal capaz de interpretar lo oculto: el adivino Tiresias.
Edipo ya había enviado a buscarlo. Solo quedaba esperar su llegada y escuchar lo que la verdad tuviera que decir.
Tiresias llegó ante el palacio guiado por un muchacho. Anciano, ciego y venerado en toda Tebas, conocía, según decían, cuanto podía revelar el dios Apolo. Edipo lo recibió como a la última esperanza de la ciudad.
—Tú que comprendes lo visible y lo oculto —le dijo—, sabes qué mal nos destruye. Ayúdanos a descubrir al asesino de Layo y a salvar Tebas.
Pero Tiresias guardó silencio. Después, con voz grave, respondió:
—¡Ay, qué terrible es saber cuando el saber no aprovecha a quien lo posee! Dejadme volver a mi casa. Será mejor para ti y para mí.
Edipo no entendió aquella negativa. Le recordó la peste, los cadáveres y los altares llenos de suplicantes. Tiresias insistió en marcharse.
—No preguntes más. Tú carga con tu destino y yo con el mío. La resistencia del adivino encendió la cólera del rey. Edipo creyó ver en su silencio una traición contra Tebas. Lo acusó de negar ayuda a la ciudad e incluso de haber participado en el crimen.
—Si tu ceguera no te lo hubiera impedido —exclamó—, diría que tú mismo mataste a Layo.
Entonces Tiresias dejó de contenerse.
—¿De veras? Pues yo te ordeno que cumplas la condena que acabas de proclamar. Desde hoy, no hables ni conmigo ni con estos tebanos, porque tú eres la impureza que contamina esta tierra. Tú eres el asesino que buscas.
El coro quedó sobrecogido. Edipo recibió aquellas palabras como una ofensa monstruosa. Convencido de que jamás había conocido a Layo, rechazó la acusación y exigió saber quién había urdido aquella calumnia.
—Creonte —dijo—. Él te ha enseñado a hablar así. Pretende arrebatarme el trono y te utiliza como instrumento.
Tiresias negó servir a Creonte. No necesitaba otro señor que Apolo. Edipo se burló entonces de sus artes: cuando la Esfinge oprimía Tebas, el adivino no había logrado salvarla; fue él, Edipo, quien resolvió el enigma con su inteligencia.
—Tú tienes ojos y no ves —replicó Tiresias—. No ves en qué desgracia vives, ni bajo qué techo, ni con quiénes compartes tu vida.
Ignoras de quién naciste. Y cuando lo sepas, descubrirás que eres enemigo de los tuyos, de los vivos y de los muertos.
Edipo quiso expulsarlo, pero el anciano aún no había terminado. Anunció que el culpable, tenido por extranjero, resultaría ser tebano de nacimiento; que quien ahora parecía rico y poderoso acabaría ciego, mendigo y desterrado. Afirmó también que aquel hombre era, sin saberlo, padre y hermano de sus propios hijos, hijo y esposo de la mujer que le había dado la vida, y asesino de su padre.
Las palabras eran tan atroces que Edipo se negó a escucharlas. Ordenó a Tiresias que se marchara y no volviera jamás.
—Me iré —respondió el adivino—. Pero antes resuelve esto: ¿quién nació de quienes no debía, mató a su padre y se unió a su madre? Cuando lo descubras, juzga entonces si Tiresias es ciego también en su entendimiento. Guiado por el muchacho, el anciano se alejó. Tras él quedó un silencio inquieto. Edipo, furioso, no dudaba aún de sí mismo: veía en la acusación una conspiración y en Creonte al hombre que deseaba su corona. Pero la investigación que había iniciado acababa de volverse contra él.
Creonte llegó ante el palacio herido por una acusación que ya corría por Tebas. Había sabido que Edipo lo señalaba como autor de una conjura, aliado con Tiresias para arrebatarle la corona. Ante los ancianos del coro, declaró que no podía soportar semejante afrenta sin defender su nombre.
Edipo salió a su encuentro. No buscaba explicaciones: su juicio parecía dictado.
—¿Cómo te atreves a presentarte ante mí? —dijo—. Has querido asesinarme y apoderarte de mi trono. Tú aconsejaste que llamáramos a Tiresias, y él me acusa ahora de la muerte de Layo. ¿Desde cuándo conocía esa supuesta verdad? ¿Por qué calló cuando la Esfinge oprimía la ciudad?
Creonte le pidió que escuchara antes de condenarlo. Tiresias, recordó, nunca había acusado a Edipo en los años transcurridos desde la muerte de Layo. Y si el rey sospechaba de un acuerdo secreto, podía acudir a Delfos y comprobar si Creonte había transmitido fielmente la respuesta del oráculo.
—Si descubres que he conspirado con el adivino —añadió—, condéname. Pero no me declares culpable por una sospecha. Edipo no cedió. Para él, la proximidad de Creonte al poder era la prueba de su ambición. Creonte respondió con una serenidad que contrastaba con la cólera del rey.
—Pregúntate qué ganaría yo reinando. Ahora poseo honores sin sufrir los temores del soberano. Tú gobiernas; Yocasta es reina y hermana mía; yo recibo de ambos cuanto deseo. Camino por la ciudad sin recelos, y todos me tratan con respeto. Si llevara la corona, tendría que aceptar también sus peligros, sus vigilias y sus enemigos. ¿Por qué iba a cambiar una vida segura por otra llena de angustia?
Creonte afirmó que jamás preferiría el título de rey al poder tranquilo del que ya disfrutaba. Un hombre sensato no busca cargas cuando posee privilegios suficientes. Rogó a Edipo que no confundiera a un amigo leal con un traidor, pues expulsar al justo era tan grave como acoger al malvado.
Pero Edipo veía prudencia fingida donde Creonte ofrecía razones. Exigió su muerte o su destierro. El coro intentó contenerlo: las palabras de Creonte parecían sinceras y no debía tomarse una decisión irrevocable bajo el dominio de la ira.
—Ha jurado no haber conspirado —recordaron los ancianos—. Respeta su juramento y escucha.
—Mientras él viva —replicó Edipo—, mi vida está amenazada.
Creonte comprendió que ninguna demostración bastaría. Acusó entonces al rey de ejercer un poder injusto, sometido a su temperamento antes que a la razón. La disputa se hizo más áspera: uno pedía pruebas; el otro respondía con sospechas. Y en aquel enfrentamiento comenzó a revelarse no la culpa de Creonte, sino la fragilidad de Edipo ante cualquier palabra que pusiera en peligro su identidad y su corona.
Las voces llegaron al interior del palacio. Yocasta apareció entre ambos y les reprochó que alimentaran una querella privada mientras Tebas padecía. Preguntó qué había provocado aquella furia. Creonte explicó que Edipo lo acusaba de traición y pretendía desterrarlo o matarlo.
Yocasta pidió a su esposo que respetara el juramento de su hermano. El coro se unió a ella. Edipo, todavía convencido de la conjura, acabó cediendo: no daría muerte a Creonte ni lo expulsaría por la fuerza. Sin embargo, su resentimiento permanecía intacto.
Creonte se retiró, lamentando que el rey solo hubiese cedido a disgusto. Yocasta quedó junto a Edipo. Quería conocer el origen de la disputa; él estaba dispuesto a contárselo. Al hacerlo, pronunciaría de nuevo la acusación de Tiresias, y ella respondería con un antiguo relato sobre Layo, un oráculo y una muerte ocurrida en una encrucijada.
Cuando Creonte se alejó, ofendido pero a salvo, Yocasta quedó frente a Edipo. Había logrado contener la cólera del rey, aunque no la sospecha que Tiresias había sembrado en él.
—Dime —preguntó ella—, ¿qué ha provocado esta disputa?
Edipo le contó que Creonte, sirviéndose del adivino, pretendía acusarlo de la muerte de Layo. Yocasta escuchó sin interrumpir. Después trató de arrancar de su ánimo aquel temor.
—No concedas tanto poder a las palabras de los hombres —dijo—. Ningún mortal posee el arte verdadero de la profecía. Yo puedo demostrarlo.
Entonces habló del antiguo oráculo recibido por Layo. Se había anunciado que el rey moriría a manos del hijo que naciera de ambos. Pero, según Yocasta, nada de aquello se había cumplido. Cuando el niño apenas contaba tres días, Layo le atravesó los tobillos y ordenó a un servidor que lo abandonara en una montaña inaccesible. El hijo no pudo, por tanto, convertirse en asesino de su padre.
—Y Layo —prosiguió la reina— murió a manos de unos salteadores extranjeros, según se dijo, en un lugar donde se cruzan tres caminos.
Edipo cambió de semblante.
—¿Qué has dicho? ¿En qué lugar murió Layo?
—En la región de Fócide, allí donde se encuentran los caminos de Delfos y de Daulia. El rey dio un paso atrás, como si aquellas palabras hubieran abierto bajo sus pies un abismo invisible.
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces?
—La noticia llegó poco antes de que tú aparecieras en Tebas y fueras proclamado rey.
—¡Oh, Zeus! —exclamó Edipo—. ¿Qué has decidido hacer conmigo?
Yocasta, alarmada, le preguntó qué recuerdo lo turbaba. Edipo quiso saber cómo era Layo y qué edad tenía.
—Era alto —respondió ella—. Sus cabellos comenzaban a encanecer. Su aspecto no era muy distinto del tuyo.
El temor se apoderó por completo de Edipo.
—Tal vez he pronunciado contra mí mismo aquellas maldiciones. Dime aún otra cosa: ¿viajaba solo?
Yocasta explicó que lo acompañaban cinco hombres. Uno era heraldo; otro, el cochero. Layo iba en un carro. Solo un servidor había regresado con vida. Al descubrir que Edipo ocupaba el trono, aquel hombre había suplicado ser enviado lejos de la ciudad, a cuidar los rebaños.
Edipo guardó silencio. Recordaba un cruce de caminos. Recordaba un carro que le cerraba el paso, a un heraldo que intentó apartarlo por la fuerza y a un anciano que, desde el vehículo, lo golpeó con una vara de doble punta. También recordaba su propia furia: el bastón alzado, los cuerpos cayendo, la sangre sobre el camino.
No se lo reveló todo todavía a Yocasta, pero su voz perdió la firmeza.
—Haz venir a ese servidor —ordenó—. Que comparezca ante mí cuanto antes.
—Así se hará —respondió ella—. Pero ¿por qué das tanta importancia a su testimonio?
Edipo miró hacia las puertas del palacio. Había una diferencia a la que aún podía aferrarse: el superviviente había hablado de varios salteadores, no de un solo hombre.
—De sus palabras depende mi esperanza —dijo—. Si mantiene que fueron muchos, yo no puedo ser el asesino. Pero si habla de un viajero solitario… entonces todo recaerá sobre mí.
Yocasta trató de tranquilizarlo recordándole que el testimonio había sido público y no podía cambiarse. Sin embargo, el relato con el que pretendía desacreditar los oráculos había producido el efecto contrario. Por primera vez, Edipo contempló la posibilidad de que el criminal buscado por toda Tebas fuese él mismo. Mientras el mensajero partía en busca del único hombre que había sobrevivido a la muerte de Layo, Yocasta contempló a Edipo. El rey seguía inmóvil, turbado por los detalles que acababa de escuchar: una encrucijada, un carro, unos criados y un rey muerto muchos años atrás.
—¿Qué pensamiento te atormenta? —preguntó ella—. ¿Por qué interrogas con tanto empeño sobre Layo?
Edipo tardó en responder. Cuando al fin habló, su voz había perdido la firmeza con que solía dirigirse a Tebas.
—Escúchame, Yocasta. Tal vez, al contártelo todo, pueda saber si aún me queda esperanza.
Dijo entonces que había crecido en Corinto, en la casa del rey Pólibo y de Mérope. Todos lo consideraban hijo de ambos, y él mismo jamás había dudado de ello. Pero durante un banquete, un hombre embriagado lo llamó hijo supuesto, hijo fingido. Edipo, herido por aquellas palabras, pidió explicaciones a sus padres. Pólibo y Mérope se indignaron contra el ofensor y trataron de tranquilizarlo; sin embargo, la sospecha ya se había instalado en él.
—Fui a Delfos sin decírselo —continuó—. Quería que el dios me revelara quiénes eran mis verdaderos padres. Pero Apolo no respondió a mi pregunta. En vez de eso, anunció algo terrible: que estaba destinado a unirme con mi propia madre y a engendrar una descendencia aborrecible; y que sería yo quien derramaría la sangre de mi padre. Para impedir que el oráculo se cumpliera, Edipo decidió no regresar jamás a Corinto. Se alejó de Pólibo y de Mérope, convencido de que, mientras permaneciera lejos de ellos, no podría cometer los crímenes anunciados.
—Huí de quienes más amaba —dijo—. Renuncié a mi patria para salvarlos de mí.
Pero en su camino llegó al lugar donde se cruzaban las rutas de Delfos y Daulia. Allí encontró un carro. Un heraldo y un anciano que viajaba en él quisieron apartarlo del camino por la fuerza. El conductor lo empujó; Edipo, encolerizado, respondió al golpe. Entonces el anciano lo hirió en la cabeza con un aguijón de dos puntas.
—Yo levanté mi bastón —confesó— y lo golpeé. Cayó hacia atrás desde el carro. Después maté también a los demás... o eso creí. Todo sucedió en aquella encrucijada.
Yocasta guardó silencio. Las coincidencias ya no parecían casuales.
—¿Cómo era Layo? —preguntó Edipo.
—Alto —respondió ella—. Sus cabellos empezaban a encanecer. Su aspecto no era muy distinto del tuyo.
Edipo palideció.
—¡Ay de mí! Sin saberlo, quizá me he maldecido a mí mismo. He ordenado que nadie reciba al asesino, que nadie le hable ni comparta con él las ofrendas. Si aquel hombre era Layo, yo soy el criminal al que persigo.
Yocasta intentó aferrarse todavía a una diferencia. El testigo había declarado que Layo fue atacado por varios salteadores, no por un solo viajero. Si mantenía esa versión, Edipo no podía ser el culpable.
—¿Ese hombre sigue vivo? —preguntó el rey.
—Sí. Cuando regresaste victorioso y te convertiste en rey, me suplicó que lo enviara lejos de Tebas, a cuidar los rebaños.
Edipo ordenó que lo trajeran sin demora. Su destino dependía ahora de una sola palabra: si el pastor hablaba de muchos asesinos, aún quedaba una salida; si decía que había sido uno solo, la profecía comenzaría a cerrarse sobre él. Y, sin embargo, todavía había algo que Edipo ignoraba. Creía haber huido de Corinto para vencer al oráculo. No comprendía que cada paso de aquella huida podía haberlo conducido precisamente hacia su cumplimiento.
Yocasta contempló a Edipo con una inquietud que ya no podía ocultar. Hasta aquel momento había intentado demostrar que los oráculos podían equivocarse; pero las preguntas de su esposo, cada vez más precisas, parecían cerrar en torno a ambos un círculo invisible.
—Dijiste que uno de los servidores de Layo escapó con vida —recordó Edipo—. ¿Dónde está ese hombre?
Yocasta tardó en responder.
—Cuando regresó a Tebas y te vio sentado en el trono, me tomó de la mano y me suplicó que lo enviara lejos de la ciudad. Quería guardar los rebaños en el campo, donde pudiera vivir sin acercarse al palacio. Como había servido fielmente a Layo, le concedí lo que pedía.
Edipo se estremeció.
—¿Me vio convertido en rey y quiso marcharse?
—Así fue.
Aquella noticia aumentaba sus temores. Tal vez el servidor había reconocido en él al hombre de la encrucijada. Tal vez su retirada no había sido cansancio ni duelo, sino miedo. —Haz que vuelva inmediatamente —ordenó Edipo—. Es preciso interrogarlo.
Yocasta trató de retenerlo todavía en la esperanza.
—¿Por qué concedes tanta importancia a unas palabras pronunciadas hace años? El dolor confunde los recuerdos.
—Porque de esas palabras depende todo. Dime exactamente qué declaró cuando llegó a Tebas.
—Afirmó que Layo había sido atacado y muerto por unos salteadores.
—¿Por uno solo o por varios?
—Por varios. Eso dijo, y así se anunció públicamente.
Edipo se aferró a aquella diferencia como un náufrago a una tabla. Él había luchado solo contra el anciano y sus acompañantes. Si el superviviente mantenía que una banda de hombres había atacado al rey, entonces Edipo no podía ser el asesino buscado por el oráculo.
—Ahí queda una esperanza —dijo—. Un solo hombre no puede convertirse en una multitud. Si el pastor repite que fueron varios los asaltantes, yo quedaré libre de esta acusación.
Yocasta asintió.
—Lo repetirá. No podría cambiar ahora su testimonio sin contradecir lo que toda Tebas escuchó.
Pero Edipo no se dejó tranquilizar por completo.
—Aun así, debo oírlo de sus propios labios.
Si declara que fue un solo viajero, la medida de mi cuerpo y la edad que yo tenía entonces bastarán para condenarme. Habré matado al esposo de la mujer con quien me casé; habré ocupado el trono del hombre cuya sangre derramé. Y todas las maldiciones que pronuncié contra el culpable caerán sobre mí.
Yocasta insistió en que no debía atormentarse antes de tiempo. Recordó de nuevo que el oráculo había anunciado que Layo moriría a manos de su propio hijo, y que aquel hijo, según ella creía, había sido abandonado cuando apenas contaba tres días de vida. Por tanto, incluso si Edipo hubiese matado al rey en el camino, la profecía no se habría cumplido como fue anunciada.
Sin embargo, Edipo ya no podía separar una duda de otra.
—Mandad buscar al servidor —dijo a los criados—. Que deje los rebaños y comparezca ante mí sin demora.
Los hombres partieron para cumplir la orden. Edipo quedó aguardando en las puertas del palacio, suspendido entre dos posibilidades: la palabra «varios», que podía absolverlo, y la palabra «uno», que podía hundirlo. Yocasta permaneció junto a él. Ninguno de los dos sabía aún que el testigo reclamado guardaba una verdad más antigua y terrible que la muerte de Layo.
Mientras aguardaban la llegada del pastor, un extranjero se presentó ante las puertas del palacio. Venía de Corinto y preguntó por Edipo. Al verlo, inclinó la cabeza y anunció que traía noticias capaces de causar dolor y alegría al mismo tiempo.
—Los corintios desean hacerte rey —dijo—. Pólibo ha muerto.
Edipo quedó inmóvil. Luego preguntó, con cautela, cómo había sucedido.
—No cayó bajo ninguna espada ni fue víctima de conspiración alguna. Murió vencido por la edad y la enfermedad. Yocasta recibió aquellas palabras con un súbito alivio. Mandó llamar a Edipo, que hasta entonces había permanecido inquieto por el pastor de Layo, y señaló al mensajero como prueba de la inutilidad de los oráculos.
—Escucha —le dijo—. Pólibo ha muerto de muerte natural. Tú no lo mataste. ¿Dónde están ahora las profecías que te obligaron a huir?
Edipo volvió la mirada hacia el cielo, como si interpelara al dios que había marcado su vida. El oráculo había afirmado que derramaría la sangre de su padre. Sin embargo, Pólibo había llegado al término de sus días lejos de él, sin que su hijo levantara una mano contra su vida.
—Entonces quizá las palabras del dios no eran ciertas —murmuró—. Quizá el azar gobierna a los hombres y nadie puede conocer lo que ha de venir.
Pero su alivio no fue completo. Una parte de la antigua amenaza seguía en pie.
—Pólibo ha muerto —dijo—, y ya no puedo matarlo. Pero Mérope vive. Mientras ella permanezca en Corinto, no regresaré. El oráculo también anunció que compartiría el lecho de mi madre.
El mensajero lo observó con sorpresa.
—¿Por eso abandonaste Corinto? ¿Por temor a Pólibo y a Mérope?
—Por eso hui y soporté el destierro voluntario. Los amaba como a mis padres, pero temía convertirme en su desgracia.
El corintio sonrió, creyendo que podía disipar fácilmente aquel miedo.
—Entonces puedo librarte de él. Mérope no representa ningún peligro para ti.
Edipo le exigió que explicara sus palabras. El mensajero respondió sin vacilar:
—Porque Pólibo no era tu padre.
La alegría se extinguió en el rostro del rey. Yocasta miró al extranjero con creciente inquietud.
—¿Qué dices? —preguntó Edipo—. ¿Acaso no me crió como hijo suyo?
—Te crió y te amó como tal, pero no te engendró. Tú le fuiste entregado.
—¿Por quién?
—Por mí —contestó el mensajero—. Hace muchos años te recibí siendo un niño y te llevé a Pólibo. Él no tenía descendencia y te acogió como el regalo que tanto había deseado. Edipo sintió que la muerte de Pólibo, que un instante antes parecía destruir el oráculo, abría ahora una pregunta más terrible. Si el rey de Corinto no era su verdadero padre, tampoco sabía quién era la madre a la que aún temía acercarse.
—¿Dónde me encontraste? —preguntó.
El mensajero negó con la cabeza.
—No te encontré. Otro hombre te puso en mis manos, en las laderas del Citerón.
La espera del pastor adquirió entonces un sentido nuevo. Ya no debía responder únicamente por la muerte de Layo. Podía conocer también el origen de Edipo.
Edipo miró fijamente al mensajero de Corinto. La noticia que debía librarlo del temor había abierto ante él una incertidumbre aún más profunda.
—Si Pólibo no fue mi padre —dijo—, ¿cómo llegué entonces a su casa? ¿De quién me recibieron él y Mérope?
El anciano respondió sin vacilar:
—De mis propias manos, señor. Yo te entregué a ellos cuando eras todavía un niño.
—¿Eras tú mi padre?
—No. Ni te engendré ni pertenecías a mi casa. Te encontré en las laderas del Citerón... aunque, para decirlo con verdad, otro hombre te puso en mis brazos. Edipo avanzó un paso. Aquel monte, que hasta entonces no había sido más que un nombre remoto, parecía aproximarse de pronto a las puertas de Tebas.
—¿Qué hombre?
—Un pastor. Servía en la casa de Layo.
Yocasta se estremeció. No habló todavía, pero su rostro cambió. Edipo, absorto en la persecución de su origen, no advirtió o no quiso advertir aquel silencio.
—¿Por qué te entregó al niño?
—Para que yo me deshiciera de él. Pero me dio lástima. Tenía los tobillos atravesados y sujetos con una correa. Lo llevé a Corinto y se lo entregué a Pólibo y a Mérope, que no tenían hijos. Ellos te criaron como suyo.
El mensajero señaló las cicatrices que Edipo llevaba desde la infancia.
—De aquellas heridas procede el nombre que aún llevas.
Edipo bajó la mirada hacia sus pies. Las marcas, conocidas desde siempre, dejaban de ser un accidente olvidado. Eran el sello de una historia que otros habían intentado borrar.
—¿Reconocerías al pastor que te entregó? —preguntó.
—Si lo viera, creo que sí.
Los servidores tebanos murmuraron entre sí. Uno de ellos recordó que el único superviviente de la muerte de Layo, el pastor que Edipo ya había mandado buscar, había servido durante años cuidando los rebaños del antiguo rey.
Yocasta comprendió entonces cuanto Edipo todavía se empeñaba en ordenar pieza por pieza: el niño condenado por el oráculo, los pies atravesados, el Citerón, el hombre muerto en la encrucijada, el extranjero que había llegado después a Tebas y compartía su lecho.
Se acercó a Edipo, dominada por el espanto.
—¡Por los dioses, no sigas! Si aprecias tu vida, abandona estas preguntas. Basta con lo que yo sufro.
Edipo interpretó su terror de otro modo. Creyó que la reina temía descubrir en él un origen humilde, acaso hijo de esclavos.
—No temas por tu orgullo, Yocasta. Aunque resulte ser descendiente de tres generaciones de siervos, tú no quedarás deshonrada. Yo debo saber quién soy.
—No preguntes más —suplicó ella—. Nunca llegues a saberlo.
—Llegaré hasta el final.
Yocasta lo contempló por última vez. En su voz ya no quedaba argumento alguno, solo una piedad desesperada.
—¡Desdichado! Ojalá jamás descubras quién eres. Después se volvió y entró precipitadamente en el palacio. Edipo quedó ante sus puertas, convencido de que estaba a punto de conocer la modestia de su nacimiento. No comprendió que Yocasta acababa de reconocer algo mucho más terrible.
El mensajero aguardó. También aguardaban Creonte, los ancianos y el pueblo castigado por la peste. Faltaba una sola voz: la del viejo pastor de Layo, aquel que había entregado al niño herido en el Citerón y que, años después, había sobrevivido al crimen de la encrucijada.
Cuando llegara, ninguna sombra podría proteger ya al rey.
Yocasta había abandonado el lugar después de su última súplica. Entró en palacio desesperada, mientras Edipo la veía partir sin comprender el verdadero motivo de su terror. Creyó que la reina se avergonzaba ante la posibilidad de descubrir que él procedía de una familia humilde, quizá de esclavos.
—Que se avergüence, si quiere —declaró—. Yo no renunciaré a conocer mi origen. Aunque resulte ser hijo de siervos, sabré quién soy.
El coro, inquieto, aguardó con él. Al poco apareció el anciano pastor, conducido ante el rey. Había servido a Layo y era el único superviviente del ataque en el que murió el antiguo soberano. El mensajero corintio lo reconoció de inmediato.
—Este es el hombre —dijo—. De sus manos recibí al niño del que os he hablado.
Edipo se volvió hacia el anciano.
—¿Serviste al rey Layo?
—Fui esclavo suyo —respondió el pastor—. Me crié en su casa y cuidé sus rebaños.
—¿Conoces a este hombre de Corinto?
El anciano vaciló. Miró al mensajero, luego apartó los ojos.
—No lo recuerdo. Ha pasado mucho tiempo.
Pero el corintio se acercó a él.
—Sí que me recuerdas. Nos encontrábamos en el monte Citerón. Tú guardabas dos rebaños y yo uno. Durante tres temporadas estuvimos juntos, desde la primavera hasta que regresaban los fríos. Una vez me entregaste un niño.
El rostro del pastor se contrajo.
—¿Por qué hablas de aquello? Calla de una vez. Edipo percibió su miedo y redobló las preguntas.
—¿Le entregaste ese niño?
—No sé nada. Ese hombre pierde el tiempo.
—Si no respondes de buen grado, responderás por la fuerza.
El pastor suplicó que no se atormentara a un anciano. Edipo ordenó a los servidores que le sujetaran los brazos. Ante la amenaza, el hombre cedió poco a poco, como quien intenta retrasar una verdad que ya no puede contener.
—Sí —confesó—. Le entregué un niño.
—¿Era tuyo?
—No. Lo recibí de otra persona.
—¿De quién? ¿De qué casa procedía?
El anciano guardó silencio. Su terror ya no era por el castigo, sino por las palabras que estaba a punto de pronunciar.
—Por los dioses, señor, no preguntéis más.
—Habla —ordenó Edipo—, o esta será tu última negativa.
El pastor bajó la cabeza.
—El niño pertenecía a la casa de Layo.
—¿Era hijo de algún esclavo? ¿O de la sangre del rey?
—¡Ay de mí! Hemos llegado a lo más terrible.
—Y yo he llegado a la necesidad de oírlo.
Entonces el pastor confesó que aquel niño era hijo de Layo. La propia Yocasta se lo había entregado para que lo hiciera desaparecer. Un oráculo había anunciado que el hijo mataría a su padre, y por eso le habían atravesado los tobillos y lo habían condenado a morir en la montaña.
—¿Por qué no cumpliste la orden? —preguntó Edipo.
—Me compadecí de él. Pensé que este hombre se lo llevaría lejos, a su país, y que allí quedaría a salvo. Pero al salvarlo lo destiné a una desgracia mayor.
El mensajero confirmó que había recibido al niño y que después lo entregó a Pólibo y Mérope, reyes de Corinto, quienes lo criaron como hijo propio. Ya no quedaba espacio para otra explicación. El niño expuesto por Layo y Yocasta, el niño de los pies heridos, era Edipo. Él había sobrevivido al oráculo; había huido de Corinto para evitarlo y, sin saberlo, había regresado a la tierra donde todo debía cumplirse.
—¡Todo ha salido a la luz! —clamó—. ¡Que esta sea la última vez que vea el día! Nací de quienes no debía, me uní a quien no debía y maté a quien no debía matar.
Edipo entró precipitadamente en palacio, siguiendo el camino que Yocasta había tomado poco antes. Tras él quedó el pastor, liberado ya de su secreto, y sobre Tebas cayó el peso entero de la verdad.
Edipo atravesó las puertas del palacio pronunciando palabras que ya no eran preguntas, sino condenas. Todo encajaba con una precisión insoportable: el niño abandonado en el Citerón, los tobillos atravesados, el pastor de Layo, el mensajero de Corinto. Él era el hijo de Yocasta y de Layo. Él había derramado la sangre de su padre en la encrucijada. Él había recibido como esposa a la mujer que le dio la vida.
Dentro, los criados huían de su paso. Edipo reclamaba una espada y exigía saber dónde estaba Yocasta. La llamaba esposa; después, madre. Cada una de aquellas palabras desgarraba el silencio del palacio.
Yocasta se había precipitado antes que él hacia la cámara nupcial. Cerró las puertas y, sola, invocó a Layo, recordando al hijo que ambos habían entregado para que muriese y que había regresado, sin saberlo, a cumplir el oráculo. Ante aquel lecho, donde esposo e hijo habían ocupado un mismo lugar, la reina tomó una cuerda, la sujetó en lo alto y se ahorcó. Edipo llegó hasta la estancia y encontró las puertas cerradas. Golpeó, gritó y ordenó que las abrieran. Nadie se atrevía a acercarse. Entonces se lanzó contra ellas con toda su fuerza, quebró los cerrojos y entró.
Allí vio a Yocasta suspendida, inmóvil.
De su garganta salió un clamor terrible. La abrazó, deshizo el nudo y depositó el cuerpo en el suelo. Durante un instante permaneció inclinado sobre ella, ante la mujer que había sido su reina, su esposa y su madre. Después contempló el vestido real y arrancó de él los largos broches de oro que lo sujetaban.
—No veréis ya los males que he sufrido ni los males que he causado —dijo, alzándolos contra sí—. Durante demasiado tiempo habéis mirado a quienes nunca debí ver, sin reconocer a quienes debía conocer.
Y hundió las puntas en sus ojos.
Volvió a herirse una y otra vez. La sangre descendió por su rostro, no en lentas gotas, sino en una lluvia oscura que manchó sus mejillas y su túnica. Edipo eligió las tinieblas: no quería contemplar de nuevo a Yocasta, ni a sus hijos, ni las calles de Tebas sobre las que había reinado creyéndose salvador.
Los servidores retrocedieron horrorizados. La noticia recorrió la casa: la reina estaba muerta y el rey se había cegado con sus propias manos. Aquella estirpe, hasta entonces venerada, quedaba expuesta en toda su desgracia.
Edipo pidió que abrieran las puertas. Ya no quiso ocultarse en las habitaciones donde había descubierto su origen. Exigió comparecer ante los tebanos, mostrarles al asesino de Layo y al hijo nacido bajo la prohibición de los dioses.
A tientas, cubierto de sangre, avanzó hacia el exterior. Tras él quedaba el cuerpo de Yocasta. Delante lo aguardaban el pueblo, Creonte y la sentencia que él mismo había pronunciado contra el culpable: expulsión, vergüenza y destierro.
Las puertas del palacio se abrieron, y Edipo apareció ante los tebanos. Avanzaba a tientas, con el rostro cubierto de sangre. De las cuencas heridas corrían oscuros regueros; sus manos, las mismas que habían vencido a la Esfinge y sostenido el cetro de Tebas, buscaban ahora apoyo en el aire.
Un clamor de horror se alzó a su alrededor. Edipo reconoció las voces y pidió que no apartasen de él la mirada, aunque él ya no pudiera devolverla.
—¿Para qué había de ver —dijo—, si nada de cuanto pudiera contemplar me sería grato? No podría mirar a mi padre entre los muertos, ni a mi desdichada madre. Tampoco a mis hijos, nacidos como nacieron. Y ante los ciudadanos de Tebas, ¿qué ojos podría levantar? Se lamentó de que aquel pastor no lo hubiese dejado morir cuando era niño, expuesto en el monte Citerón. Entonces no habría matado a Layo en la encrucijada ni habría entrado en Tebas para compartir el lecho de Yocasta. Pero ya no podía deshacer ninguno de sus actos. Su crimen había sido involuntario; su condena, en cambio, la había pronunciado él mismo.
Creonte salió del palacio. Edipo, al oírlo, creyó que venía a burlarse del rey caído. Pero Creonte no mostró júbilo. Ordenó que lo condujeran al interior, pues aquella desgracia no debía exponerse más de lo necesario ante la ciudad.
—Por los dioses, Creonte —suplicó Edipo—, destiérrame. Arrójame lejos de Tebas, donde ningún hombre vuelva a hablarme.
Creonte respondió que no tomaría esa decisión sin consultar antes al oráculo. Edipo insistió: Apolo ya había mandado expulsar al impuro, al asesino de Layo. Deseaba ser llevado al Citerón, el monte destinado desde su nacimiento a convertirse en su tumba.
Después pidió que atendieran a sus hijas. De sus hijos varones dijo que sabrían abrirse camino; pero Antígona e Ismene quedarían marcadas por la vergüenza de su linaje. Rogó verlas y tocarlas una vez más.
Las niñas fueron conducidas hasta él. Edipo extendió las manos, encontró sus cabezas y las estrechó contra sí.
—Hijas mías —murmuró—, lloráis por mí, por vosotras y por esta casa. Nadie querrá compartir vuestra vida cuando sepa de qué sangre procedéis.
Las confió a Creonte y le pidió que no las abandonara. Luego quiso llevárselas consigo, pero Creonte se lo negó.
—No pretendas conservar siempre el mando —le advirtió—. Aquello que gobernaste no te ha acompañado hasta el final.
Edipo cedió. Ya no era rey. El hombre que había salvado Tebas descifrando el enigma de la Esfinge tuvo que obedecer y regresar al palacio, mientras Creonte asumía el poder y disponía lo necesario para la ciudad y para la casa maldita de Layo. Así cayó Edipo: no vencido por un enemigo exterior, sino alcanzado por la identidad que había buscado con obstinación. Quien había sido celebrado como el más poderoso de los hombres quedó ciego, separado de sus hijas y a la espera del destierro decretado por su propia voz. Y el coro contempló al antiguo soberano de Tebas, cuya grandeza había quedado destruida al revelarse por completo la verdad.
Ciego y derribado, Edipo abandona el poder bajo el peso de una verdad imposible de eludir.
Guion y voz generados con inteligencia artificial.
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