
A través del espejo: la partida de Alicia
38 min · Clásicos de la literatura

Historia para dormir · Clásicos de la literatura
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Edmond Dantès, encarcelado por una conspiración, escapa gracias al abate Faria y regresa dueño de una fortuna y de varias identidades. Convertido en el conde de Montecristo, ejecuta una venganza implacable contra quienes le arrebataron la libertad, hasta descubrir el precio de erigirse en juez.
El 24 de febrero de 1815, el Faraón entró en el puerto de Marsella. En la proa, un joven de rostro franco dirigía las maniobras con una seguridad impropia de sus pocos años. Era Edmond Dantès, segundo de a bordo.
El armador, el señor Morrel, subió al buque y preguntó por el capitán Leclère.
—Ha muerto durante la travesía —respondió Edmond—. Una fiebre se lo llevó. Antes de morir, me confió el mando.
Danglars, el sobrecargo, escuchaba cerca de ellos. Le desagradaba que Dantès hubiese conducido el barco sin cometer un solo error, y aún más que Morrel lo mirase con aprobación.
—Habéis cumplido bien vuestro deber —dijo el armador—. Si nada lo impide, seréis el próximo capitán del Faraón.
La alegría iluminó el semblante de Edmond. Aquel ascenso le permitiría mantener a su padre y casarse con Mercédès, la joven catalana a quien amaba. Sin embargo, Danglars mencionó que el barco se había detenido en la isla de Elba.
—Cumplí la última orden del capitán Leclère —explicó Dantès—. Debía entregar un paquete al gran mariscal Bertrand.
Francia acababa de restaurar en el trono a Luis XVIII, mientras Napoleón permanecía desterrado en Elba. Hasta una misión inocente podía parecer peligrosa. Morrel no insistió, pero Danglars guardó aquella información. Edmond corrió a visitar a su padre. Encontró al anciano debilitado: había pagado una deuda a Caderousse y sobrevivido casi sin alimento para no tocar el dinero de su hijo. Dantès lo abrazó, dejó sobre la mesa cuanto llevaba y, conmovido, le anunció:
—Seré capitán, padre. Y mañana me casaré con Mercédès.
Después se dirigió a los Catalanes. Mercédès lo recibió con una felicidad que no necesitaba palabras. Pero junto a ella estaba Fernand Mondego, su primo, enamorado de ella y atormentado por el regreso del marino.
—Edmond es el hombre a quien amo —declaró Mercédès—. Será mi esposo.
Fernand palideció. Dantès, ajeno a la amenaza, le tendió la mano como a un amigo. Luego condujo a Mercédès hasta Marsella para preparar el banquete de esponsales.
En una taberna, Danglars encontró a Fernand consumido por los celos. Caderousse, medio embriagado, estaba también presente.
—No hace falta matarlo para separarlo de ella —dijo Danglars con fría ligereza—. Basta con impedir la boda.
Tomó papel y pluma y redactó una denuncia anónima. En ella acusaba a Edmond Dantès de ser agente bonapartista y de llevar una carta de Elba a París. Fingiendo que se trataba de una broma, arrugó el papel y lo arrojó a un rincón.
Caderousse protestó débilmente. Danglars se marchó convencido de haber dado a entender bastante. Fernand permaneció solo, mirando la bola de papel. Al fin se levantó, la recogió y salió de la taberna.
Mientras Edmond celebraba el regreso, el mando prometido y su próxima boda, la denuncia avanzaba ya hacia las autoridades. El banquete de bodas apenas había comenzado. En la reserva de los Catalanes, Edmond Dantès ocupaba su lugar junto a Mercédès, rodeado por su padre, el señor Morrel y los marineros del Faraón. Todo anunciaba una felicidad inmediata: después de la comida irían ante el alcalde y, al día siguiente, Edmond partiría hacia París para cumplir el último encargo del capitán Leclère.
Entonces se oyeron pasos firmes. Un comisario entró acompañado por varios soldados.
—¿Edmond Dantès? —preguntó.
El joven se levantó, sorprendido.
—Soy yo.
—Quedáis detenido en nombre de la ley.
Mercédès palideció. Morrel exigió saber la causa, pero el comisario respondió que se trataba de un interrogatorio y que, si Dantès era inocente, pronto regresaría. Edmond abrazó a su prometida y salió convencido de que todo se aclararía en unas horas. Desde una mesa cercana, Danglars y Fernand contemplaron las consecuencias de la denuncia. Caderousse, ya sobrio ante la gravedad de lo ocurrido, comenzó a comprender que una broma cobarde podía destruir una vida. El detenido fue conducido ante Gérard de Villefort, sustituto del procurador del rey. Aquel mismo día, Villefort celebraba también sus esponsales con Renée de Saint-Méran, hija de una familia fervientemente monárquica. Ambicioso y prudente, sabía que cualquier vínculo con los partidarios de Napoleón podía arruinar su carrera.
Al principio interrogó a Edmond con severidad. Dantès respondió sin astucia: contó la muerte del capitán Leclère, la escala en la isla de Elba y el encargo de entregar una carta en París. Villefort advirtió enseguida que el muchacho no comprendía la intriga política en la que había sido utilizado.
—¿Conocéis el contenido de esa carta?
—No, señor.
—¿A quién iba dirigida?
Edmond pronunció el nombre:
—Al señor Noirtier, en París.
Villefort se quedó inmóvil. Noirtier era su propio padre, un bonapartista conocido y peligroso. La carta que probaba la inocencia de Dantès podía revelar, al mismo tiempo, el secreto que Villefort había ocultado para abrirse camino entre los realistas.
Pidió el pliego. Lo leyó y comprendió que, si llegaba a otras manos, su porvenir quedaría amenazado. Se acercó al fuego y arrojó la carta a las llamas.
—¿Habéis hablado de ella con alguien? —preguntó.
—Con nadie, señor.
Villefort adoptó un tono casi benévolo.
—Confiad en mí. La prueba ha desaparecido. Procuraré que salgáis pronto.
Edmond le dio las gracias, creyéndose salvado. Pero Villefort no podía dejar libre al único hombre que conocía el nombre del destinatario. En vez de devolverlo a Mercédès, ordenó que fuese encerrado en secreto.
Ya de noche, condujeron a Dantès hasta una barca. Cuando vio alzarse sobre el mar la masa sombría del castillo de If, comprendió que lo habían engañado. Protestó, suplicó conocer su delito y trató de resistirse, pero los gendarmes lo redujeron.
La puerta de la fortaleza se cerró tras él. Mientras Mercédès esperaba en vano y el anciano Dantès se consumía de angustia, Edmond fue arrojado a una celda sin juicio ni explicación. La denuncia de sus enemigos había iniciado su caída; la ambición de Villefort acababa de hacerla irrevocable. En el castillo de If, los días dejaron pronto de tener nombre. Edmond Dantès esperaba una explicación, un interrogatorio, quizá la libertad. Suplicó al carcelero que llevase una carta al señor de Villefort; prometió dinero, apeló a su compasión y repitió que era inocente. Nadie respondió.
Al principio contó los días. Después contó los meses. Por último, perdió también aquella medida del tiempo. La noticia de la caída de Napoleón no abrió su celda, ni la restauración del rey corrigió la injusticia. Para quienes gobernaban, Edmond se había convertido en un número olvidado.
La esperanza se volvió cólera. Maldijo a sus acusadores, aunque ignoraba sus nombres; luego imploró justicia, y acabó por guardar silencio. Decidió dejarse morir de hambre. Arrojaba la comida por la estrecha abertura y se tendía sobre el jergón, cada vez más débil, esperando que la muerte terminase lo que los hombres habían comenzado. Una noche oyó un ruido.
Era apenas un roce, interrumpido y cauteloso, al otro lado del muro. Edmond se incorporó. Pensó primero en una rata; pero aquel sonido regresaba a intervalos regulares. Alguien estaba excavando.
La vida entró de nuevo en él con aquella certeza. Golpeó la pared. El ruido cesó. Después recibió tres golpes como respuesta.
Dantès arrancó el mango de su jarro, apartó el camastro y comenzó a raspar la piedra. Trabajaba durante las horas en que no podía ser sorprendido y ocultaba cuidadosamente los escombros. Los días volvieron a tener un propósito. Al cabo de muchos esfuerzos, una losa cedió y del agujero surgió un hombre anciano, de cabello blanco y mirada penetrante.
—No sois quien esperaba encontrar —dijo el desconocido.
Era el abate Faria, preso desde hacía años. Había calculado mal la dirección de su túnel: creía abrirse camino hacia el muro exterior y había llegado a la celda de Edmond.
—Entonces todo vuestro trabajo ha sido inútil —murmuró Dantès.
—No —respondió Faria—. He encontrado a un compañero.
Desde aquel día, el aislamiento terminó. Faria compartió su pan, sus herramientas y sus planes. Más valiosa aún fue la instrucción que ofreció a Edmond. Le enseñó historia, matemáticas, lenguas, filosofía y política. El joven marinero aprendía con una rapidez que asombraba al anciano.
Pero Faria hizo algo más: escuchó minuciosamente el relato de la detención. Preguntó quién deseaba el puesto de capitán, quién amaba a Mercédès y quién había presenciado la carta que Danglars escribió en la taberna. Después le hizo recordar las palabras de Villefort y el nombre del destinatario.
—No hay crímenes sin motivo —concluyó el abate.
Poco a poco reconstruyó la conjura: Danglars había redactado la denuncia; Fernand la había hecho llegar; Caderousse, borracho, había callado. Villefort había sacrificado a Edmond para impedir que la carta dirigida a Noirtier revelase el vínculo bonapartista de su propio padre.
Dantès quedó inmóvil. Hasta entonces había sufrido como quien lucha contra una desgracia incomprensible. Ahora conocía a los hombres que lo habían hundido.
Faria contempló con inquietud el cambio de su rostro.
—Os he dado el conocimiento —dijo—. Temo haber puesto también la venganza en vuestro corazón.
Edmond no respondió. Tras los muros de If, el muchacho confiado del Faraón comenzaba a desaparecer. Desde aquel día, la celda dejó de ser para Edmond únicamente una tumba. A través del túnel abierto entre ambos calabozos, el abate Faria llegaba como maestro, amigo y padre. Con pedazos de carbón trazaba palabras y cifras en los muros; con recuerdos y razonamientos suplía los libros que no poseían.
Le enseñó italiano, inglés y alemán; historia, matemáticas, filosofía y política. Le explicó las costumbres de los hombres poderosos, los secretos de la diplomacia y ese trato social que distingue a quien sabe escuchar, observar y dominarse. Edmond aprendía con una rapidez que asombraba al anciano.
—Tenías inteligencia —le dijo Faria—, pero carecías de conocimientos. Ahora poseerás ambos.
También había recibido de él una lección más amarga. Al examinar cada circunstancia de su arresto, Faria había reconstruido la conspiración: Danglars redactó la denuncia; Fernand, consumido por los celos, permitió que siguiera su curso; Caderousse, borracho y cobarde, no la impidió. Villefort sacrificó al joven marino porque la carta dirigida a Noirtier amenazaba su carrera y revelaba el bonapartismo de su propio padre.
Edmond guardó aquellos nombres en la memoria. Ya no eran sospechas confusas, sino piezas de una sentencia. Los dos prisioneros preparaban entretanto su evasión. Pero una tarde, mientras hablaba, Faria se interrumpió, palideció y extendió una mano temblorosa.
—El ataque… Edmond, deprisa.
Dantès aplicó el remedio que el abate le había indicado. La crisis cedió, aunque dejó al anciano parcialmente paralizado. Su cuerpo ya no podía arrastrarse por el túnel ni ayudar en la fuga.
—Vete sin mí —dijo Faria.
—No abandonaré al hombre que me devolvió la vida.
La tentativa quedó aplazada. Entonces el abate decidió confiarle un secreto que nadie había creído. Sacó de un escondrijo un fragmento de papel, quemado por uno de sus bordes, y explicó que había pertenecido al cardenal Spada. Al acercarlo al fuego años atrás, aparecieron unas líneas escritas con tinta invisible.
El documento señalaba una fortuna inmensa: oro, monedas, lingotes, joyas y piedras preciosas ocultos en una gruta de la isla de Montecristo. Faria había completado el texto perdido mediante paciente deducción. Dio a Edmond indicaciones exactas para encontrar la entrada y el lugar donde se hallaba enterrado el tesoro.
—Si salimos juntos, será de ambos —dijo Dantès.
—Y si yo muero, será tuyo. Te nombro mi heredero.
Edmond creyó al principio que la enfermedad había devuelto al abate su fama de loco. Pero la precisión del documento y la firmeza de su relato disiparon sus dudas.
Llegó un segundo ataque, más violento. Después, un tercero. Edmond atravesó el túnel con el frasco medicinal, pero esta vez el cuerpo del anciano no respondió. Faria alcanzó a mirarlo como quien entrega una última responsabilidad.
—Montecristo… No lo olvides.
Horas después, el abate murió en sus brazos. Edmond permaneció junto a él, silencioso. Había perdido a su maestro y a su único amigo; pero heredaba de él una educación, la verdad sobre sus enemigos y el secreto de una fortuna capaz de transformar su destino.
Faria había muerto, y con él desaparecía el único amigo que Edmond poseía en el mundo. Pero la llegada del carcelero le reveló una esperanza terrible: el cadáver sería cosido dentro de un saco y sacado de la prisión aquella misma noche.
Dantès regresó a su calabozo por el pasadizo, tomó el cuchillo del abate y volvió junto al muerto. Sacó a Faria del saco, lo llevó hasta su propia celda y lo tendió en el lecho. Después ocupó su lugar, se envolvió en la áspera tela y cosió desde dentro la abertura cuanto pudo. Permaneció inmóvil, con el cuchillo oculto junto al cuerpo.
Oyó pasos. Los guardianes levantaron el saco y lo depositaron sobre unas angarillas.
—Pesa mucho el viejo —murmuró uno.
—Será por sus pecados —respondió el otro.
Edmond esperaba que lo condujeran al cementerio. Sin embargo, sintió el aire de la noche y escuchó el rumor del mar contra las rocas. Entonces comprendió cuál era el cementerio del castillo de If. Le ataron un peso a los pies. Antes de que pudiera reaccionar, los hombres lo balancearon y lo arrojaron desde lo alto de la fortaleza.
La caída pareció interminable. El agua se cerró sobre él con violencia, y el peso lo arrastró hacia el fondo. Dantès conservó el cuchillo, rasgó el saco y cortó la cuerda que sujetaba la piedra. Subió desesperadamente hasta alcanzar la superficie. Cuando respiró de nuevo, vio la mole negra de If y oyó voces de alarma. Nadó hacia la isla de Tiboulen, ocultándose entre las olas, hasta desplomarse sobre una roca.
Al amanecer divisó una tartana de contrabandistas. Fingiendo ser un marinero naufragado, se lanzó otra vez al agua. Jacopo, uno de los tripulantes, acudió en su ayuda. Edmond demostró pronto su destreza en el mar y fue aceptado a bordo. Supo entonces la fecha: habían transcurrido catorce años desde su encarcelamiento.
Durante meses trabajó con los contrabandistas, esperando la ocasión de llegar a Montecristo. Cuando la embarcación recaló por fin en la isla, Dantès simuló una caída y pidió que lo dejaran allí hasta el regreso. Jacopo quiso quedarse con él.
—No —dijo Edmond—. Volved por mí. Solo necesito reposo.
En cuanto quedó solo, buscó las señales descritas por Faria. Recorrió las rocas, halló una abertura disimulada y penetró en una gruta. Tras remover piedras y tierra, encontró un cofre reforzado con hierro.
Dentro brillaban monedas de oro, lingotes, diamantes, perlas y piedras preciosas. La fortuna de los Spada existía. No era un delirio del anciano, sino una riqueza tan inmensa que Edmond apenas podía abarcarla con la mirada.
Se arrodilló ante el tesoro. El prisionero número treinta y cuatro había muerto en el mar. Quien saldría de Montecristo poseía conocimientos, libertad y medios para recompensar a sus amigos y alcanzar a sus enemigos. Cerró el cofre y ocultó de nuevo la entrada. Antes de abandonar la isla, llenó sus bolsillos con algunas piedras preciosas.
Cuando la tartana regresó, Jacopo encontró a Edmond recuperado. Ninguno de los contrabandistas sospechó que, bajo aquellas rocas desiertas, acababa de nacer uno de los hombres más ricos de Europa.
Dueño del tesoro de los Spada, Edmond Dantès regresó a Marsella sin revelar su nombre. El joven marinero había desaparecido; en su lugar volvía un hombre instruido por Faria, dueño de una fortuna inmensa y capaz de mudar de rostro, voz y condición.
Disfrazado de abate inglés, llamó a la puerta de Caderousse. Fingió cumplir la última voluntad de un preso muerto en el castillo de If y mostró un diamante que, según dijo, debía repartirse entre los antiguos amigos de Edmond.
La codicia y el vino soltaron la lengua del posadero. Caderousse confesó que Danglars había escrito la denuncia, que Fernand la había enviado y que él, aunque comprendió la infamia, no se atrevió a impedirla. Villefort había enterrado vivo al muchacho para salvar su propio porvenir.
Después contó lo sucedido durante aquellos catorce años. El padre de Edmond, abandonado y sin recursos, había muerto de hambre y de dolor. Morrel intentó socorrerlo, pero llegó demasiado tarde. Mercédès esperó largo tiempo; al fin, creyendo muerto a su prometido, se casó con Fernand. Ahora Fernand era el conde de Morcerf y gozaba de honores militares. Danglars se había enriquecido en la banca. Villefort ocupaba un puesto eminente en la magistratura.
Edmond escuchó sin interrumpir. Solo al conocer la muerte de su padre perdió por un instante la fría compostura.
—¿Y Morrel? —preguntó.
—Morrel fue bueno con él —respondió Caderousse—. Bueno hasta el final.
El abate entregó el diamante al posadero, como recompensa por aquella lealtad imperfecta, y se marchó. Ya sabía quiénes habían traicionado, quién había callado y quién había permanecido fiel.
Morrel, sin embargo, se hallaba al borde de la ruina. Sus barcos se habían perdido uno tras otro, y el Faraón, última esperanza de la casa, naufragó antes de llegar a puerto. Incapaz de pagar sus deudas, el armador fijó una hora para quitarse la vida antes que faltar a su palabra.
Entonces intervino un misterioso agente de la casa Thomson y French. Aplazó vencimientos, adquirió pagarés y observó en secreto a la familia. El día señalado, cuando Morrel se disponía a morir, su hija Julie recibió una carta que la condujo hasta la antigua casa de Edmond. Allí encontró una bolsa de seda roja: contenía dinero para saldar las deudas y un diamante destinado a su dote.
En ese mismo instante resonaron gritos en el puerto. Un navío idéntico al perdido entraba en Marsella. Llevaba el mismo nombre, Faraón, y transportaba su cargamento completo. Morrel comprendió que una providencia humana, oculta y poderosa, lo había salvado. Desde lejos, Edmond contempló la alegría del armador y de los suyos. Su deuda de gratitud estaba pagada.
Después abandonó Marsella. El tesoro ya no era solo libertad: sería instrumento, máscara y sentencia. A los leales les devolvería cuanto habían perdido. Para Danglars, Fernand y Villefort prepararía otra clase de cuenta. Edmond Dantès se retiraba del mundo; pronto, en su lugar, aparecería el conde de Montecristo.
Años después de salvar a la casa Morrel, Edmond Dantès reapareció bajo una identidad que París no tardaría en pronunciar con asombro: el conde de Montecristo. Nadie conocía con certeza su patria, el origen de su título ni los límites de su fortuna. Se hablaba de Oriente, de palacios, de navíos y de créditos capaces de desafiar a los mayores banqueros de Europa.
Pero su entrada en la sociedad francesa no fue casual. En Roma, durante el carnaval, el joven vizconde Alberto de Morcerf cayó en poder del bandido Luigi Vampa. Montecristo, cuya autoridad alcanzaba incluso aquel mundo clandestino, obtuvo su libertad con unas pocas palabras. Alberto, agradecido, prometió presentarlo en París.
—El veintiuno de mayo, a las diez y media de la mañana —dijo el conde—, iré a vuestra casa.
Y el día señalado, a la hora exacta, Montecristo cruzó el umbral de la residencia de los Morcerf. Alberto lo recibió con entusiasmo y lo presentó a sus amigos, entre ellos Luciano Debray, Beauchamp y el joven Maximiliano Morrel, a quien el conde reconoció sin revelar cuánto sabía de él. Después llegaron los padres de Alberto.
Fernand Mondego era ahora el conde de Morcerf, par de Francia y militar condecorado. Miró al extranjero sin reconocer en aquel rostro severo al marinero a quien había traicionado. Montecristo lo saludó con una cortesía impecable, fría como una hoja de acero.
Entonces apareció Mercédès.
Al verla, el conde permaneció inmóvil apenas un instante. Ella también palideció. Aquel acento, aquella mirada y una emoción inexplicable despertaron en su memoria algo que creía sepultado. Sin embargo, ninguno pronunció el nombre de Edmond Dantès.
—Señor conde —dijo Mercédès—, en nuestra casa siempre seréis bien recibido.
—Acepto el honor, señora —respondió él.
Bajo aquellas palabras corteses se abría el pasado entero.
Montecristo buscó después al barón Danglars, dueño de una de las grandes casas bancarias de París. Llevaba una carta de crédito expedida por Thomson y French, sin límite fijado. Danglars, incrédulo, quiso medir la riqueza del desconocido.
—¿Qué suma pensáis necesitar?
—Tal vez seis millones al año —contestó Montecristo—. Si vuestra casa no puede atenderme, recurriré a otra.
Herido en su orgullo, el banquero se apresuró a concederle crédito ilimitado. Creía haber ganado a un cliente extraordinario; en realidad, acababa de abrir al conde las puertas de su fortuna y de su debilidad.
También Villefort recibió al misterioso aristócrata. El antiguo sustituto del procurador era ahora una figura poderosa de la justicia. No reconoció al prisionero que había enviado al castillo de If. Montecristo, por su parte, observó la casa, a la esposa del magistrado y las tensiones ocultas de la familia con una atención que nada dejaba escapar.
Para afianzar su posición, compró una residencia en los Campos Elíseos y otra propiedad en Auteuil. Esta última había pertenecido, años atrás, a la familia de Villefort. El conde conocía el secreto enterrado en aquel lugar y quiso situarse precisamente allí. Así, mediante una deuda cuidadosamente creada, una fortuna deslumbrante y el rescate de Alberto, Montecristo quedó unido a las tres familias que buscaba. Fernand lo acogía como salvador de su hijo; Danglars, como cliente privilegiado; Villefort, como personaje digno de respeto.
Ninguno comprendía aún que el hombre al que invitaban a sus mesas había regresado para juzgarlos.
Montecristo había entrado en París como un hombre sin pasado. Ahora comenzaba a obligar a sus enemigos a mirar el suyo.
En los periódicos apareció una noticia llegada de Janina. Un oficial francés, al servicio de Alí Pachá, había entregado la fortaleza a los turcos, traicionado a su señor y recibido dinero por aquella infamia. Aunque el artículo callaba su nombre, las sospechas recayeron sobre el conde de Morcerf.
Fernand acudió indignado a la Cámara de los Pares. Exigió una investigación pública, seguro de que sus honores militares bastarían para acallar la acusación. Al principio, su relato pareció convincente: afirmó haber defendido a Alí Pachá hasta el último instante y haber intentado salvar a su familia.
Entonces se anunció que existía una testigo. Una joven velada entró en la sala. Era Haydée, hija de Alí Pachá y protegida del conde de Montecristo. Ante los pares mostró documentos y reconoció a Fernand.
—Ese hombre —declaró— entregó a mi padre. Después de su muerte, vendió a mi madre y me vendió a mí como esclavas.
Fernand trató de negarlo, pero Haydée recordó el lugar, la fecha y el precio de la venta. Contó cómo Vasilikí, su madre, había muerto consumida por el dolor. Luego presentó el acta que acreditaba la compra. El nombre del oficial francés estaba escrito allí: Fernand Mondego.
La Cámara lo declaró culpable de traición y deshonor. El conde de Morcerf salió sin levantar la cabeza. En pocas horas, el prestigio conquistado durante años quedó destruido.
Albert, enfurecido, creyó que Montecristo había urdido la acusación. Lo desafió a duelo. Pero antes del encuentro, Mercédès habló con su hijo y le reveló la verdad que había callado durante tantos años: Montecristo era Edmond Dantès, el joven marinero al que Fernand había hecho encarcelar para apartarlo de ella.
A la mañana siguiente, Albert se presentó ante Montecristo. Todos esperaban el duelo. En cambio, el joven bajó el arma.
—Señor conde —dijo—, os agradezco que no hayáis hecho más de lo que exigía vuestra justicia.
Después regresó junto a su madre. Mercédès renunció al nombre, al rango y a la fortuna de Morcerf. Ambos abandonaron la casa.
Fernand llegó cuando el carruaje se alejaba. Vio marcharse a su esposa y a su hijo, y comprendió que ya no conservaba nada. Corrió entonces a enfrentarse con Montecristo.
—¿Quién sois? —preguntó.
El conde cerró la puerta, se quitó la levita y dejó aparecer por un instante al antiguo marinero.
—Soy Edmond Dantès.
Fernand retrocedió como si un muerto hubiera surgido ante él. Huyó sin responder. Desde su casa contempló por última vez el carruaje de Mercédès y Albert. Poco después sonó un disparo. Fernand Mondego, conde de Morcerf, había puesto fin a su vida. La primera gran venganza de Montecristo estaba cumplida; pero el rostro de Mercédès, despojada de todo, anunciaba que la justicia de Edmond también hería a quienes nunca lo habían traicionado.
Antes de que la ruina de Fernand se consumara, Albert de Morcerf, cegado por la vergüenza, había buscado al hombre a quien creía responsable de la deshonra de su padre. Irrumpió en la Ópera y desafió públicamente al conde de Montecristo. El duelo quedó fijado para la mañana siguiente.
Aquella noche, el conde recibió una visita inesperada. Mercédès entró sola en su casa y, al quedar frente a él, pronunció el nombre que ningún otro se había atrevido a decir:
—Edmond.
Montecristo no negó ya su identidad. Mercédès había reconocido al joven marinero bajo el rostro severo del vengador. No venía a defender a Fernand ni a negar sus crímenes. Venía como madre.
—Mi hijo os ha desafiado —dijo—. Pero ignora la verdad. Os suplico que no lo matéis.
Edmond respondió que el honor de Albert exigía el duelo y que, después del insulto público, no podía retroceder. Entonces Mercédès recordó al hombre que había sido: al prometido arrancado de su lado el día de las bodas, al inocente encerrado durante catorce años en el castillo de If.
—Vengaos de los culpables, Edmond, si vuestra justicia lo exige. Pero Albert no sabía nada.
La súplica quebró por un instante la dureza de Montecristo. Aceptó perdonar al joven, aunque para hacerlo debía exponerse él mismo. Le confesó a Mercédès que acudiría al duelo y dejaría que Albert disparase. No se defendería.
—Entonces sois vos quien va a morir —murmuró ella.
—Es preciso —respondió Edmond—. Una vida por otra.
Tras la partida de Mercédès, el conde puso en orden sus asuntos y se despidió de Haydée con una gravedad que ella comprendió sin conocer la causa. Por primera vez desde que había emprendido su venganza, se preparaba no para castigar, sino para sacrificarse.
Al amanecer acudió al lugar convenido con Maximilien Morrel y Emmanuel. Albert llegó acompañado por Château-Renaud y Beauchamp. Las armas estaban preparadas. Todos esperaban que el joven exigiera satisfacción.
Pero Mercédès le había revelado durante la noche la traición de Fernand: la denuncia contra Edmond Dantès, el arresto en pleno banquete de bodas y los años de prisión que siguieron. Albert comprendió entonces que Montecristo no había provocado la deshonra de su familia; solo había hecho salir a la luz una culpa antigua. Ante los testigos, Albert se volvió hacia el conde.
—Señores —declaró—, ayer acusé al conde de Montecristo de haber causado la ruina de mi padre. Hoy sé que tenía derecho a vengarse. Le presento mis excusas.
Montecristo, que había acudido dispuesto a recibir una bala, quedó inmóvil. Después aceptó las palabras de Albert con solemne cortesía. El duelo no se celebró.
Poco después, Mercédès abandonó la casa de los Morcerf. Renunció a la fortuna de Fernand y partió hacia Marsella, donde Edmond dispuso que pudiera vivir en la antigua casa de su padre. Albert, decidido a no conservar un nombre ni una riqueza manchados, se separó de ella para iniciar una vida propia como soldado.
Madre e hijo dejaron París sin títulos ni esplendor. Montecristo los vio partir sabiendo que, aun cuando había perdonado a Albert, su venganza ya había destruido para siempre el mundo que Mercédès conocía.
Mientras Fernand caía y Mercédès abandonaba París, otra casa se cerraba sobre sus habitantes como una trampa: la del procurador del rey, Gérard de Villefort.
Allí, la herencia era una guerra silenciosa. Héloïse de Villefort deseaba asegurar toda la fortuna familiar para su hijo Édouard, pero Valentine, hija del primer matrimonio de Villefort, se interponía entre el niño y una parte considerable de aquellos bienes.
El conde de Montecristo había hablado ante Héloïse de venenos casi indetectables y, con temeraria ligereza, había dejado a su alcance una sustancia capaz de matar en una dosis y de fortalecer en cantidades mínimas. La curiosidad de la mujer se convirtió pronto en resolución.
El señor y la señora de Saint-Méran, abuelos maternos de Valentine, murieron uno tras otro, en circunstancias que el médico de la familia, el doctor d’Avrigny, juzgó alarmantes. Después cayó el viejo Noirtier, padre de Villefort. Pero Noirtier llevaba tiempo tomando pequeñas dosis de un medicamento semejante, y su cuerpo resistió el veneno. Su criado, Barrois, bebió por accidente la limonada destinada al anciano y murió entre convulsiones.
—En esta casa hay un asesino —declaró d’Avrigny a Villefort—. Y si la justicia no entra en ella, habrá nuevas víctimas.
Villefort, que tantas veces había exigido castigo para otros, se negó a denunciar el crimen que amenazaba su propio nombre. Entretanto, Valentine, enamorada de Maximilien Morrel, empezó a sentirse enferma. Montecristo comprendió entonces hasta dónde había llegado el mecanismo que él mismo había puesto en marcha. Vigiló a la joven en secreto y, cuando Héloïse vertió el veneno en su vaso, sustituyó la muerte por una apariencia de muerte, confiando el terrible secreto solamente a Noirtier.
Maximilien, al ver a Valentine inmóvil, creyó haberla perdido. Su dolor fue absoluto. Pero el conde le exigió que confiara en él durante un mes.
A la ruina doméstica de Villefort se añadió el regreso de un pasado sepultado. Andrea Cavalcanti, el supuesto príncipe presentado en sociedad por Montecristo, era en realidad Benedetto: un criminal criado entre contrabandistas. También era el hijo ilegítimo de Villefort y de la baronesa Danglars.
Años atrás, en una casa de Auteuil, Villefort había ocultado el nacimiento del niño. Creyéndolo muerto, lo enterró en el jardín. Bertuccio, que acechaba al magistrado para vengarse de él, lo apuñaló y desenterró la caja; dentro encontró al recién nacido todavía vivo.
Benedetto reapareció ahora no como una víctima inocente, sino como un hombre corrompido. Tras asesinar a Caderousse y fracasar su proyectado matrimonio con Eugénie Danglars, fue detenido. En el tribunal, Villefort se dispuso a acusarlo con la severidad acostumbrada.
Entonces el procesado alzó la cabeza.
—¿Mi nombre? Benedetto. ¿Mi padre? El procurador del rey que preside esta acusación.
Y relató públicamente su nacimiento en Auteuil y el entierro del que había sido rescatado.
La sala entera volvió los ojos hacia Villefort. El magistrado palideció. Ya no podía juzgar desde lo alto: su propio crimen se levantaba ante él, vivo, y pronunciaba su nombre.
Al salir del tribunal, Villefort ya no era el procurador inflexible que había condenado a tantos hombres. La confesión de Benedetto lo había destruido ante París. Regresó a su casa con una sola certeza: allí le aguardaba todavía un crimen que castigar.
Entró en las habitaciones de Héloïse y cerró la puerta. Su esposa comprendió al verle que todo había terminado.
—Sé quién ha envenenado a los Saint-Méran, a Barrois y a Valentine —dijo Villefort—. Dentro de una hora volveré. Si entonces seguís viva, os entregaré al verdugo.
No pronunció más sentencia. Salió y, trastornado por la vergüenza, corrió al lugar donde había enterrado años atrás al hijo de su adulterio. Allí encontró al conde de Montecristo.
Villefort escarbó la tierra con sus propias manos, buscando en vano los restos del recién nacido. Entonces se volvió hacia el conde.
—¿Quién sois? ¿Por qué me perseguís?
Montecristo respondió con solemnidad:
—Soy Edmond Dantès. Aquel a quien hicisteis encerrar en el castillo de If para salvar vuestro nombre y la carrera de vuestro padre.
Villefort lo miró sin contestar. Después echó a correr hacia su casa. El conde lo siguió. Aún se creía instrumento de una justicia superior; pero, al entrar en las habitaciones de Héloïse, vio el término espantoso de la cadena que había puesto en movimiento.
Héloïse yacía muerta. Había tomado el veneno con el que había eliminado a quienes se interponían entre su hijo y la herencia de los Villefort. Junto a ella estaba Édouard, inmóvil.
Villefort se arrodilló y levantó al niño.
—¡Ved! —gritó al conde—. ¿Estáis satisfecho? ¿Vuestra venganza está completa?
Montecristo retrocedió. Había previsto la ruina del magistrado; había dejado que el crimen se volviera contra el criminal. Pero no había ordenado aquella muerte, ni había imaginado que Héloïse arrastraría consigo a su propio hijo.
Se acercó a Édouard, buscó una señal de vida y comprendió que no quedaba esperanza.
—¡Dios mío! —murmuró—. He ido demasiado lejos.
Por primera vez desde que abandonara la isla de Montecristo, la certeza que lo sostenía vaciló. El niño era inocente. Ninguna denuncia había escrito, ninguna prisión había cerrado, ninguna traición había cometido. Y, sin embargo, estaba muerto entre las ruinas de una venganza concebida por Edmond Dantès.
Villefort se levantó con la mirada extraviada. Ya no reconocía al conde ni parecía comprender sus propias palabras. Vagó por la estancia y después salió al jardín. Allí comenzó a cavar la tierra, una y otra vez, como si aún buscara al hijo que había querido sepultar vivo muchos años antes.
La razón lo había abandonado.
Montecristo contempló al magistrado enloquecido, a Héloïse muerta y al pequeño Édouard sin vida. El castigo había alcanzado al culpable, pero había herido también al inocente. Ya no podía llamarlo justicia sin engañarse.
Abandonó aquella casa llevando consigo una duda que ninguna fortuna ni ningún poder podían acallar. Su obra estaba casi concluida; ahora debía decidir si todavía quedaba algo que reparar.
Danglars huyó de París con lo que quedaba de su fortuna. En Roma creyó ponerse a salvo, pero los hombres de Luigi Vampa lo capturaron y lo encerraron en una celda. Allí recibió una extraña cortesía: podía pedir cuanto quisiera, siempre que pagase por ello sumas desmesuradas. Un pollo costaba miles de francos; un poco de pan, una fortuna.
Al principio pagó con indignación. Después, con miedo. Cada comida reducía los cinco millones que aún conservaba. Cuando el hambre y el cautiverio quebraron su arrogancia, comprendió que aquella prisión obedecía a una voluntad conocida.
—¿Quién pretende asesinarme? —gritó.
Entonces apareció Montecristo.
Danglars reconoció al hombre que había provocado su ruina, pero el conde pronunció otro nombre:
—Soy Edmond Dantès, a quien denunciasteis y condenasteis a catorce años de prisión.
Danglars cayó de rodillas y pidió perdón. Edmond recordó los cadáveres de la casa de Villefort y comprendió que no debía añadir otra muerte a su venganza.
—Os perdono la vida —dijo.
Le dejó cincuenta mil francos y ordenó que lo liberasen. Cuando Danglars salió, el terror y el hambre habían encanecido sus cabellos. Entretanto, Maximilien Morrel aguardaba el día fijado por Montecristo. Creía muerta a Valentine y había prometido soportar un mes antes de reunirse con ella en la muerte. El conde lo condujo hasta la isla de Montecristo. Allí le entregó una sustancia que Maximilien tomó por veneno.
—Confiad en mí hasta el final —le dijo Edmond.
Maximilien bebió y cayó en un sueño profundo. Al despertar, oyó una voz que había creído perdida.
—¡Maximilien!
Valentine estaba ante él, viva. No había muerto: el conde había sustituido el veneno y fingido su entierro para arrancarla de la casa de Villefort. Maximilien la estrechó entre sus brazos, incapaz de hablar. Después buscó a Montecristo, pero este ya había partido.
En la gruta encontraron una carta. Edmond les legaba sus bienes en Francia y confesaba que había querido ocupar el lugar de la Providencia, premiando a unos y castigando a otros. Tras la muerte de Édouard, ya no estaba seguro de haber obrado con justicia.
Frente a la isla, una embarcación se alejaba sobre el mar. En ella viajaban Edmond y Haydée. La joven le había declarado que no deseaba separarse de él, que lo amaba no como a un padre, sino como al hombre que había devuelto sentido a su vida. Y Edmond, que durante tantos años solo había vivido para el castigo, aceptó al fin la posibilidad de amar y de ser amado.
Maximilien y Valentine leyeron las últimas líneas de la carta. Montecristo les decía que no existe felicidad ni desdicha completas, sino por comparación; y que, hasta el día en que Dios se digne revelar el porvenir al hombre, toda la sabiduría humana estará contenida en estas dos palabras:
«Esperar y confiar».
Y al horizonte quedó confiada la última esperanza: esperar y confiar.
Guion y voz generados con inteligencia artificial.
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