
A través del espejo: la partida de Alicia
38 min · Clásicos de la literatura

Historia para dormir · Clásicos de la literatura
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Lear divide su reino según las declaraciones de amor de sus hijas y destierra a la sincera Cordelia. La ingratitud de Goneril y Regan, unida a la traición que destruye la casa de Gloucester, conduce al rey, a Cordelia y a sus leales hacia la guerra y un desenlace devastador.
En el palacio del rey Lear, los nobles aguardaban ante un gran mapa del reino. Lear, envejecido y cansado del peso de la corona, había tomado una decisión irrevocable: dividiría sus dominios entre sus tres hijas y dejaría en manos más jóvenes las obligaciones del gobierno. Sin embargo, conservaría el título de rey, cien caballeros a su servicio y el derecho de hospedarse, por turnos, en las casas de sus hijas.
—Hemos dividido nuestro reino en tres partes —anunció—, para descargar nuestra vejez de cuidados y negocios y confiarlos a fuerzas más jóvenes.
Pero antes de señalar qué territorio recibiría cada una, quiso convertir el reparto en una prueba pública.
—Decidme, hijas mías: ¿cuál de vosotras nos ama más? Que nuestra mayor generosidad se extienda allí donde el mérito la reclame.
Goneril, la primogénita, habló primero. Afirmó amar a su padre más que a la vista, la libertad y la vida; por encima de cuanto pudiera tener valor en el mundo. Lear, complacido, le concedió una extensa parte del reino.
Regan comprendió lo que se esperaba de ella. Declaró que su hermana se había quedado corta, pues ella no encontraba felicidad en nada salvo en el amor de su padre. El rey le otorgó una porción igualmente rica.
Mientras las escuchaba, Cordelia, la menor y predilecta de Lear, se preguntó qué podía decir. Amaba a su padre sinceramente, pero no quería competir en adulaciones ni vestir su afecto con palabras desmesuradas. Llegó su turno.
—Y ahora tú, nuestra alegría —dijo Lear—, ¿qué puedes decir para obtener una parte más rica que tus hermanas?
—Nada, señor.
—¿Nada?
—Nada.
Lear le advirtió que de la nada no saldría nada y le ordenó hablar de nuevo. Cordelia respondió con franqueza:
—Amo a vuestra majestad conforme a mi deber: ni más ni menos. Me habéis dado la vida, me habéis criado y amado; yo os correspondo obedeciéndoos, amándoos y honrándoos. Si mis hermanas os aman por entero, ¿qué amor reservarán para sus esposos? Cuando yo me case, la mitad de mi amor y de mis cuidados pertenecerá al hombre que me acompañe.
Aquellas palabras, razonables y limpias de engaño, hirieron el orgullo de Lear como una ofensa. Le preguntó si hablaba de corazón. Cordelia respondió que sí. Entonces el rey transformó en furia el amor que sentía por ella.
—Aquí renuncio a todo afecto paternal —proclamó—. Desde este instante serás extraña para mí y para mi corazón.
El conde de Kent intentó detenerlo. Le suplicó que mirase mejor y no confundiera la sinceridad con la falta de amor. Pero Lear, incapaz de tolerar oposición, lo amenazó. Kent insistió: el poder debía escuchar la verdad cuando se inclinaba ante la adulación. Por esa lealtad, fue condenado al destierro. Tendría cinco días para abandonar el reino; si regresaba después, moriría.
Lear repartió entre Goneril y Regan la herencia de Cordelia. Después hizo comparecer a sus dos pretendientes: el duque de Borgoña y el rey de Francia. Borgoña preguntó por la dote prometida. Lear respondió que Cordelia ya no recibiría nada. Ante esa pérdida, el duque retiró su oferta de matrimonio.
El rey de Francia, en cambio, vio con claridad lo sucedido. Si Cordelia había perdido un reino por no adular, su honestidad la hacía más valiosa. La aceptó sin dote y la tomó por esposa.
Antes de partir, Cordelia se despidió de sus hermanas y les pidió que cuidaran de su padre. Goneril y Regan respondieron con frialdad. Cuando Cordelia se hubo marchado, las dos hablaron a solas. Habían observado la violencia y la inconstancia de Lear; sabían que, aunque entregase la autoridad, aún pretendía mandar como rey. Decidieron actuar juntas para contenerlo.
Así quedó dividido el reino. Lear había premiado las palabras falsas, expulsado a quien le decía la verdad y entregado su poder a las hijas que mejor supieron engañarlo.
Cordelia se despidió de sus hermanas sin fingir confianza en ellas. Ya no poseía tierras ni dote; solo el nombre que Lear le había dejado y la verdad por la que había sido repudiada. El rey de Francia, sin embargo, la recibió como esposa precisamente cuando había perdido cuanto podía hacerla codiciable.
—A nuestro padre encomiendo vuestro cuidado —dijo Cordelia a Goneril y Regan—. Sé bien lo que sois, pero, como hermanas, no quiero decir lo que sé.
Regan le ordenó que atendiera a su marido. Goneril la acusó de haber ofendido al padre que la había criado. Cordelia no respondió a la injuria. Partió con el rey de Francia, dejando atrás una corte en la que las palabras más sonoras habían ocultado los propósitos más mezquinos. Kent, entretanto, no aceptó que el destierro lo apartase de Lear. Cambió su aspecto, rebajó su voz y regresó vestido como un hombre de condición humilde. Si el rey no podía reconocer al servidor que había condenado, quizá aceptaría la fidelidad de un desconocido.
Pero otra traición empezaba a tomar forma en la casa de Gloucester.
Edmund, hijo ilegítimo del conde, llevaba años soportando que la ley y la costumbre lo colocasen por debajo de Edgar, el hijo legítimo. Aquella diferencia era para él una afrenta que no estaba dispuesto a tolerar.
—¿Por qué bastardo? —se preguntó—. ¿Por qué inferior, si mi cuerpo y mi ánimo no valen menos que los de mi hermano?
Decidió que, si el nacimiento le negaba la herencia, la astucia se la daría. Escribió una carta imitando la letra de Edgar y la guardó de modo que Gloucester pudiera descubrirla. Cuando el conde entró, Edmund fingió esconder el papel con precipitación.
—¿Qué leías?
—Nada, señor.
—Entonces, ¿por qué lo ocultas?
Edmund vaciló con estudiado temor. Dijo que era una carta de Edgar y que su contenido no merecía ser mostrado. Aquella resistencia aumentó la sospecha de Gloucester, que exigió leerla.
La carta afirmaba que los ancianos conservaban demasiado tiempo sus riquezas y su autoridad. Proponía que los hijos se unieran para disfrutar de la fortuna paterna antes de que la muerte se la entregase. Edmund había añadido incluso una insinuación criminal: si Gloucester desaparecía, Edgar compartiría con él los beneficios.
El conde quedó horrorizado.
—¡Mi propio hijo! ¿Cuándo recibiste esto?
Edmund respondió con cautela. Fingió defender a su hermano y sugirió que quizá Edgar solo había escrito aquellas palabras para poner a prueba su lealtad. Pero cada excusa estaba calculada para hacer más verosímil la culpa.
Gloucester recordó entonces los recientes trastornos del reino: Lear había rechazado a Cordelia; Kent había sido desterrado; la autoridad cambiaba de manos. A sus ojos, el orden natural entero parecía quebrarse.
—Encuéntralo —ordenó—. Quiero oírlo hablar.
En cuanto Gloucester se marchó, apareció Edgar, confiado y ajeno a la trampa. Edmund le preguntó si había disgustado a su padre. Edgar negó saber de disputa alguna.
—Entonces evita su presencia —le aconsejó Edmund—. Lo he visto enfurecido contra ti. Ve armado y mantente oculto hasta que yo descubra la causa.
Edgar creyó en la preocupación de su hermano y se retiró alarmado. Edmund quedó solo, satisfecho: había sembrado en Gloucester el miedo a Edgar y en Edgar el miedo a Gloucester. Entre padre e hijo se alzaba ya una mentira con apariencia de prueba.
Mientras Cordelia abandonaba Inglaterra y Kent regresaba secretamente al servicio de Lear, Edmund contempló el camino que acababa de abrirse. La legitimidad había dado a Edgar un título; el engaño empezaba a arrebatárselo.
Lear se instaló en el castillo de Goneril acompañado por sus cien caballeros. Había entregado la corona, pero conservaba el nombre de rey, su séquito y la costumbre de ser obedecido. Sus hombres llenaban la casa con voces, disputas y banquetes; entraban y salían sin someterse a la autoridad de la duquesa. Goneril observó aquel desorden con creciente irritación.
—Mi padre se conduce como si aún gobernara —dijo a Oswald, su mayordomo—. Sus caballeros convierten mi casa en una taberna. Si pregunta por mí, dile que estoy enferma. Y manda a los criados que le sirvan con menos diligencia. Quiero que comprenda que aquí no puede imponer su voluntad.
Oswald obedeció. Cuando Lear lo llamó, el mayordomo respondió con insolencia y lo trató como al padre de su señora, no como a un rey. Lear, desconcertado, le preguntó quién era él mismo, como si el desprecio ajeno pudiera haberle arrebatado hasta su identidad.
—La sombra de Lear —respondió el Bufón.
El antiguo monarca se volvió hacia Kent, que, bajo su disfraz, se había hecho admitir de nuevo a su servicio. Kent derribó a Oswald por su impertinencia, y Lear lo recompensó. Pero ni aquel gesto ni las burlas amargas del Bufón podían ocultar lo sucedido: el rey había cedido el poder y empezaba a descubrir cuánto dependía de él la obediencia que antes consideraba natural. Goneril compareció finalmente ante su padre. No mostró temor ni afecto.
—Señor, vuestros caballeros son hombres desenfrenados —declaró—. Provocan riñas, ofenden a mis servidores y alteran la paz de esta casa. Os ruego que reduzcáis su número y conservéis solamente a quienes correspondan a vuestra edad y dignidad.
Lear la miró sin reconocer en aquella mujer a la hija que poco antes había proclamado amarlo más que a la vista, a la libertad y a la vida.
—¿Eres Goneril? —preguntó.
Ella mantuvo su exigencia. Entonces la incredulidad de Lear se convirtió en furia. Llamó monstruosa a su hija y se reprochó haber expulsado a Cordelia. Invocó contra Goneril la esterilidad; y, si llegaba a tener un hijo, deseó que fuese cruel y desagradecido, para que ella conociera el dolor de recibir ingratitud allí donde esperaba amor.
—¡Cómo hiere más que el diente de una serpiente tener un hijo ingrato! —clamó.
El duque de Albany entró alarmado, sin comprender del todo la causa de aquel enfrentamiento. Lear no quiso escucharlo. Ordenó preparar los caballos. Se marcharía de inmediato a casa de Regan, seguro de que su segunda hija recordaría mejor sus deberes.
Goneril no se retractó. Al contrario, consideró que la cólera de su padre demostraba la necesidad de imponerle límites. Mientras Lear reunía a sus hombres, ella escribió a Regan para advertirle de su conducta y pedirle que sostuviera la misma decisión.
Antes de partir, Lear volvió a maldecir la casa. Sin embargo, bajo su ira asomó por un instante el miedo. Se llevó una mano a la frente y suplicó no perder el juicio. El Bufón lo siguió, recordándole con sus canciones que había regalado sus títulos y conservado únicamente las cargas de la vejez.
Lear salió hacia el castillo de Gloucester, donde esperaba encontrar a Regan y a su esposo, Cornwall. Ignoraba que una carta de Goneril viajaba por delante de él y que las dos hermanas comenzaban a unirse contra la autoridad vacía de su padre.
Mientras Lear abandonaba la casa de Goneril para buscar amparo junto a Regan, en el castillo de Gloucester maduraba otra traición. Edmund había sembrado ya en su padre la sospecha contra Edgar, el hijo legítimo. Ahora necesitaba convertir la mentira en una prueba visible.
Buscó a su hermano con fingida urgencia.
—Edgar, huye. Nuestro padre está enfurecido contra ti. Alguien le ha dicho que pretendes matarlo. ¿Has hablado contra el duque de Cornualles? ¿Te has declarado partidario del duque de Albany? No importa: te vigilan. Desenvaina la espada, para que parezca que hemos luchado.
Edgar, incapaz todavía de imaginar la malicia que lo cercaba, obedeció. Edmund hizo chocar las armas y alzó la voz como si tratara de contener a un agresor.
—¡Socorro! ¡Padre! ¡Deteneos!
Luego indicó a Edgar que escapase. Cuando su hermano desapareció, Edmund se hirió en un brazo y dejó que la sangre confirmara su relato. Gloucester acudió alarmado, acompañado de criados.
—¿Dónde está el traidor?
—Ha huido —respondió Edmund—. Quiso persuadirme de que os ayudara a mataros. Decía que los viejos no debían conservar sus riquezas cuando los jóvenes podían disfrutarlas. Al ver que rechazaba su crimen, me atacó. Solo retrocedió cuando le hice creer que pedía auxilio.
Gloucester contempló la herida y no dudó. La antigua confianza en Edgar se deshizo bajo el artificio de Edmund.
—Que cierren los puertos. Que nadie le dé refugio. Quien lo entregue será recompensado; quien lo oculte será castigado. Aunque escape, será condenado.
Después miró al hijo que creía leal.
—Tú, Edmund, ocuparás en mi afecto el lugar que él ha perdido. Haré cuanto pueda para que heredes mis bienes.
Edmund inclinó la cabeza con humildad fingida. Había obtenido lo que buscaba: el hijo legítimo era ahora un proscrito, y el bastardo avanzaba hacia su herencia.
Poco después llegaron Regan y su esposo, el duque de Cornualles. Habían dejado su residencia al recibir noticias de las disputas entre Lear y Goneril, y también conocían la supuesta conspiración de Edgar. Edmund repitió su mentira. Cornualles, impresionado por aquella falsa lealtad, lo acogió a su servicio. Así, cada engaño le abría una puerta nueva.
Edgar, entretanto, descubrió que su nombre era pregonado por toda la comarca. Los caminos estaban vigilados; los puertos, cerrados. No podía presentarse ante nadie para defenderse, pues la orden de captura lo precedía. Solo le quedaba borrar su identidad.
Recordó entonces a los mendigos dementes que vagaban por el país, aquellos desgraciados que se llamaban a sí mismos pobres Tom: hombres medio desnudos, cubiertos de barro, con el cabello enmarañado, que se herían los brazos y balbuceaban nombres de demonios para despertar temor o compasión.
—Edgar ya no es nadie —se dijo.
Se ensució el rostro, anudó su pelo, cubrió su cuerpo con harapos y resolvió soportar el frío y el hambre bajo aquella apariencia miserable. Desde entonces sería Pobre Tom, criatura sin hogar, sin linaje y casi sin razón. Oculto tras esa máscara, el heredero de Gloucester se internó en los campos. No sabía aún que su disfraz acabaría llevándolo ante su propio padre, ni que ambos serían arrastrados por la misma ruina que comenzaba a cercar al rey.
Mientras Edgar huía bajo el nombre miserable de Pobre Tom, Lear llegó al castillo de Gloucester buscando amparo en Regan. Allí encontró una nueva afrenta: Kent, todavía disfrazado de servidor, estaba preso en el cepo por orden de Regan y de su esposo, el duque de Cornualles. Ver a su mensajero castigado de aquel modo era castigar al propio rey.
Lear exigió hablar con su hija. Regan y Cornualles alegaron cansancio y se negaron a recibirlo. El anciano no podía creerlo.
—¿Que el rey desea verlos y no salen? ¿Que están fatigados? Eso es fingimiento, rebeldía, desprecio.
Gloucester, turbado, intentó interceder. Finalmente, Regan apareció. Lear acudió a ella como quien busca justicia contra Goneril.
—Tu hermana es cruel —dijo—. Me ha herido aquí.
Se llevó una mano al corazón. Pero Regan no lo consoló. Le aconsejó regresar con Goneril, pedirle perdón y admitir que la vejez debía dejarse gobernar por quienes poseían mejor juicio.
—¿Pedirle perdón? —repitió Lear—. ¿Arrodillarme y decirle: “Hija, puesto que soy viejo, concédeme alimento y vestido”?
Regan permaneció inflexible. Según ella, Goneril había actuado con razón al reducir la escolta real. Entonces llegó Goneril. Las dos hermanas se dieron la mano ante su padre, y aquel gesto reveló la alianza. Lear comprendió que no hallaría refugio en una contra la otra.
Aún trató de conservar la dignidad que le quedaba. Declaró que viviría con Regan y mantendría sus cien caballeros. Pero Regan respondió que no estaba preparada para recibirlo y que un séquito tan numeroso solo provocaría desorden. Cincuenta hombres bastaban, dijo Goneril. Regan rebajó aún más la cifra.
—¿Qué necesidad tenéis de veinticinco?
Lear miró a Goneril y se aferró incluso a la hija que acababa de maldecir.
—Volveré contigo. Cincuenta son el doble de veinticinco; por eso tu amor vale el doble.
Pero Goneril preguntó por qué necesitaba veinticinco, diez o cinco servidores, si podía ser atendido por los criados de sus hijas. Regan dio el golpe final:
—¿Para qué necesitáis siquiera uno?
Lear quedó frente a ellas sin corona, sin casa propia y, ahora, sin derecho a conservar un solo hombre que obedeciera su voz. Había entregado tierras, rentas y autoridad, reservándose únicamente el nombre y los honores de rey. Sus hijas le negaban incluso aquella sombra.
—No razonéis sobre la necesidad —dijo—. El mendigo más pobre posee algo que excede lo indispensable. Si al ser humano no se le concede más de lo estrictamente necesario, su vida no vale más que la de una bestia.
La cólera se mezcló con el llanto. Lear imploró a los cielos que no le permitieran llorar como un hombre vencido. Quiso amenazar a sus hijas con una venganza terrible, pero no supo nombrarla. Las palabras se quebraron en su boca.
Fuera, el viento crecía y la tormenta se acercaba. Gloucester advirtió que la noche sería espantosa. Regan ordenó cerrar las puertas. Goneril consintió: el rey llevaba consigo gente turbulenta y debía aprender las consecuencias de su obstinación.
Lear salió hacia la oscuridad acompañado por el Bufón y seguido por Kent. Detrás de él se cerraron las puertas del castillo. Delante, sobre los campos desnudos, comenzaban a retumbar los truenos.
Lear salió al páramo con la cabeza descubierta. Sobre él, el cielo se abría en relámpagos; el viento doblaba los árboles y la lluvia le azotaba el rostro. Pero el anciano, en vez de buscar refugio, alzó los brazos contra la noche.
—¡Soplad, vientos, hasta reventaros las mejillas! ¡Bramad! ¡Que los torrentes ahoguen los campanarios y arranquen las veletas! ¡Fuego del rayo, parte en dos esta cabeza blanca!
El Bufón, empapado y tembloroso, trataba de conducirlo hacia una choza. Kent, que aún servía a su señor bajo disfraz, los buscaba entre la oscuridad.
—Buen tío —suplicó el Bufón—, pide la bendición de tus hijas. Esta noche no tiene piedad de sabios ni de necios.
Pero Lear quería que la tormenta juzgara al mundo. Acusó a los perjuros, a los asesinos ocultos, a los hipócritas que escondían sus delitos bajo ropajes honorables. Después calló un instante. Comprendía que ni el trueno ni la lluvia le debían obediencia.
—No os culpo, elementos —dijo—. Nunca os entregué un reino ni os llamé hijas. Kent logró reunirse con ellos y señaló un refugio cercano. Lear se resistió. El sufrimiento recibido de Goneril y Regan golpeaba con tanta fuerza su entendimiento que apenas sentía el frío.
—Aquí está mi corazón —murmuró, llevándose una mano al pecho—. Aquí está la verdadera tempestad.
Sin embargo, al mirar al Bufón, advirtió por fin que no era el único expuesto a la noche.
—Pobre muchacho, ¿tienes frío? Yo también. Mi desdicha me había vuelto indiferente al dolor ajeno.
Antes de entrar en la choza, Lear pensó en los miserables sin techo, obligados a soportar noches semejantes sin más defensa que sus harapos. Reconoció que, mientras había sido rey, había prestado poca atención a su sufrimiento.
De pronto, una voz extraña surgió del interior. El Bufón retrocedió asustado. De la oscuridad apareció un hombre casi desnudo, cubierto de barro, con el cabello enmarañado. Era Edgar, pero nadie lo reconoció. Perseguido por la falsa acusación de su hermano Edmund, se había transformado en el mendigo demente llamado Pobre Tom.
—¿Quién eres? —preguntó Lear.
—Pobre Tom —respondió Edgar entre gritos y frases inconexas—. El demonio me persigue por el fuego y por el agua.
Lear lo contempló con creciente fascinación. En su razón quebrantada, creyó descubrir en aquel desdichado una imagen más verdadera del hombre que cualquier rey vestido de seda.
—¿También tú diste cuanto tenías a tus hijas? —le preguntó.
Kent intentó explicarle que aquel pobre no tenía hijas. Lear no lo escuchó. Para él, solo una ingratitud monstruosa podía haber reducido a un ser humano a semejante estado.
Se acercó a Edgar y examinó su cuerpo desnudo.
—¿Es esto el hombre? —dijo—. Tú no debes seda al gusano, piel a la bestia ni lana a la oveja. Nosotros somos criaturas adornadas. Tú eres la cosa misma: un pobre animal desnudo y bípedo.
Y, arrastrado por aquella revelación, comenzó a quitarse sus propias ropas. Kent y el Bufón lo detuvieron. La tormenta exterior había encontrado ya su eco en la mente del rey.
Entonces apareció Gloucester, que había salido a buscarlos pese a las órdenes de Regan y Cornualles. Con una antorcha en la mano, llamó a Lear y le ofreció amparo. El rey aceptó seguirlo, pero exigió que Pobre Tom fuese con ellos. Sin saber que conducía también a su propio hijo, Gloucester guio al extraño cortejo hacia su casa, mientras el trueno continuaba sacudiendo el páramo.
Gloucester condujo a Lear, al bufón, a Kent y al fingido Pobre Tom hasta una alquería próxima a su castillo. Allí, al menos por un momento, los muros contuvieron la lluvia. Pero no podían contener la tempestad que sacudía la mente del rey.
Lear, con la ropa empapada y el cabello revuelto, creyó hallarse ante un tribunal. Sentó como jueces a Edgar y al bufón, y ordenó que comparecieran sus hijas ausentes.
—Primero interrogad a Goneril —dijo, señalando un banco vacío—. Quiero saber de qué está hecho su corazón.
El bufón siguió aquella fantasía con amarga obediencia. Edgar, oculto bajo sus andrajos, apenas podía soportar la visión del anciano. Contemplaba a su padre, que no lo reconocía, y a su rey, destruido por quienes debían amarlo. Por un instante, su voz verdadera estuvo a punto de traicionarlo.
—Mis lágrimas empiezan a hablar —murmuró para sí.
Lear se inclinó ante sus jueces imaginarios. Ya no acusaba solamente a sus hijas: parecía procesar al mundo entero por su ingratitud. Después, agotado, dejó que Kent lo acomodara para descansar. Gloucester regresó con noticias urgentes. Había descubierto una conspiración contra la vida del rey. También sabía que un ejército francés había desembarcado en Inglaterra. Cordelia venía con aquellas fuerzas, no movida por ambición, sino para restaurar a su padre y rescatarlo de sus hermanas.
—Debemos sacarlo de aquí —dijo Gloucester—. Hay una litera preparada. Llevadlo hacia Dover. Allí encontrará protección.
Kent comprendió el peligro.
—¿Y vos?
—Yo responderé por lo que he hecho, si aún me dejan responder.
Entre todos alzaron a Lear. El rey, rendido, apenas protestó. El bufón y Kent partieron con él hacia Dover, mientras Edgar permanecía cerca de Gloucester, todavía prisionero de su disfraz. No podía revelar quién era; hacerlo en aquel momento quizá los condenaría a ambos.
Pero la traición ya había entrado en la casa de Gloucester.
Antes de socorrer a Lear, Gloucester había confiado a Edmund el secreto de una carta: las fuerzas favorables al rey estaban en marcha, y él mismo había decidido ponerse de su parte. Le pidió prudencia y silencio, creyendo hablar con un hijo leal.
Edmund esperó a quedarse solo.
—Esta confidencia hará mi fortuna —se dijo—. Lo que mi padre pierde por su fidelidad, lo ganaré yo con mi denuncia.
Llevó la noticia a Cornualles y a Regan. Les entregó la carta y declaró que Gloucester ayudaba al rey contra la autoridad de sus hijas y contra quienes gobernaban junto a ellas. Cornualles leyó la prueba con satisfacción sombría.
—Has demostrado ser más fiel que tu padre.
Regan añadió:
—Toda su casa y todos sus honores serán tuyos.
Edmund aceptó la recompensa sin vacilar. Para elevarse, había acusado a su hermano; ahora entregaba a su padre. Cornualles ordenó buscar a Gloucester y traerlo preso.
—Su traición no quedará sin castigo.
Edmund se apartó mientras los criados salían a cumplir la orden. No quiso presenciar lo que iba a suceder, aunque él mismo lo había hecho inevitable. En aquella casa, la compasión de Gloucester hacia Lear acababa de convertirse en crimen, y la fidelidad de un padre había dado a un hijo ambicioso el arma para destruirlo. Fuera, la tormenta comenzaba a alejarse. Dentro, otra violencia, más deliberada y cruel, se preparaba.
Cornualles y Regan regresaron al castillo de Gloucester con la carta que Edmund había puesto en sus manos. En ella hallaban la prueba de que el anciano conde había ayudado a Lear y mantenía trato con las fuerzas llegadas de Francia. Edmund, recompensado por la denuncia, fue enviado junto a Goneril; así no estaría presente durante el castigo de su padre.
—Buscad al traidor —ordenó Cornualles.
Los criados encontraron a Gloucester y lo llevaron ante sus señores. Sin atender a la dignidad de su edad ni a las leyes de la hospitalidad, le ataron los brazos a una silla.
—¿Por qué enviaste al rey a Dover? —preguntó Regan.
Gloucester comprendió que ya no había lugar para fingimientos.
—Porque no quería ver cómo tus crueles uñas arrancaban sus pobres ojos envejecidos, ni cómo tu hermana hundía sus colmillos en su carne consagrada. Lo envié donde pudiera hallar socorro. Y aún veré caer sobre vosotros la venganza del cielo.
Regan se rio de aquella esperanza.
—¿Verás? Eso hemos de impedirlo.
Cornualles se acercó, hundió los dedos en el rostro del anciano y le arrancó un ojo. Gloucester gritó, sujeto todavía a la silla, mientras Regan exigía que se completara la atrocidad. Entonces ocurrió algo que ninguno de los nobles esperaba. Un criado de Cornualles, hombre que le había servido desde niño, desenvainó la espada.
—Deteneos, señor. Os he servido siempre, pero jamás os vi cometer una acción tan monstruosa.
Cornualles, enfurecido por el desafío de un inferior, sacó su arma. Los dos combatieron. El criado logró herir gravemente a su amo, pero Regan tomó una espada por la espalda y atravesó al rebelde. El hombre cayó; aun así, antes de morir, alcanzó a decirle a Gloucester que todavía le quedaba un ojo para contemplar el castigo de sus verdugos.
—No por mucho tiempo —replicó Cornualles.
A pesar de la sangre que manaba de su herida, se abalanzó de nuevo sobre Gloucester y le arrancó el segundo ojo. El anciano quedó ciego, con el rostro ensangrentado.
—¿Dónde está ahora tu hijo Edmund? —dijo Regan—. Fue él quien nos descubrió tu traición.
Aquellas palabras hirieron a Gloucester con más profundidad que el tormento.
—¿Edmund? Entonces Edgar fue calumniado. ¡Oh, dioses, perdonadme! Edgar era inocente, y yo lo condené. Edmund me engañó.
Cornualles, debilitado por la herida, ordenó que arrojaran al conde fuera de su propia casa.
—Que vaya a Dover —dijo Regan— y olfatee el camino.
Los criados lo expulsaron a la noche. Uno de ellos, apiadado, decidió buscar al pobre Tom, el mendigo de Bedlam que rondaba aquellas tierras, para que guiara al ciego.
Gloucester avanzó sin saber hacia dónde, privado de sus ojos y de cuanto había creído cierto. Ahora veía, demasiado tarde, la inocencia de Edgar y la traición del hijo en quien había depositado toda su confianza. Detrás de él, Cornualles se desangraba por la herida recibida; delante, en algún lugar del camino de Dover, aguardaba el hijo repudiado.
Ciego, ensangrentado y expulsado de su propia casa, Gloucester avanzaba con la ayuda de un anciano vasallo. Ya no pedía justicia. Solo deseaba llegar a Dover, donde los acantilados caían a pico sobre el mar.
En el camino encontraron a Edgar, todavía cubierto con los harapos y el barro del pobre Tom. El hijo reconoció al padre, pero Gloucester no podía reconocerlo a él. Al verlo reducido a aquella miseria, Edgar sintió que incluso sus propias desgracias se volvían pequeñas.
—¿Quién está ahí? —preguntó Gloucester.
—Un pobre loco —respondió el anciano.
Gloucester recordó entonces al mendigo que había visto durante la tormenta. Le pidió que fuese su guía y despidió al viejo criado para no ponerlo en peligro. Edgar aceptó, ocultando la emoción bajo su voz fingida.
—¿Conoces el camino de Dover?
—Sí, señor.
—Hay allí un acantilado cuyo borde domina el abismo. Condúceme hasta su cima. Después no necesitaré guía.
Edgar comprendió su propósito, pero no lo contradijo. Tomó la mano del ciego y lo condujo hacia Dover, resuelto a salvarlo sin revelarle todavía quién era. Cuando creyó llegado el momento, Edgar fingió que ascendían por una pendiente terrible. Habló del esfuerzo de la subida, del vértigo y del rumor lejano del mar. Pero en realidad caminaban por terreno llano.
—Dadme la mano —dijo—. Estamos en la cima. Desde aquí, los hombres parecen escarabajos y los barcos apenas se distinguen.
Gloucester le entregó una bolsa y le pidió que se apartara. Luego se arrodilló.
—Dioses poderosos —dijo—, renuncio al mundo y a sus dolores. Si Edgar vive, bendecidle.
Se dejó caer hacia delante. No cayó desde ningún precipicio: solo dio con su cuerpo en el suelo. Edgar aguardó un instante y regresó hablando con otra voz, como si fuese un desconocido que acabara de encontrarlo al pie del acantilado.
—¡Señor! ¿Vivís? ¿Podéis hablar?
Gloucester volvió en sí, aturdido.
—Apartaos. Dejadme morir.
—¿Morir? Habéis caído desde una altura espantosa y seguís entero. Eso es un prodigio. Quien os acompañaba arriba no parecía un hombre, sino un espíritu maligno.
Gloucester, incapaz de ver el engaño piadoso, creyó haber sobrevivido a una caída imposible.
—Entonces soportaré mi aflicción —dijo al fin— hasta que ella misma me diga que basta.
Edgar lo ayudó a ponerse en pie. Su estratagema había devuelto al padre una voluntad frágil, pero verdadera, de continuar viviendo.
Poco después apareció Lear, coronado de flores silvestres, errante y trastornado. Hablaba de jueces corruptos, de aduladores y del poder, que castiga en los pobres los mismos vicios que protege en los ricos. Gloucester reconoció la voz de su rey y se arrodilló ante él.
—Recuerdo tus ojos —murmuró Lear—. Lee mi causa con esas cuencas vacías.
Pero llegaron hombres enviados desde el campamento de Cordelia para buscar al rey. Lear echó a correr, desafiándolos a que lo alcanzaran. Gloucester quedó de nuevo junto a su guía desconocido. Sin saber que se apoyaba en el hijo al que había condenado, aceptó seguir adelante. Y Edgar, todavía sin pronunciar su verdadero nombre, lo condujo hacia Dover, donde los ejércitos se preparaban y Cordelia había regresado para encontrar a su padre.
Los hombres enviados por Cordelia encontraron por fin a Lear en los campos de Dover. El anciano rey, coronado de flores silvestres y todavía perdido entre delirios de justicia, poder y traición, trató de escapar. Pero sus fuerzas estaban agotadas. Lo condujeron al campamento francés, donde Cordelia aguardaba con el médico y sus capitanes.
Cordelia no había cruzado el mar por ambición. Francia había desembarcado tropas en Inglaterra, pero ella había vuelto por su padre: para buscar al hombre expulsado a la tormenta por las mismas hijas a quienes entregó su reino.
Al verlo, su dolor venció por un instante la disciplina de la princesa.
—¡Oh, padre mío! —murmuró—. Que la medicina repare cuanto pueda la naturaleza ultrajada.
El médico ordenó que Lear descansara. Le cambiaron las ropas, atendieron su cuerpo maltratado y lo dejaron dormir. Cordelia permaneció junto a él, contemplando aquel rostro en el que la vejez y la locura habían borrado casi por completo la antigua majestad.
—¿No queda otro remedio? —preguntó.
—El reposo es nuestro mejor aliado —respondió el médico—. La razón ha sido violentada por sufrimientos demasiado grandes. Debemos esperar. Mientras Lear dormía, llegaron noticias inquietantes. El ejército inglés avanzaba hacia Dover. Goneril y Regan, aunque divididas por sus celos y por su deseo de Edmund, todavía podían unir sus fuerzas contra la invasión francesa. Cordelia sabía que aquel breve refugio no detendría la guerra.
Al fin, el rey despertó. Oyó música y abrió los ojos lentamente. Ante él vio a Cordelia. No supo si estaba vivo ni si aquella figura pertenecía al mundo de los muertos.
—Me hacéis mal al sacarme de la tumba —dijo—. Tú eres un alma bienaventurada; pero yo estoy atado a una rueda de fuego, y mis propias lágrimas me abrasan como plomo derretido.
Cordelia se arrodilló ante él.
—Señor, ¿me conocéis?
Lear la miró largamente. Había temor en sus ojos, y una humildad nueva, nacida después de perderlo todo.
—Eres un espíritu, lo sé. ¿Cuándo moriste?
El médico pidió a Cordelia que no forzara su memoria. Pero poco a poco el rey reconoció el campamento, las manos que sostenían las suyas y el rostro de la hija a quien había desterrado.
—Creo que esta dama es mi hija Cordelia.
—Lo soy —respondió ella—. Lo soy.
Lear intentó arrodillarse.
—No te burles de mí. Soy un viejo necio y desamparado. Tengo más de ochenta años, y temo no estar en mi juicio. Sé que te hice daño. Tú tienes motivos para no amarme. Tus hermanas, no; ellas no tenían ninguno.
Cordelia lo levantó y besó su frente.
—Ningún motivo —dijo—. Ninguno.
No hubo reproches. Cordelia no recordó la prueba de amor, ni la herencia perdida, ni la orden que la expulsó de Inglaterra. Su perdón devolvió a Lear algo que ninguna corona podía concederle: el vínculo que él mismo había roto por orgullo.
El rey, todavía débil, preguntó dónde estaba y rogó que no lo contradijeran, pues sentía que su razón apenas regresaba. Cordelia ordenó que lo condujeran a descansar. Caminó junto a él, sosteniéndolo, no como súbdita ante un monarca, sino como hija junto a su padre.
Entonces entró un mensajero con noticias del frente. Las tropas inglesas estaban cerca. Los franceses debían prepararse para combatir.
Cordelia miró a Lear y después a sus capitanes. Había recuperado a su padre, pero no podía apartarlo todavía del peligro. Afuera se formaban las líneas de batalla; Edmund marchaba con el poder de las dos hermanas, y la reconciliación alcanzada en aquella tienda quedaba cercada por la guerra. Lear y Cordelia habían vuelto a encontrarse. Ahora debían afrontar juntos el desenlace que avanzaba hacia Dover.
La batalla llegó antes de que Lear pudiera disfrutar de la paz recobrada junto a Cordelia. Los ejércitos chocaron en los campos de Dover, y las fuerzas francesas fueron vencidas. Entre el estrépito de la derrota, Lear y su hija cayeron prisioneros.
Edmund los recibió como trofeos de guerra y ordenó que fueran llevados a prisión. Cordelia, abatida, preguntó si volverían a ver a sus hermanas. Pero Lear ya no quería saber nada de cortes ni de coronas.
—No; ven, vayamos a la cárcel —le dijo—. Allí cantaremos como pájaros enjaulados. Tú me pedirás la bendición, yo me arrodillaré para pedirte perdón, y viviremos hablando de los antiguos días.
En aquel encierro imaginaba Lear una libertad que ningún reino le había dado: estar junto a Cordelia, apartado para siempre de la adulación y la perfidia. Los soldados se los llevaron. Entonces Edmund llamó aparte a un capitán y le entregó una orden sellada. Debía seguir a los prisioneros y ejecutar en secreto lo que allí se mandaba: matar a Lear y ahorcar a Cordelia, haciendo que su muerte pareciera un suicidio.
Mientras tanto, Albany entró acompañado por Goneril y Regan. La victoria no había puesto fin a sus disputas. Regan, debilitada por un mal repentino, reclamó a Edmund como esposo. Goneril la observaba con una mezcla de celos y temor: también ella deseaba al bastardo de Gloucester y había conspirado para librarse de Albany.
Pero Albany ya conocía su traición. Acusó a Edmund de alta traición y arrojó su guante al suelo. Si nadie de rango adecuado comparecía para sostener la acusación, él mismo combatiría contra él.
Sonó una trompeta. A la tercera llamada apareció un caballero armado, con el rostro oculto.
—Mi nombre se ha perdido por la traición —declaró—, pero soy tan noble como aquel a quien desafío. Edmund, eres un traidor a los dioses, a tu padre y a tu hermano.
Los dos combatieron. Edmund cayó herido de muerte. Entonces el vencedor se descubrió: era Edgar.
Ante su hermano derrotado, Edgar reveló cuanto había sucedido. Contó cómo había vivido disfrazado de pobre Tom, cómo había guiado al ciego Gloucester y cómo, antes de acudir al desafío, se dio a conocer por fin ante su padre. La alegría y el dolor fueron demasiado intensos para el anciano: su corazón no pudo soportarlos, y murió entre sonrisas y lágrimas.
Edmund escuchó en silencio.
—La rueda ha completado su vuelta —murmuró.
Un criado entró precipitadamente. Regan había muerto, envenenada por Goneril. Y Goneril, al verse descubierta, se había quitado la vida. Trajeron los cuerpos de las dos hermanas: unidas al fin, no por el amor, sino por la ambición que las había destruido.
Albany mostró a Edmund la carta en la que Goneril planeaba asesinar a su marido y casarse con él. Herido y vencido, Edmund reconoció sus crímenes. Por un instante quiso hacer algún bien antes de morir.
—Enviad deprisa a la prisión —ordenó—. He dado instrucciones para matar a Lear y a Cordelia. Daos prisa; quizá aún haya tiempo.
Edgar y los soldados corrieron a cumplir la contraorden. Pero las palabras de Edmund quedaron suspendidas sobre todos como una sentencia. La batalla había concluido. Las traiciones también. Sin embargo, en la prisión, la orden de muerte ya estaba en manos de sus ejecutores.
Edmund yacía herido de muerte. A su alrededor, el poder que había conquistado mediante engaños se deshacía con la misma rapidez que su sangre. Albany exigió saber qué había ordenado respecto a Lear y Cordelia. Entonces Edmund, movido por un tardío deseo de hacer algún bien antes de morir, confesó la verdad.
—He dado orden de que los maten en la prisión. A Cordelia deben ahorcarla y hacer creer que ella misma se quitó la vida.
Mandaron correr a un oficial con la contraorden. Edgar le apremió; Albany gritó que no perdiera un instante. Pero ya entonces se oyó un clamor fuera. Lear entró llevando en brazos el cuerpo de Cordelia.
—¡Aullad, aullad, aullad! —clamó—. ¡Sois hombres de piedra! Si yo tuviera vuestras lenguas y vuestros ojos, haría que la bóveda del cielo se quebrara.
Depositó a su hija ante todos. Cordelia tenía todavía al cuello la cuerda con que la habían ahorcado. Lear se inclinó sobre ella, buscando una señal imposible.
—Se ha ido para siempre. Sé distinguir cuándo alguien está vivo y cuándo está muerto. Está muerta como la tierra.
Kent, Edgar y Albany permanecieron junto a él, incapaces de ofrecer consuelo. Un capitán confirmó que Lear había matado al verdugo que ahorcó a Cordelia. El anciano rey recordó entonces, con un destello de su antigua fuerza, que en otro tiempo habría hecho temblar a cualquiera; pero ahora apenas podía sostener a su hija.
—¿Por qué han de vivir un perro, un caballo, una rata, y tú no respiras? Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca.
Kent se acercó y reveló al fin quién era. Él había sido Cayo, el servidor fiel que acompañó a Lear durante el destierro y la tormenta. Pero el rey, quebrado por el dolor, apenas pudo comprenderlo. Toda identidad, toda corona y toda lealtad llegaban demasiado tarde ante el cuerpo de Cordelia.
Lear creyó ver un movimiento en sus labios. Pidió que mirasen. Se inclinó una vez más sobre ella, aferrado a aquella última esperanza.
—Miradla... mirad sus labios.
Y murió.
Kent rogó que no intentaran reanimarlo.
—No atormentéis su espíritu. Dejadlo partir. Mucho tendría que odiarlo quien quisiera prolongar su vida sobre este potro de dolor. Llegó entonces la noticia de que Edmund también había muerto. Albany contempló cuanto quedaba: Goneril y Regan, destruidas por su rivalidad; Gloucester, muerto después de conocer la verdad; Cordelia asesinada; Lear vencido por una pena que ninguna autoridad podía remediar.
Albany devolvió sus honores a Kent y Edgar y les pidió que gobernaran el reino. Pero Kent rechazó el cargo. Su señor lo llamaba, dijo, y él no tenía ya largo camino por delante.
Edgar quedó ante los supervivientes y pronunció las últimas palabras sobre aquel tiempo devastado:
—Debemos decir lo que sentimos, no lo que conviene decir. Los más viejos han soportado más; nosotros, los jóvenes, no veremos tanto ni viviremos tantos años.
Así terminó el reinado de Lear: sin corona, sin ejército y sin Cordelia, mientras los vivos recogían los cuerpos y se disponían a cargar con el peso de un reino en ruinas.
Sobre el reino exhausto cae el silencio de Lear, con Cordelia muerta entre sus brazos.
Guion y voz generados con inteligencia artificial.
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