aliento

Historia para dormir · Clásicos de la literatura

Crimen y castigo: la culpa de Raskólnikov

50 min · Para escuchar con la luz apagada

Leer el guion

Gratis y sin registro. Con el icono de la luna del reproductor pones un temporizador o dejas que sigan sonando historias toda la noche.

Adaptación de Crimen y castigo, de Fiódor Dostoievski

La historia en texto

A comienzos de julio, con un calor pesado y una luz sucia sobre Petersburgo, Rodión Románovich Raskólnikov salió de su cuartucho en la callejuela de S. Vivía bajo el tejado, en una habitación tan estrecha que más parecía un armario que una vivienda. Debía dinero a la patrona y temía encontrarla en la escalera. Por eso bajó despacio, pegado a la pared, escuchando cada crujido.

No apareció nadie. Ya en la calle, respiró con disgusto aquel aire de cal, polvo, tabernas y aguas estancadas. Su traje, gastado y ridículo, no le importaba; desde hacía tiempo evitaba a la gente, como si toda mirada pudiera descubrirle algo. Caminaba absorto, murmurando para sí. No era una decisión todavía, ni un plan completo; era una idea que le roía, vergonzosa y terrible, y que él mismo había querido poner a prueba.

Contó los pasos hasta la casa de la vieja prestamista. Setecientos treinta, aproximadamente. Lo sabía porque ya los había contado antes. Al llegar al edificio, observó la entrada, la escalera, los pisos, los inquilinos que pasaban. Todo le interesaba: quién abría, quién subía, qué puertas sonaban. Subió al cuarto piso con el corazón acelerado. La campanilla de la puerta tenía un tintineo débil, como de lata. Abrió Aliona Ivánovna, una vieja menuda, seca, de ojos vivos y desconfiados. Llevaba el pelo gris aceitoso y un pañuelo al cuello. Le miró de arriba abajo.

—¿Qué quiere?

Seguir leyendo (142 párrafos más)

—Traigo una prenda —dijo Raskólnikov, esforzándose por hablar con calma—. Un reloj de plata. Ya estuve aquí el mes pasado.

La vieja le dejó pasar con recelo. El cuarto era pequeño, limpio, lleno de objetos guardados con avaricia. Mientras ella examinaba el reloj, él miró alrededor: el mueble, el baúl, la puerta del dormitorio, el llavero que colgaba de la cintura de Aliona. Ella abrió una cajita, separó unas llaves, regateó con frialdad.

—Un rublo y medio. Y aún descontaré los intereses.

—Vale más.

—Si no le conviene, lléveselo.

Raskólnikov aceptó. No había ido solo por el dinero. Al despedirse, añadió con fingida indiferencia:

—Quizá vuelva pronto con otra cosa… una pitillera de plata.

—Tráigala, ya veremos.

Salió con una mezcla de asco y vértigo. En la escalera se cruzó con unos hombres que subían a un piso vacío; oyó hablar de reparaciones, de mudanzas, de horarios. Todo quedaba registrado en su mente contra su voluntad. En la calle, se detuvo un instante, pálido. “¡Qué repugnante!”, pensó. “¿Cómo he podido siquiera imaginarlo?”

Pero la idea no desapareció. Caminó sin rumbo, aturdido por el calor y por sí mismo, hasta que el ruido de una taberna le atrajo como una caída. Entró. Allí, entre vasos, humo y voces rotas, alguien empezaba a mirarle con una necesidad desesperada de hablar.

En la taberna, el aire estaba cargado de voces, humo y miseria. Raskólnikov se sentó aparte, con el alma todavía encogida por la visita a Aliona Ivánovna. Apenas había bebido cuando un hombre de aspecto deshecho se acercó a él con una cortesía extraña, casi solemne. Era Marmeládov, antiguo funcionario, el frac raído, los ojos encendidos por la vergüenza y la embriaguez.

—Permítame, señor mío —dijo—, ¿puede un hombre honrado hablar con otro hombre honrado, aunque esté perdido?

Raskólnikov no respondió con dureza. Marmeládov se sentó y comenzó a contar su vida como quien se acusa ante un tribunal. Había tenido empleo, lo había perdido por la bebida, lo había recuperado y vuelto a perder. En casa le aguardaba Katerina Ivánovna, su mujer, enferma, orgullosa, de buena familia arruinada, rodeada de niños hambrientos. La miseria había estrechado tanto el cerco que su hija Sonia, hija del primer matrimonio de Marmeládov, había tomado el billete amarillo y salido a la calle para sostenerlos a todos.

—¿Comprende usted, señor? —murmuró, inclinándose sobre la mesa—. Sonia no dijo nada. Se puso el pañuelo, salió, y al volver dejó treinta rublos sobre la mesa. Katerina Ivánovna se arrodilló ante ella y le besó los pies. Yo, en cambio, le robé sus últimos kopeks para beber.

Algunos parroquianos rieron. Marmeládov no se defendió. Parecía necesitar aquel desprecio. Habló de castigo, de compasión, de una esperanza que no merecía. Raskólnikov lo escuchaba con una mezcla de repugnancia y dolor; en aquella caída ajena reconocía otra forma de abismo. Cuando Marmeládov ya no podía tenerse en pie, Raskólnikov lo acompañó a su casa. Allí encontró una habitación miserable, niños asustados y a Katerina Ivánovna tosiendo, pálida, furiosa. Al ver a su marido borracho, lo increpó entre lágrimas y ataques de tos. Raskólnikov dejó unas monedas en la ventana antes de marcharse, casi sin saber por qué.

Al día siguiente recibió una carta de su madre, Puljeria Aleksándrovna. La leyó con avidez. Le hablaba de Dunia, su hermana: de cómo había sufrido en casa de los Svidrigáilov, de las sospechas injustas, del acoso del amo y de la posterior rehabilitación de su honor. Luego llegaba la noticia decisiva: Dunia se había comprometido con Piotr Petróvich Luzhin, hombre acomodado y práctico, que deseaba casarse con una joven pobre para que le estuviera agradecida. Pronto viajarían a Petersburgo.

Raskólnikov apretó la carta entre las manos. Comprendió, o creyó comprender, que Dunia se vendía por él, por su porvenir, por sacar a la familia de la pobreza. Sonia se había sacrificado por los suyos; ahora Dunia parecía caminar hacia otro sacrificio, más limpio en apariencia, pero humillante en el fondo.

—No será —dijo en voz baja—. Mientras yo viva, no será.

La idea oscura, que había intentado rechazar, volvió a alzarse en su interior con una fuerza nueva. Ya no era solo una fantasía monstruosa: empezó a parecerle una respuesta, una prueba, una salida terrible.

Después de leer la carta de su madre, Raskólnikov quedó como herido. No era sólo Luzhin, con su cálculo mezquino y su promesa de rescatar a Dunia a cambio de obediencia. Era la sensación de que todos, su madre, su hermana, Sonia, Marmeládov, se entregaban poco a poco a una rueda que trituraba a los débiles.

Caminó sin rumbo por Petersburgo, con la mente abrasada. La idea que antes había sido un pensamiento repugnante, casi una broma monstruosa, volvió ahora con otra voz. Aliona Ivánovna, la vieja prestamista, vivía de exprimir la necesidad ajena. Guardaba dinero, alhajas, objetos empeñados por estudiantes y pobres, mientras Lisaveta, su hermana, la obedecía como una criada temerosa. ¿Y si aquella vida inútil y dañina pudiera ser cortada? ¿Y si con su dinero se salvaran otras vidas? Pero Raskólnikov no se decía solamente eso. Había en él otra pregunta, más secreta y más terrible: si algunos hombres podían saltar por encima de la ley común para cumplir un destino. Napoleón, pensaba, no se habría detenido ante una sangre aislada si el mundo le pertenecía. ¿Era él de los que se atrevían, o no era más que un piojo como todos?

La fiebre de aquellas reflexiones le agotó. Se detuvo en una taberna y oyó, sin querer, una conversación entre un estudiante y un oficial. Hablaban precisamente de Aliona Ivánovna.

“Es una vieja repugnante”, decía el estudiante. “Mata su propio vivir y el de su hermana. Con su dinero podrían hacerse cien buenas obras. Matarla y tomarlo todo: una vida insignificante por cientos de vidas salvadas.”

El oficial replicó que aquello era teoría, nada más. El estudiante se encendió:

“¿Y por qué no? La naturaleza corrige sus errores. Esa vieja no sirve a nadie.”

Raskólnikov escuchaba inmóvil. Aquellas palabras eran casi las mismas que él había escondido en su cabeza. Le pareció que el azar le señalaba un camino. Y, sin embargo, sintió frío, como si alguien hubiera pronunciado en voz alta su propia condena.

Al día siguiente vagó de nuevo, hambriento, débil, sin poder apartarse de la idea. Entonces ocurrió lo decisivo. En la calle, junto al mercado, vio a Lisaveta conversando con unos vendedores. La hermana de la usurera aceptaba un encargo para la tarde siguiente.

“Vendré a las siete”, dijo Lisaveta.

Raskólnikov se estremeció. A las siete, Lisaveta no estaría en casa. La vieja quedaría sola.

Ya no era una fantasía imprecisa, ni un razonamiento oscuro nacido de la miseria. Había hora. Había ocasión. Había una puerta que podía abrirse y cerrarse sobre un crimen. Raskólnikov regresó a su cuarto como un hombre arrastrado por una fuerza que detestaba y obedecía a la vez. Se tumbó vestido, con los ojos abiertos, mientras en su interior la idea tomaba forma definitiva. Al día siguiente, cuando llegó la hora señalada, Raskólnikov ya no caminaba como quien decide, sino como quien obedece a una fuerza que lo arrastra. En su cuarto había preparado una lazada cosida al interior del abrigo, bajo la axila; allí escondió el hacha, que había tomado casi por casualidad de la portería, al no encontrar libre la que buscaba. También llevaba un falso empeño: una tablilla envuelta con cuidado, destinada a entretener a Aliona Ivánovna unos instantes.

Subió la escalera de la vieja casa con el corazón golpeándole en la garganta. En el rellano escuchó. Nada. Llamó una vez. Luego otra. La vieja tardó, desconfiada, y al fin abrió apenas una rendija.

—Soy yo… Raskólnikov. Le traigo un empeño.

Aliona le miró con sus ojillos suspicaces. Le dejó pasar, echó el cerrojo y tomó el paquetito. Se acercó a la ventana para desatar los nudos. Raskólnikov permaneció detrás de ella. Su mano buscó el hacha bajo el abrigo. Por un instante todo se volvió confuso, insoportable. Entonces levantó el arma y la descargó sobre la cabeza de la vieja. Ella soltó un grito breve, más de sorpresa que de dolor, y cayó. Él golpeó de nuevo. Durante unos segundos se quedó inmóvil. Después, como despertando, corrió al dormitorio. Buscó las llaves en el cadáver; le temblaban tanto las manos que no acertaba con la cerradura. Abrió un cofre, registró trapos, cajitas, cordones, pequeñas alhajas. Metió algunos objetos en los bolsillos sin mirarlos bien. No era el botín soñado, ni una liberación: era un desorden miserable, manchado de terror.

Entonces oyó un ruido en la habitación contigua.

Lisaveta había entrado sin llamar. Estaba allí, alta, pálida, con un hatillo en las manos. Vio a su hermana en el suelo, vio a Raskólnikov, vio el hacha. No gritó. Solo levantó una mano, como para protegerse, con una mansedumbre que le atravesó más que cualquier acusación. Él se abalanzó y la golpeó también. Lisaveta cayó de una vez, sin defensa.

El silencio se cerró sobre el cuarto. Raskólnikov sintió que todo estaba perdido. Lavó el hacha y sus manos como pudo, miró sus ropas, escuchó cada crujido de la escalera. De pronto sonó el timbre. Alguien llamaba a la puerta. Luego otra voz. Eran visitantes que preguntaban por la vieja. Él quedó paralizado al otro lado, separado de ellos por una madera y un cerrojo.

Los hombres sospecharon, bajaron a buscar al portero. En ese intervalo, Raskólnikov abrió, salió, y al oír pasos se escondió en un piso vacío donde trabajaban pintores. Cuando el rellano quedó libre, descendió casi sin sentir las piernas. Devolvió el hacha a su sitio sin ser visto y llegó a su habitación.

Allí se desplomó en el diván. No pensaba en dinero, ni en grandeza, ni en su teoría. Solo quedaba el espanto, una mancha imposible de arrancar, y el latido furioso de una vida que acababa de romperse para siempre.

Raskólnikov pasó la noche como quien yace bajo una losa. Al amanecer, aún con la ropa puesta, escondió bajo el papel de la pared los pocos objetos robados: una bolsa, unas cadenas, baratijas que ni siquiera había mirado. Luego recordó el hacha, la devolvió a su sitio en la portería, y subió de nuevo, temblando, al cuartucho. Cada ruido de la escalera le parecía una acusación.

A media mañana llegó una citación de la comisaría. Se le heló la sangre. ¿Ya? ¿Tan pronto? Bajó tambaleándose, preparado para oír su sentencia. Pero allí no le hablaban del asesinato, sino de una deuda con su casera. El alivio le sacudió tanto que casi se rió. Firmó, contestó con insolencia, y entonces oyó, al otro lado de la sala, que los funcionarios comentaban el crimen de la vieja usurera y de Lisaveta.

—Dicen que el pintor está metido en el asunto —dijo uno.

Raskólnikov se acercó, pálido, como atraído por el abismo.

—¿Y usted qué sabe de eso? —le preguntaron.

Él quiso hablar, quiso desafiarles con una frase absurda; pero la sangre le zumbó en los oídos. Cayó desmayado. Al volver en sí, todos le miraban de otra manera. Nikodim Fomich y el secretario cambiaron una mirada breve, inquietante. Raskólnikov salió de allí convencido de que acababa de delatarse. En su cuarto, la fiebre le venció. Durante días perdió la cuenta del tiempo. Soñaba que entraban a detenerle, que alguien registraba las paredes, que la vieja reía desde debajo de la cama. A veces recobraba el sentido y veía a Nastasia, la criada, inclinada sobre él; otras, la figura enérgica y desaliñada de Razumijin.

Razumijin no le abandonó. Trajo comida, médico, ropa, y una alegría ruidosa que chocaba con aquel cuarto miserable. Zósimov, el doctor, observó al enfermo con mirada prudente. Hablaban delante de él, creyéndole dormido, del asesinato, de las sospechas, de un tal Mikolka, de los pintores que habían trabajado en la casa. Raskólnikov escuchaba cada palabra como si fuera una mano cerrándose en su garganta.

Cuando por fin se levantó, estaba consumido, hostil, brillante de fiebre. Razumijin intentó abrazarle con su torpe lealtad.

—¡Hermano, has vuelto de entre los muertos!

—Dejadme —respondió Raskólnikov—. No necesito a nadie.

Pero necesitaba saber. Preguntó por el crimen, fingiendo indiferencia; corregía detalles, se irritaba, se callaba demasiado tarde. Razumijin se extrañaba, aunque su afecto le impedía sospechar lo peor. Zósimov, en cambio, observaba.

Entonces apareció un desconocido bien vestido, ceremonioso, seguro de sí: Piotr Petróvich Luzhin. Venía como prometido de Dunia, la hermana de Raskólnikov, y habló de su futura boda con un orgullo mezquino, como si concediera un favor. Raskólnikov, inflamado por la fiebre y el desprecio, le atacó con palabras duras. Luzhin se retiró ofendido.

El cuarto quedó cargado de tensión. Fuera, la investigación seguía su curso; dentro, la conciencia de Raskólnikov, lejos de apagarse, empezaba a cercarle con más fuerza que la policía.

Cuando Pulqueria Aleksándrovna y Dunia llegaron a Petersburgo, traían todavía en el rostro el cansancio del viaje y, en el ánimo, la esperanza inquieta de ver a Rodión Románovich recobrado. Razumijin fue quien acudió primero a ellas. Se presentó torpe, encendido, casi avergonzado de su propia vehemencia; pero en cada palabra suya había una franqueza que la madre percibió al instante. Les habló de la enfermedad de Raskólnikov, de sus delirios, de la fiebre, y prometió acompañarlas a verle.

La pensión donde se alojaban era pobre, elegida por Luzhin con calculada mezquindad. Piotr Petróvich había dejado una carta: rogaba que no estuviese presente Raskólnikov cuando él fuera a visitarlas, y mencionaba, con seca censura, que Rodión había dado dinero a una joven de mala fama, hija del difunto Marmeládov. Aquella alusión a Sonia estaba puesta como una trampa. Quería enemistar al hermano con la familia, mostrarle como indigno, obligar a Dunia a escoger entre obedecerle a él o defender a Rodión. Dunia leyó la carta con serenidad. Pulqueria Aleksándrovna se turbó, pero su hija comprendió enseguida el tono humillante que escondían aquellas frases. Cuando Raskólnikov llegó, pálido, aún débil, la emoción de su madre fue tan intensa que casi no pudo hablar. Dunia le abrazó con dignidad contenida; él, sin embargo, parecía mirar desde lejos, como si entre todos y él se hubiera abierto una distancia invisible.

Pronto apareció Luzhin. Vestido con esmero, satisfecho de su importancia, esperaba imponer su voluntad. Se ofendió al ver allí a Raskólnikov, y recordó su petición con frialdad. Rodión le observó con una mezcla de ira y desprecio. Luzhin habló de prudencia, de gratitud, de lo conveniente que era que una esposa hubiese conocido la estrechez para valorar al marido que la elevaba. Entonces Raskólnikov no pudo callar.

—Usted quiere casarse con mi hermana porque es pobre —dijo—. Porque cree que así le deberá todo y vivirá sometida.

Luzhin palideció, pero intentó conservar la compostura. Dunia, firme, le pidió explicaciones por la falsedad escrita contra su hermano. Él respondió con amenazas veladas: si ella prefería a Rodión, él se retiraría. Esperaba que Dunia cediera. No cedió.

—Puede retirarse —dijo ella.

La ruptura fue inmediata. Luzhin salió humillado, lleno de rencor. Pulqueria Aleksándrovna lloró, no por perderle, sino por el sobresalto. Razumijin, arrebatado de alegría, comenzó a hablar de proyectos: buscarían un alojamiento mejor, trabajarían juntos, traducirían libros, saldrían adelante. Su afecto por Dunia, todavía temeroso, se le escapaba en cada gesto.

Raskólnikov vio aquella sinceridad y, en lugar de unirse a ellos, se retiró hacia dentro de sí mismo. Les dijo bruscamente que le dejaran, que no le buscasen, que necesitaba estar solo. Su madre se quedó helada; Dunia comprendió que no era simple enfermedad. Razumijin quiso seguirle, pero Rodión le detuvo con una mirada sombría.

Al marcharse, llevaba consigo el secreto del crimen y una certeza amarga: había rechazado a Luzhin, había defendido a su hermana, y aun así no podía volver a ser de los suyos. Cada afecto que se acercaba le pesaba como una nueva acusación.

A la mañana siguiente, Raskólnikov decidió ir a ver a Porfirio Petrovich, juez instructor del asesinato de la vieja usurera y de su hermana. No iba solo. Razumijin, nervioso y locuaz, le acompañaba hasta la casa de Porfirio; y también estaba allí Zamiotov, el escribiente de la comisaría, cuya presencia desagradó a Raskólnikov desde el primer instante.

El pretexto era sencillo: Raskólnikov había dejado unas prendas empeñadas en casa de Aliona Ivánovna, y debía declarar su propiedad. Pero, al entrar, comprendió que el asunto de los objetos era lo de menos. Porfirio le recibió con una cortesía casi alegre, con ese aire suyo de hombre blando, redondo, aparentemente descuidado, que no dejaba de mirar con una atención demasiado viva. —Ah, Rodión Románovich... Por fin. Precisamente hablábamos de usted.

Raskólnikov sintió una sacudida, pero respondió con frialdad. Razumijin, en cambio, se agitaba, reía, se enfadaba y hablaba por todos. Porfirio dejó que aquel ruido creciera un poco, y luego, como quien tira de un hilo, sacó a relucir un artículo publicado meses antes por Raskólnikov. Trataba, dijo, de la ley, del crimen, y de cierta división de los hombres.

—Si no me equivoco —dijo Porfirio—, usted sostenía que algunos hombres extraordinarios tienen derecho a franquear la ley, si su idea lo exige.

Raskólnikov palideció apenas. Respondió que no se trataba de un derecho vulgar, ni de permiso para matar por capricho, sino de una reflexión histórica: los legisladores, los fundadores, los hombres como Napoleón, habían derramado sangre y, sin embargo, el mundo los veneraba.

—Entonces —preguntó Porfirio con suavidad—, si uno de esos hombres necesitara eliminar a un obstáculo insignificante, ¿podría hacerlo?

Razumijin protestó indignado. Zamiotov observaba. Raskólnikov, acorralado y orgulloso, defendió su razonamiento, pero cada palabra parecía volverse contra él. Porfirio no acusaba; sonreía, se disculpaba, fingía torpeza. Y, precisamente por eso, resultaba más peligroso.

Luego preguntó si, cuando Raskólnikov fue a empeñar sus objetos, había visto a unos pintores trabajando en un piso cercano. La pregunta cayó como un golpe. Raskólnikov recordó que los pintores habían estado allí el día del crimen, no antes. Si afirmaba haberlos visto, se traicionaba. Si negaba, también parecía calcular demasiado.

—No —contestó al fin—. No los vi. Fui antes.

Porfirio asintió, como si nada. Pero sus ojos no dejaron de sonreír.

Al salir, Razumijin estalló contra las sospechas, contra Zamiotov, contra el propio Porfirio. Raskólnikov apenas le escuchaba. Sabía que no había sido acusado, y sin embargo acababa de medirse con un enemigo que ya le rodeaba sin tocarle. En aquel cuarto, bajo bromas y preguntas, la investigación había dejado de ser un trámite: era un duelo. Al salir del duelo verbal con Porfirio, Raskólnikov llevaba aún en la cabeza aquella risa suave del juez, sus preguntas torcidas, su manera de tocar la herida sin nombrarla. Caminaba sin rumbo cuando, cerca del canal, oyó un griterío y vio un coche detenido, gente amontonada, un cuerpo levantado del empedrado.

Era Marmeládov. El caballo lo había arrollado; el antiguo funcionario, borracho y ensangrentado, apenas respiraba. Raskólnikov se abrió paso.

—Le conozco —dijo con voz urgente—. Llévenlo a su casa. Yo pagaré.

Lo llevaron al cuarto miserable donde Katerina Ivánovna, consumida por la tos y la dignidad herida, recibió al marido moribundo entre espanto y reproches. Los niños lloraban. Marmeládov abrió los ojos, buscó a Sonia. La muchacha llegó con su vestido pobre y vergonzoso, el que delataba el sacrificio al que la había empujado la miseria. Él quiso pedirle perdón, pero la sangre y la muerte se lo impidieron. Cayó hacia ella, y expiró en sus brazos. Raskólnikov dejó casi todo el dinero que le quedaba para el entierro y para los niños. Katerina Ivánovna, exaltada, lo bendecía y se contradecía; Sonia lo miró con una gratitud silenciosa, como si no supiera cómo recibir aquel gesto de un desconocido. Al marcharse, Raskólnikov sintió por un instante algo parecido a la vida: no todo estaba perdido, pensó; quizá aún podía actuar, quizá aún podía unirse a los demás hombres.

Pero esa esperanza se quebraba en cuanto volvía a estar solo. La sangre de la vieja y de Lizaveta regresaba, invisible y pegajosa. Entonces fue a buscar a Sonia. Su cuarto era pequeño, desnudo, casi vacío. Ella se turbó al verle, y él habló con una dureza febril.

—Tú has cruzado también una línea —le dijo—. Te has destruido por otros. ¿Por qué vives? ¿Qué esperas?

Sonia bajó los ojos. No respondió con orgullo ni con queja. Raskólnikov vio en ella algo que le desconcertaba: una humillación sin odio. Le pidió que leyera. Ella tembló al tomar el Evangelio.

—Lee lo de Lázaro.

Sonia vaciló, pero abrió el libro y comenzó: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto…”. Su voz, al principio insegura, fue cobrando fuerza al llegar al mandato: “¡Lázaro, sal fuera!”. Raskólnikov escuchaba inclinado, pálido, como si aquellas palabras no hablaran de un muerto antiguo, sino de él mismo, encerrado ya en su tumba.

Cuando terminó, el silencio entre ambos fue más fuerte que cualquier confesión. Él no dijo aún: “yo maté”. Pero la miró como se mira a la única criatura ante la que podría pronunciarlo.

—Volveré —murmuró—. Y entonces te diré quién mató a Lizaveta.

Sonia se estremeció. Raskólnikov salió, dejando en aquel cuarto humilde la primera sombra clara de su secreto.

Raskólnikov salió de casa de Sonia con el alma más apretada que antes. Había prometido volver y decirle quién mató a Lizaveta; pero la palabra verdadera seguía escondida en él como una hoja bajo la ropa. Al llegar a su cuarto, encontró allí a un hombre desconocido, bien vestido, con una expresión de cansancio burlón en los ojos.

—Arkadi Ivánovich Svidrigáilov —dijo el visitante, inclinándose apenas.

Aquel nombre hizo levantarse a Raskólnikov. Era el antiguo patrón de Dunia, el hombre cuya conducta había manchado su vida en la casa de los Svidrigáilov y que ahora, viudo tras la muerte de Marfa Petrovna, aparecía en Petersburgo como una sombra que no pedía permiso.

—¿Qué quiere usted? —preguntó Raskólnikov.

Svidrigáilov habló con una tranquilidad inquietante. Dijo que Marfa Petrovna se le aparecía después de muerta, como si aquello fuese un detalle doméstico. Dijo también que no pretendía hacer daño a Dunia, que incluso deseaba verla y ofrecerle dinero, diez mil rublos, para asegurar su independencia y apartarla de Luzhin. Raskólnikov lo escuchaba con repulsión y desconfianza.

—Usted no se acercará a mi hermana —respondió.

Svidrigáilov sonrió, sin ofenderse. Parecía divertirse con la hostilidad ajena. Antes de marcharse dejó tras de sí una impresión turbia: la de un hombre capaz de generosidad y de vileza con el mismo gesto. Mientras aquella amenaza nueva entraba en la vida de Raskólnikov, en la casa de Katerina Ivánovna se celebraba la comida fúnebre por Marmeládov. La miseria se había vestido de orgullo. Había platos pobres, invitados incómodos y la anfitriona, enferma y exaltada, defendía a gritos la dignidad de su familia.

Luzhin no asistió, pero mandó llamar a Sonia a su habitación. Allí, con falsa cortesía, le entregó diez rublos, hablando de beneficencia y de orden. Ella, confundida, agradeció el dinero y volvió al comedor.

Poco después, Luzhin apareció ante todos. Su voz era fría.

—Señores, acabo de echar en falta un billete de cien rublos. Esta joven ha estado conmigo.

Sonia palideció.

—Yo no he cogido nada.

Luzhin exigió que la registraran. Entre el escándalo, de un bolsillo de Sonia cayó el billete. Katerina Ivánovna se lanzó hacia ella, fuera de sí, jurando que Sonia era incapaz de robar. Raskólnikov observaba la escena con los dientes apretados; comprendía la maniobra, pero aún faltaba una prueba.

Entonces habló Andréi Semiónovich Lebeziátnikov, el joven vecino de Luzhin. Había visto lo sucedido.

—Yo mismo lo vi poner el billete en el bolsillo de Sofía Semiónovna. Creí que era una obra de caridad secreta. Ahora comprendo que fue una infamia.

La habitación estalló. Luzhin intentó sostener su mentira, acusó a todos de confabulación, pero su máscara se quebró. Raskólnikov explicó con amargura el motivo: Luzhin quería desacreditar a Sonia para herirle a él y separar definitivamente a Dunia de su hermano.

Sonia, temblorosa, no triunfó; solo lloró. Katerina Ivánovna la abrazaba, insultando a Luzhin y tosiendo con violencia. El prometido de Dunia salió humillado, y con él se hundió su última apariencia de respetabilidad.

Pero en el aire no quedó alivio. Svidrigáilov estaba en Petersburgo. Luzhin había sido desenmascarado. Y Raskólnikov, cercado por nuevas miradas y viejas culpas, sintió que el camino hacia Sonia se estrechaba hasta no dejarle escapatoria.

Raskólnikov salió de la casa donde acababan de humillar a Sonia y donde Luzhin había quedado al descubierto. Todo le parecía ya decidido, aunque no sabía aún con qué nombre llamar a aquella decisión. Caminó hacia la habitación de Sonia con una mezcla de prisa y terror, como si fuese a presentarse ante un juez más severo que Porfirio.

Sonia le recibió pálida, todavía estremecida por la acusación falsa y por la miseria de Katerina Ivánovna, que se desmoronaba entre gritos, tos y orgullo. Raskólnikov la miró largo rato. Ella comprendió que traía algo terrible.

—Sonia —dijo él—, ¿te acuerdas de lo que te prometí? Te dije que si volvía, te diría quién mató a Lisaveta.

Sonia se quedó inmóvil.

—Lo sé —susurró—. Dígamelo.

Él se acercó, bajó la voz, y pronunció las palabras con esfuerzo, como si cada una le arrancase algo vivo.

—No fue otro. Fui yo. Yo maté a la vieja usurera... y también a Lisaveta.

Sonia lanzó un grito ahogado, retrocedió y se cubrió el rostro. Durante un instante le miró con horror, pero aquel horror se quebró enseguida en compasión. Se acercó a él, le tomó las manos y cayó de rodillas.

—¡Qué ha hecho usted consigo mismo! —exclamó—. ¡No hay ahora nadie más desgraciado que usted en el mundo!

Raskólnikov se apartó con irritación amarga.

—¿Desgraciado? ¿Por qué? ¿Por haber matado a un piojo inútil, a una vieja malvada?

Pero su voz no sonaba victoriosa. Sonia lloraba sin reprocharle. Entonces él empezó a hablar, entrecortado, febril. No lo había hecho por hambre, dijo, ni para ayudar a su madre, ni para salvar a Dunia. Había robado poco y ni siquiera había usado el dinero. Quería saber si era un hombre extraordinario, si tenía derecho a saltar por encima de la ley común, como aquellos que derraman sangre y luego son llamados grandes. Quería probar si era Napoleón, o simplemente una criatura temblorosa.

—No maté a la vieja —murmuró al fin—. Me maté a mí mismo. Sonia le escuchaba con espanto. Para ella no había teoría que pudiera cubrir aquella sangre. Pero no le dejó solo.

—Levántese —dijo—. Vaya ahora mismo, en este instante. Póngase en una encrucijada, inclínese, bese la tierra que ha manchado y diga en voz alta: “Yo he matado”. Después entréguese. Acepte el sufrimiento. Solo así podrá empezar de nuevo.

Raskólnikov se estremeció. Aquellas palabras le parecieron imposibles y, sin embargo, tenían una fuerza que no poseía ninguno de sus razonamientos. Sonia buscó una pequeña cruz de ciprés, la de Lisaveta, y quiso dársela.

—La llevaré cuando vaya —dijo él.

—Yo iré con usted —respondió Sonia.

Él la miró entonces como si viese, en aquella muchacha hundida por la necesidad, la única mano tendida sobre el abismo. Pero aún no cedió. El orgullo, el miedo y una extraña obstinación le retenían. Se marchó sin entregarse, aunque ya había pronunciado la verdad ante Sonia, y desde aquel momento su secreto dejó de pertenecerle solo.

Raskólnikov salió de casa de Sonia con el alma descubierta y, sin embargo, todavía rebelde. Había oído su súplica: aceptar el sufrimiento, ir al cruce de caminos, besar la tierra y confesar. Pero en él seguía vivo el orgullo que se negaba a caer de rodillas ante los hombres.

Poco después, Porfirio Petrovich se presentó en su cuarto sin aparato oficial, casi como un visitante cualquiera. Su tono era tranquilo; su mirada, en cambio, no dejaba escapatoria.

—He venido a hablarle claramente, Rodión Románovich —dijo—. Ya no estamos jugando.

Raskólnikov intentó sostener la ironía, pero estaba agotado. Porfirio le explicó que Mikolka, el pintor, se había acusado, y que aquella confesión parecía conveniente. Sin embargo, él no la creía. Conocía los movimientos de Raskólnikov, sus delirios, sus palabras, sus retornos al lugar del crimen; conocía también aquella teoría del hombre extraordinario que se permite pasar por encima de la sangre.

—Usted mató —dijo al fin, sin levantar la voz—. Lo sé.

No presentó una orden de arresto. No llamó a nadie. Precisamente por eso el cerco fue más terrible. Porfirio le habló como a un condenado que aún podía escoger la forma de su caída.

—Entréguese. Le conviene. El sufrimiento es una gran cosa, Rodión Románovich. Acepte la vida; todavía es joven. Si viene por su propio pie, se tendrá en cuenta. Yo esperaré uno o dos días.

Raskólnikov preguntó, con los labios secos, por qué no lo detenía.

—Porque quiero que venga usted mismo —respondió Porfirio—. Y porque usted ya no podrá vivir así.

Cuando se marchó, la habitación pareció más estrecha que nunca. Pero aún quedaba otra sombra: Svidrigáilov. Había escuchado la confesión de Raskólnikov a Sonia y guardaba aquel secreto como un arma. Citó a Dunia en su alojamiento con el pretexto de revelarle algo sobre su hermano. Allí, con puertas cerradas, le habló del crimen. Dunia comprendió que decía la verdad y, al comprenderlo, vio también la trampa.

Svidrigáilov le ofreció salvar a Raskólnikov si ella se quedaba con él. Dunia retrocedió, pálida, pero firme. Él le mostró la llave, le dijo que nadie acudiría. Entonces ella sacó un revólver, el arma de Marfa Petrovna, y disparó. La bala rozó a Svidrigáilov. Disparó otra vez y falló. Cuando quiso disparar de nuevo, el arma no respondió.

—¿No me quieres? —preguntó él.

—Nunca —contestó Dunia.

Aquella palabra fue definitiva. Svidrigáilov le devolvió la llave y la dejó marchar. Ya solo, entendió que no le quedaba deseo que le sostuviera, ni crimen que le abriera camino, ni redención que pudiera aceptar. Pasó la noche entre gestos extraños: dio dinero a Sonia, arregló asuntos de niños huérfanos, caminó bajo la lluvia, como si distribuyera los últimos restos de sí mismo.

Al amanecer, junto a un guardia, sacó una pistola.

—Me voy a América —dijo con una sonrisa vacía.

Y se pegó un tiro.

La noticia corrió pronto. Para Raskólnikov, la muerte de Svidrigáilov cerró otra salida. El hombre que conocía su secreto y podía usarlo había desaparecido; pero con él desaparecía también la fantasía de huir por una grieta oscura. Porfirio esperaba. Sonia esperaba. Dunia estaba a salvo, y él quedaba solo ante aquello que había hecho. Raskólnikov salió de casa de Dunia como quien abandona el último lugar donde aún podía fingir. Ella ya lo sabía casi todo; él no negó. La hermana, pálida, le suplicó que no se perdiera más en aquel orgullo que le estaba devorando. Él respondió con dureza, pero la dureza se le quebraba en la voz. Después fue a ver a su madre. Pulqueria Aleksándrovna, enferma de presentimientos, le habló con ternura, sin comprender del todo, o comprendiendo demasiado tarde. Raskólnikov se arrodilló ante ella y besó sus manos. Le pidió que rezara por él, que creyera siempre que su hijo la amaba. La madre se asustó, quiso retenerlo, pero él se marchó antes de que la palabra definitiva pudiera pronunciarse. Sonia le esperaba. No le exigió nada. Solo le puso al cuello una pequeña cruz de ciprés, la que había sido de Lisaveta. Raskólnikov aceptó al principio con un gesto casi irritado; luego la tomó. Sonia le siguió de lejos, como una sombra humilde y firme.

En el camino hacia la comisaría, Raskólnikov recordó las palabras de Sonia: ir a la plaza, besar la tierra que había manchado, decir en voz alta: “He matado”. Llegó a la plaza del Mercado del Heno. Una multitud pasaba sin mirarlo. Entonces, de pronto, cayó de rodillas y besó la tierra. Algunos se rieron, otros lo tomaron por borracho. Él se levantó sin haber pronunciado aún la confesión. En la comisaría encontró a los funcionarios hablando de la muerte de Svidrigáilov. Aquella noticia lo sacudió: el hombre que conocía su secreto ya no existía. Por un instante, Raskólnikov salió de nuevo, tentado por el silencio. Pero al pie de la escalera vio a Sonia. Estaba allí, inmóvil, con el rostro deshecho. Él volvió arriba.

Ante Iliá Petróvich, con voz baja y clara, dijo:

—Fui yo quien mató a la vieja prestamista y a su hermana Lisaveta con un hacha, y robó sus cosas.

Después llegó el juicio. Su confesión voluntaria, su estado de enfermedad, y el hecho de no haber usado lo robado atenuaron la condena. Fue enviado a Siberia, a trabajos forzados. Sonia le siguió.

En el presidio, Raskólnikov permaneció cerrado, orgulloso, apartado de los demás. No se arrepentía como ellos esperaban; sufría más por haber fracasado que por haber matado. Los presos lo detestaban. Sonia, en cambio, acudía a verlo cuando podía. Todos la querían por su mansedumbre silenciosa.

Un día, tras una enfermedad, Raskólnikov la vio junto al río. Sonia le tendió la mano. Él cayó a sus pies y lloró. Ella comprendió. No era todavía la expiación completa, sino el comienzo. Bajo la almohada guardaba el Evangelio que ella le había llevado. Aún no lo había abierto. Pero una vida nueva se anunciaba, lejana y difícil, al otro lado del castigo.

Y en Siberia, junto a Sonia, empezó para él otra historia, aún dolorosa y apenas nacida.

Guion y voz generados con inteligencia artificial.

Publicidad

Más historias para dormir