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Historia para dormir · Clásicos de la literatura

Don Quijote de la Mancha: los gigantes, los caminos y el último regreso

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Alonso Quijano enloquece leyendo libros de caballerías y sale como don Quijote a restaurar una justicia imaginada, acompañado por Sancho Panza. Entre aventuras, derrotas y burlas, su empeño lo conduce de regreso a casa, donde recupera el juicio y afronta su muerte.

La historia en texto

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiso acordarse el narrador, vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Frisaba su edad con los cincuenta años; era seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Un ama que pasaba de los cuarenta, una sobrina que no llegaba a los veinte y un mozo de campo y plaza componían su casa.

Se llamaba Alonso Quijano. En sus muchas horas ociosas se entregó con tanta afición a los libros de caballerías que olvidó casi por completo la caza y aun la administración de su hacienda. Vendió fanegas de tierra para comprar nuevos volúmenes y llenó su casa de gigantes, princesas cautivas, sabios encantadores y caballeros invencibles.

Las razones enrevesadas de aquellos libros le parecían admirables. Discutía con el cura y con maese Nicolás, el barbero, sobre cuál había sido el mejor caballero del mundo. Pero pronto ya no se limitó a leer durante el día: pasaba las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio. Del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. Entonces tomó por verdaderas todas aquellas invenciones. Y le pareció conveniente y necesario, tanto para acrecentar su honra como para servir a la república, hacerse caballero andante. Saldría por el mundo con sus armas y su caballo, buscaría aventuras, castigaría injusticias y se pondría en peligros que le diesen fama eterna.

Lo primero fue limpiar unas armas que habían pertenecido a sus bisabuelos y que llevaban siglos arrinconadas y cubiertas de orín. Al examinar la celada, vio que le faltaba la visera. Fabricó una con cartones y la sujetó al morrión. Quiso probar su resistencia, sacó la espada y dio dos golpes: al primero deshizo lo que tanto trabajo le había costado. La reconstruyó con unas barras de hierro por dentro y, satisfecho, decidió no someterla a una segunda prueba.

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Después contempló a su rocín. Aunque el pobre animal tenía más achaques que fuerzas, juzgó que ni el Bucéfalo de Alejandro ni el Babieca del Cid podían comparársele. Cuatro días tardó en encontrar un nombre alto y sonoro.

—Rocinante —declaró al fin—. Nombre propio del primero de todos los rocines.

Faltaba bautizarse a sí mismo. Tras ocho días de cavilaciones, adoptó el nombre de don Quijote. Y, recordando que los caballeros proclamaban también su patria, añadió: don Quijote de la Mancha. Así quedaban honrados a la vez el caballero y su tierra.

Pero ningún caballero andante podía vivir sin una dama a quien encomendarse. Alonso Quijano había estado enamorado tiempo atrás de una labradora de un lugar cercano, llamada Aldonza Lorenzo, aunque ella jamás lo supo. En su imaginación la convirtió en princesa y señora de sus pensamientos, y le dio el nombre de Dulcinea del Toboso.

—Ella recibirá la gloria de mis victorias —se dijo—, y ante ella se rendirán los vencidos por mi brazo.

Concluidos aquellos preparativos, temió que cualquier demora perjudicase al mundo, tan necesitado, a su juicio, de su espada. Una mañana de julio, antes de amanecer y sin comunicar a nadie su propósito, se puso las viejas armas, ajustó la defectuosa celada, embrazó la adarga, tomó la lanza y montó sobre Rocinante.

Salió por la puerta falsa de un corral, lleno de alegría al ver con cuánta facilidad daba principio a su empresa. No llevaba dinero ni camisas limpias; tampoco sabía que aún no había sido armado caballero conforme a las leyes de sus libros. Pero nada de eso detuvo su entusiasmo.

Bajo el sol de la Mancha avanzó solo por el campo, aguardando la primera aventura y dispuesto a desfacer agravios, socorrer menesterosos y conquistar para Dulcinea una fama que todavía no existía fuera de su trastornada imaginación. Avanzó don Quijote durante todo aquel día, abrasado por el sol y sostenido por la esperanza de hallar una aventura digna de su nuevo nombre. Al caer la tarde divisó una venta junto al camino. Pero su imaginación corrigió cuanto veían sus ojos: la pobre casa le pareció castillo; el ventero, castellano; y dos mozas que estaban a la puerta, nobles doncellas.

—No huyan vuestras mercedes —les dijo, alzando la visera de cartón—, que la orden de caballería que profeso no permite agraviar a nadie.

Las mujeres, al oír aquel lenguaje y contemplar su extraña figura, no pudieron contener la risa. Don Quijote tomó sus carcajadas por señal de modestia y entró solemnemente en la venta. Allí le sirvieron bacalao y un pan tan negro como sus armas. Como no podía quitarse la celada, las mozas tuvieron que darle de comer por la abertura, mientras el ventero le acercaba el vino con una caña. Solo una preocupación turbaba al hidalgo: aún no había sido armado caballero. Llevó aparte al ventero, se arrodilló ante él y declaró:

—No me levantaré jamás de donde estoy, valeroso castellano, hasta que me otorguéis un don: mañana habéis de armarme caballero.

El ventero comprendió que su huésped estaba loco y decidió seguirle la corriente. Le aseguró que él también había recorrido el mundo en busca de aventuras y le mandó velar las armas en el patio, junto a un pozo.

Don Quijote depositó allí la lanza y la adarga y comenzó su guardia con gravedad. Pero un arriero quiso apartar las armas para dar agua a sus mulas. El caballero le advirtió que no las tocara. Como el hombre no hizo caso, don Quijote le descargó un golpe en la cabeza. Poco después, otro arriero intentó lo mismo y recibió igual castigo. Se produjo entonces tal alboroto que varios huéspedes comenzaron a apedrear al vigilante, mientras él los desafiaba como a traidores sitiadores del castillo.

Para evitar mayores daños, el ventero apresuró la ceremonia. Leyó fingidamente en un libro de cuentas, dio a don Quijote un golpe en el cuello y otro en la espalda, y ordenó a una de las mozas que le ciñera la espada. La otra le calzó la espuela. Así quedó investido caballero, entre risas que él juzgó admiración cortesana.

Partió al amanecer y pronto oyó gritos en un bosque. Encontró a un labrador azotando a un muchacho llamado Andrés, a quien acusaba de descuidar el rebaño. Don Quijote obligó al amo a soltarlo y a prometer que le pagaría los salarios atrasados.

—Mirad que lo cumpláis —advirtió—, o volveré para castigar vuestra villanía.

Satisfecho, se alejó. Pero apenas desapareció, el labrador ató de nuevo a Andrés y lo azotó con mayor crueldad, burlándose del caballero que había pretendido salvarlo.

Más adelante, don Quijote encontró a unos mercaderes de Toledo y les exigió que confesaran que Dulcinea del Toboso era la dama más hermosa del mundo. Ellos pidieron ver algún retrato antes de afirmarlo. Don Quijote, indignado, cargó contra ellos; pero Rocinante tropezó y cayó. El hidalgo quedó tendido, incapaz de levantarse por el peso de las armas. Un mozo de mulas tomó su lanza, la hizo pedazos y lo apaleó sin piedad. Así permaneció en el camino hasta que un labrador de su misma aldea, Pedro Alonso, lo reconoció y lo acomodó sobre su asno. Don Quijote respondía con versos y nombres de caballeros a cuantas preguntas le hacían. Al anochecer entraron en la aldea, procurando no ser vistos. En su casa lo aguardaban, llenos de inquietud, el ama, la sobrina, el cura y el barbero. Su primera salida terminaba maltrecha; pero su fe en la caballería no había sufrido quebranto alguno.

Mientras don Quijote se reponía en su casa de los golpes recibidos, el cura y el barbero examinaron su biblioteca y condenaron al fuego muchos de aquellos libros de caballerías que juzgaban causa de su locura. Después tapiaron la habitación y le dijeron que un encantador se la había llevado. Don Quijote aceptó la explicación sin dudar: algún sabio enemigo, temeroso de sus futuras hazañas, había hecho desaparecer aposento y libros.

Pero ni los golpes ni aquella pérdida apagaron su deseo de aventuras. Durante varios días habló en secreto con un labrador vecino suyo, hombre de bien, aunque pobre y de poca sal en la mollera. Se llamaba Sancho Panza. Don Quijote le prometió tantas mercedes, y sobre todo el gobierno de alguna ínsula que ganaría por la fuerza de su brazo, que Sancho acabó por creer posible verse gobernador.

—Mire vuestra merced —dijo Sancho— que no se olvide de la ínsula prometida, pues yo sabré gobernarla, por grande que sea.

—No temas, Sancho —respondió don Quijote—. A caballeros menos valerosos que yo les ha bastado una sola aventura para hacer reyes y gobernadores a sus escuderos.

Una noche salieron de la aldea sin despedirse. Don Quijote cabalgaba sobre Rocinante; Sancho iba en su asno, con alforjas y una bota de vino. El escudero preguntaba cuándo llegaría la ínsula, mientras su amo le explicaba los usos de la caballería andante y le aseguraba que la fortuna no tardaría en ofrecerles ocasión de alcanzar fama. Al amanecer llegaron al campo de Montiel. Allí descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento. Don Quijote se detuvo y señaló sus altas aspas.

—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear. ¿Ves allí, amigo Sancho, aquellos desaforados gigantes? Pienso entrar en batalla con ellos y quitarles la vida.

Sancho miró hacia donde señalaba.

—¿Qué gigantes?

—Aquellos de los brazos largos.

—Mire vuestra merced que no son gigantes, sino molinos de viento; y lo que parecen brazos son las aspas, que mueve el viento.

—Bien parece que no estás cursado en esto de las aventuras —replicó don Quijote—. Son gigantes. Y si tienes miedo, apártate y ponte en oración.

Sin escuchar nuevas razones, encomendó su empresa a Dulcinea del Toboso, bajó la lanza y espoleó a Rocinante.

—¡No huyáis, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es quien os acomete!

En aquel momento se levantó viento. Las aspas comenzaron a girar. Don Quijote arremetió contra una de ellas y le clavó la lanza; pero el aspa la hizo pedazos y levantó por los aires a caballo y caballero, que rodaron maltrechos por el campo.

Sancho acudió sobre su asno.

—¿No le dije yo que eran molinos de viento?

Don Quijote, dolorido, sostuvo que aquello era obra del sabio Frestón, el mismo encantador que le había robado los libros.

—Él ha convertido estos gigantes en molinos para quitarme la gloria de vencerlos. Mas sus malas artes poco podrán contra la bondad de mi espada.

Sancho lo ayudó a levantarse. La lanza estaba destruida, Rocinante apenas se movía y don Quijote llevaba un hombro lastimado; aun así, se negó a quejarse, pues, según decía, no era lícito a los caballeros andantes lamentarse de sus heridas.

Reanudaron el camino hacia Puerto Lápice. Sancho comía de sus alforjas y bebía de la bota; don Quijote avanzaba en silencio, pensando dónde conseguir otra lanza y aguardando una nueva ocasión de probar que los encantadores podían derribarlo, pero no apartarlo de su empresa. Malparado aún por el encuentro con los molinos, don Quijote prosiguió su camino junto a Sancho. Poco después alcanzaron a unos frailes de San Benito y, detrás de ellos, un coche en el que viajaba una señora vizcaína. El hidalgo creyó que aquellos religiosos eran encantadores que llevaban cautiva a una princesa. Arremetió contra uno, que cayó de su mula, mientras el otro escapaba. Sancho, convencido de que el vencido era legítimo despojo de guerra, comenzó a quitarle los hábitos; pero los criados de los frailes lo derribaron a golpes.

Entretanto, don Quijote se plantó ante el coche y ordenó a la dama que volviese al Toboso para presentarse ante Dulcinea y contarle aquella hazaña. Un escudero vizcaíno salió en defensa de la comitiva.

—¡Anda, caballero que mal andes! —le gritó—. Si no dejas pasar el coche, pronto verás que mientes.

Ambos se acometieron con las espadas en alto. El vizcaíno, protegido por un cojín a modo de escudo, descargó un golpe que hirió a don Quijote en una oreja. Enfurecido, el manchego se alzó sobre los estribos y respondió con tal fuerza que derribó a su adversario. Solo le perdonó la vida cuando las damas prometieron que el vencido se presentaría ante Dulcinea. Más adelante, desde una loma, vieron levantarse dos grandes nubes de polvo. Don Quijote anunció que eran ejércitos formados por incontables caballeros y comenzó a nombrar reyes, gigantes, provincias y estandartes que únicamente existían en su imaginación.

—Señor —dijo Sancho—, yo no oigo clarines ni veo soldados; solo escucho balidos.

—El miedo te confunde los sentidos —replicó don Quijote.

Y se lanzó contra uno de los rebaños. Acometió a las ovejas como si atravesara escuadrones enemigos, hasta que los pastores respondieron con sus hondas. Las piedras le golpearon el cuerpo y el rostro; una de ellas le rompió varias muelas y lo hizo caer de Rocinante. Cuando los rebaños se alejaron, Sancho examinó la boca de su amo y lamentó la pérdida de los dientes.

—Todo ha sido obra de encantadores —aseguró don Quijote—, que han convertido los ejércitos en ovejas para quitarme la gloria.

Sancho protestaba, pero no se marchaba. La ínsula prometida continuaba obrando en su ánimo con más fuerza que los golpes y los disparates.

Otra noche apareció por el camino una procesión de disciplinantes que acompañaba una imagen de la Virgen y pedía lluvia al cielo. Las hachas encendidas, las túnicas blancas y el paso solemne bastaron para que don Quijote imaginase una nueva afrenta: creyó que llevaban raptada a una noble señora.

—Ahora conoceréis el poder de mi brazo —declaró, cerrándoles el paso.

Uno de los eclesiásticos intentó explicarle la verdad. Don Quijote no quiso escuchar y cargó contra la procesión. Un disciplinante le asestó con su horquilla un golpe tan recio que lo dejó tendido e inmóvil. Sancho corrió hacia él y, creyéndolo muerto, comenzó a llorar y a llamarlo flor de la caballería andante. Pero el hidalgo volvió en sí, dolorido aunque intacto en su propósito.

Los caminantes siguieron su marcha. Sancho ayudó a su amo a levantarse y ambos buscaron un lugar donde pasar la noche. El escudero dudaba ya de cuanto don Quijote veía; sin embargo, entre la lealtad, la costumbre y la esperanza del gobierno prometido, continuó a su lado. Así avanzaban: uno transformando el mundo para acomodarlo a los libros de caballerías, y el otro recibiendo, junto con él, las consecuencias de cada engaño.

Maltratados por sus últimas aventuras, don Quijote y Sancho llegaron a una venta que el caballero tomó, como siempre, por castillo. Allí fueron acogidos por el ventero, su mujer, una hija y Maritornes, criada asturiana que, compadecida de sus golpes, ayudó a curarlos.

Pero aquella noche Maritornes había prometido visitar a un arriero que dormía en el mismo aposento. Don Quijote, tendido en su camastro, oyó acercarse a la criada y creyó que la hija del señor del castillo acudía, vencida por su amor. La tomó de la muñeca y comenzó a hablarle de su hermosura y de la fidelidad que debía a Dulcinea.

El arriero, irritado por la tardanza, descargó sobre él tan formidable golpe que lo derribó. El lecho se hundió con estrépito; el ventero entró; Maritornes huyó y cayó sobre Sancho; y, en la oscuridad, todos golpearon a quien tenían más cerca. Hasta un cuadrillero de la Santa Hermandad acudió al ruido y, al ver inmóvil al caballero, creyó que estaba muerto. Don Quijote, al recobrar el habla, explicó a Sancho que un gigante encantado lo había castigado por resistirse a una princesa. Después pidió aceite, vino, sal y romero. Coció los ingredientes, rezó sobre la mezcla y bebió el bálsamo de Fierabrás, remedio que, según los libros de caballerías, podía sanar a un caballero partido por la mitad.

El brebaje le causó vómitos y sudores terribles. Luego durmió y despertó sintiéndose aliviado. Sancho, esperanzado, quiso probarlo; pero a él le produjo tan crueles retortijones que maldijo bálsamo, aventuras y caballería.

A la mañana siguiente, don Quijote salió sin pagar, pues jamás había leído que los caballeros andantes pagasen alojamiento en castillos. Sancho intentó seguirlo, pero los huéspedes de la venta lo cercaron. Lo pusieron sobre una manta y lo lanzaron repetidas veces por los aires, mientras él gritaba a su amo.

Don Quijote, desde fuera, arremetió contra las tapias y amenazó a los malandrines, aunque no logró franquear la puerta. Al fin soltaron a Sancho, molido y humillado. El escudero salió de la venta con el rostro sombrío y comenzó a comprender que las ínsulas prometidas podían costarle más golpes de los que había imaginado.

Tiempo después, nuevas circunstancias llevaron a ambos de regreso a aquella venta. Allí coincidieron con el cura y el barbero de su aldea, que trataban de conducir a don Quijote a casa. Mientras todos dormían, el caballero soñó que combatía con un gigante enemigo de la princesa Micomicona. Desenvainó la espada y empezó a acuchillar unos grandes cueros de vino tinto.

—¡Aquí corre la sangre del gigante! —gritaba.

El vino inundó el aposento. El ventero, al descubrir destrozados sus odres, se abalanzó sobre don Quijote, que seguía dormido y daba mandobles vestido apenas con una camisa. Sancho buscaba por el suelo la cabeza cortada del gigante, convencido de que aquella victoria aseguraba su condado.

Cuando despertaron al caballero, este sostuvo que algún encantador había transformado al gigante vencido en cueros de vino para quitarle la gloria. El ventero reclamó el precio de sus pérdidas; Sancho recibió nuevas burlas, y el cura y el barbero vieron confirmada la necesidad de sacar cuanto antes a su amigo de aquel mundo de fantasías que convertía cada venta en castillo y cada daño verdadero en obra de encantamiento. Antes de que el cura y el barbero urdieran en la venta el modo de devolverlo a su aldea, don Quijote había cometido una de sus empresas más temerarias. Por el camino encontró a doce hombres encadenados por el cuello y conducidos por guardias armados. Eran condenados a remar en las galeras del rey.

Don Quijote quiso saber la causa de aquella desgracia. Uno había robado ropa; otro confesó bajo tormento; otro iba preso por alcahuete y hechicero. Entre todos destacaba Ginés de Pasamonte, ladrón célebre y hombre tan arrogante que afirmaba estar escribiendo la historia de su propia vida, superior, según él, al Lazarillo de Tormes.

—Estos hombres van por fuerza y no por voluntad —declaró don Quijote—. Me parece duro hacer esclavos a quienes Dios y naturaleza hicieron libres.

El comisario le advirtió que la justicia los había condenado y que no correspondía a un caballero deshacer las sentencias reales. Sancho, temiendo el desenlace, tiró discretamente de las riendas de Rocinante.

—Señor, mire vuestra merced que esa es justicia del rey.

Pero don Quijote exigió que soltaran a los presos. Los guardias se burlaron de él, y el caballero cargó lanza en mano. En la confusión, los galeotes rompieron sus cadenas, atacaron a sus guardianes y huyeron con sus armas y ropas. Don Quijote llamó entonces a los liberados y les ordenó presentarse ante Dulcinea del Toboso para contarle la hazaña de su caballero. Ginés respondió que viajar juntos sería entregarse de nuevo a la justicia. El hidalgo insistió con amenazas. Los galeotes contestaron con una lluvia de piedras. Derribaron a don Quijote, golpearon a Sancho, despojaron a ambos de algunas prendas y escaparon por distintos caminos.

—Siempre, señor —se lamentó Sancho—, acaba pagando quien se entremete donde no le llaman.

Temiendo a la Santa Hermandad, se refugiaron en Sierra Morena. Allí hallaron una maleta abandonada con camisas, monedas de oro y un cuaderno de versos amorosos. Poco después conocieron a Cardenio, joven noble enloquecido por la traición de su amigo don Fernando, quien le había arrebatado a Luscinda. Su relato quedó interrumpido cuando don Quijote defendió inoportunamente a la reina Madásima, personaje de los libros de caballerías. Cardenio, furioso, lo derribó a golpes y desapareció entre los riscos.

Aquellas desventuras no hicieron desistir al hidalgo. Recordando las penitencias de Amadís de Gaula, decidió imitarlo para probar su amor por Dulcinea. Eligió un paraje áspero, se quitó parte de la armadura y anunció que permanecería allí, entregado a lamentos y extravagancias, hasta recibir respuesta de su señora.

Escribió una carta para Dulcinea y encargó a Sancho que la llevase al Toboso. Como Rocinante había de quedarse con su amo, el escudero partió montado en su asno. Don Quijote aún quiso demostrarle la seriedad de su penitencia con una cabriola tan indecorosa que Sancho prefirió alejarse sin esperar más.

El escudero tomó el camino de la aldea, aunque ignoraba que la carta había quedado escrita en el cuaderno que permanecía con don Quijote. Cerca de la venta encontró al cura y al barbero, que le preguntaron por su amo. Sancho reveló dónde estaba y cuál era su encargo. Entonces ambos comprendieron que había llegado la ocasión de buscar al caballero en Sierra Morena y sacarlo de allí mediante algún engaño piadoso. Mientras ellos preparaban el ardid, don Quijote seguía entre las peñas, invocando a Dulcinea y convirtiendo su extravío en la más solemne de sus hazañas.

Sancho contó al cura y al barbero cuanto había sucedido en Sierra Morena, y ambos resolvieron sacar de allí a don Quijote mediante un engaño acomodado a su locura. En la venta encontraron a una joven llamada Dorotea, que buscaba reparar el agravio cometido por don Fernando. Enterada del propósito, aceptó representar a una princesa desdichada.

Se presentó ante don Quijote con gran compostura y, arrodillándose, le pidió auxilio contra un gigante que le había usurpado su reino. El caballero la levantó y prometió no emprender otra aventura hasta restituirla en su trono. Sancho, que esperaba recibir alguna ínsula cuando su amo conquistase aquel reino, celebró la decisión.

Dorotea dijo llamarse princesa Micomicona, y la comitiva salió de la sierra. Durante el camino, ella sostuvo su invención con prudencia, mientras el cura y el barbero procuraban impedir que las preguntas de don Quijote descubriesen alguna contradicción. Todos regresaron a la misma venta donde antes habían padecido tantas desventuras. Don Quijote insistió en que era un castillo. Allí se reunieron historias y reconocimientos: apareció don Fernando, acompañado de Luscinda; tras dolorosos reproches, Dorotea recobró al hombre que le había dado palabra de esposo, y Cardenio quedó unido a Luscinda. Aquellos conflictos hallaron arreglo, pero la fantasía del caballero permaneció intacta.

Durante la noche, don Quijote soñó que combatía con el gigante enemigo de Micomicona. Desenvainó la espada y arremetió contra unos cueros de vino, abriéndolos de parte a parte. El ventero acudió furioso al ver el suelo anegado, mientras Sancho buscaba entre el vino la cabeza del gigante.

—¡Yo vi correr su sangre! —protestaba el escudero.

Cuando Dorotea quedó reconciliada con don Fernando, la empresa de Micomicona ya no podía continuar. El cura y el barbero decidieron entonces llevar a su amigo a casa por medios más severos. Fabricaron una jaula de madera sobre un carro y, con ayuda de varios hombres disfrazados, entraron donde dormía don Quijote. Lo ataron sin darle ocasión de defenderse y lo encerraron tras los barrotes.

Al despertar, el caballero no dudó de la causa de su prisión.

—¡Oh, encantadores enemigos de mi gloria! Podéis aprisionar mi cuerpo, pero no mi voluntad.

Una voz fingida anunció que aquel encierro era necesario para que se cumpliesen altas profecías y para que, a su debido tiempo, quedase unido a la sin par Dulcinea. Don Quijote aceptó la explicación con grave paciencia. Sancho, menos crédulo, observó que los encantadores tenían rostros demasiado conocidos y aseguró que su amo necesitaba alimento y descanso, no profecías.

En el camino, un canónigo se acercó al carro y conversó con el cautivo. Intentó mostrarle que los libros de caballerías estaban llenos de disparates. Don Quijote respondió defendiendo con elocuencia a sus héroes, como si cuanto había leído fuese historia verdadera.

La comitiva llegó por fin a la aldea. El ama y la sobrina recibieron al hidalgo entre lágrimas y lamentos, y lo acostaron para que recobrase las fuerzas. Sancho volvió con su mujer, pero no renunció a las promesas de gobiernos y recompensas. Así terminó la primera salida emprendida junto a su escudero: don Quijote regresó vencido y enjaulado, aunque convencido de que ningún hombre lo había derrotado y de que solo la magia podía detener su destino caballeresco.

Durante casi un mes, don Quijote permaneció en su casa, atendido por su sobrina y su ama, mientras el cura y el barbero procuraban apartarlo de la caballería andante. Parecía sosegado; pero bajo aquella quietud seguían vivos los gigantes, los encantadores y la gloria que aún esperaba conquistar.

Un día llegó a visitarlo el bachiller Sansón Carrasco, joven socarrón y recién venido de Salamanca. Traía una noticia capaz de despertar hasta el último sueño de don Quijote.

—Vuestra merced anda ya en libros —le dijo—. Se ha impreso la historia de sus hazañas con el título de «El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha», y corre por muchas tierras.

Don Quijote quedó maravillado. Preguntó quién era el autor, qué aventuras contaba y si hablaba con justicia de su valor. Sancho, llamado a la conversación, quiso saber si figuraban también sus manteos, sus desgracias y la prometida ínsula.

—Todo está escrito —respondió Sansón—: hasta cosas dichas entre vosotros sin testigo alguno.

El caballero juzgó que algún sabio encantador habría revelado sus hechos. Sancho, en cambio, se inquietó al saber que los lectores comentaban su afición a los refranes y discutían si había recibido o no el asno que su amo le prometiera. Aquella fama confirmó a don Quijote en su propósito. Era preciso salir por tercera vez y dar nueva materia a la historia. Sansón Carrasco, aunque en secreto planeaba favorecer su regreso, alentó la empresa. Sancho aceptó acompañarlo después de negociar con su mujer, Teresa Panza, las esperanzas de gobierno y prosperidad.

Una noche, sin despedidas públicas, caballero y escudero abandonaron la aldea. Don Quijote montaba a Rocinante; Sancho iba sobre su rucio. Se dirigieron al Toboso, porque el caballero deseaba recibir la bendición de Dulcinea antes de emprender nuevas hazañas.

Pero Sancho nunca había visto a la supuesta princesa. En la anterior salida había fingido llevarle una carta y ahora temía que su mentira quedase descubierta. Llegados de noche al Toboso, ambos buscaron en vano un palacio. Don Quijote tomaba cada edificio por morada posible; Sancho trataba de sacarlo cuanto antes de aquel apuro.

—Señor —dijo finalmente—, mejor será aguardar fuera del lugar. Yo iré a buscar a Dulcinea y volveré con nuevas ciertas.

A la mañana siguiente, Sancho se alejó unos pasos y se sentó a deliberar consigo mismo. Si regresaba sin princesa, su amo lo culparía; si señalaba a cualquier mujer, quizá la fuerza de la imaginación hiciera el resto. Entonces vio acercarse a tres labradoras montadas en borricos.

Corrió hacia don Quijote y exclamó:

—¡Salga vuestra merced! Dulcinea viene acompañada de dos doncellas, resplandeciente como el mismo sol.

Don Quijote miró y solo vio tres aldeanas. Aun así se arrodilló ante una de ellas y le habló con solemne reverencia. La mujer, malhumorada y confusa, respondió con aspereza y pidió que la dejasen pasar. Al intentar mover su montura, cayó al suelo; se levantó de un salto, volvió a montar y se alejó con sus compañeras.

Don Quijote quedó abatido.

—Mira hasta dónde llega la malicia de mis enemigos, Sancho. Han transformado a Dulcinea en una rústica labradora y han borrado de ella todo rastro de hermosura.

Sancho sostuvo el engaño, aunque apenas podía contener la risa. Así nació el encantamiento de Dulcinea, que desde entonces pesaría sobre amo y escudero. Con la fama impresa a sus espaldas y una dama supuestamente hechizada por delante, ambos reanudaron el camino hacia nuevas pruebas.

Dejaron atrás el Toboso, pero no el encantamiento de Dulcinea. Don Quijote avanzaba convencido de que algún enemigo invisible había mudado a su señora en aldeana; Sancho, autor del engaño, procuraba no contradecirlo.

Una noche encontraron en el camino a otro caballero andante, cubierto de armas y acompañado por un escudero. Se hacía llamar el Caballero de los Espejos y afirmó que había vencido al propio don Quijote de la Mancha, obligándolo a confesar que su dama no igualaba en hermosura a Casildea de Vandalia.

—Eso es imposible —replicó don Quijote—. Yo soy don Quijote de la Mancha, y jamás he visto vuestro rostro.

El desconocido propuso resolver la disputa con las armas. El vencido quedaría sujeto a la voluntad del vencedor. Don Quijote aceptó, ignorando que bajo aquella celada se ocultaba el bachiller Sansón Carrasco, decidido a derrotarlo y mandarlo de regreso a casa.

Al amanecer comenzó el combate. El Caballero de los Espejos no logró poner en movimiento a su caballo con la presteza necesaria. Don Quijote arremetió contra él, lo derribó y, al descubrirle el rostro, creyó contemplar una nueva maravilla de los encantadores: tenía ante sí la cara de Sansón Carrasco. El bachiller, maltrecho y humillado, prometió cumplir las condiciones del vencedor y acudir ante Dulcinea. Pero mientras don Quijote prosiguió triunfante, Carrasco juró para sí volver a buscarlo y derrotarlo.

Poco después apareció un carro que transportaba dos leones destinados a la corte. Don Quijote ordenó al leonero que abriese las jaulas. Sancho y los demás se apartaron, aterrados.

—¿Contra leones quiere vuestra merced combatir? —clamó Sancho.

—Contra ellos, pues así sabrá el mundo si hay encantamientos que puedan estorbar mi valor.

El leonero abrió una puerta. El león macho se desperezó, asomó la cabeza, miró al caballero y, sin dignarse a salir, volvió el cuerpo y se echó dentro. Don Quijote exigió que lo provocasen, pero el hombre se negó. Consideró entonces cumplido el desafío y adoptó un nuevo nombre: el Caballero de los Leones.

Más adelante llegó a la cueva de Montesinos. Atado con una cuerda, descendió solo a sus profundidades. Sancho y su compañero esperaron hasta que llegó el momento de izarlo. Salió con los ojos cerrados y hubo que despertarlo.

Don Quijote aseguró que había permanecido allí tres días, aunque apenas había transcurrido una hora. Contó que encontró un palacio transparente, donde el anciano Montesinos le mostró al caballero Durandarte, tendido bajo un encantamiento, y a la dama Belerma con sus acompañantes. Dijo también haber visto a Dulcinea bajo la misma apariencia rústica del Toboso; incluso una de sus compañeras le había pedido dinero en su nombre.

Sancho escuchó atónito. Sabía cómo había nacido el supuesto encantamiento, y por eso aquel relato le parecía imposible. Sin embargo, su amo hablaba con absoluta certeza.

—O vuestra merced inventa lo que dice —murmuró—, o esta cueva está llena de los mayores disparates del mundo.

Don Quijote sostuvo que había contado la verdad. Pero ni Sancho pudo creerlo ni él consiguió demostrarlo. Tras vencer a un caballero disfrazado y desafiar a una fiera indiferente, descendía ahora de un prodigio dudoso. Su fama crecía, aunque el límite entre aventura, burla y encantamiento se volvía cada vez más incierto.

Poco después de la aventura de la cueva de Montesinos, don Quijote y Sancho encontraron en el camino a una duquesa que iba de caza. Los señores de aquellas tierras habían leído la historia impresa de sus anteriores aventuras y reconocieron enseguida al caballero y a su escudero. Decididos a divertirse a su costa, los recibieron como si fueran, en verdad, personajes de los antiguos libros de caballerías.

Don Quijote, al verse tratado con ceremonias, creyó confirmada su profesión. En el palacio, criados y damas se inclinaban ante él; lo llamaban Caballero de los Leones y escuchaban sus discursos con fingida admiración. Sancho, encantado con la abundancia de la mesa, hablaba sin medida, mientras la duquesa le preguntaba por Dulcinea y por el encantamiento que, según él mismo había inventado, la había convertido en una aldeana.

—¿Y cómo podrá recobrar su verdadera figura? —preguntó la duquesa.

Sancho no supo responder. Pero los duques ya preparaban la contestación. Una noche organizaron una procesión fantástica. Entre luces, música y figuras disfrazadas apareció un supuesto Merlín, quien anunció que Dulcinea solo quedaría desencantada si Sancho se daba tres mil trescientos azotes en sus propias carnes.

—¿Yo he de pagar por los encantamientos ajenos? —protestó Sancho—. ¡Que se azote el señor don Quijote, que es quien tiene interés en verla hermosa!

Don Quijote se indignó y le recordó sus deberes de escudero. Sancho, acosado por todos, aceptó al fin, pero con condiciones: los azotes serían cuando él quisiera, sin derramar sangre y sin que nadie llevara la cuenta demasiado de cerca. Así, una mentira nacida para salir de un apuro se convirtió, por obra de los burladores, en obligación solemne.

Los duques no se detuvieron ahí. Hicieron llegar al palacio a una dueña barbuda, la condesa Trifaldi, que se presentó acompañada de otras mujeres con barbas postizas. Entre lamentos, contó que un encantador las había castigado y que solo don Quijote podía remediar su desgracia montando a Clavileño, un caballo de madera capaz de volar por los aires.

Don Quijote aceptó sin vacilar. Sancho intentó excusarse, pero acabó subiendo detrás de su amo. Les vendaron los ojos y los criados movieron fuelles para hacerles creer que atravesaban las regiones del viento; después acercaron estopas encendidas para simular el fuego del cielo.

—Ya debemos de andar por la región del aire —dijo don Quijote.

—Pues si me descubro los ojos —respondió Sancho—, quizá vea las siete cabrillas.

—No lo hagas, que pondrías en peligro la aventura.

Entonces prendieron fuego a unos cohetes ocultos en el caballo. Clavileño estalló, y caballero y escudero cayeron al suelo. Al quitarse las vendas, hallaron una inscripción que declaraba terminada la empresa y desencantadas a las dueñas.

Sancho afirmó luego que, durante el vuelo, había levantado un poco la venda y visto la Tierra pequeña como un grano de mostaza, e incluso que había jugado con las cabrillas del cielo. Don Quijote, que dudaba de aquel relato, le habló aparte:

—Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que visteis en el cielo, creed vos lo que yo vi en la cueva de Montesinos.

—No digo más, señor —contestó Sancho.

Entre ambos quedó sellado aquel pacto de ficciones. Pero en el palacio la locura de don Quijote ya no nacía solo de los libros ni de su imaginación: los duques, con pleno conocimiento, construían prodigios falsos para contemplar cómo él los convertía en verdad. Y mientras preparaban nuevas burlas, ofrecieron a Sancho aquello que tantas veces le había prometido su amo: el gobierno de una ínsula.

Llegó Sancho a la fingida ínsula Barataria, que no era ínsula, sino una villa de los duques preparada para la burla. Sus habitantes lo recibieron con ceremonias, campanas y títulos; y él, vestido de gobernador, tomó asiento en el tribunal. Esperaban todos reírse de su ignorancia, pero pronto descubrieron que bajo sus refranes había buen juicio.

Presentáronse dos hombres: uno afirmaba haber prestado diez escudos al otro, y este juraba haberlos devuelto. Antes de prestar juramento, entregó al demandante una caña para que se la sostuviese; después juró que había puesto el dinero en sus manos. Sancho observó la caña, mandó partirla y halló dentro los diez escudos. Así quedó descubierta la trampa.

En otro pleito, una mujer acusó a un ganadero de haberla forzado y exigió justicia. Sancho ordenó al hombre entregarle una bolsa de dinero y luego procurar recuperarla. El acusado volvió diciendo que no había podido quitársela, por mucho que había luchado. Entonces Sancho comprendió el engaño.

—Si hubierais defendido vuestra honra con la mitad del empeño con que defendisteis esa bolsa, nadie os la habría arrebatado.

Y expulsó a la embustera. Las sentencias del nuevo gobernador causaron admiración. Pero los duques no pensaban permitirle gozar de su cargo. Un médico llamado Pedro Recio se colocó junto a su mesa y, apenas Sancho intentaba probar un plato, lo hacía retirar alegando que era perjudicial para su salud. Desaparecieron las frutas, los guisados y las perdices; al gobernador solo le consintieron comer unas obleas y un poco de membrillo.

—Gobierne vuestra merced esta ínsula —protestó Sancho—, pero déjeme a mí gobernar mi estómago.

Ni siquiera por la noche tuvo descanso. Lo levantaban para rondar las calles, resolver querellas y perseguir supuestos delincuentes. Aun así, procuró gobernar con rectitud y dictó ordenanzas sensatas sobre precios, limpieza y protección de los pobres.

Finalmente llegó la burla más pesada. En plena noche sonaron campanas y gritos: enemigos innumerables atacaban Barataria. Cubrieron a Sancho con dos grandes escudos, uno delante y otro detrás, tan apretados que apenas podía moverse. Cayó al suelo, y los fingidos defensores pasaron sobre él entre golpes, voces y estrépito. Al amanecer anunciaron que la ínsula estaba salvada gracias a su valor.

Sancho, molido y desengañado, pidió que le trajesen su rucio. Abrazó al animal, le puso la albarda y declaró:

—Abrid camino, señores míos, y dejadme volver a mi antigua libertad. Mejor me está una hoz en la mano que un cetro de gobernador. Desnudo nací, desnudo me hallo: ni pierdo ni gano.

Renunció sin llevarse provecho alguno y partió de Barataria. Por el camino cayó con su rucio en una profunda sima, de la que pudo ser rescatado. Cuando volvió junto a don Quijote, ambos se alegraron sinceramente. Sancho contó sus juicios, su hambre y su batalla; su amo escuchó maravillado que hubiese gobernado con tanta prudencia.

También don Quijote estaba cansado de las burlas del palacio. Los dos abandonaron por fin a los duques y reanudaron su marcha. En el camino supieron que se había publicado una falsa continuación de sus aventuras, escrita por otro autor, y don Quijote, indignado, decidió no ir a Zaragoza, como allí se contaba.

—Iremos a Barcelona —dijo—, y así quedará patente la mentira de ese historiador.

Y hacia Barcelona encaminaron sus pasos, sin saber que allí aguardaba a don Quijote el combate que habría de cambiar su destino. Don Quijote y Sancho llegaron por fin a Barcelona, donde fueron recibidos con curiosidad y festejo. Allí vio el caballero el mar por primera vez, ancho y vivo ante sus ojos, y visitó unas galeras. Pero la aventura que había de cerrar para siempre su vida andante lo aguardaba en la playa.

Una mañana apareció un caballero armado de punta en blanco, con una luna resplandeciente pintada en el escudo. Se nombró Caballero de la Blanca Luna y declaró que Dulcinea del Toboso no igualaba en hermosura a su dama. Don Quijote, encendido en defensa de Dulcinea, aceptó el desafío.

—Si sois vencido —dijo el desconocido—, habréis de retiraros a vuestra aldea y abandonar las armas durante un año.

—Acepto la condición —respondió don Quijote—, pero jamás confesaré que haya dama más hermosa que Dulcinea.

Se apartaron, volvieron grupas y arremetieron. Rocinante, flaco y cansado, no pudo resistir el choque. El Caballero de la Blanca Luna derribó a don Quijote y, con la lanza sobre su visera, le exigió que cumpliese lo pactado.

Tendido en la arena, dolorido pero firme, don Quijote contestó:

—Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra. Aprieta la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra.

El vencedor no quiso su muerte; se conformó con obligarlo a retirarse. Bajo aquella armadura estaba Sansón Carrasco, que había buscado vencerlo para llevarlo de vuelta a casa.

Don Quijote cumplió su palabra. Emprendió el regreso con Sancho, triste y desarmado de propósito. Por el camino pensó aún en hacerse pastor durante el año de retiro y vivir entre campos con nombres pastoriles. Sancho alentó el proyecto, procurando devolverle alguna esperanza. Pero cuando alcanzaron la aldea, don Quijote llegó rendido y cayó enfermo.

Durante seis días tuvo calentura. El cura, el barbero, Sansón Carrasco, el ama y su sobrina acudieron a verlo. Después de un largo sueño, despertó y pidió que los llamasen.

—Dadme albricias, buenos señores —dijo—, porque ya no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien sus costumbres dieron renombre de Bueno. Aborrezco las historias de caballerías y conozco ahora sus disparates.

Sus amigos, creyendo que hablaba por melancolía, trataron de animarlo con el proyecto pastoril. Pero Alonso Quijano pidió un confesor y un escribano. Quería disponer su alma y hacer testamento. Dejó sus bienes a su sobrina, con la condición de que no se casara con hombre aficionado a los libros de caballerías. A Sancho le perdonó cuentas pendientes y le legó lo que podía.

Sancho, llorando, se acercó al lecho.

—No se muera vuestra merced, señor mío. Vámonos al campo vestidos de pastores; quizá hallemos desencantada a la señora Dulcinea detrás de alguna mata.

—Perdóname, amigo —respondió Alonso Quijano—. Yo fui loco y ya soy cuerdo. Fui don Quijote de la Mancha y soy ahora Alonso Quijano el Bueno.

Hecho el testamento y recibidos los sacramentos, llegó su última hora. Murió sosegadamente, rodeado por los suyos. El cura pidió al escribano que certificase que Alonso Quijano había muerto de verdad, para que ningún autor lo sacara otra vez de su sepultura y lo llevara a nuevas aventuras.

Así terminó la vida del hidalgo que quiso restaurar la caballería andante: vencido primero en la playa de Barcelona y, al cabo, devuelto a su nombre verdadero antes de morir.

Y Alonso Quijano el Bueno murió cuerdo, dejando vencido para siempre a don Quijote.

Guion y voz generados con inteligencia artificial.

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