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Historia para dormir · Clásicos de la literatura

Medea: el juramento roto y la venganza de Corinto

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Abandonada por Jasón, que pretende casarse con Glauce, Medea afronta el destierro decretado por Creonte. Tras asegurarse refugio junto a Egeo, convierte su dolor en una venganza que destruye a la nueva esposa, al rey y, finalmente, a sus propios hijos.

La historia en texto

Ojalá la nave Argo no hubiera atravesado nunca las oscuras Simplégades rumbo a la Cólquide. Ojalá los pinos del monte Pelión no hubieran caído bajo el hierro para proporcionar remos a los héroes que buscaban el vellocino de oro. Porque entonces Medea no habría conocido a Jasón, ni habría traicionado por él a su padre y a su patria, ni viviría ahora, extranjera y abandonada, en la ciudad de Corinto.

Así se lamentaba la nodriza ante la casa cerrada. Dentro permanecía Medea, tendida sin alimento, consumida por el dolor. Jasón, por quien lo había sacrificado todo, había roto sus juramentos y decidido casarse con Glauce, la joven hija de Creonte, rey de Corinto.

—Mi señora no levanta la mirada —dijo la nodriza—. Llora por su padre, por su tierra y por cuanto dejó atrás. Ahora comprende qué terrible desdicha es carecer de patria cuando aquellos a quienes se ama se convierten en enemigos.

Del interior llegó la voz de Medea, desgarrada:

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—¡Ay de mí! ¡Ojalá pudiera morir!

La nodriza se estremeció. Conocía el carácter de aquella mujer. Medea no soportaba en silencio las ofensas y era temible para quien despertara su odio. No ignoraba que en su ánimo se estaba formando algo más peligroso que el llanto. Los dos hijos de Medea y Jasón regresaron acompañados por su preceptor. Venían de ejercitarse lejos de la casa y aún desconocían el alcance de la desgracia que había caído sobre ellos.

—¿Qué nuevas traes? —preguntó la nodriza al anciano.

El preceptor vaciló. Había oído un rumor junto a la fuente sagrada de Pirene, mientras algunos ciudadanos conversaban creyéndose solos.

—Dicen que Creonte pretende expulsar de Corinto a Medea… y también a los niños.

—¿Jasón consentirá que sus propios hijos sean desterrados?

—Los antiguos afectos ceden ante los nuevos. Ahora él pertenece a la casa real.

La nodriza miró a los pequeños y les ordenó entrar sin acercarse a su madre. Temía que la cólera de Medea, herida por la traición del esposo, pudiera volverse incluso contra aquello que más amaba.

Desde la estancia volvió a oírse un grito:

—¡Oh, hijos de una madre desdichada! ¡Perezcáis con vuestro padre y desaparezca toda la casa!

El preceptor quedó inmóvil. La nodriza condujo rápidamente a los niños al interior, pero lejos de Medea.

—Su corazón es violento —murmuró—. Esta cólera no terminará sin descargar sobre alguien.

En Corinto, la boda de Jasón con la princesa prometía honores y poder. Dentro de aquella casa, sin embargo, Medea contaba el precio de esa ambición: había ayudado a Jasón a conquistar el vellocino, había huido con él y había hecho imposible su propio regreso. Él le debía la vida, la victoria y el hogar. Ahora la reemplazaba por una esposa más joven y de sangre real.

Medea no salía todavía. Rechazaba el consuelo de sus allegados y entregaba su cuerpo al dolor, pero escuchaba cuanto ocurría a su alrededor. Cada noticia alimentaba su resentimiento; cada recuerdo confirmaba la enormidad del perjurio.

La nodriza alzó la vista hacia las puertas cerradas. Sabía que Medea no era una mujer que aceptara ser humillada. Y temió que aquella casa, ya quebrada por la traición de Jasón, estuviera a punto de convertirse en el origen de una ruina mucho mayor.

Las mujeres de Corinto permanecían ante la casa, inquietas por los lamentos que habían oído tras sus puertas. Compadecían a Medea, aunque ninguna ignoraba que su cólera podía ser tan violenta como su dolor. Entonces la puerta se abrió y ella apareció.

No salió descompuesta ni gritando. Había contenido el llanto y ordenado sus palabras. Sabía que, para llevar a cabo cualquier propósito, necesitaba primero vencer la desconfianza de aquellas mujeres.

—Mujeres de Corinto —dijo—, he salido para que no me censuréis. Con frecuencia los hombres juzgan soberbio a quien se aparta de los demás, sin conocer siquiera su corazón. Pero no es justo odiar a una persona antes de haberla comprendido.

Las miró como a iguales, aunque entre ellas y Medea se alzaba una diferencia imposible de olvidar: aquellas mujeres estaban en su patria; ella, no.

—Este golpe ha caído sobre mí cuando menos lo esperaba. Jasón, mi esposo, se ha convertido en el peor de los hombres. De cuantos seres tienen vida y entendimiento, las mujeres somos los más desdichados. Debemos entregar una dote para obtener marido y aceptar que un extraño sea dueño de nuestra persona. Y después queda la mayor incertidumbre: saber si ese esposo será bueno o cruel. Recordó ante ellas que una mujer casada no podía romper fácilmente su unión sin cargar con el desprecio. Debía aprender las costumbres de la casa a la que llegaba y adivinar cómo tratar al hombre con quien compartiría su vida. Si acertaba, se decía que era afortunada. Si no, la muerte podía parecer preferible.

—Dicen que nosotras vivimos seguras en casa mientras ellos combaten con la lanza. Se equivocan. Preferiría estar tres veces en la línea de batalla antes que dar a luz una sola.

El coro escuchó sin interrumpirla. En sus palabras no había solo amargura: había una acusación contra el orden que permitía a Jasón abandonar a quien había sacrificado por él patria, familia y nombre.

Pero Medea señaló también aquello que la hacía más vulnerable que las demás.

—Vosotras tenéis esta ciudad, las casas de vuestros padres y el amparo de los amigos. Yo estoy sola, sin patria, ultrajada por mi marido. Fui arrancada de una tierra extranjera y no tengo madre, hermano ni pariente que me proteja de esta desgracia.

Por un instante pareció de nuevo la mujer abandonada que lloraba dentro de la casa. Después su voz cambió. El dolor no había desaparecido; empezaba a adquirir una dirección.

—Solo os pediré una cosa. Si encuentro algún medio para castigar a Jasón por el daño que me ha hecho, guardad silencio. También al rey que le entrega a su hija y a la joven que ocupa mi lugar.

Las mujeres comprendieron entonces que Medea no buscaba únicamente consuelo. Pedía complicidad. No reveló aún cómo pensaba vengarse, pero su intención era ya inequívoca.

—Una mujer suele estar llena de temor y retrocede ante las armas —continuó—. Pero cuando ve ultrajado su lecho, ningún corazón puede ser más sanguinario.

El coro aceptó guardar silencio. Jasón, dijeron, había quebrantado la justicia al traicionar su unión con Medea. Aquella aprobación no detenía la amenaza; le proporcionaba un primer refugio.

Desde el interior llegó la voz de la nodriza, ocupada en mantener a los niños lejos de la furia de su madre. Medea no volvió la cabeza. Ya no hablaba como quien pide ayuda, sino como quien mide sus fuerzas antes de actuar.

Entonces se oyó movimiento en las cercanías de la casa. Se aproximaba Creonte, rey de Corinto y padre de la nueva esposa de Jasón. No venía a ofrecer consuelo. Su presencia anunciaba que el rumor del destierro estaba a punto de convertirse en decreto.

Medea aguardó sin retirarse. Había conseguido el silencio de las mujeres. Ahora debía enfrentarse al poder que pretendía expulsarla de Corinto antes de que su cólera encontrase una forma.

Creonte, rey de Corinto y padre de la nueva esposa de Jasón, se presentó ante Medea sin ocultar el propósito de su visita.

—A ti, Medea, de mirada sombría y encolerizada contra tu marido, te ordeno que salgas de esta tierra. Partirás al destierro con tus dos hijos, y lo harás de inmediato. No regresaré a palacio hasta haber cumplido este decreto.

Medea recibió aquellas palabras sin sorpresa. Sabía que la alianza entre Jasón y la casa real no podía tolerar su presencia. Sin embargo, preguntó:

—¿Por qué me expulsas, Creonte? ¿Qué delito he cometido?

El rey no trató de disimular su temor.

—Temo que causes a mi hija un daño irreparable. Eres hábil, conoces artes peligrosas y sufres por haber sido privada del lecho de tu esposo. Me han llegado amenazas tuyas contra Jasón, contra su esposa y contra mí. Más vale prevenir tu acción que lamentar después mi debilidad. Medea comprendió que su fama se había vuelto contra ella. No era la primera vez que la inteligencia despertaba odio y recelo. Pero no discutió la verdad esencial: Creonte tenía motivos para temerla.

—¡Ay de mí! —exclamó—. No es ahora cuando mi saber me perjudica. Quien parece más prudente que los demás se gana su enemistad. Pero tú no debes temerme. ¿Qué fuerza tengo contra un rey? Jasón me ha ultrajado, sí, pero tu hija no me ha hecho ningún daño. Celebra esas bodas y gobierna en paz. Yo obedeceré y abandonaré Corinto.

Creonte la escuchó con desconfianza.

—Tus palabras son suaves, pero temo que escondas otros pensamientos. Mi decisión no cambiará.

Entonces Medea se arrodilló y abrazó sus rodillas en actitud suplicante. Creonte se apartó.

—No te suplico que me permitas quedarme —dijo ella—. Solo concédeme este día. Necesito disponer el destierro y buscar un lugar donde mis hijos puedan vivir. Su padre no se ocupa de ellos. Ten piedad de los niños; tú también eres padre.

El rey vaciló. Su temor aconsejaba expulsarla sin demora, pero la súplica parecía limitada, y Medea fingía una resignación absoluta.

—Mi voluntad no es cruel —respondió al fin—. Te concedo este día. Pero escucha bien: si mañana, al salir el sol, tú y tus hijos permanecéis dentro de las fronteras de Corinto, moriréis. Mi palabra es irrevocable.

Creonte se marchó, convencido de haber combinado prudencia y misericordia. Medea lo vio alejarse y solo entonces abandonó la máscara de humildad.

—¿Creéis que habría adulado a ese hombre si no esperase obtener algo? —dijo a las mujeres de Corinto—. Con sus propias manos me ha entregado lo que necesitaba: un día. En un solo día derribaré a mis enemigos.

Nombró entonces a quienes ocupaban el centro de su cólera: Creonte, la joven princesa y Jasón. Todavía no sabía qué medio emplearía. Consideró entrar en el palacio y herirlos con una espada, aunque eso podía costarle la vida antes de consumar su venganza. Pensó después en sus conocimientos de venenos, más silenciosos y seguros. Pero una dificultad la detenía: aun triunfando, ¿adónde huiría? Ninguna ciudad le había ofrecido asilo; ningún amigo le garantizaba protección. A pesar de ello, no retrocedió. Invocó su linaje y las fuerzas que siempre habían amparado sus artes. Creonte creía haberle concedido unas horas para preparar el equipaje. En realidad, le había concedido el tiempo necesario para preparar el castigo.

Cuando Creonte se hubo marchado, Jasón acudió a ver a Medea. No llegó como un hombre arrepentido, sino con la seguridad de quien cree haber obrado prudentemente y espera que los demás reconozcan su razón.

—No es la primera vez —le dijo— que tu cólera te causa daño. Podías haber permanecido en Corinto, conservar tu casa y vivir junto a nuestros hijos. Pero has lanzado amenazas contra el rey y contra su hija, y ahora debes abandonar esta tierra. No me alegra tu destierro. He venido para que ni tú ni los niños carezcáis de dinero o de ayuda durante el viaje.

Medea lo recibió con palabras amargas.

—¡El peor de los cobardes! ¿Vienes a mostrarte ante mí después de haberme traicionado? Eso no es valor, sino desvergüenza. Mírame y escucha cuanto hiciste, después de cuanto hice yo por ti. Le recordó la nave Argo y la empresa que había llevado a Jasón hasta la Cólquide. Sin ella, él no habría dominado a los toros que arrojaban fuego ni habría vencido a los hombres armados nacidos de la tierra. Ella adormeció al dragón que guardaba el vellocino de oro y le entregó el premio que había ido a buscar. Por él traicionó a su padre y abandonó su patria. Por él llegó hasta Yolco y provocó la muerte de Pelias, dejando a Jasón libre de su enemigo.

—Te salvé —dijo— y te seguí entre los griegos. Te di hijos. Y tú, cuando ya nada temías, has tomado otra esposa. Si no hubiéramos tenido descendencia, quizá podría comprender tu deseo de nuevas bodas. Pero has quebrantado los juramentos que nos unían. ¿Dónde están ahora las promesas? ¿Qué dios invocarás para afirmar que no eres perjuro?

Jasón sostuvo su defensa. Afirmó que Medea exageraba sus méritos: no era ella, sino Afrodita, quien la había obligado a amarlo y a ayudarlo. Después presentó su matrimonio con la princesa como una decisión sensata.

—No me he casado por deseo de otra mujer —declaró—. Cuando llegamos aquí éramos desterrados y carecíamos de poder. ¿Qué alianza podía ser mejor que la casa del rey? Si tengo hijos de sangre real, tus hijos tendrán hermanos que podrán protegerlos. Mi propósito era elevar nuestra familia, asegurar el porvenir de todos y librarnos de la pobreza.

Medea no aceptó aquel cálculo.

—El hombre injusto que sabe hablar con habilidad merece mayor castigo. Adornas tu traición con palabras prudentes. Si de verdad buscabas nuestro bien, debiste hablar conmigo antes de casarte, no ocultar tus bodas hasta que estuvieron consumadas.

Jasón replicó que ella jamás habría consentido. La acusó de no soportar que su esposo compartiera el lecho con otra mujer y sostuvo que, para Medea, todo dependía de los celos. Añadió que las mujeres creían poseerlo todo mientras su matrimonio iba bien, pero consideraban enemigos a los mejores amigos cuando su lecho era ofendido.

—Acepta mi ayuda —insistió—. Daré dinero para el destierro y cartas dirigidas a quienes puedan acogeros.

—No aceptaré nada tuyo —respondió Medea—. Los dones de un hombre malvado no traen provecho.

Jasón alzó a los dioses por testigos de que había intentado socorrerla y acusó a Medea de rechazar, por orgullo, lo que podía aliviar la suerte de sus hijos. Ella le ordenó marcharse.

—Vuelve con tu joven esposa. Tal vez tus bodas tengan un final distinto del que esperas. Jasón se alejó convencido aún de su propia sensatez. Medea quedó sola ante la urgencia del destierro. Ya sabía a quién odiaba y por qué; pero su venganza seguía teniendo un obstáculo decisivo: después del golpe, no poseía tierra alguna donde refugiarse.

Cuando Jasón se alejó, Medea quedó ante las mujeres de Corinto con la cólera intacta, pero ya no desordenada. La ofensa tenía nombres: Jasón, que había quebrantado sus juramentos; Glauce, la hija de Creonte, por quien él abandonaba su casa; y el propio rey, que la expulsaba para asegurar las nuevas bodas.

Sin embargo, entre el deseo y el golpe definitivo se abría una dificultad que no podía ignorar.

—Amigas —dijo al coro—, todo está dispuesto en mi ánimo para que mis enemigos paguen su ultraje. Pero aún no sé qué camino elegir.

Pensó primero en entrar furtivamente en la cámara nupcial y prender fuego al palacio. Pensó después en hundir una espada en el pecho de los recién casados. Pero ambos medios exigían acercarse demasiado, y Medea conocía el precio del fracaso.

—Si atravieso sus puertas armada, me prenderán antes de alcanzar el lecho. Y si consigo matarlos, ¿adónde iré luego? ¿Qué ciudad recibirá a una desterrada perseguida por Corinto? ¿Qué amigo se atreverá a protegerme? La magia y el conocimiento de los venenos le ofrecían un camino más seguro. No tendría que enfrentarse a los guardias ni levantar el arma ante testigos. Podía enviar a la joven esposa presentes impregnados de muerte: dones dignos de una princesa, hermosos a la vista y fatales al contacto. Así perecería Glauce; y Creonte, si acudía a socorrer a su hija, podría quedar atrapado en la misma ruina.

Medea midió aquella posibilidad con fría atención. No hablaba ya como quien se abandona al lamento, sino como quien examina cada riesgo de una empresa terrible.

—Conozco bien el medio —afirmó—. Mis venenos abrirán una senda que ninguna espada podría franquear. Pero antes debo asegurar mi salvación. De nada sirve herir a mis enemigos si después he de caer en sus manos.

El coro escuchó en silencio. Las mujeres habían prometido no revelar sus propósitos contra Jasón, pero ahora comprendían que la venganza amenazaba también a la casa real. Medea, sin embargo, aún no daba la orden ni preparaba los dones. Le faltaba aquello que no podían proporcionarle ni su inteligencia ni sus artes: una tierra protegida, un techo más allá del alcance de Creonte.

Por un instante, su proyecto quedó suspendido. El día concedido por el rey avanzaba; al terminar, ella y sus hijos tendrían que abandonar Corinto. Sin aliados, toda tentativa podía conducirla a una muerte inmediata. Medea decidió esperar. No por piedad, ni porque su furor hubiera disminuido, sino porque sabía que una venganza apresurada podía volverse contra quien la emprendía.

Entonces vio acercarse a un viajero. No venía del palacio ni pertenecía a los hombres de Jasón. Regresaba de consultar el antiguo oráculo de Febo y caminaba hacia su propia ciudad. Medea lo reconoció antes de que llegara hasta ella: era Egeo, rey de Atenas, hijo de Pandión.

El azar ponía ante sus ojos a un soberano extranjero, lejos de las alianzas de Corinto. Egeo la saludó como a una amiga y se detuvo al advertir su rostro abatido.

—Medea, ¿por qué tienes los ojos bajos y el semblante consumido por el dolor?

Ella alzó la cabeza. Todavía no poseía un refugio, pero acababa de aparecer el hombre que quizá podía concedérselo.

—Egeo —respondió—, has llegado en el momento en que más necesitaba encontrar a un amigo. La venganza seguía sin ejecutarse, aunque ya no estaba inmóvil. Ante Medea se abría por fin la posibilidad de escapar.

Cuando Egeo, rey de Atenas, apareció ante la casa, Medea salió a recibirlo con palabras de respeto. Él venía de Delfos, donde había consultado al oráculo de Apolo acerca de la desgracia que pesaba sobre su linaje: los años pasaban y aún no tenía descendencia.

—Salud, Medea —dijo Egeo—. Que los dioses te sean favorables.

—Y a ti también, hijo de Pandión. ¿De dónde vienes?

—Del antiguo santuario de Febo.

Medea quiso saber qué respuesta había obtenido. Egeo, desconcertado todavía por las palabras del dios, repitió el enigma: no debía desatar el pie que sobresalía del odre antes de regresar al hogar de sus padres. Como no comprendía el sentido del oráculo, se dirigía a Trecén para pedir consejo a Piteo, célebre por su sabiduría.

Entonces Egeo reparó en el rostro abatido de Medea y le preguntó qué desgracia había caído sobre ella. Medea no ocultó la traición.

—Jasón me ha abandonado. Ha tomado por esposa a la hija de Creonte, y el rey me expulsa de Corinto con mis hijos.

Egeo se indignó al saber que Jasón había consentido aquel destierro. Medea dejó que su dolor apareciera sin reservas; pero, detrás de sus súplicas, ya actuaba su inteligencia. El hombre que tenía ante ella necesitaba precisamente aquello que sus conocimientos podían ofrecerle.

—Compadécete de mí —le dijo—. No permitas que vague sin patria. Recíbeme en Atenas, bajo tu techo. Si lo haces, pondré fin a tu esterilidad. Conozco remedios capaces de darte descendencia.

La promesa alcanzó de lleno el deseo más profundo de Egeo. El rey aceptó, aunque impuso una condición: no combatiría a los corintios ni iría a buscarla. Medea tendría que abandonar Corinto por sus propios medios y llegar hasta Atenas. Una vez allí, nadie la arrancaría de su protección. Pero Medea no se conformó con una palabra amistosa. Sabía que la hospitalidad humana podía quebrarse ante la amenaza de otros reyes.

—Júramelo —exigió—. Si mis enemigos reclaman mi entrega, necesito una promesa que no puedas retirar.

Egeo preguntó qué juramento deseaba. Medea le pidió que invocara a la Tierra, al Sol —antepasado de ella— y a todos los dioses; que jurase no expulsarla jamás de Atenas ni entregarla voluntariamente a sus perseguidores.

—¿Y qué castigo aceptaré si falto a mi palabra? —preguntó él.

—El que corresponde a quien ofende a los dioses.

Egeo pronunció entonces el juramento solemne. Mientras viviera, daría asilo a Medea si ella conseguía alcanzar su ciudad. No la entregaría a Creonte ni a Jasón, ni permitiría que ningún enemigo se la llevara por la fuerza con su consentimiento.

Asegurado el pacto, Egeo se despidió. Debía continuar hacia Trecén y escuchar la interpretación de Piteo antes de regresar a Atenas. Medea le deseó un viaje favorable y lo vio alejarse.

Solo entonces cambió su semblante. Ya no era una desterrada sin salida. Atenas se alzaba ante ella como refugio inviolable, protegido por un juramento sagrado. El obstáculo que había detenido su venganza acababa de desaparecer.

Ante las mujeres de Corinto, Medea declaró que la fortuna empezaba a inclinarse de su lado. Tenía un puerto al que huir después del crimen. Ahora podía ordenar cada golpe sin reservarse una retirada.

—La victoria está en mis manos —dijo—. Ya conozco el camino.

Y su pensamiento volvió al palacio, a la nueva esposa de Jasón y a los dones que llevarían la muerte ocultos bajo su brillo. Cuando Egeo se hubo marchado, llevando consigo el juramento que acababa de pronunciar, Medea lo siguió con la mirada hasta verlo desaparecer. Ya no estaba sola ante el destierro. Atenas sería su refugio, si lograba escapar de Corinto.

Entonces se volvió hacia las mujeres del coro, y en su rostro apareció una resolución nueva.

—Ahora tengo esperanza —dijo—. Mis enemigos pagarán cuanto me han hecho. Escuchad mi plan entero, pues ya no ocultaré nada. Primero mandaría llamar a Jasón. Fingiría aceptar sus razones y confesaría que había obrado como una insensata al enfrentarse con él y con los gobernantes. Le diría que comprendía, al fin, la conveniencia de sus nuevas bodas. Así lo ablandaría con palabras humildes.

Después haría venir a sus hijos. Los enviaría al palacio de Creonte para que suplicasen a la joven esposa de Jasón que intercediera por ellos y evitara su destierro. Pero no llegarían con las manos vacías: llevarían un fino vestido y una corona de oro, presentes dignos de una princesa.

—Si ella toma esos dones y los pone sobre su cuerpo —declaró Medea—, morirá de manera atroz. Y morirá también quien intente tocarla para socorrerla. Untaré las joyas con venenos contra los que no existe remedio.

Las corintias escucharon horrorizadas. Pero Medea aún no había revelado la parte más terrible de su designio.

—Después mataré a mis hijos.

El coro quedó sobrecogido. Medea sabía que aquellas palabras iban contra cuanto una madre debía sentir, y no fingió ignorarlo. Sabía también que sus hijos eran inocentes. Sin embargo, veía en ellos el único golpe capaz de alcanzar a Jasón allí donde ninguna muerte ajena bastaría.

—Nadie podrá arrebatármelos para darles muerte con mano enemiga —continuó—. Puesto que han de morir, seré yo, que les di la vida, quien lo haga. Así destruiré la casa de Jasón y huiré de esta tierra, cargando con el crimen más impío.

Las mujeres le suplicaron que renunciara. Le recordaron que sería una madre asesina y que ninguna desgracia sufrida podía volver soportable semejante acto.

—¿Podrás hundir el hierro en tus propios hijos? —preguntaron—. ¿Podrás mirar sus rostros y no ceder al llanto?

Medea no negó el dolor que la esperaba.

—Comprendo qué atrocidad voy a cometer. Pero mi furor domina mis decisiones. Y de ese furor nacen las mayores calamidades de los mortales. No era serenidad lo que hablaba en ella, sino una lucha ya comenzada entre la madre y la esposa ultrajada. El amor hacia los niños seguía vivo; precisamente por eso su sacrificio podía herir a Jasón de manera irreparable. Medea aceptaba destruirse a sí misma con tal de no dejar impune la traición.

Pidió al coro que guardase silencio. Si Jasón o Creonte conocían el plan, todo estaría perdido. Las mujeres, unidas a ella por la conciencia de las humillaciones padecidas, no revelarían lo oído, aunque condenaban el asesinato de los niños.

Medea llamó entonces a una criada.

—Ve y trae aquí a Jasón. Dile que necesito hablar con él.

La sirvienta partió. Medea se dispuso a ocultar el odio tras un rostro apacible. El plan estaba completo: fingiría reconciliarse, convertiría a sus hijos en portadores de los regalos mortales y, después de arrasar el palacio, ejecutaría el último golpe contra el padre.

Solo quedaba engañar a Jasón.

Jasón acudió de nuevo a la casa de Medea. La encontró distinta: no había en ella gritos ni acusaciones, sino una serenidad cuidadosamente fingida. Medea dominó el rostro, ocultó el propósito que ya había jurado cumplir y habló con humildad.

—Jasón, te ruego que perdones cuanto dije antes. He reflexionado y comprendo que me dejé vencer por la cólera. ¿Por qué había de oponerme a quienes deciden con prudencia? Tú has contraído esas bodas para asegurar nuestro porvenir y procurar a tus hijos hermanos de sangre real. Yo fui insensata al no entenderlo.

Jasón escuchó complacido. No sospechó la trampa. Aquella retractación confirmaba, a sus ojos, la superioridad de sus razones.

—Celebro que al fin pienses como debes —respondió—. No me sorprende que una mujer se irrite cuando su esposo toma otra esposa; pero ahora has escogido el juicio más sensato. Entonces Medea llamó a los niños. Al verlos entrar, sintió quebrarse por un instante la firmeza que había mostrado. Los miró y las lágrimas acudieron a sus ojos.

—Hijos míos —dijo—, vuestro padre y yo hemos dejado atrás nuestra disputa. Acercaos. Tomad su mano.

Los niños obedecieron, ajenos a cuanto se urdía en torno a ellos. Medea volvió el rostro y lloró. Jasón, satisfecho con la reconciliación, creyó que aquel llanto nacía únicamente del temor al destierro.

—¿Por qué lloras, si acabas de hablar con cordura? —preguntó.

—Soy madre —contestó ella—. Pienso en que debo marcharme sola y en que estos niños compartirán mi desgracia. El porvenir se presenta ante mí y no puedo contenerme.

Jasón trató de tranquilizarla, pero Medea condujo la conversación hacia aquello que necesitaba.

—Acepto mi expulsión —dijo—. No pediré a Creonte que revoque el decreto contra mí. Solo te suplico que intercedas para que tus hijos permanezcan en Corinto. Ellos no participaron en mis palabras ni merecen sufrir por mi causa. Habla con tu nueva esposa. Si ella persuade a su padre, Creonte accederá.

Jasón vaciló. Sabía que el rey temía la cólera de Medea y que había ordenado expulsar también a los niños. Pero confiaba en su influencia sobre la joven princesa.

—No sé si lograré convencer a Creonte —respondió—, aunque hablaré con mi esposa. Ella podrá rogar por ellos.

—Entonces deja que los niños lleven presentes —propuso Medea—. Una súplica acompañada de dones ablanda incluso el ánimo más hostil.

Jasón intentó rechazar la idea.

—No desperdicies tus bienes. En el palacio no faltan vestidos ni oro. Si mi esposa me estima, concederá la petición sin necesidad de regalos.

Medea insistió con calculada mansedumbre.

—No digas eso. Hasta los dioses se dejan honrar por las ofrendas, y el oro persuade a los mortales más que mil palabras. Permíteme enviarle un vestido y una corona que recibí de mis antepasados. Que los niños mismos los depositen en sus manos y le pidan permanecer aquí.

La vanidad de Jasón terminó de abrir el camino. Le agradaba verse como mediador entre la esposa repudiada y la nueva princesa; le agradaba creer que su prudencia había doblegado a Medea. Aceptó llevar a los niños al palacio y apoyar su petición.

Medea llamó entonces a una servidora y ordenó que trajera los presentes. Mientras aguardaba, mantuvo la mirada baja. Jasón no vio en aquel silencio la proximidad de la muerte, ni comprendió que acababa de convertirse en instrumento de la venganza que se preparaba contra su propia casa.

Cuando el vestido y la corona aparecieron, resplandecientes y fatales, Medea los contempló sin tocar aún el secreto que guardaban.

—Llevadlos a la princesa —dijo a sus hijos—. Suplicadle que os permita quedar en Corinto.

Y Jasón, satisfecho, se dispuso a conducirlos hasta Glauce.

Los niños salieron de la casa llevando entre sus manos los presentes destinados a la nueva esposa de su padre. Uno sostenía la túnica fina, cuidadosamente plegada; el otro, la corona de oro. Los acompañaba el pedagogo, ignorante del veneno que impregnaba ambos regalos. Jasón caminaba con ellos hacia el palacio, satisfecho de la aparente sumisión de Medea y confiado en que la princesa atendería sus ruegos.

Ante Glauce, los pequeños depositaron las ofrendas. Jasón habló por ellos:

—No rechaces a mis hijos por causa de su madre. Convence a Creonte para que les permita permanecer en Corinto. Mira estos presentes: Medea te los entrega como prueba de reconciliación.

La joven princesa, que al principio había apartado el rostro al ver a los hijos de la mujer repudiada, contempló entonces la túnica y la corona. El brillo del oro venció su recelo. Aceptó los regalos y prometió interceder ante su padre. Los niños quedaron así libres de regresar a casa, después de haber cumplido, sin saberlo, el encargo mortal de su madre. Medea aguardaba. No podía ver cuanto sucedía dentro del palacio, pero cada instante acercaba la respuesta. Junto a ella permanecían las mujeres de Corinto, conscientes ya de que aquellos adornos no eran una ofrenda de paz. Medea no apartaba la mirada del camino.

Al fin apareció el pedagogo con los niños. Venía alegre, como quien trae la noticia esperada.

—Señora —dijo—, tus hijos han sido librados del destierro. La princesa ha recibido los presentes en sus propias manos, y ya no mira con hostilidad a los pequeños.

Medea dejó escapar un gemido.

El anciano se sorprendió.

—¿Por qué vuelves el rostro? ¿Por qué lloras cuando deberías alegrarte? Tus hijos podrán quedarse en esta tierra.

—Nada —respondió ella—. Pensaba en lo que ha de venir.

El pedagogo atribuyó aquellas lágrimas a la separación inminente. Le recordó que muchos padres vivían lejos de sus hijos y que el tiempo podía reunir lo que la necesidad apartaba. Medea lo escuchó sin desengañarlo. Ordenó que entrase en la casa y atendiera a los niños como de costumbre.

Cuando quedaron ante ella, los miró largamente. Ellos habían llevado la muerte al palacio y regresaban confiados, buscando en el rostro materno una ternura que aún reconocían. Medea les tomó las manos.

—Hijos míos, todavía tenéis una ciudad y una casa. Viviréis lejos de mí, privados de vuestra madre. Yo partiré desterrada y no veré vuestra juventud ni vuestras bodas.

Su resolución se quebró por un instante. Pensó en abandonar el último crimen, en llevárselos consigo y huir. ¿Para qué herir a Jasón mediante una desgracia que desgarraría primero sus propias entrañas?

Pero recordó la risa de sus enemigos, el nuevo matrimonio y el juramento de venganza. Sabía también que los presentes habían sido aceptados. Si Glauce se ceñía la corona y vestía la túnica, ya no habría retroceso: la casa real caería, y Creonte buscaría castigo. Sus hijos, portadores de los dones, quedarían expuestos a la represalia de Corinto.

Medea abrazó a los pequeños y volvió a llorar. El éxito de su ardid, que debía alegrarla, había cerrado en torno a ellos el círculo de la muerte. Dentro del palacio, entretanto, Glauce se disponía a probarse los presentes.

Medea permanecía ante su casa, cercada por las mujeres de Corinto. Había enviado a sus hijos al interior y aguardaba. No necesitó esperar mucho. Desde el palacio llegó un esclavo corriendo, desencajado el rostro, vacilantes las piernas.

—¡Medea! ¡Huye! ¡Huye por mar o por tierra! ¡Escapa antes de que te alcance el castigo!

Ella no retrocedió.

—¿Qué ha sucedido? Habla. Tus palabras quizá no me sean tan dolorosas como imaginas.

El mensajero la miró con horror, incapaz de comprender aquella serenidad.

—La princesa ha muerto. Y Creonte, su padre, ha muerto con ella.

Medea recibió la noticia sin fingir pesar.

—Has traído una nueva que merece recompensa. Pero cuéntamelo todo. ¿Cómo murieron? El mensajero relató que los niños habían entrado en el palacio llevando los presentes. Al verlos, Jasón se había alegrado, creyendo cumplida la reconciliación. Glauce, en cambio, había apartado el rostro. La presencia de aquellos hijos le recordaba a la mujer desterrada cuyo lugar ocupaba.

Pero cuando una criada desplegó la túnica y mostró la corona de oro, su desagrado desapareció. Fascinada, tomó los regalos, accedió a la petición de los niños y ordenó que pudieran permanecer en Corinto.

Apenas se marcharon, Glauce corrió a engalanarse. Se puso la túnica, ciñó la corona sobre sus cabellos y se contempló en un espejo. Sonreía, avanzaba por la estancia y admiraba su propia figura.

Entonces ocurrió lo inexplicable.

La princesa perdió el color y empezó a temblar. Cayó hacia atrás, con los ojos desorbitados y espuma en los labios. Una anciana creyó que la acometía algún trance divino y lanzó un grito ritual. Pero pronto comprendieron que no había ningún dios benévolo en aquella agonía.

De la corona brotó un fuego terrible que se extendió por los cabellos de Glauce. La túnica comenzó a devorarle la carne con un veneno invisible. La joven se levantó de un salto y corrió, envuelta en llamas, sacudiendo la cabeza para desprenderse el oro. Cuanto más luchaba, con mayor firmeza se adherían los presentes a su cuerpo.

Intentó arrancarse la corona, pero el metal no cedió. El fuego se avivó. La sangre descendía por su rostro y la carne se separaba de los huesos bajo el mordisco del veneno. Nadie se atrevía a tocarla. Finalmente cayó al suelo, desfigurada, irreconocible salvo para los ojos de su padre.

Creonte entró al oír los lamentos. Cuando vio a su hija muerta, se arrojó sobre ella y la estrechó entre sus brazos.

—¡Hija mía! ¿Quién te ha destruido? ¿Quién deja solo a este anciano?

Besó el cadáver y trató de levantarlo. Entonces comprendió demasiado tarde que el veneno también lo había atrapado. La túnica se aferró a su cuerpo; cuando quiso apartarse, arrancó consigo la carne de sus huesos. Forcejeó hasta agotar sus fuerzas y murió abrazado a Glauce.

—Así quedaron —concluyó el mensajero—: la hija muerta bajo el padre, y el padre unido a su cadáver. Dos desgracias nacidas de un solo presente. Medea escuchó hasta el final. La primera parte de su venganza estaba cumplida: la nueva esposa de Jasón y el rey que la había condenado al destierro ya no vivían.

—Puedes marcharte —dijo al mensajero—. Todo ha sucedido como debía.

Pero no hubo descanso en su triunfo. Dentro de la casa estaban sus hijos. Medea volvió la mirada hacia la puerta, sabiendo que aún faltaba la obra más atroz.

El mensajero había huido, y sobre Corinto pesaba ya la noticia de la ruina del palacio. Medea sabía que no quedaba tiempo. Los servidores de Creonte no tardarían en buscar a la autora de aquella muerte; y cuando llegasen, tampoco perdonarían a los hijos de Jasón.

Hizo que los niños comparecieran ante ella. Al verlos, su resolución, hasta entonces firme, se quebró.

—Hijos míos, aún tenéis una ciudad y una casa donde vivir lejos de vuestra madre. Yo partiré desterrada, privada de vosotros. No os veré crecer ni podré acompañaros en vuestras bodas. En vano os crié; en vano soporté fatigas y dolores.

Los miró a los ojos y volvió el rostro.

—¿Por qué me sonreís así? ¿Por qué me miráis por última vez?

Mandó que se alejaran. Por un instante, decidió salvarlos.

—No puedo hacerlo. Me llevaré a mis hijos conmigo. ¿Qué necesidad tengo de añadir este sufrimiento al de su padre y de causarme a mí misma un dolor dos veces mayor? Renuncio a mi propósito. Pero la imagen de Jasón satisfecho, unido a otra esposa y libre para fundar una nueva casa, volvió a alzarse ante ella. Medea se reprochó aquella debilidad. Había destruido a la princesa y a Creonte; si dejaba vivos a los niños, Jasón conservaría aún aquello que más amaba y su castigo no sería completo.

—¿Voy a permitir que mis enemigos se burlen de mí? No. Mi decisión está tomada.

Llamó de nuevo a sus hijos y los abrazó. Tocó sus manos, sus rostros, sus cabellos. La ternura no había desaparecido; por eso mismo, el combate dentro de ella se hizo más cruel.

—Marchaos, marchaos. No tengo fuerzas para contemplaros.

Los niños entraron en la casa. Medea permaneció fuera, inmóvil. Entonces volvió a vacilar.

—No lo hagas, corazón mío. Déjalos vivir. Su recuerdo, aunque estén lejos, podrá darte alegría.

Pero otra certeza se impuso: después de la muerte de la hija de Creonte, los corintios buscarían venganza. Los hijos habían llevado los presentes fatales al palacio. Aunque fueran inocentes, la casa real destruida exigiría su sangre.

—Han de morir. Y puesto que es necesario, yo, que les di la vida, les daré muerte. No consentiré que otra mano los ultraje.

El coro de mujeres de Corinto, que conocía ya su intención, le suplicó que se detuviera. Le recordó que ninguna mujer podría soportar un acto semejante. Medea respondió que comprendía perfectamente la atrocidad que iba a cometer, pero que su cólera era más fuerte que sus deliberaciones.

—Sé qué crimen voy a realizar. Pero la pasión domina mis razones y causa entre los mortales las mayores desgracias.

Entró en la casa.

Durante unos momentos no se oyó nada. Después, las voces de los niños atravesaron las puertas cerradas.

—¡Ay! ¿Qué haremos? ¿Adónde huiremos de las manos de nuestra madre?

El coro gritó desde fuera, impotente. Las mujeres pensaron en entrar, en impedir el crimen; pero antes de que pudieran actuar, llegó un segundo clamor.

—¡Por los dioses, salvadnos! Dentro de la casa, Medea alzó el arma contra sus propios hijos. No ignoraba su amor por ellos ni el dolor que aquella muerte le impondría para siempre. Precisamente porque eran lo más querido de Jasón y también lo más querido para ella, los convirtió en la última ofrenda de su venganza.

Las voces cesaron.

Medea había culminado el acto del que momentos antes quiso apartarse. En el palacio yacían muertos Creonte y su hija; en su casa, los hijos de Jasón habían caído bajo la mano de su madre. Solo faltaba que Jasón regresara y contemplase la totalidad de su ruina.

Jasón llegó precipitadamente ante la casa. Ya conocía la muerte de Creonte y de la joven princesa, abrasados por los presentes de Medea, pero no venía a llorarlos. Venía por sus hijos.

—¿Dónde están? —preguntó al coro—. Debo salvarlos antes de que los parientes del rey descarguen sobre ellos su venganza.

Las mujeres de Corinto lo miraron con horror.

—Desdichado —respondieron—, aún no sabes hasta dónde ha llegado tu ruina. Tus hijos han muerto. Su propia madre los ha matado.

Jasón quedó inmóvil. Después corrió hacia las puertas y ordenó a los servidores que rompieran los cerrojos. Quería ver los cuerpos; quería castigar con sus manos a la asesina. Pero antes de que pudiera entrar, Medea apareció por encima de la casa, fuera de su alcance, en el carro alado enviado por Helios. Junto a ella yacían los cadáveres de los niños.

—¡Monstruo! —gritó Jasón—. ¡Mujer aborrecida por los dioses y por todos los hombres! Yo te llevé desde una tierra bárbara hasta Grecia, y tú has asesinado a quienes diste a luz. Déjame al menos tocar sus cuerpos y enterrarlos.

Medea no descendió.

—No los tocarás. Yo misma los llevaré al santuario de Hera y los sepultaré, para que ningún enemigo ultraje sus tumbas. Después partiré hacia Atenas, donde Egeo ha jurado darme refugio.

Jasón alzó los brazos hacia sus hijos, pero la distancia era infranqueable.

—Los mataste para herirme.

—Sí —repuso Medea—. Nada podía herirte más.

Él la acusó de haber destruido su propia casa por celos y de haber convertido el lecho conyugal en una tumba. Medea le recordó sus juramentos, la patria y la familia que había abandonado por ayudarlo, y el matrimonio que él había traicionado para unirse a la hija de Creonte.

—No fue mi nueva boda la que mató a los niños —dijo Jasón—. Fue tu furia.

—Tu ultraje abrió este camino —respondió ella—. Mi dolor te parecerá más leve mientras puedas atribuírmelo todo.

—También tú sufres.

—Lo sé. Pero tu sufrimiento compensa el mío. Jasón suplicó una vez más que le permitiera besar a sus hijos muertos. Medea se negó. No habría último abrazo ni despedida. Entonces él la maldijo, invocando a los dioses como testigos del crimen y del castigo que ella merecía.

Medea le anunció todavía una última desgracia: moriría sin gloria, golpeado por un resto carcomido de la nave Argo, aquella nave con la que había comenzado su fama y también la cadena de traiciones que terminaba allí.

—¡Hijos míos! —clamó Jasón—. Vuestra madre me ha privado de vosotros.

—Los dioses saben quién inició vuestra ruina —contestó Medea.

El carro comenzó a alejarse. Jasón siguió llamando a los niños, pidiendo tocar aquellas manos que ya no podían responderle. Medea se llevó los cuerpos para darles sepultura y huyó hacia el amparo prometido de Atenas.

Jasón quedó solo ante la casa cerrada: Creúsa había muerto, su alianza con Creonte estaba destruida y sus hijos le habían sido arrebatados. No pudo perseguir a Medea, castigarla ni despedirse de los muertos. Mientras el carro desaparecía, permaneció en tierra, vencido, viendo cómo se consumaba la ruina completa de su linaje.

Medea escapa con los cuerpos de sus hijos, y Jasón queda solo ante la ruina de su casa.

Guion y voz generados con inteligencia artificial.

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