
A través del espejo: la partida de Alicia
38 min · Clásicos de la literatura

Historia para dormir · Clásicos de la literatura
31 min · Para escuchar con la luz apagada
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Madame Bovary, de Gustave Flaubert
Charles Bovary entró tarde en el aula, acompañado por el director y vestido con torpeza campesina. Los muchachos repararon enseguida en su chaqueta verde, en sus zapatos mal lustrados y, sobre todo, en aquella gorra desmesurada y absurda que sostenía sobre las rodillas. Cuando el profesor le pidió su nombre, Charles balbuceó. La clase estalló en carcajadas.
Era hijo de un antiguo ayudante de cirujano militar, fanfarrón y perezoso, y de una mujer que había depositado en él todas sus esperanzas. Charles creció dócil, sin brillo ni rebeldía. Estudió medicina en Ruan, aunque al principio frecuentó más las tabernas que los libros. Suspendió su primer examen; luego, vigilado por su madre, consiguió aprobar y obtuvo el título de oficial de sanidad. Su madre le instaló en Tostes y le buscó esposa: la viuda Héloïse Dubuc, de cuarenta y cinco años, huesuda, celosa y supuestamente rica. El matrimonio fue desdichado. Héloïse registraba sus bolsillos, escuchaba detrás de las puertas y se quejaba sin descanso.
Una noche llamaron a Charles desde Les Bertaux. El señor Rouault, un labrador acomodado, se había roto una pierna. Charles llegó antes del amanecer y encontró junto al herido a una joven de vestido de merino azul.
—Mi hija Emma —dijo Rouault.
Mientras Charles entablillaba la pierna, Emma le alcanzaba vendas. Tenía los ojos oscuros, las manos pálidas y una serenidad que turbó al médico. Después, Charles volvió a la granja más veces de las necesarias. Emma había sido educada en un convento; hablaba con delicadeza, leía y parecía distinta de las mujeres que él conocía.
Héloïse advirtió aquellas visitas y montó en cólera. Poco después se descubrió que su fortuna apenas existía: el notario que la administraba había huido. Acosada por las disputas y súbitamente enferma, murió una mañana, dejando a Charles viudo.
Durante un tiempo, él guardó luto. Pero la imagen de Emma regresaba obstinadamente. Volvió a Les Bertaux, donde Rouault lo recibió con afecto. Charles quiso hablar y no encontraba palabras. Al fin, junto a la cerca, murmuró su petición.
El granjero comprendió.
—Si ella dice que sí, yo también.
Emma aceptó. Como señal, Rouault abrió una contraventana de golpe. Charles, que aguardaba en el patio, alzó la cabeza. La boda quedó decidida para cuando terminara el luto. La boda se celebró en Les Bertaux, conforme a los deseos del padre Rouault: una boda campesina, abundante y ruidosa. Los invitados llegaron en carros y cabriolés, con levitas nuevas, vestidos de colores y zapatos cuidadosamente lustrados. La comitiva avanzó hasta la alcaldía y después hasta la iglesia; al regresar, todos se sentaron a una mesa que parecía interminable.
Se comió durante horas. Hubo carnes, aves, dulces y una gran tarta de varios pisos, coronada por una figurilla. Los brindis se confundieron con las canciones y las bromas. Charles, embargado por su buena fortuna, miraba a Emma como si aún temiera despertar. Ella sonreía, serena bajo su velo, mientras el padre Rouault observaba satisfecho la prosperidad de la fiesta. Después, los recién casados se instalaron en Tostes. Emma examinó la casa donde había vivido la primera esposa de Charles. Encontró un ramo de novia, amarillento y cubierto de polvo, guardado en un armario. Charles lo arrojó al fuego. Emma vio retorcerse las flores secas entre las llamas y pensó, por un instante, qué sería de su propio ramo si ella muriese.
Al principio aguardó la felicidad. En el convento había devorado novelas llenas de amantes, juramentos, fugas y noches bajo balcones. Creía que palabras como pasión, embriaguez y dicha nombraban realidades precisas que el matrimonio debía revelarle. Pero los días transcurrían sin misterio.
Charles regresaba de sus visitas contento, se quitaba las botas, cenaba y hablaba de sus enfermos. Amaba a Emma sin inquietud ni reserva. Le parecía hermosa cuando cosía, cuando servía la mesa, cuando permanecía silenciosa junto a la ventana.
—¿Eres feliz? —le preguntaba.
Ella respondía que sí. Sin embargo, aquella felicidad sencilla la irritaba. Charles no sabía nadar, ni manejar las armas, ni hablar con elegancia. Jamás le explicaba un término desconocido ni adivinaba los deseos que ella callaba. Su satisfacción doméstica le parecía vulgar; su ternura, monótona.
Emma intentó gobernar la casa con refinamiento: dibujó, tocó el piano, cuidó sus vestidos y dispuso la mesa con esmero. Pero ninguna ocupación produjo la exaltación esperada. Miraba a Charles y se preguntaba por qué se había casado.
Él, mientras tanto, se creía plenamente dichoso. Ella comenzaba a sentir que su vida verdadera estaba en otra parte, aunque todavía ignoraba dónde.
En septiembre, un acontecimiento inesperado abrió ante Emma el mundo que había imaginado en sus lecturas. El marqués de Andervilliers, agradecido a Charles por haberle atendido, invitó a los Bovary a su castillo de La Vaubyessard.
Desde su llegada, Emma quedó deslumbrada. Los criados recibían a los invitados con una gravedad silenciosa; las habitaciones estaban llenas de flores, espejos y muebles antiguos. Durante la cena, servida bajo la mirada de retratos familiares, Emma observó los hombros desnudos de las damas, las condecoraciones de los caballeros y la desenvoltura con que todos hablaban de viajes, caballos y asuntos de París. Cerca de ella comía un anciano encorvado: le dijeron que había vivido en la corte y conocido a María Antonieta. A Emma le pareció una reliquia de aquel universo inaccesible. Después comenzó el baile. Charles, torpe dentro de su traje, se acercó a su mujer.
—¿Quieres bailar?
—No —respondió ella, temiendo que hiciera el ridículo.
Pero cuando un vizconde la invitó al vals, aceptó. Al principio vaciló; luego el giro la arrastró. Su vestido rozaba otras telas, las luces se multiplicaban en los espejos y el brazo del vizconde la sostenía con seguridad. Bailaron tan deprisa que las piernas de ambos parecieron confundirse. Emma sintió que entraba, por fin, en la existencia para la que se creía destinada.
Durante la noche, unos hombres rompieron los cristales de una ventana para aliviar el calor. Emma divisó fuera los rostros de unos campesinos que miraban el baile. Aquellas figuras le recordaron Les Bertaux, pero volvió la cabeza hacia el salón.
Al día siguiente, los Bovary regresaron a Tostes. En el camino, Emma encontró una petaca de seda verde, bordada con un escudo, que acaso había pertenecido al vizconde. La guardó como una prueba material de aquella noche.
Desde entonces, La Vaubyessard permaneció en su memoria. Emma repasaba cada gesto, cada vestido y cada palabra. Compró un plano de París y siguió con el dedo calles que no conocía; leyó revistas elegantes y soñó con salones, teatros y amantes. Mientras tanto, Charles volvía satisfecho de sus visitas, se quitaba las botas junto al fuego y hablaba de enfermos vulgares. El baile no había terminado para Emma: se había convertido en una medida cruel. Comparada con su fulgor, la vida de Tostes le parecía aún más estrecha, y su marido, más irremediablemente mediocre.
En Tostes, Emma fue apagándose. Apenas comía, sufría palpitaciones y alternaba accesos de nervios con silencios sombríos. Charles, alarmado y convencido de que el aire del lugar perjudicaba a su mujer, resolvió vender la consulta y trasladarse a Yonville-l’Abbaye. Cuando partieron, Emma estaba embarazada. Durante los preparativos arrojó al fuego su ramo de novia, ya seco, y contempló cómo las flores de azahar se consumían entre las llamas. Llegaron a Yonville al anochecer, en la diligencia llamada la Golondrina. Los esperaba el señor Homais, farmacéutico locuaz y satisfecho de sí mismo, que se apresuró a recibir al nuevo médico. Los condujo a la posada del León de Oro, regentada por la señora Lefrançois. Allí cenaba también Léon Dupuis, joven escribiente de notario, de modales tímidos y cuidados.
Homais dominó al principio la conversación. Habló de enfermedades, del clima, de las costumbres de la comarca y de los servicios que él podía prestar a Charles. Bajo aquella avalancha de palabras, Emma y Léon comenzaron a escucharse.
—¿Le gusta la lectura, señora? —preguntó él.
Emma alzó los ojos.
—Sobre todo los libros que conmueven el corazón. Los que hablan de amores desgraciados, de países lejanos, de vidas distintas de la nuestra.
Léon confesó que también buscaba refugio en los versos, en la música y en las novelas. Hablaron de paseos bajo la luna, de montañas y del mar, que ninguno de los dos conocía como deseaba. Cada frase parecía descubrir una coincidencia secreta.
Charles comía satisfecho, sin advertir nada. Homais seguía disertando sobre agricultura y medicina. Pero, en un extremo de la mesa, Emma encontraba por primera vez desde La Vaubyessard a alguien que parecía comprender el lenguaje de sus ensueños.
Después de la cena, los Bovary se instalaron en su nueva casa, junto a la farmacia. Yonville era un pueblo inmóvil, atravesado por una calle principal y presidido por una iglesia sin grandeza. Sin embargo, la presencia de Léon introducía en aquella monotonía una promesa imprecisa.
Él empezó a visitar con frecuencia a los Bovary. Emma y el escribiente hablaban de libros mientras Charles sonreía, complacido por la amistad naciente. Ninguno se atrevía a nombrar lo que comenzaba a unirlos. Emma aguardaba el nacimiento de su hijo; Léon ocultaba su emoción bajo una cortesía temerosa. Entre ambos crecía una intimidad hecha de miradas y frases interrumpidas. La vida de Emma había cambiado de escenario, pero no de deseo. Ahora, además, aquel deseo tenía un rostro cercano.
Emma deseaba un hijo varón. Imaginaba que un hombre podría atravesar el mundo con libertad, escoger su destino y romper los obstáculos que a ella la encerraban. Pero nació una niña.
—Se llamará Berthe —dijo Emma, recordando un nombre oído en La Vaubyessard.
Durante el bautizo hubo invitados, regalos y una comida abundante. La señora Bovary madre acudió a la ceremonia; también el padre de Emma, satisfecho y ruidoso. Charles contemplaba a su hija con una felicidad sencilla. Emma, en cambio, buscaba en sí misma aquel arrebato maternal que había esperado y solo encontraba cansancio, desencanto y una ternura irregular. Berthe fue confiada a una nodriza, la mujer Rollet, que vivía en una casa pobre a las afueras de Yonville. Un día, Emma fue a visitar a la niña. Léon se ofreció a acompañarla. Caminaron juntos por el sendero, demasiado atentos el uno al otro para hablar con naturalidad.
En la vivienda de la nodriza, Berthe dormía en una cuna. La mujer Rollet aprovechó la visita para pedir dinero y pequeños favores. Emma tomó a su hija, la besó y volvió a dejarla. Al regresar, se apoyó un instante en el brazo de Léon. Aquel contacto los turbó más que una declaración.
Desde entonces, su intimidad creció bajo apariencias inocentes. Hablaban junto al fuego, intercambiaban libros y coincidían en sus gustos. Léon veneraba la elegancia de Emma; ella veía en él un alma capaz de comprender sus hastíos. Pero ambos callaban. Emma se mostraba ante todos como una esposa irreprochable, y esa virtud visible, nacida tanto del orgullo como de la renuncia, hizo que el joven la creyera inaccesible.
Léon empezó a padecer aquella cercanía sin esperanza. Yonville le parecía estrecho; su trabajo, monótono; cada visita a los Bovary aumentaba una pasión que no se atrevía a confesar. Finalmente anunció que partiría a París para continuar sus estudios de Derecho.
En la despedida, Charles habló con cordialidad y Homais prodigó consejos sobre la capital. Emma y Léon apenas encontraron palabras.
—No nos olvidará usted —dijo ella.
—Eso sería imposible.
Se estrecharon la mano. Los dos comprendieron lo que habían callado, precisamente cuando ya no podían decirlo. Léon subió al coche y abandonó Yonville. Emma siguió viviendo junto a Charles y Berthe, pero la marcha del joven dejó un vacío más nítido que su presencia: el de una posibilidad perdida.
Tras la marcha de Léon, Yonville volvió a cerrarse sobre Emma. Entonces apareció Rodolphe Boulanger, propietario de La Huchette, hombre rico, experimentado y seguro de su poder. Había llevado a un criado a la consulta de Charles; mientras el médico practicaba una sangría, Rodolphe observó a Emma. Advirtió su hastío, sus modales refinados y aquella tristeza que parecía pedir una ocasión para convertirse en aventura.
«Está aburrida de su marido», pensó. Y decidió seducirla.
Los comicios agrícolas reunieron poco después a toda la comarca. Las calles se llenaron de campesinos, autoridades y animales engalanados. Homais se agitaba entre los notables; Charles admiraba cuanto veía. Rodolphe, en cambio, condujo a Emma al piso superior del ayuntamiento, desde donde podían contemplar la ceremonia sin ser molestados. Mientras un consejero ensalzaba el deber, la agricultura y las virtudes públicas, Rodolphe habló en voz baja:
—¿No ha sentido alguna vez que dos almas estaban destinadas a encontrarse?
Emma quiso resistirse. Él condenó las convenciones que separaban a quienes se comprendían. Abajo se premiaban estiércoles, carneros y largos años de servicio; arriba, cada frase oficial daba una ironía solemne a sus promesas.
—Yo también he luchado —dijo Rodolphe—. Pero hay sentimientos más fuertes que nosotros.
Cuando una anciana sirvienta subió a recibir una medalla por cincuenta y cuatro años de trabajo, Emma ya escuchaba como si aquellas palabras amorosas revelasen por fin la vida extraordinaria que había esperado. Sin embargo, Rodolphe se retiró después y dejó pasar varias semanas: conocía el valor de la ausencia.
Regresó abatido en apariencia. Confesó que había intentado huir de aquel amor. Luego propuso paseos a caballo, recomendables —aseguró— para la salud de Emma. Charles, complacido, insistió en que aceptara.
En el bosque, lejos de Yonville, Rodolphe renovó sus declaraciones. Emma tembló, rechazó débilmente sus manos y acabó cediendo. Al volver, se miró al espejo con una alegría febril: «Tengo un amante». Aquella frase le parecía abrir las puertas de las novelas y devolverle las ilusiones perdidas.
Desde entonces, ambos buscaron encuentros secretos. Rodolphe acudía de madrugada al jardín; Emma atravesaba los campos para llegar a La Huchette. Se entregó a la pasión con imprudencia creciente, mientras Charles, confiado, no sospechaba nada. Pero para Rodolphe aquel amor era una conquista más; para Emma, era la promesa absoluta de otra existencia.
Emma se entregó a su aventura con la exaltación de quien cree entrar, por fin, en la vida verdadera. Salía al amanecer para reunirse con Rodolphe en La Huchette, o aguardaba sus visitas mientras Charles dormía. Le escribía cartas inflamadas, le regalaba objetos y repetía palabras aprendidas en sus novelas. Rodolphe, más experimentado, recibía aquel fervor con una ternura que ya empezaba a parecerse a la costumbre.
Entretanto, Homais descubrió en un periódico un nuevo método para corregir los pies deformes. Hippolyte, el mozo de la posada del León de Oro, era patizambo. El boticario vio la ocasión de conquistar gloria para Yonville y celebridad para Charles.
—¡Piense usted en el honor de una curación semejante! —insistía—. La ciencia exige audacia.
Charles dudó. Estudió tratados, tomó medidas y consultó láminas. Emma, imaginándolo famoso, condecorado y admirado, lo animó también. Por un instante volvió a mirarlo con esperanza.
Hippolyte aceptó, persuadido por todos. Durante la operación permaneció sujeto a una mesa, mientras Charles cortaba el tendón y enderezaba el pie. Después lo encerraron en un aparato de madera. Homais publicó una crónica triunfal antes de conocer el resultado. Pero el pie se hinchó. La piel se volvió negra y el dolor arrancó gritos al muchacho. Charles cambiaba vendajes, buscaba explicaciones y se obstinaba en esperar. Cuando llamaron al doctor Canivet, este examinó la pierna y dictaminó con brutal claridad:
—Hay gangrena. Es preciso amputar.
El famoso cirujano Larivière confirmó la sentencia. Hippolyte perdió la pierna. Desde la botica, Homais procuró ocultar su responsabilidad; Charles regresó a casa abatido, buscando consuelo en Emma.
Ella lo contempló y solo vio su torpeza, su mediocridad, el fracaso público que había destruido la breve ilusión de grandeza. Cuando él intentó abrazarla, Emma se apartó, estremecida de repugnancia.
Desde entonces se aferró aún más a Rodolphe. Comparaba su aplomo con la indecisión de Charles, su elegancia con la vulgaridad doméstica. El adulterio dejó de ser para ella únicamente una pasión secreta: se convirtió en una huida. Y cuanto más despreciaba a su marido, con mayor desesperación pedía a su amante promesas de un porvenir distinto.
Después del desastre de Hippolyte, Emma dejó de contenerse. La mediocridad de Charles le parecía ya insoportable, y su pasión por Rodolphe tomó el carácter de una necesidad. Le hablaba de marcharse, de romper para siempre con Yonville.
—Llévame contigo —le repetía—. ¿Qué puede retenernos aquí?
Rodolphe había oído antes semejantes ruegos. Al principio respondía con caricias evasivas. Pero Emma insistió, dispuso fechas, imaginó ciudades y caminos. No partiría sola: se llevaría a Berthe.
—Será como hija tuya —dijo.
Él fingió aceptar. La fuga quedó fijada para una madrugada. Emma, exaltada, comenzó los preparativos. Encargó a Lheureux un manto, vestidos, un baúl y diversos objetos de viaje, todo a crédito. Cada compra le parecía una prueba de que la vida soñada estaba ya próxima. Rodolphe, entretanto, calculaba los inconvenientes. Una amante fugitiva, una niña, el escándalo, las obligaciones... La pasión de Emma, que antes lo halagaba, empezaba a pesarle. La víspera de la partida se sentó a escribirle. Buscó una frase que pareciese dolorosa, añadió que la fatalidad los separaba y dejó caer sobre el papel una gota de agua para imitar una lágrima. Después hizo entregar la carta dentro de una cesta de albaricoques.
Emma la abrió a escondidas. Leyó que Rodolphe renunciaba a huir; que deseaba salvarla del arrepentimiento; que cuando recibiese aquellas palabras él estaría lejos.
Durante unos instantes no comprendió. Luego subió al desván. Desde la ventana vio pasar un coche: Rodolphe se marchaba. Se inclinó hacia el vacío, atraída por la caída. Abajo, Charles la llamó para cenar.
Emma descendió como una sonámbula. En la mesa estaba la cesta. Justin acercó los albaricoques.
—¡Quítalos! —gritó ella.
Charles quiso sostenerla, pero Emma se desplomó. Aquella noche padeció fiebre, delirios y convulsiones. Durante semanas permaneció entre la vida y la muerte. Charles, aterrado y solícito, no sospechó la causa. Llamó médicos, contrajo nuevos gastos y veló junto a su cama.
Cuando Emma empezó a recobrarse, su antigua esperanza había desaparecido. Rodolphe la había abandonado; los equipajes quedaban sin viaje, y las facturas, silenciosas, aguardaban su vencimiento.
Emma tardó largos meses en recobrarse. Charles, que había velado junto a su cama con una fidelidad incansable, creyó verla regresar de la muerte. No comprendió la causa de aquella enfermedad ni sospechó la carta de Rodolphe. Solo sabía que su mujer había sufrido y que debía evitarle toda inquietud.
Pero mientras Emma convalecía, llegaban las cuentas. Lheureux reclamaba el equipaje comprado para la fuga, los vestidos, los encargos y los préstamos. Charles pagaba cuanto podía, pedía dinero y firmaba letras sin examinar su alcance. La enfermedad también había sido costosa. Para él, cualquier sacrificio era pequeño si Emma volvía a sonreír. Ella buscó entonces refugio en la religión. Acudía a la iglesia, rezaba con fervor y se entregaba a una exaltación nueva, tan absoluta como sus antiguos sueños amorosos. Quiso ver en sus sufrimientos una llamada del cielo; repartió limosnas y se creyó desprendida de las pasiones terrenales. Sin embargo, aquel fervor fue debilitándose. La vida cotidiana volvió a cercarla con su monotonía, y las viejas ansias, apenas adormecidas, despertaron de nuevo.
Para distraerla, Charles aceptó llevarla a Ruan, a una representación de Lucía de Lammermoor. Emma entró en el teatro emocionada por el lujo, las luces y la multitud. En el escenario, la música de Donizetti transformaba el amor desgraciado de Lucía en una pasión sublime. Emma se reconocía en cada lamento. Cuando apareció Edgar, creyó contemplar al amante ideal que había perseguido siempre. La escena de la locura la turbó profundamente.
—¿Te encuentras mal? —preguntó Charles.
—No. Déjame escuchar.
Durante el entreacto, una voz conocida los sorprendió. Era Léon Dupuis. Había cambiado: su estancia en París le había dado seguridad, elegancia y maneras mundanas. Saludó a Charles y miró a Emma con una emoción que ninguno de los dos pudo ocultar.
Hablaron de Yonville y de los años transcurridos. Léon confesó que vivía en Ruan. Charles, encantado de encontrar un antiguo amigo, le propuso acompañarlos. Como Emma no había entendido bien el final de la ópera y se encontraba fatigada, salieron antes de concluir la función.
En la calle, Léon caminó junto a ella. Las palabras eran prudentes, pero bajo ellas revivía la intimidad de otro tiempo. Charles no advirtió nada. Incluso sugirió que Emma permaneciera un día más en Ruan para volver a ver la ópera, mientras él regresaba a Yonville.
Emma protestó débilmente. Léon apoyó la idea. Y así, bajo el pretexto de la música, quedó abierta la puerta de una nueva pasión.
Al día siguiente de la ópera, Léon fue al hotel donde Emma se alojaba. Ella intentó despedirlo con palabras virtuosas, hablando del deber y de la imposibilidad de aquel amor; pero había escrito una carta que no se atrevió a entregarle. Léon insistió. Antes de separarse, convinieron en verse en la catedral.
Emma llegó tarde. Fingió recogimiento ante los altares, mientras el sacristán se empeñaba en mostrarles las capillas y los monumentos. Léon, impaciente, acabó arrastrándola fuera. Subieron a un coche de alquiler y ordenaron al cochero que avanzase sin detenerse. Durante horas, el carruaje recorrió Ruan, cruzó puentes, volvió por las avenidas y pasó una y otra vez ante las mismas plazas, con las cortinillas bajadas. Al anochecer, una mano desnuda arrojó por la ventanilla los pedazos de una carta rota. Desde entonces, Emma obtuvo de Charles permiso para ir a Ruan todos los jueves. Alegó que necesitaba lecciones de piano. Charles, orgulloso de aquel supuesto perfeccionamiento, aceptó. Cada semana ella tomaba la diligencia y se reunía con Léon en un hotel. Paseaban por el puerto, comían juntos y se hablaban como personajes de las novelas que habían alimentado sus deseos. Emma exigía juramentos, cartas y arrebatos; Léon, fascinado y cada vez más sometido, descuidaba su trabajo para esperarla.
Pero la costumbre empezó a infiltrarse en la pasión. Emma quiso dirigir la ropa, los modales y hasta los pensamientos de su amante. Si él vacilaba, ella lo acusaba de frialdad. Si se mostraba rendido, encontraba vulgar su obediencia.
Mientras tanto, Lheureux seguía visitándola con sedas, encajes, muebles y objetos inútiles presentados como oportunidades irrepetibles.
—No tiene que pagar ahora, señora Bovary.
Le hacía firmar pagarés, luego los renovaba, dividía o reunía, ocultando bajo nuevas fechas el aumento de la deuda. Emma, necesitada de dinero para sus viajes y regalos, aceptó también documentos que daban al comerciante poder para actuar sobre los bienes de Charles. Firmaba deprisa, confiando en que alguna solución futura lo arreglaría todo.
Así, los jueves de Ruan parecían sostener su felicidad, pero cada encuentro exigía una mentira y cada compra añadía una cadena. Lheureux guardaba las firmas. Emma guardaba las cartas de Léon. Y, sin que Charles sospechara aún su alcance, el cerco se estrechaba alrededor de la casa.
Los jueves de Ruan perdieron pronto su fulgor. Emma exigía a Léon una pasión que él ya no sabía sostener. Le escribía, lo vigilaba, le reprochaba su prudencia; luego llegaba tarde, mentía y se marchaba irritada. Léon, fatigado por aquellas escenas y temeroso de comprometer su porvenir, empezó a verla como a una amante demasiado absorbente. Emma, por su parte, descubría en él la misma mediocridad que había creído dejar atrás.
Mientras tanto, Lheureux cerraba el cerco. Los pagarés vencían; unos habían sido renovados, otros vendidos. Llegaron requerimientos judiciales y, finalmente, la amenaza de embargo. Emma comprendió que necesitaba ocho mil francos de inmediato. Charles no sabía nada. Ella ocultó los documentos y corrió de un lado a otro, inventando excusas, ofreciendo promesas. Pidió ayuda a Léon. Él palideció.
—No tengo esa suma.
—Puedes conseguirla. Habla con tus amigos, con tu patrono. ¡Haz algo!
Léon salió a buscar dinero, pero regresó sin él. Sus gestiones habían fracasado. Emma lo miró con desprecio: tampoco aquel hombre era capaz de salvarla.
Entonces acudió al notario Guillaumin. Le expuso su desgracia y le suplicó un préstamo. Él escuchó, se acercó demasiado y dejó claro, con palabras ambiguas y una familiaridad repugnante, qué recompensa esperaba.
Emma se levantó de golpe.
—¡Señor, se aprovecha usted de mi desesperación!
Salió temblando. Intentó aún obtener dinero de Binet, pero no consiguió nada. En Yonville ya se preparaba la venta de los bienes; la noticia circulaba y la vergüenza se hacía pública.
Desesperada, Emma recordó a Rodolphe. Fue a La Huchette y lo encontró junto al fuego. Al verlo, revivieron por un instante la fuga prometida y la carta cruel que la había destruido. Emma habló de amor, de sufrimiento; después confesó la verdad: necesitaba tres mil francos.
Rodolphe respondió que no los tenía.
Aquellas palabras acabaron con la ilusión. Emma se irguió, furiosa, y le echó en cara sus lujos, sus caballos y su antigua cobardía. Luego huyó.
Ya no quedaba nadie a quien recurrir. Léon había fracasado, Guillaumin quiso comprarla y Rodolphe se negó. Emma regresó a Yonville perseguida por una sola certeza: el embargo llegaría al día siguiente, y Charles descubriría toda la ruina.
Emma regresó a Yonville después de la negativa de Rodolphe. Ya no buscaba dinero: buscaba un término. Entró en la farmacia de Homais, subió al desván y obligó a Justin a abrir el armario donde se guardaban los venenos. Metió la mano en un frasco de arsénico y tragó el polvo blanco allí mismo.
En casa, se encerró y escribió a Charles:
—Leerás esta carta mañana. Hasta entonces, no me preguntes nada.
Al principio creyó que moriría sin dolor. Pero pronto sintió un sabor acre, náuseas y un frío que le subía por las piernas. Charles encontró la carta, comprendió y llamó desesperadamente a Canivet y a Larivière. Los médicos intentaron salvarla. Fue inútil. Emma vomitaba, gemía y se retorcía mientras su rostro se hundía y sus ojos parecían agrandarse de espanto. Cuando oyó al ciego cantar en la calle aquella canción obscena que tantas veces la había perseguido, soltó una risa atroz. Después cayó hacia atrás. Había muerto.
Charles quiso enterrarla con lujo: terciopelo verde, tres ataúdes y el vestido de novia. Lheureux siguió reclamando; los acreedores se llevaron cuanto quedaba. Charles, incapaz de aceptar la pérdida, conservó los objetos de Emma y vivió entre sus recuerdos.
Un día encontró las cartas de Léon. Todavía intentó engañarse. Luego descubrió las de Rodolphe y comprendió toda la verdad. Al encontrarse con él, no lo desafió.
—No le guardo rencor —dijo—. La culpa fue de la fatalidad.
Poco después, Berthe halló a su padre sentado bajo la glorieta, inmóvil, con un mechón de cabello negro de Emma entre los dedos. Charles estaba muerto.
La niña fue enviada primero con la madre de Charles, que murió aquel mismo año; después, con una tía pobre. Para ganarse el pan, Berthe tuvo que trabajar en una fábrica de hilados de algodón.
Homais, entretanto, eliminó competidores, multiplicó artículos y honores, y prosperó en Yonville. Su ambición recibió finalmente la recompensa que tanto había perseguido.
Acababan de concederle la cruz de honor.
Berthe quedó a merced de la miseria, mientras Homais recibía la cruz de honor.
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