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Historia para dormir · Clásicos de la literatura

Madame Bovary: el deseo, la deuda y la caída de Emma

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Adaptación fiel de Madame Bovary, de Gustave Flaubert. Personajes: Emma Bovary, Charles Bovary, Rodolphe, Léon y Lheureux. Hitos: el matrimonio provinciano y el desencanto de Emma, sus amores con Rodolphe y Léon, el endeudamiento creciente y la ruina, y el desenlace trágico con el suicidio de Emma y la caída de Charles.

La historia en texto

Entró en la escuela una mañana, torpe y silencioso, con una gorra nueva que parecía reunir todas las formas imaginables de una gorra: de piel, de paño, de cartón, desmañada y solemne. El maestro le preguntó su nombre. El muchacho balbuceó algo que nadie entendió. La clase estalló en risas. Al fin se oyó, entre vergüenza y obediencia:

—Charles Bovary.

Así empezó a mostrarse al mundo: no como un espíritu vivo, sino como un muchacho dócil, pesado, hecho para obedecer. Su madre lo empujó a estudiar medicina, no por vocación, sino porque había que asegurarle una posición. Charles aprendía despacio, repetía sin comprender demasiado, se aturdía ante los libros y, cuando llegó el examen, fracasó. Volvió a intentarlo. Esta vez, por aplicación mecánica más que por talento, obtuvo el título de oficial de sanidad. Su madre, siempre activa en su destino, le buscó un partido conveniente: una viuda de Dieppe, madame Dubuc, mayor que él, seca, celosa, de rostro amarillento y maneras imperiosas. Se decía que tenía buena renta. Charles, acostumbrado a que otros decidieran, aceptó. El matrimonio fue breve en ternura y largo en vigilancia. Ella registraba sus salidas, se inquietaba por sus enfermas, medía sus palabras y su dinero. Charles no la amaba; tampoco sabía rebelarse.

Se instalaron en Tostes, donde él ejercía con honradez modesta. Iba de casa en casa, recetaba tisanas, sangrías y cataplasmas, y volvía por la noche al comedor estrecho donde le esperaba el descontento de su mujer. Su vida tenía el color de los días iguales.

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Una madrugada llegó un aviso: en la granja de Les Bertaux, el tío Rouault se había roto una pierna. Charles ensilló su caballo y salió por los caminos húmedos. Encontró al campesino en cama, robusto todavía, que soportaba el dolor entre juramentos y bromas. Charles examinó la fractura, preparó las vendas y pidió ayuda.

Entonces apareció Emma. Era la hija de Rouault. Llevaba un vestido sencillo; sus manos, finas para una casa de campo, se movían con decisión entre paños y recipientes. Charles levantó los ojos y la miró más de lo necesario. Ella sostenía la vela, inclinada hacia la pierna herida, y su rostro quedaba iluminado con una claridad que él no supo nombrar.

—¿Necesita usted otra venda, señor Bovary? —preguntó ella.

—Sí… si es tan amable.

La voz de Emma era tranquila. Charles se sintió torpe, casi feliz en su torpeza. Volvió a Les Bertaux para revisar la cura más veces de las necesarias, y cada visita le parecía menos médica que esperanzada. Madame Dubuc sospechó enseguida, se quejó, lloró, le prohibió volver; pero el enfermo necesitaba atención, y Charles obedecía ahora a una razón que le resultaba nueva.

Poco después se descubrió que la fortuna de la viuda no era tal. Deudas, engaños, papeles vacíos. Madame Dubuc, abatida por la vergüenza y la cólera, enfermó y murió. Charles lloró como lloran los hombres blandos: sinceramente, sin hondura. Pero, al quedar libre, su pensamiento regresó a Les Bertaux, a la joven que abría la puerta, a la luz de la vela sobre su cara, a la posibilidad confusa de otra vida.

Cuando murió la señora Dubuc, Charles llevó el luto con una tristeza sincera y pronto con una esperanza que le daba vergüenza confesarse. Volvió a Les Bertaux para curar la pierna de Rouault y encontró allí a Emma, sentada junto a la ventana, cosiendo, leyendo o escuchando con una atención que a él le parecía extraordinaria. El viejo Rouault, que observaba los silencios del médico, acabó diciéndole que, si pensaba en su hija, no le disgustaría la idea. Charles apenas supo responder; se marchó con el corazón desordenado y regresó, al poco tiempo, para pedirla en matrimonio.

Emma aceptó. Había salido del convento con la cabeza llena de novelas, de jardines iluminados, de juramentos al pie de balcones y de destinos sublimes. Creyó que la vida iba a abrirse, por fin, como una puerta solemne. La boda se celebró en Les Bertaux. Vinieron parientes, vecinos, campesinos vestidos de domingo; hubo carruajes adornados, una mesa larga, platos abundantes, bromas ruidosas y canciones. Rouault, satisfecho, recordaba su propia boda y se enternecía. Charles, colorado y feliz, miraba a Emma como si no comprendiera del todo su dicha. Ella llevaba el traje blanco con cierta gravedad; respondía, sonreía, bailaba cuando se lo pedían, pero en su interior aguardaba una emoción más grande que el ruido de aquella fiesta aldeana.

Después, Charles la llevó a Tostes. La casa era modesta; en las habitaciones quedaban huellas de la primera mujer: muebles vulgares, objetos sin gracia, costumbres ya hechas. Emma ordenó, cambió, limpió, dispuso cortinas y arreglos, queriendo imponer a aquella existencia una forma más elegante. Charles la admiraba por todo. Si ella tocaba el piano, si bordaba, si hablaba poco durante la cena, él veía en cada gesto una perfección.

Pero los días comenzaron a parecerse. Charles salía a visitar enfermos, volvía tarde, se quitaba las botas junto al fuego y contaba, con ternura torpe, las pequeñas cosas de su jornada. La besaba en la frente, la llamaba su querida mujer, y se dormía satisfecho. Emma lo miraba entonces y se preguntaba por qué la felicidad, aquella palabra tan repetida en los libros, no había llegado con el matrimonio.

No odiaba a Charles. Le irritaba su bondad sin misterio, su contento, su manera de comer, de hablar, de existir sin deseos altos. Ella había esperado arrebatos, peligros, una pasión que transformara las horas. Encontró cuentas domésticas, visitas banales, lluvia sobre los caminos y la misma habitación cada noche.

A veces se acusaba de ingratitud; otras, sentía que su vida se estrechaba alrededor de ella. Miraba el campo por la ventana y pensaba que en alguna parte debía existir la vida verdadera: salones, viajes, amores decididos, elegancia. Allí, en Tostes, empezaba para Emma Bovary un desencanto sin nombre, todavía silencioso, pero ya más fuerte que su voluntad.

Un día llegó a Tostes una invitación que pareció abrir una rendija en el muro estrecho de la vida de Emma. El marqués de Andervilliers, a quien Charles había curado de una molestia, les convidaba a un baile en su castillo de la Vaubyessard. Charles mostró la carta con una satisfacción sencilla; Emma la leyó dos veces, conteniendo apenas el temblor de sus dedos. Allí, por fin, creía acercarse al mundo que había imaginado en sus libros: salones encendidos, nombres antiguos, hombres distinguidos, mujeres que sabían moverse como si la elegancia fuese su aire natural.

Preparó su vestido con una gravedad casi religiosa. Charles, en cambio, se preocupó por asuntos prácticos, por el carruaje, por las horas, por no llegar tarde. Al verla ataviada, la miró con orgullo torpe, como si aquella hermosura le perteneciese sin comprenderla. Emma no le respondió con ternura; ya estaba lejos de él antes de partir. En la Vaubyessard, las luces, los espejos y las arañas le hicieron daño de tan brillantes. Cruzó salones donde resonaban frases dichas en voz baja, risas discretas, el roce de las sedas. En la mesa observó manos blancas que se alargaban hacia copas finas, criados que servían sin ruido, rostros pálidos de nobles envejecidos en una seguridad inaccesible. Un anciano duque, casi inmóvil, evocaba para ella un siglo desaparecido, intrigas de corte, amantes reales, grandezas que parecían todavía flotar a su alrededor.

Luego empezó el baile. Emma vio girar a las parejas, oyó la música elevarse, sintió que el suelo, las lámparas y las figuras se confundían en un vértigo delicioso. Un vizconde la sacó a bailar. Ella aceptó, y durante el vals se dejó llevar con una mezcla de orgullo y abandono. Charles, incómodo, sudaba dentro de su traje, no bailaba y miraba desde lejos, contento de verla admirada, ignorante de lo que aquella admiración encendía en ella.

Al amanecer, el castillo apagó poco a poco sus luces. Emma guardó en la memoria cada detalle, como si fueran reliquias. De regreso, el camino embarrado, los campos grises y la sacudida del coche le parecieron una caída. Charles hablaba del baile con alegría inocente; ella permanecía callada.

En casa, todo le resultó más pobre que antes: la mesa, las cortinas, el olor de la cocina, las visitas previsibles, las conversaciones de Charles sobre enfermos y recetas. Durante días volvió mentalmente a la Vaubyessard. Conservó un cigarro encontrado en el camino, convencida de que quizá lo habría fumado alguno de aquellos hombres elegantes. Lo miraba como una prueba de que otro mundo existía.

Desde entonces, su vida común se volvió insoportable. Ya no era solo decepción: era desprecio. Y cuanto más dócil y satisfecho parecía Charles, más se agrandaba en Emma la distancia entre lo que tenía y lo que deseaba.

Tras el baile de la Vaubyessard, Emma volvió a Tostes como quien regresa de una vida verdadera a una habitación cerrada. Todo le pareció más estrecho: la casa, las visitas, las palabras de Charles, incluso el porvenir. Fue adelgazando, se volvió pálida, irritable, presa de una languidez que Charles no sabía nombrar. Él, enternecido y asustado, consultó, observó, buscó causas en el clima y en la costumbre. Al fin decidió que un cambio de aires le haría bien, y aceptó trasladarse a Yonville-l’Abbaye, una pequeña localidad donde faltaba médico. Emma estaba encinta cuando dejaron Tostes. Apenas miró atrás. Llegaron de noche, en la diligencia Hirondelle, sacudidos por los baches y el frío. En Yonville les aguardaba la posada del León de Oro, regentada por la viuda Lefrançois. Allí se reunía la vida del pueblo: el farmacéutico Homais, hombre satisfecho de su inteligencia y enemigo declarado de la superstición; el recaudador Binet, que callaba y hacía servilleteros en su torno; el cura Bournisien; y un joven pasante de notario, Léon Dupuis, de aspecto delicado y modales tímidos.

Homais recibió a Charles con un torrente de palabras. Habló de ciencia, de progreso, de los peligros de los curas, de los métodos modernos. Charles asentía con bondad. Emma, fatigada, apenas respondía; pero cuando Léon le dirigió la palabra, advirtió en él una atención distinta, como si escuchara algo más que sus frases.

—¿Le gusta a usted la música, señora? —preguntó él.

—Mucho —dijo Emma—. Aunque aquí una acaba por olvidarlo todo.

Léon confesó que también él se aburría en Yonville. Leía novelas, versos, soñaba con París, con teatros, con una existencia más amplia. Emma le habló de Walter Scott, de paisajes lejanos, de heroínas desdichadas, de esas vidas ardientes que los libros prometían y que la realidad parecía negarles.

Desde entonces se buscaron en las conversaciones. Se encontraban en casa de los Bovary, en la farmacia, en los paseos. Léon miraba a Emma tocar el piano o bordar junto a la ventana; Emma percibía su emoción contenida. Nada se decía abiertamente. Él se creía indigno, ella se escudaba en la virtud, y ambos alimentaban, precisamente por callarlo, aquel sentimiento.

Nació la hija de Emma y Charles. Emma había deseado un varón; al saber que era niña, se desvaneció. La llamaron Berthe. La maternidad no llenó el vacío que Emma arrastraba: pronto confió la niña a una nodriza, y continuó viviendo entre tedio, lecturas y miradas furtivas.

Léon, cada vez más triste, comprendió que en Yonville no conseguiría ni carrera ni felicidad. Decidió marcharse a París para terminar sus estudios de Derecho. La víspera de su partida visitó a Emma. Hablaron de cosas indiferentes, con el corazón oprimido. Al despedirse, sus manos se rozaron.

—No me olvidará usted —dijo él casi en voz baja.

Emma respondió:

—No.

Léon se fue. Y Emma, al perder aquel amor que nunca había confesado, sintió por primera vez el amargor de una pasión frustrada.

Después de la marcha de Léon, Yonville volvió a cerrarse sobre Emma como una habitación sin aire. Charles no advertía nada: la quería con esa confianza torpe que no pregunta, y Homais seguía declamando en la botica sobre el progreso, la ciencia y las gentes importantes del distrito. Emma, en cambio, sentía que algo se había roto antes incluso de nacer.

Un día llegó a la consulta de Charles un criado con una sangría que hacer. Venía de La Huchette, la propiedad de Rodolphe Boulanger. Poco después apareció el propio Rodolphe: treinta y cuatro años, rico, seguro de sí, con el aire de quien ha visto muchas mujeres y ha aprendido a no creer demasiado en ninguna. Mientras Charles atendía al criado, Rodolphe miró a Emma. Vio su palidez, su elegancia fuera de lugar, sus ojos cansados. Y pensó: “Está aburrida. Su marido es un pobre hombre. Será fácil.” No sintió amor, sino cálculo. Al salir, ya había decidido volver. Se dijo que convenía proceder despacio, hablarle de sentimientos elevados, de fatalidad, de almas incomprendidas. Emma, que creía haber enterrado sus ilusiones con la partida de Léon, no sospechaba que otro hombre venía a excavar en ellas.

La ocasión llegó con los comicios agrícolas. Yonville se engalanó. Campesinos, autoridades, animales premiados y curiosos llenaron la plaza. Homais iba de un lado a otro, satisfecho de verse entre notables. Charles se mostraba orgulloso de acompañar a su mujer. Rodolphe, atento, maniobró para quedarse junto a Emma y la condujo al primer piso del ayuntamiento, desde donde se veía la ceremonia.

Abajo, el consejero pronunciaba frases solemnes sobre la agricultura, la moral y el trabajo. Se repartían medallas a criados antiguos y a reses lustrosas. Arriba, Rodolphe hablaba en voz baja.

“¿No le parece —dijo— que hay vidas a las que se condena sin escucharlas? Uno cumple con lo que llaman deber, y entretanto el corazón se marchita.”

Emma no contestó. Miraba la plaza, pero escuchaba cada palabra.

“Hay encuentros —continuó él— que parecen dispuestos por el destino. Dos seres se reconocen, aunque todo los separe.”

En ese instante, abajo se premiaba a una anciana sirvienta por cincuenta y cuatro años de servicio. La multitud aplaudía. El funcionario hablaba de virtud y abnegación. Rodolphe, al lado de Emma, murmuraba pasión, soledad, dicha posible.

La mezcla era obscena y poderosa: los discursos públicos, vulgares y huecos, cubrían las palabras privadas que iban abriendo una puerta prohibida. Emma se sintió turbada. Rodolphe vio el temblor y apretó el cerco.

“¿Me permite volver a verla?”

Ella dijo que no debía. Pero no se apartó. Y esa vacilación fue, para él, una respuesta.

Al terminar los comicios, Yonville celebró sus premios y sus brindis. Charles no había comprendido nada. Rodolphe, en cambio, regresó a La Huchette seguro de su victoria próxima. Emma quedó con el alma agitada, avergonzada y seducida a la vez. Léon había sido un sueño no pronunciado; Rodolphe empezaba a ser una tentación con voz, mirada y propósito.

Después de los comicios, Rodolphe dejó pasar algunas semanas. Conocía bastante el corazón de Emma para saber que una ausencia calculada vale más que muchas súplicas. Ella, al principio, esperó verle entrar con cualquier pretexto; después se irritó contra sí misma por esperar. Cuando por fin apareció en casa de los Bovary, habló con una gravedad doliente. Dijo que había luchado contra aquel sentimiento, que había querido huir, que su presencia le era a la vez necesaria y fatal. Emma le escuchaba pálida, turbada, feliz de oír en voz alta las frases que ella misma había soñado en secreto.

Charles, confiado, no veía sino un propietario amable que se interesaba por su mujer. Incluso alentó las salidas a caballo, porque Rodolphe afirmó que el aire del campo convendría a los nervios de madame Bovary. Así, una mañana, Emma montó vestida con amazona. Al principio cabalgaron por caminos abiertos; luego Rodolphe la condujo hacia el bosque. Allí, entre la espesura, desmontaron. Él le habló de su amor, de la imposibilidad de resistir más. Ella dijo débilmente: «¡No, no!», pero no se apartó. Y, cuando regresó a Yonville, llevaba dentro una certeza ardiente: ya no era una esposa vulgar, sino una mujer de pasión, como aquellas heroínas que había admirado en los libros. Desde entonces, los encuentros se multiplicaron. Rodolphe acudía al jardín, o ella salía con excusas pequeñas y temblorosas. Emma mentía con una facilidad que la asombraba. Si Charles preguntaba, respondía que había visitado a la señora Homais, que había dado un paseo, que necesitaba aire. Él sonreía, satisfecho si la encontraba menos abatida. La amaba demasiado sencillamente para sospechar.

Emma, en cambio, se entregaba a la exaltación. Escribía cartas ardientes, exigía juramentos, quería signos, recuerdos, palabras únicas. Rodolphe aceptaba al principio con destreza; luego empezó a cansarse de aquella abundancia de emoción. Para él, la aventura era agradable. Para ella, era destino.

Y en ese mismo tiempo, el señor Lheureux volvió a presentarse con su cortesía aceitosa. Traía telas finas, pañuelos, cortinas, objetos elegantes que, según decía, no había que pagar al instante. «Madame es de gusto distinguido; ya arreglaremos las cuentas», repetía. Emma compró primero por capricho, luego por necesidad de rodear su amor de lujo. Firmó pagarés sin mirar demasiado las fechas. Lheureux sonreía, inclinaba la cabeza y dejaba crecer la deuda como quien alimenta una planta venenosa.

Así, mientras Charles creía que la salud de su mujer mejoraba y Rodolphe disfrutaba de su victoria, Emma confundía el adulterio con una existencia nueva. No advertía que aquella pasión, alimentada con mentiras y créditos, empezaba ya a cerrarse sobre ella.

Emma, después de haberse entregado a Rodolphe con la exaltación de quien cree entrar por fin en la vida soñada, empezó a encontrar insuficientes los encuentros furtivos. Ya no le bastaban el jardín, los recados fingidos, las visitas al castillo ni las palabras ardientes repetidas en secreto. Quería que el amor se hiciese destino.

—Llévame contigo —le decía—. No puedo seguir aquí. Me ahogo. Nos iremos lejos, donde nadie nos conozca.

Rodolphe la escuchaba con una sonrisa prudente. Al principio había tomado aquellas súplicas por una continuación natural de la pasión; luego comprendió que Emma hablaba en serio. Ella quería huir con él, y llevarse también a Berthe. En su fantasía, la niña no era un obstáculo, sino una prueba de grandeza: formarían una vida nueva, ardiente, libre, lejos de Charles, lejos de Yonville, lejos de aquella existencia que le parecía una cárcel.

—¿La niña también? —preguntó Rodolphe.

—Sí. No puedo abandonarla. La llevaremos con nosotros.

Él bajó los ojos. La aventura empezaba a adquirir una forma incómoda. Una amante apasionada era un placer; una mujer que abandonaba marido, casa y reputación, arrastrando una hija y esperando protección perpetua, era una carga. Sin embargo, no se atrevía a romper de frente. Fingió ceder. Hablaron de dinero, de pasaportes, de equipajes, de coches. Emma preparó su alma para la fuga como si preparase una boda. Encargó a Lheureux algunas cosas necesarias, sin mirar demasiado las cuentas. Se prometió pagar más tarde, cuando estuviera lejos. Sus deudas crecían al mismo tiempo que su ilusión. El comerciante, servicial y sonriente, entendía mejor que nadie la fiebre que la empujaba.

La fecha quedó fijada. Rodolphe debía pasar a buscarla. Emma, temblorosa de júbilo, imaginaba el momento en que dejaría atrás la casa de Charles. A ratos lloraba; a ratos se miraba al espejo con una solemnidad trágica. Creía estar sacrificándolo todo por el amor, y ese sacrificio la embriagaba.

Pero Rodolphe, en su habitación, después de contemplar sus armas, sus muebles, su vida cómoda y libre, decidió que no partiría. Se sentó a escribir. La carta debía ser tierna y definitiva. Rompió varios borradores: unos demasiado fríos, otros demasiado crueles. Al fin encontró el tono que le convenía, una mezcla de dolor fingido, razón calculada y renuncia teatral. Le decía que la amaba demasiado para perderla, que la fuga los condenaría a la desgracia, que era mejor separarse antes de envilecer aquel sentimiento.

Al terminar, añadió unas gotas de agua sobre el papel, para que parecieran lágrimas.

La carta llegó a Emma en una cesta de albaricoques. Ella la abrió confiada. Leyó las primeras líneas, palideció, siguió leyendo, y de pronto todo se hundió. Rodolphe no vendría. Rodolphe la abandonaba. Aquella vida que ya creía comenzada quedaba reducida a unas frases elegantes y cobardes.

Subió precipitadamente al desván. Desde allí vio pasar, a lo lejos, el carruaje de Rodolphe por el camino. Por un instante, el vacío la llamó. Se inclinó hacia la ventana; el mundo giró bajo sus ojos. Después retrocedió, balbuceando, como si algo se hubiese roto dentro de ella.

Charles la encontró alterada, irreconocible. No comprendía nada. Emma cayó en una enfermedad nerviosa, con fiebre, convulsiones y largos abatimientos. Él la cuidó con una ternura torpe y angustiada, sin sospechar la causa del desastre. Llamó al farmacéutico, consultó, veló junto a la cama. Veía a su esposa sufrir y pensaba que era preciso salvarla, sin advertir que su dolor no nacía del cuerpo, sino de una ilusión destrozada.

Durante semanas, Emma quedó hundida entre delirios y silencios. Yonville siguió su curso, Lheureux aguardó sus vencimientos, y Rodolphe, ya lejos de cualquier compromiso, recobró la tranquilidad que había elegido conservar.

Durante semanas, Emma permaneció como caída fuera de sí. Charles, alarmado por aquella languidez que ningún remedio parecía vencer, la rodeaba de cuidados torpes y sinceros. La veía palidecer junto a la ventana, sin saber que en aquel silencio se apagaba el recuerdo de Rodolphe, mezclado con humillación, rabia y un deseo obstinado de no renunciar a la grandeza de sus sueños.

El farmacéutico Homais, siempre dispuesto a opinar, aconsejó una distracción conveniente. En Ruan representaban una ópera; la música, el bullicio, el cambio de aires podrían devolver a madame Bovary algo de vigor. Charles aceptó la idea con gratitud. Preparó el viaje como quien prepara una cura, y Emma, al principio indiferente, terminó por dejarse vestir y conducir, con esa docilidad fatigada de los convalecientes. En el teatro, la sala ardía de luces. Emma miró los palcos, los trajes, las joyas, y sintió subir otra vez aquella antigua embriaguez que había conocido en la Vaubyessard: la promesa de una vida más alta que la suya. La música comenzó. En el escenario, la pasión cantaba con voces inmensas, y las desgracias de los amantes parecían ennoblecidas por el arte. Emma escuchaba arrebatada. Cada frase le devolvía su propia historia, pero purificada, solemne, digna de lágrimas hermosas.

Charles, en cambio, se fatigaba. No seguía el argumento, se inclinaba para preguntarle si comprendía, si estaba bien, si quería agua. Emma apenas contestaba. Entonces, en un entreacto, una voz conocida pronunció su nombre.

Era Léon Dupuis. Ya no era el joven tembloroso de Yonville, que ocultaba sus ardores tras conversaciones literarias. Había vivido en Ruan, trabajaba allí, vestía con más soltura y miraba a Emma con una decisión nueva. Ella se estremeció al verlo. El pasado regresó de golpe: los paseos, los libros, las frases inacabadas, aquella pasión que ninguno se había atrevido a declarar. Charles lo recibió con alegría ingenua.

—¡Ah, monsieur Léon! ¡Qué sorpresa! Emma ha estado tan enferma… Justamente hemos venido para distraerla.

Léon se inclinó hacia ella, preguntando por su salud con una dulzura que parecía decir mucho más. Emma contestó con reserva, pero sus ojos no pudieron sostener aquella cautela. Durante la conversación, él habló de Ruan, de los espectáculos, de la vida de la ciudad. Charles propuso que los acompañara. Léon aceptó.

La ópera siguió, pero Emma ya no estaba en el escenario. Sentía a su lado aquella presencia renacida, no como un recuerdo inocente, sino como una ocasión. Cuando la representación terminó, salieron juntos entre el gentío. Charles, cansado, pensaba en volver pronto; Léon lamentó que madame no hubiese visto el final con calma y sugirió que, si se quedaban un día más, podrían asistir a otra función o visitar la catedral.

Emma no respondió enseguida. En su interior, la herida de Rodolphe dejaba sitio a una esperanza peligrosa. Charles, deseoso de complacerla, accedió con facilidad. Así, en Ruan, bajo el pretexto de la salud y del entretenimiento, el antiguo deseo de Léon y Emma volvió a encenderse, menos tímido, más cercano a la falta que ambos habían imaginado durante años.

Al día siguiente de la ópera, Léon no quiso dejar escapar lo que en otro tiempo le había faltado valor para tomar. Siguió a Emma hasta la catedral de Ruan, donde ella había ido como quien busca refugio contra sí misma. Habló de su antigua ternura, de los años perdidos, de aquella emoción que los unía y que, según él, ya no podían negar. Emma resistía con frases de deber y de prudencia, pero cada palabra de Léon despertaba en ella la imagen de una vida distinta.

—No —decía ella—, esto sería una locura.

—Una locura —respondía él— es habernos separado.

Cuando el bedel empezó a mostrarles las capillas y los sepulcros, ellos apenas oían. Léon la condujo fuera, llamó a un coche de alquiler y dio una dirección cualquiera. Emma subió. El coche echó a andar por las calles de Ruan, luego por los muelles, luego de nuevo por la ciudad, con las cortinillas bajadas. Durante horas rodó sin destino, mientras dentro se consumaba la decisión que ella había fingido combatir. De regreso a Yonville, Emma inventó el pretexto que habría de sostener su doble vida. Dijo a Charles que necesitaba perfeccionarse al piano; él, dócil y orgulloso de verla ocuparse en algo distinguido, aceptó que fuese una vez por semana a Ruan. Firmó las autorizaciones, pagó lo que pudo, preguntó poco. Emma salía con aire grave, como si acudiera a una obligación. En realidad, Léon la esperaba en un hotel, y allí ambos vivían unas horas de fiebre, promesas y reproches, como si el mundo pudiera reducirse a aquella habitación.

Pero la pasión necesitaba dinero. Vestidos, viajes, comidas, regalos, carruajes: todo abría una nueva grieta. Entonces apareció Lheureux, más atento que nunca, con su sonrisa obsequiosa y sus manos llenas de papeles.

—No se inquiete, señora Bovary. Una firma aquí, otra allá. Son simples arreglos.

Emma firmó. Compró telas, cortinas, objetos que no necesitaba; aceptó renovar pagarés y aplazar vencimientos. Lheureux le hablaba de discreción, de facilidades, de negocios corrientes entre personas de mundo. Ella, que temía más la pobreza visible que la deuda oculta, se dejó envolver.

También mintió a todos. A Charles, con sus clases; a Homais, con excusas vagas; a su suegra, con altivez; incluso a Léon, cuando quería parecer más libre de lo que era. Cada jueves regresaba a Yonville agotada, exaltada y sombría. Besaba a Berthe deprisa, escuchaba a Charles sin oírlo, y miraba los sobres de Lheureux como si fuesen cartas de una fatalidad que aún podía aplazarse.

Léon, al principio deslumbrado, empezó a notar en ella exigencias, celos, arrebatos. Emma quería que él fuese héroe, amante, salvación y destino. Él era solo un joven escribiente, vanidoso y débil, seducido por el papel que ella le daba. Y, mientras la pasión se repetía hasta volverse costumbre, la red de deudas se cerraba silenciosamente alrededor de la casa Bovary.

Los viajes a Ruan continuaron, pero ya no tenían la ligereza de las primeras semanas. Detrás de cada encuentro con Léon aguardaba una cifra, una firma, una fecha. Lheureux, siempre obsequioso, había ido renovando pagarés, reuniendo deudas, cambiando una obligación por otra mayor. Emma creía aplazar el peligro; en realidad, lo alimentaba.

Una mañana, el comerciante apareció con su sonrisa baja y sus frases melosas. Traía papeles. Habló de vencimientos, de compromisos, de la necesidad de arreglarlo todo sin escándalo. Emma palideció. Él explicó que ya no dependía sólo de su buena voluntad: había cedido créditos, intervenían terceros, y si no se pagaba, vendría el embargo. Seis mil francos. La palabra cayó sobre ella como una sentencia.

Emma quiso protestar, acusarle de engaño. Lheureux abrió los brazos, ofendido por tanta ingratitud. ¿No la había servido siempre? ¿No había esperado, renovado, facilitado cuanto ella deseaba? Pero los negocios eran los negocios. Le dejó ver, con una dulzura más cruel que la amenaza, que los muebles de la casa Bovary podían ser inventariados, vendidos, exhibidos a la vergüenza pública. Desde entonces, Emma corrió. Primero a Léon. En Ruan, con el rostro descompuesto, le pidió dinero, seis mil francos, inmediatamente. Él se espantó. No los tenía. Prometió consultar, buscar, hablar con amigos; pero su ternura se volvió torpe, tímida, inútil. Emma le miró como si descubriera a un desconocido. Le exigió más, le acusó de cobardía. Léon bajó los ojos.

Buscó después ayuda donde pudo: escribió, suplicó, entró en despachos. Un abogado la recibió con cortesía dudosa; comprendió demasiado deprisa su angustia y quiso aprovecharse de ella. Emma huyó, indignada y más desesperada. Visitó al notario Guillaumin, esperando crédito o protección. Él la escuchó, midió su ruina, y dejó deslizar una propuesta infame bajo palabras prudentes. Emma se levantó, temblando de asco y rabia.

Mientras tanto, el acta de embargo avanzaba. En Yonville, el rumor se insinuaba ya por las puertas. Charles no sabía nada. Seguía confiando en ella, en sus clases de piano, en sus indisposiciones, en aquellas salidas que Emma cubría con mentiras cada vez más frágiles.

Entonces pensó en Rodolphe. Aquel hombre había prometido huir con ella; la había abandonado, sí, pero había sido rico, audaz, dueño de sí. Emma fue a verle a La Huchette. Al encontrarle, todo el pasado se levantó un instante entre los dos: las cabalgatas, las cartas, la espera en la noche de la fuga imposible. Pero ella no venía por amor. Venía por dinero.

Rodolphe la recibió con una mezcla de sorpresa y vanidad. Emma habló atropelladamente: estaba perdida, necesitaba tres mil francos, luego seis mil, lo que él pudiera dar. Si alguna vez la había amado, debía salvarla. Rodolphe se turbó, se excusó, fingió no disponer de esa suma. Ella comprendió que también él cerraba la puerta.

Entonces su humillación se convirtió en furia. Le recordó sus juramentos, su traición, el sufrimiento que él había causado. Rodolphe, molesto, se defendió con frases vagas. Emma le miró por última vez, ya sin ilusión alguna. Salió de allí sabiendo que no quedaba nadie a quien acudir.

El deseo que la había empujado de una mentira a otra se había transformado en pánico. Y el nombre de Lheureux, escrito en los papeles de la deuda, pesaba ahora sobre la casa Bovary como una condena próxima. Emma salió de casa de Rodolphe sin lágrimas. Había esperado, hasta el último instante, que aquel hombre que tantas veces le habló de sacrificio y de pasión abriese el cajón, extendiese los billetes y la salvase. Pero Rodolphe, con frases blandas y rostro compungido, le había dicho que no tenía dinero. Entonces ella comprendió que no quedaba puerta alguna.

Caminó por Yonville como si atravesara un sueño violento. La amenaza del embargo, la vergüenza pública, los papeles firmados, las mentiras acumuladas, todo la cercaba. En la plaza vio la farmacia de Homais. Justin estaba allí, solo por un momento, y Emma entró con una resolución fría que a él le heló la sangre.

—Necesito la llave del gabinete —dijo.

Justin balbuceó, se resistió. Sabía que allí se guardaban sustancias peligrosas. Pero Emma lo dominó con la voz, con la mirada, con esa autoridad febril que aún conservaba sobre quienes la admiraban. El muchacho, temblando, obedeció. Ella abrió el armario, buscó entre los frascos, hundió la mano en el polvo blanco y se lo llevó a la boca.

—¡Señora! —gritó Justin.

Emma ya había salido. Volvió a su casa y se sentó a escribir. Cuando Charles llegó, la encontró pálida, extrañamente tranquila. Le entregó una carta y le pidió que no la abriera hasta más tarde. Él, inquieto, la miraba sin entender.

Pronto comenzaron los dolores. Primero una náusea amarga, luego un fuego que le subía desde el estómago. Charles abrió la carta y leyó la confesión: ella se había envenenado. Entonces todo fue espanto. Mandó llamar a Homais, al doctor Canivet, a cuantos pudieran acudir. Homais, agitado, invocaba remedios, teorías, contravenenos; Canivet llegó con su suficiencia acostumbrada; después vino el gran Larivière, grave y lúcido, y comprendió enseguida que casi nada podía hacerse.

Charles se arrodillaba junto al lecho.

—¡Emma! ¡Háblame! ¿Por qué? ¿Qué te he hecho?

Ella no respondía sino con gemidos, sacudida por convulsiones, por una sed atroz, por el horror de un cuerpo que se deshacía lentamente. A ratos pedía el espejo, a ratos rechazaba a todos. El cura fue llamado; también Bournisien llegó con los sacramentos, mientras Homais murmuraba objeciones y se revolvía contra aquel aparato religioso.

Emma, agotada, oyó en la calle una voz ronca y grotesca. Era el ciego, aquel mendigo que cantaba coplas obscenas por los caminos. Su canción subió hasta la ventana como una burla final. Entonces Emma se incorporó apenas, abrió los ojos, y una risa espantosa, casi delirante, le quebró el rostro.

Después cayó hacia atrás.

Charles gritó su nombre. La habitación quedó llena de médicos inútiles, vecinos consternados y frases sin sentido. Emma Bovary había muerto, y Charles, abrazado a aquella pérdida, no alcanzaba todavía a comprender todas las deudas, todos los amantes, toda la ruina que habían entrado con ella en la casa.

Después del entierro de Emma, la casa de Charles quedó llena de cuentas, de muebles embargados y de un silencio que no sabía ocupar. Él no quiso desprenderse de nada suyo. Guardó sus vestidos, sus guantes, sus peines; abría los cajones como quien entra en una capilla, y pronunciaba su nombre con una ternura que la muerte no había corregido.

Los acreedores llegaron uno tras otro. Lheureux ya no fingía cortesía. Se hicieron inventarios, se vendió cuanto podía venderse, y Charles, incapaz de defenderse, firmaba papeles sin comprenderlos del todo. Homais, siempre correcto, siempre prudente, se alejaba de aquella ruina con frases medidas. Yonville hablaba, comentaba, olvidaba. Un día, buscando entre los objetos de Emma, Charles encontró unas cartas. Primero fueron las de Rodolphe. Reconoció allí la pasión que ella le había ocultado, los planes de fuga, las palabras que nunca habían sido para él. Se quedó inmóvil, con los papeles en la mano. No gritó. No llamó a nadie. Parecía que el golpe había caído tan hondo que ya no encontraba salida.

Más tarde descubrió también las cartas de Léon. Entonces la verdad se completó con una precisión cruel: los viajes a Ruan, las mentiras, las ausencias, todo aquello que él había aceptado por amor o por ceguera. Sin embargo, su corazón no supo transformarse en odio. A quien le hablaba de ella con dureza, Charles respondía casi con humildad:

—No la culpéis.

Y cuando, por azar, se encontró con Rodolphe, el hombre que había sido su rival, Charles lo miró pálido y vencido. Rodolphe balbuceó alguna frase. Charles dijo solamente:

—No le guardo rencor. Fue culpa de la fatalidad.

Rodolphe, que había amado a Emma sin arriesgarse por ella, se quedó turbado ante aquella grandeza rota.

Charles fue empobreciéndose hasta no tener casi nada. La pequeña Berthe andaba por la casa con sus zapatos gastados, sin comprender que su infancia había sido dejada en herencia a la miseria. Una tarde, jugando cerca de su padre, lo encontró sentado en el banco del jardín. Parecía dormido. Tenía un mechón de cabellos de Emma entre los dedos. No respondió cuando la niña lo llamó.

Charles Bovary había muerto.

Tras él no quedó fortuna alguna. Berthe fue enviada primero con la madre de Charles; luego, al morir esta, pasó a casa de una tía pobre, que la puso a trabajar en una fábrica de hilados.

En Yonville, la vida siguió su curso. Homais prosperó, recibió honores y continuó escribiendo artículos con aplomo. El mundo que había rodeado a Emma Bovary permaneció en pie, satisfecho y estrecho, mientras ella, Charles y sus ilusiones quedaban cerrados bajo tierra.

Y sobre aquel amor agotado quedó solo el silencio de Yonville.

Guion y voz generados con inteligencia artificial.

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