
A través del espejo: la partida de Alicia
38 min · Clásicos de la literatura

Historia para dormir · Clásicos de la literatura
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Fiódor Karamázov enfrenta a sus hijos en una familia desgarrada por el dinero, el deseo y el rencor. Cuando el padre aparece asesinado, Dmitri carga con las sospechas, mientras Smerdiakov e Iván se hunden en una verdad más compleja y devastadora.
En la pequeña ciudad de Skotoprigónievsk vivía Fiódor Pávlovich Karamázov, terrateniente de fortuna modesta, bufón cuando le convenía y hombre mezquino casi siempre. Se había casado dos veces, y de aquellos matrimonios le quedaban tres hijos a los que apenas había criado.
El mayor, Dmitri, era hijo de Adelaida Ivánovna, una mujer orgullosa que había abandonado a Fiódor Pávlovich y muerto poco después. Durante los primeros años, el padre casi olvidó que el niño existía. Dmitri pasó de unas manos a otras entre criados y parientes, mientras se consumía la herencia materna que algún día debía pertenecerle.
Del segundo matrimonio nacieron Iván y Alexéi. Su madre, Sofía Ivánovna, dulce y enfermiza, soportó en silencio las humillaciones de su marido hasta morir siendo ellos aún pequeños. También los dos hermanos fueron enviados lejos. Iván creció reservado, brillante y orgulloso; aprendió pronto a sostenerse por sí mismo y se hizo conocido por sus artículos. Alexéi, a quien todos llamaban Aliosha, poseía una serenidad singular: no juzgaba a nadie, aunque comprendía más de lo que parecía.
Así, los tres hijos crecieron separados de su padre y entre sí. Dmitri volvió siendo ya un hombre. Había servido en el ejército, gastado dinero con violencia y vivido como si cada día fuese el último. Durante años había creído que le correspondían propiedades y rentas de su madre. Fiódor Pávlovich, en cambio, le entregaba sumas dispersas y llevaba cuentas oscuras, asegurando unas veces que aún le debía mucho y otras que ya había recibido más de lo suyo.
Cuando padre e hijo se encontraron para ajustar definitivamente la herencia, la discusión estalló casi desde el principio.
—¡Me has engañado! —gritó Dmitri—. Has administrado mis bienes como si fueran tuyos.
Fiódor Pávlovich abrió los brazos con gesto teatral.
—¿Engañarte yo, Mítia? ¡Qué palabra tan terrible! Tú has firmado recibos, has pedido anticipos, has derrochado cuanto te di. Tal vez seas tú quien me debe dinero.
—Enséñame las cuentas.
—Las cuentas existen. Otra cosa es que un caballero impetuoso sepa entenderlas.
Dmitri avanzó hacia él, y por un instante pareció dispuesto a golpearlo. Después se contuvo, temblando de rabia.
—No quiero limosnas. Quiero lo que es mío.
Pero aquella disputa ya no era solamente por dinero. Entre ambos se había acumulado un odio antiguo: el abandono, las sospechas, las humillaciones y el parecido que Dmitri temía reconocer en sí mismo.
Iván había regresado también a la ciudad y vivía, inesperadamente, bajo el techo de su padre. Fiódor Pávlovich lo trataba con una mezcla de temor y vanidad, complacido de exhibir a un hijo instruido sin llegar a comprenderlo. Iván escuchaba las querellas familiares con una frialdad que inquietaba a Dmitri.
Aliosha, por su parte, había escogido el monasterio cercano y se había puesto bajo la guía del stárets Zósima. Sin embargo, seguía unido a su familia. Visitaba a su padre, escuchaba a Dmitri y buscaba a Iván, como si presintiera que los tres eran arrastrados hacia una desgracia común.
Dmitri pidió que el conflicto se sometiera al juicio moral de Zósima. Tal vez el anciano pudiera obligar a Fiódor Pávlovich a hablar con verdad; tal vez lograra contener la furia del hijo.
Fiódor aceptó, divertido ante la perspectiva de representar una nueva comedia. Iván accedió sin revelar sus motivos. Aliosha comprendió que aquella reunión no traería paz fácilmente.
Los Karamázov se prepararon para encontrarse ante el stárets. Y bajo la querella de la herencia comenzaba ya a agitarse algo más oscuro que el dinero. La reunión se celebró en la celda del stárets Zósima. Aliosha había confiado en que la presencia del anciano impondría serenidad a los suyos; pero Fiódor Pávlovich llegó dispuesto a convertir su propia vergüenza en espectáculo. Le acompañaban Iván y Piotr Miúsov, pariente de la primera esposa de Fiódor y hombre orgulloso, irritado ya de antemano por aquella visita. Dmitri aún no había aparecido.
Zósima recibió a todos con humilde cortesía. Fiódor empezó declarando que era un bufón por naturaleza, y enseguida mezcló bromas, mentiras y alusiones indecentes. Miúsov protestó, escandalizado. Aliosha bajó los ojos. El stárets, sin perder la calma, dijo a Fiódor:
—Sobre todo, no se mienta a sí mismo. Quien se miente y escucha su propia mentira acaba por no distinguir verdad alguna, ni en sí ni a su alrededor.
Por un instante, Fiódor pareció conmovido. Besó la mano del anciano y afirmó que aquellas palabras le atravesaban el corazón. Pero casi de inmediato volvió a representar su comedia, como si la sinceridad le resultara insoportable. Cuando Dmitri entró por fin, pidió disculpas por el retraso. Creía que la reunión se había fijado para otra hora. Apenas tomó asiento, la disputa estalló. Fiódor lo acusó de dilapidar fortunas, de perseguirlo y de reclamar un dinero que ya había recibido con creces. Dmitri se levantó, pálido de ira.
—¡No es verdad! Me ha engañado en las cuentas. Retiene lo que pertenece a mi madre y se sirve de mi confusión para hacerme pasar por deudor.
El padre respondió con gritos y gestos teatrales. Presentó a su hijo como un libertino violento, comprometido con una joven noble y, sin embargo, rendido ante otra mujer. Entonces apareció, desnudo, el verdadero centro de su odio: Agrafena Aleksándrovna, Grúshenka.
—¡Los dos la perseguimos! —exclamó Dmitri—. ¡Los dos competimos por ella!
Fiódor no lo negó. Al contrario, habló de Grúshenka con una excitación repugnante y provocadora. Dmitri confesó que había llegado a despreciar a su padre no solo por el dinero, sino porque aquel viejo rival trataba de comprar con promesas a la mujer que él deseaba. El conflicto económico y los celos formaban ya una sola deuda, imposible de calcular.
Miúsov declaró que aquello era indigno de un monasterio. Iván permaneció atento y sombrío. Aliosha contemplaba a Dmitri con angustia, comprendiendo que la cólera de su hermano podía llevarlo demasiado lejos.
De pronto, Zósima se levantó. Caminó hacia Dmitri y, ante el asombro de todos, se inclinó profundamente hasta tocar el suelo con la frente. Nadie entendió aquel gesto. Dmitri retrocedió, estremecido, y salió de la celda.
La reunión había fracasado. No hubo acuerdo sobre la herencia ni reconciliación alguna. Solo quedó expuesto, ante todos, el vínculo que unía a padre e hijo: dinero disputado, deseo humillante y un odio que empezaba a anunciar sangre.
Después del escándalo en el monasterio, Dmitri buscó a Aliosha y lo llevó hasta un rincón apartado. Necesitaba hablar, pero no para justificarse. Quería presentarse tal como se veía a sí mismo: dividido entre la nobleza y la infamia.
—Soy un Karamázov —dijo—. Puedo mirar al cielo y, en el mismo instante, hundirme en el fango.
Le habló primero de Katerina Ivánovna. Tiempo atrás, cuando el padre de ella se hallaba al borde de la deshonra por un dinero que faltaba en las cuentas, Dmitri había podido salvarlo. Hizo llegar la suma sin exigir a cambio aquello que, en un arrebato vil, había imaginado pedir. Katerina acudió después a darle las gracias, orgullosa y humillada a la vez. Más tarde, ya restablecida la fortuna familiar, le envió dinero y se comprometió con él.
Pero Dmitri no amaba a Katerina con la entrega que ella merecía. Estaba dominado por otra mujer.
—Grúshenka —confesó—. Por ella perdería el honor, la razón y quizá la vida. Aquel deseo lo había convertido en rival de su propio padre. Fiódor Pávlovich también aguardaba a Grúshenka y reservaba para ella tres mil rublos, guardados en un sobre. Dmitri estaba convencido de que ese dinero le pertenecía, aunque sus cuentas con el padre fueran confusas y nadie reconociera ya su reclamación como una deuda legítima.
Entonces reveló a Aliosha su verdadera vergüenza. Katerina le había confiado tres mil rublos para que los enviase a su hermana. Dmitri no obedeció. Se llevó el dinero y lo gastó en una desenfrenada fiesta con Grúshenka en Mokróie. Sin embargo, había conservado una parte cosida en una bolsita que llevaba al cuello. Aquella reserva no lo absolvía: era, según él, la prueba de que sabía que estaba robando y había querido guardar una salida.
—Si consigo tres mil rublos —dijo—, se los devolveré a Katia. Entonces podré marcharme con Grúshenka, si ella me acepta, sin ser un ladrón.
Aliosha comprendió que su hermano no buscaba solo dinero. Buscaba separar con una cifra exacta la culpa de la redención, como si tres mil rublos pudieran devolverle de golpe la dignidad perdida.
Dmitri hablaba cada vez con mayor agitación. Sospechaba que Grúshenka jugaba con ambos Karamázov y que podía acudir en cualquier momento a casa de Fiódor. La sola idea lo enloquecía.
—Si va con él... no sé qué haré.
Aliosha le pidió que no amenazara a su padre. Dmitri respondió con una brusca carcajada, pero enseguida se cubrió el rostro.
—No quiero matarlo. Sin embargo, quizá lo mate.
Después encargó a Aliosha que viera a Katerina y le transmitiera su reverencia. No se atrevía a presentarse ante ella: prometido infiel, deudor y hombre consumido por los celos. En su interior aún luchaban la vergüenza y el deseo de salvarse; pero cada hora sin dinero estrechaba el cerco.
Cuando se separaron, Aliosha llevaba consigo la confesión de Dmitri y el temor de que aquella deuda, unida a la rivalidad por Grúshenka, desembocara en sangre. Dmitri, por su parte, quedó entregado a una sola obsesión: reunir los tres mil rublos antes de que su padre conquistara a la mujer que ambos deseaban.
Mientras Dmitri corría de una humillación a otra, acosado por los tres mil rublos y por sus celos, Iván se encontró con Aliosha en una taberna. Quería hablar antes de marcharse. Entre los dos hermanos había afecto, pero también una distancia profunda: Aliosha buscaba sostener la fe; Iván exigía cuentas al universo.
—No es a Dios a quien rechazo —dijo Iván—. Admito que pueda existir. Lo que no acepto es el mundo que ha creado.
Entonces habló del sufrimiento de los niños. Recordó historias de crueldad, castigos y torturas infligidos a seres incapaces de culpa. Ninguna armonía futura, afirmó, podía justificar una sola lágrima inocente.
—No quiero esa armonía —concluyó—. Devuelvo respetuosamente mi entrada.
Aliosha, turbado, respondió que existía un ser inocente que había perdonado por todos y podía perdonarlo todo: Cristo. Iván sonrió. Precisamente sobre él había compuesto un poema en prosa, la leyenda del Gran Inquisidor. En la Sevilla del siglo XVI, mientras ardían las hogueras de la Inquisición, Cristo regresaba a la tierra. El pueblo lo reconocía. Él curaba a un ciego y devolvía la vida a una niña. Pero el anciano cardenal, el Gran Inquisidor, ordenaba prenderlo.
En la celda, el cardenal acusaba al prisionero silencioso. Cristo había ofrecido libertad a los hombres cuando estos ansiaban pan, milagro y autoridad. Había rechazado las tres tentaciones del desierto, pero, según el Inquisidor, la humanidad era demasiado débil para soportar la libertad. La Iglesia había corregido su obra: daría pan, dominaría las conciencias y uniría a los hombres bajo el misterio y el poder.
—Mañana te quemaré —le decía—, y el mismo pueblo que hoy besaba tus pies alimentará la hoguera.
Cristo no contestaba. Se acercaba al anciano y lo besaba en los labios. El Inquisidor temblaba, abría la puerta y le ordenaba marcharse para no volver jamás.
Cuando Iván terminó, Aliosha no discutió. Se inclinó y lo besó en los labios.
—Eso es plagio —murmuró Iván, conmovido.
Se separaron poco después. Iván se disponía a abandonar la ciudad, pero sus palabras no quedarían encerradas en aquella taberna. Smerdiakov, que escuchaba y observaba cuanto ocurría en casa de Fiódor Pávlovich, había recibido ya de él una idea peligrosa: si no existe inmortalidad, quizá tampoco exista virtud; quizá todo esté permitido.
Iván no ordenaba ningún crimen. Sin embargo, su desprecio por el padre, sus dudas y sus razonamientos ofrecían a otra conciencia una justificación. Y mientras Dmitri amenazaba abiertamente, en la casa Karamázov comenzaba a crecer una voluntad más fría y secreta.
En casa de Fiódor Pávlovich, la espera se había convertido en una fiebre. El viejo cerraba puertas, escuchaba pasos y preguntaba una y otra vez si alguien había rondado la tapia. Estaba convencido de que Grúshenka acudiría por fin a él, a escondidas de Dmitri.
En su dormitorio guardaba un sobre sellado con tres mil rublos. Sobre él había escrito que el dinero era para Grúshenka, su ángel, si quería ir a verle. Aquella suma era la misma que Dmitri buscaba desesperadamente para saldar su deuda con Katerina Ivánovna y recuperar, según decía, su honor. Padre e hijo codiciaban a la misma mujer; y entre ambos, el dinero había adquirido el peso de una sentencia.
Solo Smerdiakov conocía las señales convenidas. Si Grúshenka llegaba, llamaría de una manera determinada; otras combinaciones anunciarían peligro o la presencia de Dmitri. El criado había explicado esas señales al propio Dmitri, que ahora sabía cómo podía abrirse la casa sin ruido. También le habló de sus ataques de epilepsia, insinuando que podían sobrevenirle en cualquier momento y dejar al viejo casi indefenso. Dmitri rondaba la propiedad dominado por los celos. Espiaba las ventanas, interrogaba a los criados y perseguía cualquier rumor sobre Grúshenka. A veces juraba que no mataría a su padre; poco después, en un arrebato, amenazaba con derramar sangre si la encontraba allí. No deseaba únicamente los tres mil rublos. Deseaba impedir que Fiódor Pávlovich comprase con ellos aquello que él consideraba suyo.
Iván comprendía que la casa se acercaba a una catástrofe. Smerdiakov buscó hablar con él antes de su partida y le expuso la situación con una claridad inquietante: Dmitri conocía las señales; Fiódor Pávlovich aguardaba solo; él mismo podía caer enfermo. Después añadió, con aparente sumisión, que sería mejor que Iván viajase a Chermashnia para ocuparse de unos negocios de su padre.
Iván advirtió en aquellas palabras algo más que una recomendación. Sintió repugnancia y miedo. Le preguntó si pretendía amenazarle o insinuar que sabía de antemano lo que iba a ocurrir. Smerdiakov respondió con evasivas, recordándole que, si Dmitri cometía un crimen, la herencia acabaría favoreciendo a los demás hermanos.
—Usted es un hombre inteligente —dijo—. No necesita que se lo expliquen todo.
Iván resolvió marcharse. Pero no fue a Chermashnia, como esperaba Smerdiakov, sino a Moscú. Al despedirse, anunció su destino. El criado pareció sorprendido y, sin embargo, le respondió con una frase que Iván recordaría después con horror:
—Siempre merece la pena hablar con un hombre inteligente.
El tren se llevó a Iván lejos de la ciudad. Durante el viaje intentó convencerse de que nada le retenía allí, de que no era guardián de su padre ni de Dmitri. Pero bajo aquellos razonamientos persistía una certeza oscura: había huido precisamente porque presentía el desastre.
En la casa, Fiódor Pávlovich continuó esperando la señal de Grúshenka. Smerdiakov cayó enfermo, o pareció caer enfermo, y fue apartado. Dmitri siguió vigilando en las sombras. El sobre con los tres mil rublos permanecía en el dormitorio, al alcance de una mano que aún no se había decidido a entrar.
Dmitri pasó aquella noche corriendo de una certeza a otra, cada cual más desesperada que la anterior. Buscó a Grúshenka en casa de Kuzmá Samsónov; luego supo que había salido a escondidas. Enseguida creyó comprenderlo todo: le había engañado para reunirse con Fiódor Pávlovich.
Llevaba consigo una mano de almirez de cobre. No había concebido un plan; la tomó casi sin pensarlo, dominado por los celos y por aquella necesidad febril de obtener los tres mil rublos. Se acercó a la casa paterna por el jardín, amparándose en la oscuridad. Dentro, Fiódor aguardaba despierto. Sobre la mesa estaba el sobre destinado a Grúshenka, cerrado y atado, con una inscripción que prometía los tres mil rublos a su «angelito».
Dmitri llegó hasta la ventana y miró. Vio a su padre inclinarse, escuchar, esperar. Entonces hizo la señal convenida, aquella que Smerdiakov había revelado. Fiódor se precipitó hacia la ventana.
—¡Grúshenka! ¿Eres tú? —susurró.
El anciano abrió y sacó la cabeza, ansioso. Dmitri lo tenía ante sí, indefenso. Durante un instante terrible, el odio acumulado pareció exigir sangre. Pero algo lo detuvo. Más tarde recordaría aquel instante como un abismo al que se había asomado sin caer. Retrocedió y huyó del jardín. El criado Grigori, enfermo pero inquieto, había abandonado la cama. Alcanzó a distinguir una figura junto a la cerca y corrió tras ella. Cuando Dmitri trepaba por el muro, el viejo lo sujetó de una pierna.
—¡Parricida! —gritó Grigori.
Dmitri se revolvió y descargó sobre él la mano de almirez. Grigori cayó con la cabeza ensangrentada. Dmitri saltó al otro lado, pero regresó unos pasos. Tocó la herida, intentó averiguar si aún vivía y se manchó las manos y la ropa con sangre.
—¡Dios mío, lo he matado! —murmuró.
Después escapó. Dejó tras de sí huellas, testimonios y aquella sangre que parecía anunciar un crimen aún mayor.
Poco después, la casa quedó sumida en un silencio engañoso. Marfa Ignátievna encontró a Grigori tendido en el jardín y pidió auxilio. Cuando entraron en la habitación de Fiódor Pávlovich, lo hallaron muerto, con el cráneo destrozado. La puerta estaba abierta. El sobre de los tres mil rublos yacía rasgado en el suelo, vacío; el dinero había desaparecido.
Todas las sospechas convergían en Dmitri. Había amenazado públicamente a su padre, codiciaba aquellos tres mil rublos y había sido visto huyendo del jardín. Grigori, al recobrar el conocimiento, afirmó haber reconocido al agresor. Nadie sabía aún que Dmitri no había matado a Fiódor. Nadie podía explicar qué había ocurrido en la habitación después de su huida.
Mientras la noticia comenzaba a extenderse, Dmitri corría en busca de Grúshenka, cubierto de sangre y de indicios, llevando consigo una repentina abundancia de dinero cuyo origen tendría que justificar. La noche del crimen había terminado; la persecución estaba a punto de comenzar. Dmitri salió del jardín convencido de que había matado a Grigori. Llevaba las manos manchadas de sangre y una sola idea le dominaba: encontrar a Grúshenka. Al llegar a casa de ella, la criada le reveló que se había marchado a Mokróie, llamada por el oficial polaco que la había abandonado cinco años atrás.
Aquella noticia lo decidió todo. Dmitri fue a buscar dinero y reapareció con un grueso fajo de billetes. Nadie sabía de dónde procedía. Compró vino, provisiones y dulces en cantidad desmesurada, contrató caballos y partió a toda velocidad hacia Mokróie. Parecía un hombre que corría hacia su última noche, resuelto a gastar cuanto poseía antes de quitarse la vida. En la posada encontró a Grúshenka con su antiguo amante, un polaco envejecido y vulgar, muy distinto del hombre idealizado durante años. El recién llegado hablaba con afectación, exigía dinero y hacía trampas en el juego. Dmitri, consumido por los celos, trató primero de apartarlo mediante un soborno. Después, al comprender que Grúshenka debía elegir por sí misma, se contuvo y esperó.
La velada se volvió ruidosa. Corrió el champán, llegaron músicos y campesinos, y Dmitri gastó sin medida. Pero bajo su exaltación pesaban la sangre de Grigori, el dinero oculto y la certeza de que su vida estaba perdida.
Grúshenka observó al polaco y vio derrumbarse el sueño que la había retenido tantos años. Cuando él la ofendió y mostró sin disimulo su codicia, ella lo rechazó.
—¡Vete! —le dijo—. Durante cinco años he amado mi propio rencor, no a ti.
Luego buscó a Dmitri. Él quiso apartarse, creyéndose indigno.
—Soy un canalla —confesó—. He derramado sangre. Mañana todo habrá terminado para mí.
Grúshenka se arrodilló ante él y le pidió que no huyera.
—Te amo a ti, Mitya. Aunque seas un ladrón, aunque hayas hecho algo terrible, iré contigo.
Por un instante imaginaron otra vida. Dmitri habló de devolver lo robado, de marcharse lejos y trabajar humildemente. Grúshenka aceptó compartir su destino. Entre lágrimas y júbilo, ambos creyeron que aún podían empezar de nuevo.
Pero, mientras la fiesta continuaba, llegaron coches a la posada. Entraron el fiscal, el juez de instrucción y varios agentes. Dmitri comprendió antes de que pronunciaran su nombre.
—Caballeros —dijo, palideciendo—, ya sé por qué habéis venido.
Le ordenaron permanecer allí. Fiódor Pávlovich Karamázov había sido asesinado aquella noche y le habían robado tres mil rublos. Dmitri miró a Grúshenka, después el dinero esparcido sobre la mesa. Todo cuanto había hecho parecía declarar contra él.
—¡No soy culpable de la sangre de mi padre! —gritó—. De otras cosas sí, de vileza y desenfreno... pero no de esa sangre.
Nadie respondió. La puerta quedó vigilada y comenzó el interrogatorio. La alegría de Mokróie se quebró de golpe. Ante Dmitri comparecieron el fiscal, el juez de instrucción y varios agentes. Le comunicaron que Fiódor Pávlovich Karamázov había sido asesinado aquella misma noche y que faltaban los tres mil rublos guardados en su dormitorio.
Dmitri palideció. Su primer pensamiento fue para Grigori.
—¿Ha muerto el viejo criado? —preguntó.
Le respondieron que Grigori vivía, aunque estaba gravemente herido. Dmitri exclamó con alivio que Dios había oído su súplica. Pero aquel alivio no hizo sino confirmar a los investigadores que conocía demasiado bien lo ocurrido en el jardín. Comenzó el interrogatorio. Dmitri no ocultó su odio contra su padre. Admitió que lo había amenazado, que había hablado de matarlo y que aquella noche había entrado a escondidas en la finca. Confesó también que, al huir, golpeó a Grigori con una mano de almirez. Sin embargo, sostuvo con obstinación que no había entrado en la casa.
—Soy un hombre ruin y violento —dijo—, pero no soy el asesino de mi padre.
Los investigadores fueron reuniendo los hechos como los eslabones de una cadena. Dmitri necesitaba desesperadamente tres mil rublos. Había buscado dinero durante todo el día. Había vigilado a Fiódor por celos de Grúshenka. Conocía las señales secretas para que le abrieran la puerta. Había sido visto en el jardín, cubierto con la sangre de Grigori. Y poco después había llegado a Mokróie con una gran suma, gastándola con la misma prodigalidad frenética de otra ocasión.
—¿De dónde salió ese dinero? —preguntó el juez.
Dmitri vaciló. Aquella era la parte que más vergüenza le causaba.
Explicó al fin que los billetes no procedían del dormitorio de Fiódor. Meses antes, Katerina Ivánovna le había confiado tres mil rublos para enviarlos a Moscú. Él había gastado la mitad en una primera juerga y había conservado los otros mil quinientos cosidos en un saquito que llevaba colgado al cuello. Durante semanas se había dicho que aún podía devolver aquella mitad y no ser un ladrón completo. Aquella noche había desgarrado el saquito y tomado el dinero.
Los hombres lo escucharon con incredulidad.
—¿Y dónde está el saquito?
Dmitri no lo sabía. Lo había arrojado al sacar los billetes. Registraron sus ropas y sus pertenencias, contaron el dinero restante y anotaron cada gasto. No apareció prueba alguna de aquella reserva secreta. Su relato parecía una invención desesperada para explicar por qué un hombre sin recursos había llegado de pronto con cientos de rublos.
Después llamaron a los testigos. Unos recordaron sus amenazas; otros, su carrera ensangrentada; otros, los billetes que había exhibido. Cada declaración estrechaba el cerco. Dmitri protestaba, se irritaba, se contradecía en detalles y volvía siempre a lo mismo:
—Quise matarlo. Tal vez fui capaz de desear su muerte. Pero no lo maté.
Al amanecer, agotado, comprendió que nadie le creía. Pensó en Grúshenka y pidió que no la culparan. Luego oyó la resolución: quedaba formalmente acusado del asesinato de Fiódor Pávlovich y del robo de los tres mil rublos.
Mientras se lo llevaban, Dmitri aceptó la desgracia como un castigo por su vida desordenada, pero no aceptó la culpa concreta que le atribuían. —Responderé por todo —dijo—, menos por la sangre de mi padre.
Mientras Dmitri esperaba el proceso, Iván volvió a casa de María Kondrátievna, donde Smerdiakov convalecía. Lo encontró débil, receloso, con una expresión que parecía esconder una burla. Iván le preguntó qué había ocurrido la noche del asesinato. Smerdiakov respondió que había sufrido un ataque verdadero y que nada sabía. Pero añadió, con calculada indiferencia, que Dmitri conocía las señales secretas para entrar en casa del padre.
Iván salió inquieto. Aquella conversación no lo convencía; cada frase parecía aludir a otra cosa. Regresó días después. Entonces Smerdiakov habló con mayor audacia. Le recordó las ideas expuestas por Iván: si Dios y la inmortalidad no existen, no hay virtud ni crimen absolutos; todo está permitido. También le recordó su partida a Moscú, precisamente cuando el peligro era mayor.
—Usted sabía lo que podía suceder —dijo—. Y se marchó para no impedirlo.
Iván se levantó, furioso.
—¿Insinúas que yo deseaba la muerte de mi padre?
—No solo la deseaba —repuso Smerdiakov—. Contaba conmigo.
Iván lo golpeó y se marchó. Sin embargo, aquellas palabras lo persiguieron. Comprendía que había odiado a Fiódor Pávlovich y que, al abandonar la casa, había dejado libre el camino. Pero entre un deseo oscuro y un asesinato había una distancia que se negaba a reconocer como propia. En la tercera visita encontró a Smerdiakov ya levantado. Esta vez no hubo rodeos.
—Yo maté a Fiódor Pávlovich —confesó.
Había fingido el ataque y aguardado hasta que Grigori y Marfa quedaron dormidos. Cuando Dmitri irrumpió en el jardín y después huyó, Smerdiakov comprendió que las sospechas recaerían sobre él. Entró mediante las señales convenidas, hizo creer al viejo que llegaba Grúshenka y, cuando este abrió, lo mató. Después tomó el sobre de los tres mil rublos y ocultó el dinero.
Iván lo miraba como si cada palabra abriera un abismo.
—Tú eres el asesino —murmuró.
—Con usted —respondió Smerdiakov—. Usted es el principal; yo solo fui su servidor.
Smerdiakov sostuvo que había actuado bajo la autorización moral de Iván. Si todo estaba permitido, no existía una ley superior que condenase el acto. Además, la marcha de Iván le había parecido una señal: quería la muerte del padre, pero prefería que otro cargara con la sangre.
Luego sacó de un escondite unos fajos envueltos en papel y los puso sobre la mesa.
—Aquí están los tres mil rublos.
Iván tomó el dinero con manos temblorosas. Aquella era la prueba que podía salvar a Dmitri. Anunció que al día siguiente comparecería ante el tribunal y lo contaría todo, aunque tuviera que acusarse también de complicidad moral.
Smerdiakov lo escuchó con desprecio. Dudaba que Iván soportase la vergüenza pública; creía que, llegado el momento, retrocedería. Pero Iván guardó los billetes y salió a la noche. Ya no podía refugiarse en la sospecha: conocía al asesino, poseía la prueba y llevaba consigo una culpa que no era la del crimen, pero que su conciencia convertía en algo casi inseparable de él.
Iván regresó con los tres mil rublos escondidos bajo la ropa. Había decidido presentarlos ante el tribunal y repetir, palabra por palabra, la confesión de Smerdiakov. Pero la decisión no le dio paz. La fiebre, contenida durante días, se apoderó de él; sus pensamientos se confundían y una misma pregunta volvía sin descanso: si había deseado la muerte de su padre, si había proclamado que todo estaba permitido, ¿no era también culpable del crimen?
En su habitación encontró a un visitante. Era un caballero de aspecto venido a menos, cortés y parlanchín, con modales de buena sociedad y ropas gastadas. Iván sabía que nadie había entrado. Sabía también que aquel hombre no existía fuera de su delirio.
—Eres una alucinación —dijo—. Eres yo mismo. Mis pensamientos más bajos y más estúpidos.
El visitante sonrió, casi ofendido.
—¿Por qué exiges de mí grandeza? Soy un diablo modesto. Además, me agrada dudar. Sin la duda, no habría acontecimientos.
Hablaba con ironía de Dios, de la razón y del sufrimiento; repetía las ideas de Iván, pero deformadas hasta volverlas insoportables. Le recordó su rebelión contra un mundo fundado sobre el dolor de los inocentes y se burló de su deseo secreto de creer. Luego narró la fantasía del hombre que, tras negar durante siglos la vida futura, acababa aceptando su condena y caminaba millones de kilómetros hasta las puertas del paraíso.
Iván se tapó los oídos.
—¡Calla! No eres tú quien habla. Soy yo.
—Precisamente —respondió el visitante—. Por eso te resulto tan desagradable. Iván le arrojó un vaso. En ese instante llamaron con violencia. La aparición se desvaneció y entró Aliosha. Traía una noticia urgente: Smerdiakov se había ahorcado.
Iván quedó inmóvil. Aquella muerte destruía al único testigo capaz de confirmar la confesión. Sin Smerdiakov, los tres mil rublos podían parecer una invención; sus palabras, el desvarío de un enfermo.
—Lo sabía —murmuró Iván—. Él me lo ha dicho.
Aliosha comprendió que su hermano deliraba. Iván señaló el lugar donde había estado sentado el visitante y habló del diablo con una mezcla de vergüenza y desafío. Después confesó que había ido a ver a Smerdiakov, que conocía la verdad y que comparecería ante los jueces.
—Mañana lo diré todo. Aunque nadie me crea.
Aliosha intentó tranquilizarlo, pero Iván se agitó más. Aseguraba que había querido el crimen sin ejecutarlo, que Smerdiakov había obrado en su nombre y que su partida había sido una autorización. Aliosha le respondió con firmeza:
—No fuiste tú quien mató a nuestro padre.
Pero Iván ya no podía aceptar consuelo. Su orgullo combatía con su culpa, y la fiebre convertía aquella lucha en tormento físico.
Esa noche cayó gravemente enfermo. Catalina Ivánovna acudió y llamó a un médico. Mientras lo cuidaban, el juicio de Dmitri se acercaba. El asesino estaba muerto, la confesión no tenía testigo y la verdad dependía ahora de la palabra quebrada de Iván.
La sala del tribunal estaba llena. Dmitri Fiódorovich escuchaba cómo su vida, descompuesta en escenas de furia, deudas y amenazas, iba convirtiéndose ante los jueces en la historia inevitable de un parricidio.
Los testigos hablaron de sus celos por Grúshenka, de su odio hacia Fiódor Pávlovich y de aquellos tres mil rublos que buscaba con desesperación. Recordaron sus gritos, sus golpes y su promesa de matar a su padre. Los médicos discutieron sobre su temperamento; unos vieron en él una naturaleza desordenada, otros una excitación casi enfermiza. Pero cada palabra parecía estrechar el cerco.
Dmitri se levantaba, protestaba, reconocía sus vilezas y rechazaba el crimen.
—He sido un hombre ruin, pero no maté a mi padre. Soy culpable de muchas cosas, no de su sangre. Entonces compareció Iván. Llegó pálido, con los ojos abrasados por la fiebre. Al principio respondió con sequedad, como si aún luchara consigo mismo. De pronto sacó un fajo de billetes y lo puso ante el tribunal.
—Este es el dinero —dijo—. Me lo entregó Smerdiakov. Él asesinó a mi padre. Me confesó cómo lo hizo y cómo se apoderó de los tres mil rublos.
La sala se agitó. El presidente le pidió pruebas. Smerdiakov estaba muerto; no había declaración escrita ni testigo alguno de aquella confesión. Iván insistió, pero sus palabras se volvieron febriles.
—Él mató, pero yo le enseñé que todo estaba permitido. Yo deseaba la muerte de mi padre. Por eso también soy culpable.
Habló de complicidad moral, de su partida a Chermashnia, de las insinuaciones que había comprendido y querido no comprender. Luego empezó a expresarse de manera incoherente, como si respondiera a alguien invisible. El tribunal vio a un enfermo. Se lo llevaron entre murmullos, y el dinero que debía salvar a Dmitri quedó convertido en un enigma más.
Katerina Ivánovna subió después al estrado. Había defendido antes la nobleza de Dmitri y recordado cómo él la ayudó cuando su familia estaba arruinada. Pero la aparición de Iván, su derrumbamiento y los celos que la atormentaban quebraron su resolución.
Entregó una carta escrita por Dmitri en una taberna, cuando estaba ebrio. En ella anunciaba que conseguiría los tres mil rublos, aunque tuviera que matar a su padre, y describía incluso dónde creía que este guardaba el dinero.
—Esta carta demuestra que lo había pensado —declaró Katerina, entre lágrimas y cólera—. Había trazado el plan.
Dmitri la miró como si acabara de recibir el golpe definitivo.
—¡Katia, me has perdido! —exclamó.
Ella comprendió al instante lo que había hecho, pero ya no podía retirar aquellas palabras. La acusación poseía ahora un documento que parecía reunir el móvil, la amenaza y la premeditación.
El fiscal ordenó los hechos en una cadena cerrada: deseo, celos, deuda, violencia y fuga. La defensa intentaría romperla, pero el proceso había dejado de juzgar únicamente lo ocurrido aquella noche. Juzgaba al hombre que Dmitri había sido, y confundía sus pecados confesados con el crimen que seguía negando.
El jurado se retiró cerca de una hora. Cuando volvió, la sala entera se levantó, suspendida en un silencio febril. Una tras otra llegaron las respuestas: sí, culpable; sí, con intención de robar; sí, autor de la muerte de su padre. No se le reconocían circunstancias atenuantes.
Dmitri quedó inmóvil. Después gritó que juraba ante Dios y ante aquel tribunal que era inocente de la sangre de su padre. Había sido un hombre disoluto, violento y vil, pero no un asesino. Pidió perdón a Katerina, a Grúshenka y a todos aquellos a quienes había hecho sufrir. Su voz se quebró entre el tumulto. Grúshenka lanzó un grito desde el público, y varios guardias tuvieron que contenerla.
La sentencia fue pronunciada: veinte años de trabajos forzados en Siberia.
Días después, Aliosha visitó a Dmitri en el hospital de la prisión. La excitación del juicio había dado paso a una extraña claridad. Kolia Krasotkin y otros amigos preparaban una posible fuga durante el traslado. Dmitri podría escapar a América con Grúshenka; allí vivirían un tiempo y, quizá algún día, regresarían clandestinamente a Rusia.
—No puedo soportar Siberia —confesó Dmitri—. No soy capaz de cargar con esa cruz.
Pero enseguida habló del otro hombre que había nacido en él durante el encierro. Aunque no hubiese derramado la sangre de Fiódor Pávlovich, se sabía culpable de odio, de brutalidad, de haber deseado la muerte. En las minas, decía, podía sufrir por todos los niños y por todos los hombres humillados. Luego vacilaba: quería vivir, amar a Grúshenka, huir. En él luchaban todavía la expiación y el ansia indomable de libertad.
Katerina entró en la habitación. Dmitri y ella se miraron como dos seres unidos para siempre por el daño que se habían causado. Él le pidió perdón; ella reconoció que lo había amado incluso mientras lo destruía. Se abrazaron, llorando. Cuando apareció Grúshenka, Katerina salió. Grúshenka no pudo perdonarla aún, pero prometió ayudar a Dmitri y seguirlo adonde fuese. Iván permanecía gravemente enfermo, delirante, bajo el cuidado de Katerina. La confesión de Smerdiakov había muerto con él y se había perdido entre las incoherencias de la fiebre. Nada podía ya revocar el veredicto.
Poco después murió Iliusha, el niño enfermo a quien Aliosha y sus compañeros habían acompañado. Tras el entierro, junto a la gran piedra donde antes se reunían, Aliosha habló a los muchachos. Les pidió que conservaran el recuerdo de Iliusha, de su valentía y de aquellos días en que habían sido buenos unos con otros. Kolia y los demás, con lágrimas en los ojos, prometieron no olvidarlo.
—¡Hurra por Karamázov! —gritaron.
Y avanzaron juntos hacia la comida fúnebre, mientras Dmitri aguardaba su condena, Iván combatía la fiebre y el crimen de Smerdiakov quedaba oculto bajo la sentencia de un inocente.
Dmitri parte condenado, mientras la culpa y la esperanza siguen disputándose el alma de los Karamázov.
Guion y voz generados con inteligencia artificial.
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