
A través del espejo: la partida de Alicia
38 min · Clásicos de la literatura

Historia para dormir · Clásicos de la literatura
44 min · Para escuchar con la luz apagada
Gratis y sin registro. Con el icono de la luna del reproductor pones un temporizador o dejas que sigan sonando historias toda la noche.
Tras diez años de guerra y otros tantos de extravío, Odiseo lucha por regresar a Ítaca, donde Penélope y Telémaco resisten el asedio de los pretendientes. Dioses, monstruos y tentaciones jalonan un retorno que culminará en el reconocimiento, la venganza y la restitución de su casa.
Diez años habían pasado desde la caída de Troya, y Odiseo aún no había regresado a Ítaca. Todos los demás héroes que habían escapado de la guerra y del mar se encontraban ya en sus hogares. Solo él permanecía lejos de su patria, retenido por la ninfa Calipso, que deseaba hacerlo su esposo.
Entretanto, la casa de Odiseo era devorada por hombres insolentes. Los nobles de Ítaca y de las islas vecinas acudían cada día al palacio para pretender a Penélope, convencidos de que su marido había muerto. Allí sacrificaban las reses del ausente, bebían su vino y ordenaban a los criados que los sirvieran. Querían que la reina escogiese a uno de ellos y que el elegido ocupase el trono.
Penélope resistía. Durante años los había engañado con una promesa: elegiría esposo cuando terminara de tejer el sudario de Laertes, anciano padre de Odiseo. De día tejía ante todos; de noche deshacía en secreto lo avanzado. Pero una criada reveló el ardid, y los pretendientes redoblaron su presión. Telémaco, hijo de Odiseo, contemplaba aquel abuso sin saber aún cómo detenerlo. Había crecido sin su padre y ya era un hombre, aunque los pretendientes seguían tratándolo como a un muchacho incapaz de defender su herencia.
Entonces Atenea descendió del Olimpo. Tomó la apariencia de Mentes, antiguo huésped de Odiseo, y llegó a las puertas del palacio. Telémaco la vio entre la multitud y, avergonzado de que un extranjero aguardase sin atención, la condujo lejos del bullicio, le ofreció asiento, comida y vino.
—¿Quién eres y de dónde vienes? —preguntó después—. ¿Conociste acaso a mi padre?
La diosa afirmó ser amiga de Odiseo y habló con una seguridad que encendió en Telémaco una esperanza casi olvidada.
—Tu padre no ha muerto. Está retenido en algún lugar del mar, pero encontrará el modo de regresar. Tú ya no debes comportarte como un niño. Convoca mañana la asamblea de los itacenses y ordena a estos hombres que abandonen tu casa. Después prepara una nave: ve a Pilos y pregunta al anciano Néstor; viaja luego a Esparta y escucha a Menelao. Tal vez ellos sepan qué suerte ha corrido Odiseo.
—Si supiera que vive —respondió Telémaco—, soportaría todavía un año de dolor. Pero nadie puede decirme dónde está.
Atenea le recordó la fama de su linaje y le pidió valor. Después se marchó con la rapidez de un ave. Telémaco comprendió entonces que había hablado con una divinidad.
En la sala, el aedo Femio cantaba el amargo regreso de los aqueos desde Troya. Penélope bajó de sus aposentos llorando y le pidió que escogiera otro canto. Telémaco, fortalecido por las palabras de Atenea, se dirigió a su madre con una autoridad nueva:
—Vuelve a tus habitaciones y atiende tus labores. Del canto se ocuparán los hombres, y sobre todo yo, pues a mí corresponde gobernar esta casa.
Penélope lo miró asombrada. No esperaba oír semejantes palabras del hijo que aún creía indeciso. Regresó a sus estancias y allí lloró por Odiseo hasta que Atenea le concedió el sueño.
Telémaco se volvió entonces hacia los pretendientes.
—Disfrutad ahora del banquete. Mañana os hablaré en la asamblea. Os exigiré que salgáis de este palacio y consumáis vuestros propios bienes. Si persistís en saquear los míos, pediré justicia a los dioses.
Los hombres callaron por un instante. Antínoo se burló de él, y Eurímaco intentó averiguar quién había sido su huésped. Telémaco no reveló lo que ya sospechaba. Respondió que había recibido a un viejo amigo de su padre y se retiró a su habitación.
Aquella noche no durmió como antes. Mientras los pretendientes seguían ocupando la casa de Odiseo, Telémaco pensó en la nave, en Pilos y en Esparta. Al amanecer, por primera vez, se presentaría ante Ítaca no como un niño abandonado, sino como el hijo del rey ausente.
Mientras Telémaco se preparaba para buscar noticias de su padre, los dioses decidieron que el propio Odiseo debía reanudar su regreso. Atenea recordó ante Zeus que el héroe permanecía retenido en Ogigia, la isla de la ninfa Calipso. Zeus envió a Hermes con una orden irrevocable.
El mensajero halló a Calipso en su gruta, pero Odiseo no estaba con ella. Como cada día, permanecía sentado junto al mar, consumido por la nostalgia, mirando hacia la patria que no podía ver. Hermes comunicó el mandato:
—Zeus ordena que dejes partir al desdichado hijo de Laertes. No está destinado a morir lejos de los suyos.
Calipso recibió aquellas palabras con amargura. Acusó a los dioses de envidiar a las diosas que amaban a hombres mortales, pero se sometió. No tenía nave ni tripulación que ofrecer; Odiseo tendría que construir una balsa. La ninfa encontró al héroe llorando en la orilla y le anunció que podía marcharse. Odiseo desconfió.
—Algún engaño preparas —respondió—, si pretendes que atraviese en una balsa un mar tan peligroso.
Calipso juró que no tramaba su ruina. Le proporcionó herramientas, madera, telas para una vela, agua y provisiones. Durante cuatro días, Odiseo cortó troncos, los ajustó y levantó una firme plataforma con bordas y mástil. Al quinto, Calipso lo despidió después de bañarlo y vestirlo. También le indicó qué estrellas debía mantener a su izquierda durante la travesía.
Diecisiete días navegó sin perder de vista el rumbo. En el decimoctavo divisó las montañas de Esqueria, tierra de los feacios. Pero Poseidón, que regresaba de Etiopía, descubrió al hombre al que odiaba por haber cegado a su hijo Polifemo.
—Todavía conocerá la desgracia antes de llegar a tierra —dijo.
Reunió las nubes y desencadenó una tempestad. Las olas golpearon la balsa, el mástil se quebró y Odiseo cayó al agua. Por un instante creyó que los guerreros muertos ante Troya habían tenido mejor destino que él.
La divinidad marina Ino acudió en su ayuda y le entregó un velo inmortal.
—Abandona la balsa, átate este velo al pecho y nada hacia tierra.
Odiseo vaciló, temiendo otra trampa, y se aferró a los restos mientras pudo. Pero una ola gigantesca deshizo la balsa. Entonces se ciñó el velo y nadó durante dos días y dos noches. Atenea calmó los vientos, aunque la costa rocosa amenazaba con destrozarlo. El héroe evitó los escollos y halló por fin la desembocadura de un río. Suplicó al dios de aquellas aguas, y la corriente se serenó para recibirlo.
Exhausto, desnudo y cubierto de sal, Odiseo devolvió el velo al mar. Se internó en un bosque cercano, reunió hojas secas y se ocultó bajo ellas para dormir.
A la mañana siguiente, Atenea condujo hasta aquel lugar a Nausícaa, hija del rey Alcínoo. La princesa había ido con sus sirvientas a lavar vestidos. Después de trabajar, jugaron a la pelota; un grito de las muchachas despertó a Odiseo. Salió del matorral cubriéndose con una rama. Todas huyeron salvo Nausícaa, a quien Atenea infundió valor. Odiseo se detuvo a prudente distancia y le habló con respeto, comparándola con una joven palmera que había visto en Delos. No le abrazó las rodillas, para no asustarla. Le pidió ropa y que le mostrara el camino de la ciudad.
Nausícaa comprendió que tenía ante sí a un náufrago favorecido por los dioses. Ordenó a sus sirvientas que le dieran alimento, aceite y vestidos. Cuando Odiseo se lavó y Atenea realzó su presencia, la princesa lo contempló admirada. Después le explicó cómo llegar al palacio de Alcínoo y le aconsejó que suplicara primero a la reina Arete.
Así, tras perder incluso la balsa que lo alejaba de su prisión, Odiseo encontró en la tierra de los feacios la primera esperanza verdadera de regresar a Ítaca.
Siguiendo el consejo de Nausícaa, Odiseo entró solo en la ciudad de los feacios. Atenea lo envolvió en una niebla protectora y, bajo aquella ocultación divina, el extranjero llegó hasta el palacio del rey Alcínoo. Allí encontró a los nobles reunidos y a la reina Arete junto al hogar.
Cuando la niebla se desvaneció, Odiseo se arrodilló ante Arete y abrazó sus rodillas.
—Reina, después de padecer innumerables desgracias, vengo a suplicarte que me ayudéis a regresar a mi patria.
Luego se sentó humildemente entre las cenizas del hogar. Alcínoo lo tomó de la mano, lo hizo levantarse y le ofreció un lugar de honor. Aunque aún ignoraba su nombre, prometió que los feacios lo conducirían a su tierra en una de sus veloces naves. Arete, sin embargo, reconoció las ropas que vestía el huésped, pues ella misma las había tejido para Nausícaa. Odiseo explicó que la princesa lo había encontrado exhausto junto al río y le había prestado ayuda, pero evitó revelar quién era. Alcínoo alabó la prudencia de su hija y renovó su promesa de escoltarlo hasta su hogar.
Al día siguiente se celebró una asamblea. Alcínoo ordenó preparar una nave y escogió a los mejores remeros. Después ofreció un banquete en honor del forastero. El aedo Demódoco, inspirado por la Musa, cantó una disputa entre Aquiles y Odiseo durante la guerra de Troya.
Al escuchar su propio pasado convertido en canto, Odiseo se cubrió el rostro con el manto y lloró en silencio. Solo Alcínoo advirtió sus lágrimas. Para aliviar la tristeza del huésped, el rey dispuso competiciones atléticas. Cuando el joven Euríalo puso en duda su fuerza, Odiseo tomó un disco y lo lanzó mucho más lejos que todos los demás.
—No soy inexperto en los juegos —dijo—. Las desgracias me han quebrantado, pero antes fui contado entre los mejores.
Los feacios reconocieron su valor, y Euríalo le ofreció una espada como reparación por sus palabras.
Durante el nuevo banquete, Demódoco cantó la estratagema del caballo de madera: cómo los aqueos entraron en Troya ocultos en su vientre y destruyeron la ciudad. Esta vez Odiseo no pudo contener el llanto. Alcínoo interrumpió al aedo y se volvió hacia su huésped.
—Dinos tu nombre. Ningún hombre carece de él. Dinos también qué tierras has recorrido y por qué lloras cuando escuchas hablar de Troya.
Entonces el extranjero dejó de ocultarse.
—Soy Odiseo, hijo de Laertes, conocido por mis ardides. Mi patria es Ítaca, áspera y querida, y no hay tierra más dulce para mí. Calipso me retuvo en su isla; antes, Circe quiso detenerme también. Pero nunca olvidé el regreso.
Los feacios guardaron silencio para escucharle. Odiseo alzó la copa y comenzó el relato de los años perdidos.
—Después de partir de Troya, el viento nos llevó hasta Ismaro, ciudad de los cicones. La saqueamos, pero mis compañeros no quisieron retirarse cuando se lo ordené. Los cicones pidieron refuerzos y nos atacaron al amanecer. Perdimos seis hombres de cada nave antes de escapar.
Después, una tormenta los apartó de su ruta. Durante nueve días vagaron por el mar, hasta alcanzar la tierra de los lotófagos. Quienes probaron el loto olvidaron el deseo de volver. Odiseo tuvo que arrastrarlos hasta las naves y atarlos a los bancos.
—Desde allí —continuó— navegamos hasta una tierra habitada por seres soberbios y sin leyes: los cíclopes.
Y ante Alcínoo, Arete y toda la corte, se dispuso a contar cómo entró en la cueva de Polifemo. Ante la corte de los feacios, Odiseo prosiguió su relato.
Desde la isla vecina, él y doce compañeros cruzaron hasta la tierra de los cíclopes. Llevaban consigo un odre de vino fuerte, regalo del sacerdote Marón. Al hallar una gran cueva llena de quesos, corderos y cabritos, sus hombres le rogaron que tomasen provisiones y regresaran a la nave. Pero Odiseo quiso conocer al dueño y recibir de él los dones debidos a un huésped.
Al anochecer llegó Polifemo, gigantesco hijo de Poseidón. Hizo entrar al rebaño, cerró la cueva con una roca que ningún grupo de hombres habría podido mover y, al descubrir a los intrusos, preguntó quiénes eran.
—Somos aqueos que regresamos de Troya —respondió Odiseo—. Venimos como suplicantes. Respeta a los dioses y las leyes de la hospitalidad.
Polifemo se burló. Dijo que los cíclopes no temían a Zeus. Después agarró a dos hombres, los golpeó contra el suelo y los devoró. A la mañana siguiente comió a otros dos y salió con sus rebaños, dejando la entrada sellada. Odiseo pensó en matarlo mientras dormía, pero comprendió que, sin la fuerza del cíclope, jamás apartarían la roca. Entonces cortó una gran estaca de olivo, la afiló y la endureció al fuego. Cuando Polifemo regresó y devoró a dos compañeros más, Odiseo le ofreció vino.
—Dime tu nombre —pidió el cíclope, embriagado—, y te daré un regalo.
—Mi nombre es Nadie.
Polifemo bebió de nuevo y declaró entre risas:
—A Nadie me lo comeré el último. Ese será mi regalo.
Vencido por el vino, cayó dormido. Odiseo y cuatro hombres calentaron la estaca y la hundieron en su único ojo. Polifemo despertó lanzando un alarido. Los demás cíclopes acudieron desde fuera y preguntaron quién le hacía daño.
—¡Nadie me mata con engaño! —gritó él.
Creyendo que sufría un mal enviado por los dioses, se marcharon.
Al amanecer, Polifemo retiró la roca y se sentó en la entrada, palpando el lomo de cada animal. Odiseo ató los carneros de tres en tres y sujetó a un hombre bajo el vientre del central. Él mismo se aferró a la lana del mayor. El cíclope dejó salir al rebaño sin descubrirlos.
Ya en la nave, los fugitivos remaron mar adentro. Entonces Odiseo no pudo contener su orgullo y se burló de Polifemo. Sus compañeros le suplicaron que callara, pues el cíclope arrojaba enormes peñascos hacia su voz. Pero el héroe gritó:
—Si alguien pregunta quién te cegó, dile que fue Odiseo, saqueador de ciudades, hijo de Laertes y señor de Ítaca.
Polifemo alzó las manos hacia el cielo e invocó a su padre Poseidón. Le pidió que Odiseo no regresara jamás; o que, si el destino exigía su vuelta, llegase tarde, solo, después de perder a todos sus compañeros, y encontrase desgracias en su casa.
Poseidón escuchó aquella plegaria. Y desde entonces, el mar entero se convirtió en enemigo del rey de Ítaca.
Desde la isla de Polifemo, Odiseo prosiguió su viaje hasta Eolia, dominio de Eolo, señor de los vientos. Durante un mes, Eolo lo acogió como huésped y escuchó la historia de Troya y del penoso regreso. Al despedirlo, encerró en un odre de piel todos los vientos contrarios y dejó libre únicamente al Céfiro, para que empujara las naves hacia Ítaca.
Durante nueve días y nueve noches navegaron sin descanso. Odiseo sostuvo el timón sin confiarlo a nadie. Al décimo día aparecieron las costas de su patria; tan cerca estaban que ya se distinguían las hogueras de los pastores. Pero entonces el cansancio venció al héroe y se quedó dormido.
Sus compañeros miraron el odre.
—Eolo le ha dado oro y plata —murmuraron—. Después de tantas fatigas, Odiseo pretende guardarlo todo para sí.
La codicia y la desconfianza pudieron más que la obediencia. Desataron el odre y todos los vientos escaparon a la vez. Una tempestad arrebató las naves de las puertas mismas de Ítaca y las devolvió a Eolia. Odiseo acudió de nuevo ante Eolo y le suplicó ayuda. Pero el señor de los vientos lo rechazó.
—¡Márchate! No puedo favorecer a un hombre perseguido por los dioses.
Sin viento propicio, los aqueos remaron hasta la tierra de los lestrigones. Once naves entraron en un puerto rodeado de altas rocas; solo Odiseo, cauteloso, dejó la suya fuera, atada a un escollo. Los exploradores encontraron a la hija del rey Antífates, quien los condujo al palacio. Allí, la reina, enorme como una montaña, llamó a su marido. Antífates atrapó a uno de los hombres y lo devoró; los otros huyeron hacia las naves.
Entonces acudieron los lestrigones. Desde los riscos arrojaron peñascos descomunales, destrozando cascos y mástiles. Ensartaron a los marineros como si fueran peces. Odiseo cortó la amarra de su nave y ordenó remar con todas las fuerzas. Solo aquella embarcación escapó. Toda la flota restante quedó destruida.
Los supervivientes llegaron después a Eea, la isla de Circe. Odiseo dividió a sus hombres en dos grupos, y Euríloco condujo uno hasta una mansión en el bosque. Circe los recibió con una bebida mezclada con drogas. Cuando bebieron, los tocó con su vara y los convirtió en cerdos, aunque conservaron entendimiento humano. Euríloco, que había desconfiado y permanecido fuera, regresó para avisar a Odiseo.
El héroe partió solo hacia la casa de la maga. En el camino se le apareció Hermes y le entregó una planta llamada moly, capaz de anular el hechizo.
—Cuando Circe te golpee con su vara, desenvaina la espada —le indicó el dios—. Haz que jure que no volverá a dañarte.
Odiseo bebió la pócima sin sufrir transformación. Circe lo tocó y ordenó:
—Ve ahora a la pocilga con tus compañeros.
Pero él desenvainó la espada y se lanzó sobre ella. La maga, asombrada, reconoció al hombre cuya llegada le había sido anunciada. Juró no hacerle daño y devolvió a los cerdos su figura humana. Los compañeros reaparecieron más jóvenes y vigorosos, y lloraron al abrazar a su jefe.
Circe los hospedó con abundancia. Los días se sucedieron entre banquetes, hasta convertirse en meses, y los meses en un año entero. Al fin, los hombres rodearon a Odiseo.
—Es hora de recordar nuestra patria, si de verdad hemos de volver algún día.
Odiseo pidió a Circe que cumpliera su promesa de ayudarlos a partir. Ella aceptó, pero anunció una condición terrible: antes de continuar hacia Ítaca, debía viajar a los dominios de Hades y consultar allí el alma del adivino Tiresias. Al amanecer, Odiseo y sus compañeros dejaron la isla de Eea. Circe les había indicado el rumbo y también el rito necesario para hablar con los muertos. Pero antes de partir sufrieron una pérdida: Elpénor, el más joven de la tripulación, cayó desde el tejado donde había dormido y murió sin que nadie lo advirtiera.
La nave avanzó hasta los confines del océano, donde la luz apenas alcanzaba la tierra de los cimerios. Allí Odiseo abrió una fosa, vertió leche con miel, vino y agua, esparció harina y sacrificó las víctimas prometidas. La sangre oscura corrió hacia el hoyo, y las almas acudieron desde el Érebo con un rumor innumerable.
Odiseo desenvainó la espada para impedir que bebieran antes que Tiresias. Entonces apareció la sombra de Elpénor.
—¿Cómo has llegado aquí antes que nosotros? —preguntó Odiseo.
—Caí del tejado de Circe —respondió el joven—. No me abandones sin sepultura. Quema mi cuerpo, reúne mis armas y levanta un túmulo junto al mar.
Odiseo prometió cumplirlo. Después vio a su madre, Anticlea, a quien había dejado viva al partir hacia Troya. Quiso acercarse, pero contuvo su dolor: Tiresias debía beber primero.
Por fin llegó el adivino tebano, apoyado en su cetro de oro. Bebió la sangre y reconoció al héroe.
—Buscas un regreso dulce, Odiseo, pero un dios hará difícil tu camino. Poseidón no ha olvidado que cegaste a su hijo. Aun así, podréis alcanzar Ítaca si domináis vuestro deseo. En la isla de Trinacia encontraréis los rebaños del Sol. No los toquéis. Si los dañáis, perderás la nave y a todos tus compañeros. Tú regresarás tarde, solo y en una nave ajena. En tu casa hallarás hombres insolentes que consumen tus bienes y pretenden a tu esposa. Tendrás que castigarlos.
Tiresias le anunció también que, después de restablecer el orden en Ítaca, todavía debería emprender otro viaje para aplacar definitivamente a Poseidón. Luego se retiró entre las sombras.
Odiseo dejó entonces que Anticlea bebiera. Su madre le habló de Penélope, que seguía fiel y afligida; de Telémaco, que custodiaba cuanto podía la hacienda; y del anciano Laertes, apartado en el campo. Ella misma había muerto consumida por la pena de esperar a su hijo.
Tres veces Odiseo intentó abrazarla. Tres veces la sombra escapó de sus brazos como humo o sueño.
—Madre, ¿por qué huyes de mí?
—Esta es la condición de los muertos —contestó Anticlea—. Cuando el fuego consume el cuerpo, el alma vuela y ya no puede ser estrechada.
Después llegaron las voces de los héroes caídos en Troya. Agamenón contó cómo Egisto y Clitemnestra lo habían asesinado al regresar a su reino, durante un banquete preparado como una trampa. Su relato confirmó a Odiseo que debía volver a Ítaca ocultando su identidad y desconfiando de todos.
Aquiles se acercó después. Odiseo quiso honrarlo, llamándolo el más poderoso entre los muertos, pero el héroe respondió:
—No intentes consolarme. Preferiría servir como jornalero a un hombre pobre antes que reinar sobre cuantos han muerto.
Solo se alegró cuando Odiseo le contó el valor de su hijo Neoptólemo en la guerra de Troya. Áyax, en cambio, permaneció silencioso y se apartó, todavía resentido porque las armas de Aquiles habían sido concedidas a Odiseo.
Más sombras se agolparon alrededor de la fosa. Temiendo que Perséfone enviara desde el Hades alguna aparición terrible, Odiseo regresó apresuradamente a la nave. Sus hombres soltaron las amarras y emprendieron el camino de vuelta hacia Eea.
Allí debían enterrar a Elpénor y escuchar las últimas advertencias de Circe. Tiresias había trazado el porvenir: antes de Ítaca aguardaban todavía las Sirenas, Escila, Caribdis y los fatales rebaños del Sol.
Cumplidos los ritos fúnebres de Elpénor, Circe recibió de nuevo a Odiseo y a sus compañeros. Antes de que partiesen, llamó aparte al héroe y le reveló los peligros que encontrarían en el mar.
—Primero llegarás hasta las Sirenas —le dijo—. Su canto hechiza a cuantos navegantes se aproximan. Quien las escucha olvida su patria y queda junto a ellas hasta morir. Tapa con cera los oídos de tus hombres. Si tú deseas oírlas, ordena que te aten al mástil y que no te liberen, por mucho que lo supliques.
Después le habló de un estrecho entre dos amenazas. A un lado estaba Caribdis, que tres veces al día sorbía las aguas y otras tantas las vomitaba. Al otro, Escila, monstruo de seis largos cuellos, dispuesto a arrancar de la nave a seis marineros. Circe le aconsejó acercarse a Escila: era preferible perder a seis hombres que ver perecer a toda la tripulación.
Al amanecer, la nave abandonó Eea. Cuando se aproximaron al lugar de las Sirenas, el viento cayó de repente. Odiseo amasó cera, la ablandó al sol y tapó con ella los oídos de sus compañeros. Ellos, obedeciendo sus órdenes, lo ataron firmemente al mástil. La nave avanzó a fuerza de remos. Entonces llegó el canto.
—Ven, célebre Odiseo, gloria de los aqueos. Detén tu nave y escúchanos. Conocemos cuanto ocurrió ante Troya y sabemos todo cuanto sucede sobre la tierra.
Aquellas voces prometían sabiduría y parecían nombrarlo como nadie lo había hecho jamás. Odiseo sintió un deseo irresistible de acercarse. Frunciendo el rostro, hizo señas a sus hombres para que lo soltaran. Gritó órdenes que ellos no podían oír. Pero Euríloco y Perimedes se levantaron únicamente para apretar las cuerdas y añadir nuevos nudos. Los remeros no aflojaron hasta que el canto desapareció tras ellos.
Entonces se quitaron la cera y liberaron a su capitán. Apenas habían escapado de aquel peligro cuando oyeron un estruendo aterrador. Ante ellos, Caribdis tragaba el mar entre espuma y remolinos. Los hombres soltaron los remos, dominados por el miedo.
—¡No es la primera vez que afrontamos la muerte! —gritó Odiseo—. ¡Tomad los remos y avanzad junto a aquella roca!
No les habló de Escila. Si hubieran sabido que el monstruo los aguardaba, tal vez habrían abandonado sus puestos. Odiseo se ciñó las armas y vigiló el acantilado, aunque Circe le había advertido que ninguna lanza podría vencer a aquella criatura.
Mientras todos miraban el abismo de Caribdis, Escila atacó. Sus seis cabezas descendieron sobre la nave y cada boca atrapó a un hombre. Odiseo vio a sus compañeros alzados en el aire, agitando brazos y piernas, llamándolo por su nombre. Fue, según recordaría después, el espectáculo más doloroso de cuantos contempló en el mar.
Pero no podía detenerse. Los restantes clavaron los remos en el agua y dejaron atrás el estrecho, mientras las voces de los seis desaparecían entre las rocas.
Al fin divisaron una isla. Allí pacían las vacas y las ovejas inmortales de Helios, el dios Sol. Odiseo recordó la advertencia de Tiresias y la repitió con gravedad:
—Debemos pasar de largo. Si tocamos esos rebaños, la ruina caerá sobre nosotros.
Sin embargo, agotados por el estrecho y por la pérdida de sus compañeros, los hombres contemplaron la isla deseando desembarcar. Y Euríloco se dispuso a responder.
La isla de Trinacia estaba ante ellos, y en sus prados pacían las vacas y las ovejas inmortales de Helios. Odiseo recordó la advertencia de Tiresias y ordenó seguir navegando. Pero Euríloco se enfrentó a él:
—¿No conoces la fatiga, Odiseo? Nuestros compañeros necesitan alimento y descanso. Pasaremos aquí una sola noche y, al amanecer, zarparemos.
Odiseo cedió, aunque antes exigió a todos un juramento: nadie tocaría los rebaños del Sol. Los hombres lo prestaron y desembarcaron.
Pero durante la noche se levantó un vendaval. Durante un mes entero, los vientos contrarios impidieron la partida. Mientras quedaron provisiones, los marineros respetaron lo prometido. Después pescaron y cazaron cuanto pudieron. Al final, el hambre fue más fuerte que el temor a los dioses. Un día, Odiseo se alejó para suplicar ayuda y los dioses derramaron sobre él un sueño profundo. Euríloco reunió entonces a los demás.
—Todas las muertes son odiosas —les dijo—, pero ninguna tanto como morir de hambre. Sacrifiquemos las mejores vacas del Sol. Si regresamos a Ítaca, levantaremos un templo en su honor. Y si Helios quiere destruirnos, prefiero ahogarme de una vez a consumirme lentamente en esta isla.
Los hombres escucharon y obedecieron. Rodearon las reses más hermosas, las mataron y ofrecieron a los dioses parte del sacrificio. Como no tenían cebada, emplearon hojas de encina; como no tenían vino, vertieron agua.
Cuando Odiseo despertó y regresó al campamento, percibió el olor de la carne asada. Comprendió de inmediato lo sucedido y clamó contra los dioses por haberlo entregado al sueño.
Entonces aparecieron señales terribles. Las pieles de las vacas se arrastraban por el suelo y la carne, cruda o asada, mugía sobre los espetones. Helios, informado por sus guardianas, acudió indignado ante Zeus y exigió justicia. Amenazó con descender al reino de los muertos y alumbrar allí si los culpables no eran castigados.
Zeus prometió destruir la nave con un rayo.
Durante seis días, los hombres comieron la carne prohibida. Al séptimo cesó el viento, y Odiseo ordenó zarpar. Apenas se habían alejado de la isla cuando el cielo se oscureció. Una ráfaga quebró el mástil; este cayó sobre el timonel y lo arrojó muerto al mar. Después Zeus lanzó su rayo.
La nave giró entre humo y fuego. Los compañeros de Odiseo cayeron por la borda y las olas los arrastraron. Ninguno regresaría a su patria.
Solo Odiseo sobrevivió. Ató el mástil y la quilla con una correa y se sentó sobre aquellos restos. El viento lo llevó de nuevo hacia Caribdis. Se aferró a las ramas de una higuera mientras el monstruoso remolino engullía su improvisada balsa. Cuando Caribdis devolvió los maderos, Odiseo se dejó caer, los alcanzó y remó con las manos.
Nueve días vagó por el mar. En la décima noche llegó a la isla de Ogigia, donde habitaba Calipso. La ninfa lo acogió y lo retuvo durante años, hasta la partida con la que había comenzado su relato.
Odiseo guardó silencio ante los feacios. Había terminado de contar sus desgracias. En el palacio de Alcínoo, nadie habló durante unos instantes: todos permanecían cautivados por la historia del hombre que había perdido doce naves, a todos sus compañeros y casi diez años en el camino de regreso. Entonces los feacios renovaron su promesa. Lo conducirían, por fin, a Ítaca.
Cuando Odiseo terminó de contar sus desventuras, los feacios cumplieron la promesa de conducirlo a su patria. Cargaron en una nave los ricos presentes que le habían otorgado y prepararon para él un lecho en la popa. Apenas zarparon, el héroe cayó en un sueño profundo, semejante a la muerte. La nave avanzó con prodigiosa rapidez y, antes del amanecer, alcanzó las costas de Ítaca.
Los marineros lo depositaron dormido sobre la arena, bajo un olivo, y ocultaron cerca de él los cofres de oro, bronce y vestiduras. Después regresaron al mar. Pero Poseidón, irritado porque los feacios habían auxiliado al hombre que él perseguía, convirtió su nave en piedra cuando entraba en el puerto de Esqueria.
Al despertar, Odiseo no reconoció su isla. Atenea había extendido una niebla sobre el paisaje para que nadie pudiera descubrirlo antes de tiempo. Creyéndose engañado, contó sus tesoros y lamentó no saber en qué tierra se hallaba. Entonces se acercó a él una figura con apariencia de joven pastor.
—Forastero —dijo Atenea—, has llegado a Ítaca.
Odiseo sintió un júbilo inmenso, pero, fiel a su cautela, inventó de inmediato una historia sobre su origen y sus viajes. La diosa sonrió y recuperó su verdadera apariencia.
—Siempre astuto —le dijo—. Ni siquiera en tu propia patria abandonas los disfraces y las palabras engañosas.
Odiseo reprochó a Atenea que lo hubiera dejado sufrir durante tantos años. Ella respondió que nunca había dudado de su inteligencia, aunque no podía enfrentarse abiertamente a la cólera de Poseidón. Después disipó la niebla. El héroe reconoció el puerto, el olivo y las montañas de su tierra; se arrodilló y besó el suelo de Ítaca. Juntos escondieron los tesoros en una gruta consagrada a las ninfas. Entonces Atenea le reveló lo ocurrido durante su ausencia. Más de un centenar de pretendientes ocupaban el palacio, consumían sus rebaños y exigían que Penélope escogiera un nuevo esposo. Ella había resistido con paciencia y engaños, mientras Telémaco, ya adulto, había partido en busca de noticias de su padre. Los pretendientes planeaban matarlo cuando regresara.
—No entres aún en tu casa —advirtió la diosa—. Primero debemos conocer quién permanece fiel.
Tocó a Odiseo con su vara. Su piel se arrugó, sus cabellos desaparecieron y sus ropas se transformaron en harapos. Sobre sus hombros colocó una vieja piel y en sus manos, un bastón y un zurrón remendado. Nadie reconocería bajo aquel aspecto al rey de Ítaca.
Atenea partió hacia Esparta para llamar a Telémaco. Odiseo, mientras tanto, se dirigió a la choza de Eumeo, el porquero que había permanecido fiel a su señor. Al verlo acercarse, los perros se abalanzaron contra él. Eumeo salió corriendo, los ahuyentó y condujo al supuesto mendigo al interior de la cabaña. Le ofreció pan, vino y carne, aunque él mismo vivía con modestia mientras los pretendientes devoraban lo mejor de los rebaños.
—Mi amo no volverá —dijo con tristeza—. Ningún hombre me trató jamás con tanta bondad como Odiseo.
El héroe tuvo que contener las lágrimas. Sin revelar su identidad, aseguró que el rey regresaría pronto. Eumeo no le creyó: demasiados viajeros habían contado mentiras para obtener una recompensa de Penélope.
Odiseo inventó entonces otro pasado y afirmó haber oído noticias ciertas de su propio regreso. Pero, tras aquellas palabras engañosas, escuchó con atención cuanto el porquero sabía del palacio. En la humilde choza encontró refugio, alimento y una lealtad intacta. Allí permanecería oculto, esperando a Telémaco y preparando, paso a paso, la recuperación de su casa.
Mientras Odiseo permanecía en la cabaña de Eumeo bajo la apariencia de un mendigo, Telémaco navegaba hacia Ítaca. Atenea le había advertido de que los pretendientes preparaban una emboscada en el estrecho. Por ello ordenó al piloto que evitase las islas donde aguardaban sus enemigos y arribó de noche a una costa apartada.
Al amanecer, Telémaco hizo conducir la nave hasta la ciudad, pero él tomó solo el camino de la majada. Antes envió a uno de sus compañeros a comunicar a Penélope que había regresado con vida. Después avanzó hacia la cabaña del porquerizo.
Los perros corrieron a recibirlo sin ladrar. Eumeo, al verlo, dejó caer cuanto llevaba en las manos, se abrazó a él y lo besó en la frente, llorando como un padre que recupera a su único hijo.
—Has vuelto, Telémaco, luz de mis ojos. Temía que no regresaras de Pilos.
El joven aceptó su afecto y entró. Allí encontró al extranjero harapiento. Odiseo se levantó para cederle el asiento, pero Telémaco lo detuvo.
—Siéntate, huésped. En esta casa hallaremos otro lugar.
Eumeo les sirvió pan, carne y vino. Telémaco preguntó quién era aquel forastero. El porquerizo repitió la historia falsa que Odiseo había contado y le rogó que lo acogiera en palacio.
—No puedo llevarlo allí —respondió Telémaco—. Los pretendientes lo ultrajarían, y yo aún no tengo fuerza para contenerlos.
Entonces mandó a Eumeo a la ciudad para anunciar en secreto a Penélope su regreso. Cuando el fiel servidor se hubo alejado, Atenea apareció ante Odiseo, invisible para Telémaco. Le hizo una seña y él salió de la cabaña. La diosa lo tocó con su vara: desaparecieron los andrajos, su cuerpo recobró vigor, sus cabellos se oscurecieron y volvió a vestir como un noble. Al verlo entrar, Telémaco apartó los ojos, sobrecogido.
—Debes de ser un dios. Ten piedad de nosotros.
—No soy un dios —dijo Odiseo—. Soy tu padre, por quien has sufrido tantos agravios.
Lo abrazó y, por primera vez desde su regreso, dejó correr las lágrimas. Pero Telémaco no podía creerlo.
—Mi padre no puede pasar en un instante de anciano miserable a hombre vigoroso.
Odiseo le explicó que Atenea lo había transformado y relató cómo los feacios lo habían llevado hasta Ítaca. Entonces Telémaco lo reconoció. Padre e hijo se abrazaron y lloraron largamente por los veinte años perdidos.
Después Odiseo preguntó cuántos pretendientes ocupaban el palacio. Telémaco enumeró a los llegados de Duliquio, Same, Zacinto y la propia Ítaca: eran más de cien.
—Somos dos contra muchos —dijo.
—Con Zeus y Atenea a nuestro lado, bastará —respondió Odiseo.
Y expuso su plan. Entraría en palacio disfrazado de mendigo y soportaría toda humillación sin descubrirse. Telémaco debía regresar antes, guardar silencio incluso ante Penélope y ordenar que retirasen las armas de la sala, dejando a mano solo dos espadas, dos lanzas y dos escudos. También habrían de averiguar qué criados seguían siendo fieles.
—No reveles mi regreso a nadie —advirtió Odiseo—. Ni siquiera a tu madre.
Telémaco prometió obedecer. Poco después, Atenea devolvió a Odiseo su aspecto encorvado y miserable antes de que Eumeo regresara. En la cabaña, bajo un techo humilde, padre e hijo habían sellado en secreto la perdición de los pretendientes. Al amanecer, Telémaco regresó al palacio como si nada hubiera cambiado. Odiseo aguardó en la cabaña hasta que Eumeo lo condujo a la ciudad bajo su apariencia de mendigo: encorvado, cubierto de andrajos y apoyado en un bastón.
Ante las puertas de su propia casa, encontró a Argos. Había sido un perro vigoroso, criado por Odiseo antes de partir hacia Troya; ahora yacía viejo y abandonado sobre un montón de estiércol. Al ver al mendigo, Argos alzó la cabeza y movió la cola. Había reconocido a su amo después de veinte años.
Odiseo volvió el rostro para ocultar una lágrima y preguntó por él con fingida indiferencia. Eumeo lamentó su abandono y entró en el palacio. Argos, después de contemplar por última vez a su dueño, dejó escapar el aliento y murió. En la gran sala, los pretendientes devoraban los bienes de Odiseo. El mendigo recorrió las mesas pidiendo alimento, y así pudo observarlos de cerca. Algunos le dieron pan; Antínoo, irritado por su presencia, lo insultó y le arrojó un escabel que lo golpeó en el hombro.
Odiseo permaneció inmóvil.
—Ojalá la muerte te alcance antes que las bodas —dijo.
Penélope, al conocer aquella crueldad, maldijo la insolencia de Antínoo y pidió hablar con el extranjero. Pero Odiseo aplazó el encuentro hasta la noche, cuando los pretendientes hubieran abandonado la sala.
Antes tuvo que soportar otra prueba. Iro, un mendigo habitual del palacio, quiso expulsarlo y lo desafió. Los pretendientes formaron un círculo, divertidos. Odiseo se ciñó los harapos y, al descubrir sus poderosos miembros, despertó el temor de Iro. Un solo golpe bastó para derribarlo. Sin revelar su fuerza verdadera, el rey volvió a sentarse junto al umbral.
También observó a sus criadas. Algunas, como Euriclea, conservaban la lealtad; otras se habían unido a los pretendientes y se burlaban de aquel desconocido. Odiseo calló y guardó cada nombre.
Cuando cayó la noche, Telémaco retiró las armas de la sala con ayuda de su padre. Dijo a las criadas que quería protegerlas del humo y de posibles disputas. Atenea iluminó el camino mientras los dos ocultaban lanzas, escudos y yelmos.
Después, Penélope bajó a conversar con el extranjero. Odiseo le contó una historia fingida sobre su origen, pero describió con tanta precisión las ropas y el broche que él mismo había llevado hacia Troya que Penélope rompió a llorar. El mendigo le aseguró que su marido estaba vivo y que regresaría pronto. Ella quiso creerlo, aunque tantos embusteros habían pronunciado promesas semejantes.
Penélope ordenó a Euriclea que lavase los pies del huésped. La anciana obedeció y, al tocar una cicatriz de su pierna, reconoció la herida que un jabalí había causado a Odiseo en su juventud. La palangana cayó de sus manos.
—Tú eres Odiseo —susurró.
Él la sujetó y le exigió silencio. Euriclea, llorando de alegría, juró guardar el secreto. Antes de retirarse, Penélope habló de la decisión que había tomado. Presentaría a los pretendientes el gran arco de Odiseo. Se casaría con aquel que lograra tensarlo y disparar una flecha a través de doce hachas alineadas.
El mendigo aprobó la prueba y le aconsejó no aplazarla. Penélope subió a sus habitaciones sin saber que acababa de anunciar, ante su propio esposo, el juicio definitivo de quienes ocupaban su casa.
Penélope hizo traer el gran arco de Odiseo y dispuso doce hachas en línea. Se casaría, anunció, con quien lograse tensarlo y hacer pasar una flecha por los doce aros. Uno tras otro, los pretendientes probaron su fuerza. Telémaco estuvo a punto de armarlo, pero una señal de su padre lo detuvo. Leodes fracasó; Antínoo y Eurímaco tampoco pudieron doblar aquella madera que tan dócil había sido en manos de su dueño.
Entonces el mendigo pidió intentarlo. Los pretendientes protestaron con ira, pero Penélope defendió el derecho del huésped. Telémaco ordenó a su madre que regresara a sus aposentos y mandó entregar el arco. Eumeo se lo llevó, mientras Euriclea cerraba las puertas y Filetio aseguraba el patio.
Odiseo examinó el arma, la tensó sin esfuerzo y pulsó la cuerda, que sonó clara como el canto de una golondrina. Luego tomó una flecha. El hierro atravesó, de parte a parte, los doce aros de las hachas.
—Telémaco —dijo—, tu huésped no te ha deshonrado. Dejó caer los harapos que cubrían sus hombros, saltó al umbral con el arco y la aljaba, y se reveló:
—¡Perros! Creíais que nunca regresaría de Troya. Habéis saqueado mi casa, forzado a mis siervas y perseguido a mi esposa. Ha llegado vuestra hora.
Su primera flecha atravesó la garganta de Antínoo cuando alzaba una copa. Los pretendientes buscaron armas, pero las puertas estaban cerradas. Eurímaco trató de culpar al muerto y prometió restituir las riquezas. Odiseo rechazó el pacto. La lucha estalló.
Telémaco, Eumeo y Filetio combatieron junto a él. Melantio consiguió llevar armas a los pretendientes, hasta que los fieles lo sorprendieron y lo dejaron atado. Atenea apareció bajo la figura de Mentor; primero probó el valor de Odiseo y después desvió las lanzas enemigas. Las flechas del rey no erraban. Cuando se agotaron, luchó con lanza y escudo. Al final, todos los pretendientes yacían muertos. El aedo Femio y el heraldo Medonte fueron perdonados; las siervas desleales recibieron castigo, y Melantio sufrió una muerte cruel.
Euriclea subió jubilosa a despertar a Penélope. Pero ella temía dejarse engañar. Bajó y contempló largamente al extranjero, incluso después de que lo lavaran y Atenea devolviera nobleza a su aspecto.
Entonces Penélope ordenó:
—Euriclea, saca de la alcoba el lecho y prepáralo fuera.
Odiseo se indignó.
—¿Quién ha movido mi lecho? Yo mismo lo construí alrededor del tronco vivo de un olivo y levanté la habitación en torno a él. Nadie podría trasladarlo sin cortarlo.
Penélope corrió hacia él llorando. Solo su verdadero esposo conocía aquel secreto. Se abrazaron después de veinte años de separación, y Odiseo le contó las pruebas de su regreso.
A la mañana siguiente fue a ver a su anciano padre, Laertes, quien lo reconoció por la cicatriz y por el recuerdo de los árboles que le había regalado en la infancia. Pero los familiares de los pretendientes, encabezados por Eupites, tomaron las armas para vengarse. En el combate, Laertes mató a Eupites. Entonces Atenea intervino por mandato de Zeus.
—¡Deteneos, hombres de Ítaca! ¡Cese esta guerra!
El terror dispersó a los atacantes. Odiseo quiso perseguirlos, pero un rayo de Zeus cayó ante él y Atenea contuvo su brazo. Así quedó sellada la paz entre el rey y su pueblo. Tras el largo regreso, Odiseo volvió a ocupar su casa, su lecho y su reino.
Reconocidos al fin, Odiseo y Penélope recobraron la paz de su antiguo lecho.
Guion y voz generados con inteligencia artificial.
Publicidad

38 min · Clásicos de la literatura

47 min · Clásicos de la literatura

50 min · Clásicos de la literatura

43 min · Clásicos de la literatura

49 min · Clásicos de la literatura

48 min · Clásicos de la literatura

47 min · Clásicos de la literatura

47 min · Clásicos de la literatura
Temporizador
El sonido se apaga poco a poco al final.
Velocidad de la voz
Al terminar una historia