
A través del espejo: la partida de Alicia
38 min · Clásicos de la literatura

Historia para dormir · Clásicos de la literatura
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La noticia de la muerte de Iván Ilich abre el relato de una vida consagrada al decoro, el ascenso profesional y las apariencias. Una enfermedad implacable lo enfrenta a la falsedad de su entorno y, gracias a la compasión de Guerásim, a la verdad de su propia existencia.
Durante una pausa del juicio de los Melvinski, los magistrados y el fiscal se reunieron en el despacho particular de Iván Yegórovich Shebek. La conversación había derivado hacia un asunto jurídico cuando Piotr Ivánovich tomó el periódico recién llegado.
Lo desplegó sin prestar demasiada atención y recorrió sus columnas. De pronto, una esquela enmarcada de negro detuvo su mirada.
—Señores —dijo—, Iván Ilich ha muerto.
Los demás se volvieron hacia él. Piotr Ivánovich leyó en voz alta que Praskovia Fiódorovna Golovin comunicaba, con profundo pesar, el fallecimiento de su amado esposo, Iván Ilich Golovin, miembro del Tribunal de Justicia, ocurrido el día cuatro de febrero. El funeral tendría lugar el viernes, a la una de la tarde.
—¡Vaya! —exclamó uno.
—¿De veras?
—¡Qué desgracia!
Todos sabían que Iván Ilich llevaba varias semanas enfermo. Se decía que su mal era incurable, aunque nadie conocía con certeza su naturaleza. Cada cual había preguntado por él y había recibido respuestas vagas. Sin embargo, al conocer la muerte, el primer pensamiento de aquellos hombres no se dirigió al sufrimiento del difunto, sino a las modificaciones que aquella vacante podría producir en sus propios destinos y en los de sus conocidos. Fiódor Vasílievich pensó que quizá le correspondiera ocupar el puesto de Iván Ilich. Era un ascenso largamente esperado y supondría un aumento considerable de sueldo. Piotr Ivánovich recordó que el traslado resultante podía favorecer a su cuñado. Su mujer llevaba tiempo importunándolo para que hiciera algo por aquel pariente, y ahora tendría una respuesta que ofrecerle.
—Yo creía que no se levantaría de esta —dijo Fiódor Vasílievich—. Es triste.
—¿Qué tenía exactamente?
—Los médicos no llegaron a ponerse de acuerdo. O, mejor dicho, cada uno estaba seguro de algo distinto.
—La última vez que lo vi parecía muy enfermo.
—Yo no he ido a visitarlo desde las fiestas.
Bajo aquellas palabras graves se ocultaba, además, un sentimiento íntimo y difícil de confesar: había muerto él, Iván Ilich, y no ellos. Cada uno experimentaba, junto con el pesar exigido por las circunstancias, un alivio involuntario. La muerte era un accidente sucedido a otro hombre, algo ajeno que no alteraba la seguridad de sus propias vidas.
«Ha muerto él; yo no», pensaban, sin formularlo abiertamente.
Piotr Ivánovich había estudiado Derecho con Iván Ilich y se consideraba obligado a asistir a las exequias. También tendría que visitar a la viuda. Aquello le resultaba molesto: la casa estaba lejos, y esa noche había acordado jugar a las cartas con Fiódor Vasílievich.
—¿Entonces habrá partida esta noche? —preguntó en voz baja.
—Naturalmente —respondió el otro—. ¿Por qué no?
Piotr Ivánovich calculó que podía pasar por la casa del difunto, expresar sus condolencias y llegar después a tiempo. Resuelto el problema, dobló el periódico.
La sesión iba a reanudarse. Los funcionarios se pusieron en pie, ajustaron sus uniformes y regresaron a la sala. La noticia de la muerte de Iván Ilich quedaba atrás, convertida ya en asunto de precedencias, traslados y cortesía social.
Nadie se detuvo a pensar qué había sido, para el propio Iván Ilich, aquella muerte cuya esquela acababan de leer.
Piotr Ivánovich llegó a la casa de Iván Ilich a la hora convenida por las costumbres. En la entrada vio apoyada contra la pared la tapa del ataúd, forrada de brocado y adornada con borlas. Dos señoras se quitaban los abrigos; una de ellas era hermana de Iván. Piotr la reconoció, suspiró y aguardó de ella otro suspiro.
Schwartz apareció desde una habitación cercana. Vestía de frac y conservaba, incluso allí, su aire elegante y jovial. Al ver a Piotr, le hizo un guiño discreto. Su mirada parecía decir que la muerte de Iván no debía impedir la partida de cartas prevista para aquella noche. Luego, con un movimiento casi imperceptible, le indicó que esperaría en casa de Fiódor Vasílievich.
Piotr entró en la estancia donde estaba el muerto. No sabía bien qué hacer. Se santiguó y empezó a inclinarse, aunque tenía la incómoda impresión de que sus gestos eran demasiado rápidos o demasiado lentos. Entre dos movimientos miró el rostro de Iván Ilich.
El muerto yacía pesado, hundido en el ataúd, con las manos amarillas cruzadas sobre el pecho. Su rostro estaba más hermoso que en los últimos días, pero también más severo. Expresaba que cuanto debía hacerse había sido hecho, y hecho correctamente. Había además en aquella expresión un reproche dirigido a los vivos.
Piotr sintió miedo. Pensó que aquello mismo podía ocurrirle a él. Pero casi en seguida se respondió, sin formularlo del todo, que aquello le había ocurrido a Iván Ilich, no a él; que su caso era distinto. Al salir, se encontró con Praskovia Fiódorovna. La viuda, vestida de negro, le tomó la mano y le dijo:
—Sé que era usted un verdadero amigo de Iván Ilich.
Piotr adoptó una expresión grave y respondió que así era. Praskovia lo condujo a un salón y se sentó frente a él. Al acomodarse, el encaje negro de su mantilla quedó enganchado en el adorno tallado de la mesa. Piotr se levantó para soltarlo, pero el asiento cedió bajo su peso y comenzó a crujir. La viuda tiraba de la tela; él trataba de dominar el sillón. Durante unos instantes, ambos quedaron atrapados en aquella pequeña lucha con los muebles y con las formas del duelo.
Un criado entró. Praskovia le preguntó por el precio de una parcela en el cementerio y se quejó de que exigieran doscientos rublos. Después pidió té y, cuando quedaron solos, habló de los últimos sufrimientos de su marido.
—Durante los tres últimos días gritó sin cesar —dijo—. Era insoportable. Se oía detrás de tres puertas. No sé cómo lo resistí.
—¿Conservaba el conocimiento? —preguntó Piotr.
—Sí. Hasta el último momento. Un cuarto de hora antes de morir se despidió de nosotros y pidió que se llevaran a Volodia.
La idea de los padecimientos de un hombre al que había conocido desde niño estremeció a Piotr. Volvió a mirar mentalmente aquella frente y aquella nariz que parecían presionadas contra el labio superior. Y sintió otra vez el terror de la muerte, seguido de la tranquilizadora convicción de que él no era Iván Ilich.
Entonces Praskovia pasó al asunto que deseaba consultar. Quería saber cuánto dinero podía obtener del Estado por la muerte de su marido y si existía algún modo de aumentar la pensión. Fingía pedir consejo, pero conocía ya con exactitud las disposiciones aplicables y las cantidades posibles. Piotr comprendió que buscaba una ventaja adicional y tuvo que decirle que, según creía, no podía conseguir más.
Ella suspiró, ahora con visible irritación. Después preguntó por los conocidos comunes y volvió a representar el papel que correspondía a una viuda afligida.
Piotr se despidió y salió con alivio. Schwartz lo aguardaba cerca del guardarropa. Su presencia animada confirmaba que aún podían llegar a tiempo a la partida. Detrás quedaban el ataúd, el rostro severo de Iván Ilich y los gritos que habían atravesado tres puertas; delante, las cartas y la vida ordinaria, dispuesta a continuar como si la muerte fuese siempre asunto de otro.
Pero aquella muerte, que Piotr Ivánovich se empeñaba en considerar ajena, había sido el final de una vida muy sencilla, muy corriente y, precisamente por eso, terrible.
Iván Ilich era hijo de un funcionario de Petersburgo que había hecho en distintos ministerios la carrera larga y segura de los hombres incapaces de desempeñar un cargo verdadero, pero demasiado encumbrados para ser despedidos. De sus tres hijos varones, Iván era el segundo. El mayor se parecía al padre y seguía sus pasos; el menor había fracasado en diversos empleos y la familia evitaba recordarlo. Iván, en cambio, ocupaba el término justo: no era tan frío y metódico como el primero ni tan desordenado como el último. Era inteligente, sociable, correcto y agradable.
Estudió Derecho junto con su hermano menor. Este no terminó la carrera; Iván sí, y lo hizo con buen éxito. Ya entonces se reveló tal como sería durante toda su vida: atraído por las personas de posición elevada, adoptaba sus modales, sus opiniones y hasta sus maneras de divertirse. En sus años de estudiante cometió actos que al principio le produjeron repugnancia. Sin embargo, al ver que hombres respetables hacían lo mismo sin perder por ello la consideración pública, no llegó a juzgarlos buenos, pero dejó de juzgarlos malos. Los apartó de su memoria y siguió adelante sin inquietarse.
Al concluir los estudios obtuvo, gracias a su padre, un puesto al servicio de un gobernador provincial. Se encargó ropa nueva en el mejor sastre, colgó de la cadena del reloj una medalla con la inscripción «Mira el fin» y fue a despedirse del príncipe que había protegido su nombramiento.
En la provincia cumplía sus funciones con una dignidad ligera y segura. Sabía separar la vida oficial de la privada. Podía mostrarse afable con un subordinado y, un instante después, tratar su expediente con la severidad impersonal exigida por el cargo. Disfrutaba de las cenas, de las partidas de cartas y de las relaciones amorosas, pero procuraba que nada adquiriese una forma impropia o escandalosa.
Cinco años después fue nombrado juez de instrucción en otra provincia. El nuevo puesto le otorgaba poder verdadero. Ante él comparecían personas que antes habrían podido intimidarlo; ahora dependían de una palabra suya. Iván Ilich nunca abusaba de aquel poder de manera grosera. Al contrario, se complacía en suavizarlo con cortesía.
—Haga el favor de sentarse —decía al acusado o al testigo.
Y después formulaba las preguntas necesarias con tono correcto, sin familiaridad y sin cólera.
Aprendió a reducir las situaciones humanas más confusas a la forma precisa de un expediente. Un hombre podía llegar ante él temblando, con su desgracia entera en el rostro; Iván Ilich veía declaraciones, artículos legales, firmas y plazos. No era insensible por descuido. Aquella distancia era, para él, la condición misma de una vida ordenada.
Todo avanzaba de manera agradable y decorosa. Trabajaba con exactitud, cultivaba las relaciones convenientes y reservaba para las noches el whist, las conversaciones y los placeres admitidos entre personas distinguidas. Evitaba cuanto pudiera complicarlo, comprometerlo o exigirle una entrega excesiva.
Así fue construyendo su existencia: no según lo que deseaba en lo más íntimo, sino según lo que los superiores consideraban correcto. Y como su conducta recibía aprobación, Iván Ilich no encontraba motivo alguno para dudar de ella. Entonces, en aquella nueva provincia, conoció a Praskovia Fiódorovna. Y lo que empezó como una relación agradable y perfectamente conveniente pronto iba a convertirse en matrimonio.
Praskovia Fiódorovna pertenecía a una buena familia, no carecía de belleza y poseía algunos bienes. Iván Ilich podía haber aspirado a un partido más brillante, pero aquel enlace era, en conjunto, satisfactorio. La joven se había enamorado de él; y, al preguntarse si debía casarse, Iván no encontró ninguna razón seria para negarse.
No fue el amor quien decidió por completo. Praskovia le agradaba, y la vida conyugal prometía ciertos placeres; pero, además, las personas de buena posición aprobaban el matrimonio. Era decoroso y conveniente. Así pues, Iván Ilich se casó.
Al principio, todo resultó agradable. Hubo preparativos, muebles nuevos, visitas, cenas y esa intimidad ligera que parecía añadir encanto a la existencia sin exigirle nada esencial. Iván continuaba cumpliendo sus deberes, cuidando sus relaciones y divirtiéndose; ahora lo hacía como hombre casado, lo cual daba a su vida una apariencia aún más correcta. Pero Praskovia quedó embarazada, y entonces comenzó algo inesperado.
Se volvió celosa, exigente e irritable. Quería que su marido permaneciese a su lado, que atendiera cada preocupación y que modificase por ella sus hábitos. Las discusiones nacían de asuntos insignificantes y crecían con rapidez.
—No te importa lo que me ocurra —le reprochaba.
—Eso no es verdad —respondía Iván, procurando conservar el tono razonable que empleaba en el tribunal.
—Siempre dices lo mismo. Para ti solo existen tu trabajo y tus amigos.
Iván intentó al principio restablecer la ligereza de los primeros meses. Explicaba, conciliaba, cedía algunas veces. Pero cada concesión parecía dar origen a una nueva exigencia. Comprendió entonces que el matrimonio no era únicamente una fuente de comodidades y placeres; podía invadir la vida, alterarla y hacerla indecorosa.
Cuando nació el primer hijo, aumentaron las molestias: la enfermedad de Praskovia, la nodriza, los cuidados del niño, los gastos y las recriminaciones. Hubo más embarazos, algunos hijos murieron, y la vida familiar se hizo más penosa. Praskovia acusaba a Iván de indiferencia; él se consideraba víctima de un carácter imposible. Cada uno guardaba memoria exacta de las faltas del otro.
Iván halló una defensa. La vida familiar debía quedar limitada a las conveniencias: la mesa dispuesta, la casa en orden, las visitas recibidas como correspondía. Para todo lo demás, buscaría un ámbito seguro e independiente.
Ese ámbito era el servicio.
En el tribunal, las relaciones estaban reguladas por fórmulas precisas. Allí Iván Ilich sabía qué hacer, qué decir y hasta dónde permitir que llegasen los demás. Su autoridad le ofrecía una satisfacción que la casa le negaba. Se dedicó al trabajo con mayor empeño, saboreando el respeto de los subordinados y la sensación de poder que le daba su cargo.
Fuera del trabajo estaba el whist. Ante la mesa de juego, entre compañeros escogidos, todo volvía a ser claro y agradable: las cartas, las apuestas, las bromas medidas, la cena posterior. Praskovia podía protestar, pero él había aprendido a retirarse tras una cortesía fría.
El matrimonio continuó. También continuaron las apariencias. Y cuanto más desagradable se hacía la intimidad, más cuidadosamente construía Iván una vida exterior correcta, ordenada y separada de ella. Así, sin romper abiertamente con su familia, fue alejándose de ella. El trabajo dejó de ser solo una carrera: se convirtió en refugio. Y en ese refugio esperaba encontrar el ascenso, la consideración y la tranquilidad que su hogar ya no le daba.
Así transcurrieron diecisiete años desde el matrimonio de Iván Ilich. Ya era un fiscal antiguo, respetado y perfectamente instruido en el arte de separar la vida oficial de cuanto pudiera turbarla. Esperaba un puesto de presidente; pero, cuando se produjo una vacante, pasaron por encima de él y nombraron a otro.
Iván se sintió ofendido. No consideraba aquel nombramiento un simple contratiempo administrativo, sino una injusticia evidente, casi personal. Había servido con corrección, conocía su oficio y estimaba que la dignidad que ambicionaba le correspondía por derecho. Se quejó a sus superiores, discutió con sus compañeros y dejó ver un resentimiento que, lejos de ayudarle, lo hizo aún menos grato a quienes decidían los ascensos.
El sueldo, además, ya no bastaba. Las necesidades de la familia habían aumentado; las deudas también. Praskovia Fiódorovna le reprochaba los gastos, y él respondía atribuyéndole a ella el desorden doméstico. Cada conversación sobre dinero terminaba agravando la hostilidad entre ambos. Entonces obtuvo una licencia y se marchó con su familia al campo, a casa del hermano de Praskovia. Esperaban reducir gastos y descansar; pero para Iván aquella temporada resultó insoportable. Lejos del tribunal, sin partidas habituales y sin la deferencia que acompañaba a su cargo, se sentía desocupado, humillado y olvidado.
—No puedo continuar así —dijo—. Necesito un puesto de cinco mil rublos. Iré a San Petersburgo. Hablaré con quien sea necesario.
Praskovia dudó. Viajar costaba dinero y nada garantizaba el éxito. Pero Iván ya había tomado una decisión. Buscaría empleo en otro ministerio si el suyo no sabía apreciarlo. No le importaba tanto la naturaleza del servicio como la categoría, el sueldo y la prueba pública de que los demás se habían equivocado al postergarlo.
Partió hacia la capital con una tenacidad nacida del despecho. Visitó despachos, recordó amistades, formuló solicitudes y aguardó en antesalas. Al principio, las respuestas fueron vagas. Después ocurrió un cambio ministerial. Un antiguo conocido suyo adquirió inesperada influencia, y lo que hasta entonces parecía imposible se resolvió con rapidez.
Iván recibió el nombramiento que deseaba: un cargo en el Ministerio de Justicia, con cinco mil rublos de sueldo y una asignación para los gastos de traslado. La nueva plaza lo situaba dos grados por encima de quienes le habían tratado injustamente.
La noticia lo transformó. Toda su amargura desapareció. Regresó al campo alegre, animado, casi triunfal.
—¿Lo ves? —dijo a Praskovia—. Me han dado el puesto. Y además pagarán el traslado.
Ella olvidó por el momento las disputas y participó de su entusiasmo. Hicieron cálculos, hablaron de la ciudad y de la nueva posición que ocuparían. Iván contó una y otra vez cómo se había producido el nombramiento, qué personas habían intervenido y cuán por encima quedaba ahora de sus antiguos adversarios.
Por primera vez en mucho tiempo, marido y mujer parecían unidos. No porque hubieran desaparecido sus desacuerdos, sino porque una misma perspectiva agradable los cubría: más dinero, mayor rango, una casa digna y nuevas relaciones sociales.
Iván partió antes que la familia para instalarse. Quería encontrar una vivienda apropiada y disponerlo todo personalmente. Mientras viajaba hacia su nuevo destino, sentía que la vida volvía a adquirir el orden debido. Había sufrido una postergación injusta; ahora el mundo reconocía, al fin, el lugar que él creía merecer. El desengaño quedaba atrás. Ante él se abría la promesa de una existencia nueva, más elegante y mejor situada. Solo faltaba encontrar la casa perfecta y organizarla conforme a su gusto.
Iván Ilich se entregó a la preparación de la nueva casa con un entusiasmo que no había sentido en mucho tiempo. Había encontrado un piso amplio, de techos altos, situado en un barrio conveniente y digno de su cargo. Lo que más le agradaba era que aún podía transformarlo: cada habitación esperaba su decisión, y cada decisión confirmaba ante sus propios ojos la importancia que acababa de recuperar.
Visitaba tiendas, examinaba telas y discutía precios. Elegía papeles pintados, muebles antiguos, bronces y porcelanas. Quería que todo pareciese distinguido, sin incurrir en un lujo que pudiera juzgarse excesivo. No buscaba nada original. Buscaba, precisamente, aquello que las personas de buena posición consideraban elegante.
—Este tono dará más amplitud al salón —decía al tapicero—. Y las cortinas deben caer de otro modo. Así resultan vulgares.
El hombre obedecía, aunque Iván acababa a menudo corrigiendo con sus propias manos la disposición de los objetos. Colocaba un sillón, retrocedía para observarlo y volvía a moverlo unos centímetros. Imaginaba la impresión de Praskovia Fiódorovna al entrar; imaginaba también las recepciones, las partidas de cartas y las visitas de sus nuevos colegas. Escribía a su familia describiendo los progresos, pero callaba algunos detalles para reservarles la sorpresa. La casa le parecía cada día más perfecta. En realidad, se parecía a las casas de todas las personas que no eran verdaderamente ricas, pero deseaban parecerlo: telas pesadas, muebles oscuros, objetos decorativos y una multitud de cosas escogidas con esfuerzo para producir una impresión de natural distinción. Sin embargo, Iván no veía aquella semejanza. Todo le parecía personal, refinado y admirablemente dispuesto.
Una mañana supervisaba la colocación de las cortinas del salón. El tapicero, subido a una escalera, no lograba formar los pliegues como Iván deseaba.
—No, no es así. Baje. Ya se lo mostraré yo.
Iván subió con viveza. Desde lo alto tiró de la tela, indicó dónde debía sujetarse y quiso enseñar cómo había de caer el borde. Al inclinarse, perdió el equilibrio. Resbaló un peldaño y se golpeó con fuerza el costado contra el marco de la ventana. Por un instante sintió un dolor agudo. Se aferró a la escalera y evitó caer al suelo.
El tapicero acudió a sostenerlo.
—¿Se ha hecho daño, señor?
—No es nada —respondió Iván, irritado por el susto más que por el golpe—. Una simple torpeza. Mire: la cortina debe quedar así.
Descendió y continuó dando instrucciones. Poco después hasta se sintió orgulloso de su agilidad. Cuando contó el accidente, lo presentó como una anécdota graciosa.
—Pude haberme matado —dijo—, pero todavía conservo buena mano. Solo me he golpeado aquí.
Se tocó el costado. Había quedado una magulladura, molesta al presionarla, aunque no parecía digna de atención.
Cuando Praskovia Fiódorovna y los hijos llegaron, la sorpresa produjo exactamente el efecto que Iván había previsto. Recorrieron las habitaciones mientras él explicaba cada elección. Su mujer aprobó casi todo; incluso las discrepancias menores se disolvieron ante la satisfacción de instalarse en una casa nueva y recibir felicitaciones.
La vida comenzó a ordenarse de acuerdo con sus deseos. El cargo era importante, los ingresos mejores y el hogar ofrecía el marco apropiado para sus relaciones. Iván se sentía alegre, activo, rejuvenecido. Solo de vez en cuando notaba en el costado una incomodidad sorda, recuerdo de aquel golpe insignificante. No le concedió importancia. Entre tantos triunfos recientes, aquello no era todavía, para él, más que una molestia pasajera.
Al principio, Iván Ilich apenas concedió importancia al golpe. El dolor del costado parecía una molestia pasajera, consecuencia natural de la caída. Incluso había bromeado diciendo que, gracias a su agilidad, todo se había reducido a aquello. Pero las semanas transcurrieron y la molestia no desapareció. Ya no surgía únicamente al hacer un movimiento brusco: permanecía allí, sorda y obstinada, como si algo se hubiera instalado dentro de él.
A la vez apareció en su boca un sabor extraño. No era intenso, pero tampoco lograba librarse de él. Le estropeaba las comidas y volvía desagradables momentos que antes habían sido sencillos. Iván comenzó a observarse, a calcular lo que comía, a palparse el costado en secreto. Cuanto más atendía a aquellas sensaciones, más presentes se hacían.
Su carácter cambió. Durante la cena encontraba insoportable el ruido de los cubiertos; una pregunta de su hija le parecía una impertinencia; cualquier gasto doméstico le provocaba una irritación desmedida. Reprochaba a Praskovia Fiódorovna el orden de la casa, la comida o la falta de consideración que, según él, todos mostraban hacia sus padecimientos.
—No se puede vivir así —respondía ella—. Todo te molesta. Antes no eras de este modo.
—Antes no tenía este dolor.
Praskovia estaba convencida de que la enfermedad consistía, sobre todo, en el mal humor de su marido. Él, por su parte, veía en ella una indiferencia egoísta. Las disputas, que durante años habían aprendido a contener mediante la distancia y las conveniencias, regresaron con nueva aspereza. Finalmente, Iván consultó a un médico célebre. En la consulta reconoció enseguida el tono que él mismo empleaba en el tribunal: la dignidad estudiada, las preguntas cuya respuesta parecía prevista, el aire de quien separa lo importante de lo irrelevante.
El médico le preguntó por el apetito, examinó su cuerpo, dio golpecitos, escuchó y meditó con expresión grave. Después habló de un riñón flotante, de una afección del intestino ciego y de otras posibilidades que Iván apenas comprendió. La cuestión parecía consistir en decidir cuál de aquellas hipótesis era correcta.
Pero para Iván solo existía una pregunta.
—Dígame, doctor, ¿es grave?
El médico lo miró como si aquella pregunta estuviera mal formulada.
—Ya le he explicado que debemos esperar al análisis. Entonces podremos determinarlo con mayor precisión.
Iván salió de la consulta humillado y alarmado. Durante el camino reconstruyó cada palabra, cada silencio, cada gesto. Intentó traducir el lenguaje técnico a una certeza: peligroso o no peligroso, curable o incurable. No obtuvo respuesta.
Siguió con rigor las prescripciones. Tomaba los medicamentos a las horas señaladas y vigilaba su alimentación. A veces creía advertir una mejoría, y la esperanza lo animaba; luego regresaban el sabor desagradable y el dolor, y todo se derrumbaba.
Praskovia preguntaba por su salud, pero con una expresión que a él le parecía decir que la culpa era suya por no sanar. Cuando otro médico ofreció un diagnóstico distinto, Iván comprendió que las explicaciones podían cambiar mientras aquello, en su costado, continuaba igual.
En el tribunal trataba de refugiarse en el trabajo. Durante algunos instantes, una declaración o una discusión jurídica lograban absorberlo. Pero bastaba una punzada para que las palabras perdieran su autoridad. El dolor no era ya un accidente ni una incomodidad. Se había convertido en una presencia constante, incomprensible y amenazadora, frente a la cual nadie quería responder con claridad.
Iván Ilich comenzó a vivir pendiente de su enfermedad. Cada palabra de los médicos adquiría para él una importancia desmesurada. Si uno hablaba de una afección del intestino ciego, Iván se aferraba a aquella explicación; si otro mencionaba el riñón flotante, abandonaba la primera esperanza y depositaba toda su confianza en la segunda. Consultó a especialistas cada vez más célebres, pagó honorarios elevados y escuchó largas exposiciones pronunciadas con una seguridad que se deshacía en cuanto las comparaba entre sí.
—Lo esencial —decía un médico— es determinar si el proceso corresponde a una alteración local o si existe una complicación general.
Iván asentía, atento a cada matiz.
—Pero ¿es peligroso? —preguntaba al fin.
El especialista fruncía el ceño, como si aquella pregunta estuviese mal formulada.
—Eso no es lo que debemos plantearnos ahora. Primero hay que establecer el diagnóstico exacto.
Iván salía de la consulta irritado y, al mismo tiempo, esperanzado. Durante unas horas repetía las palabras del médico, cumplía escrupulosamente las prescripciones y se convencía de que notaba una mejoría. Pero bastaba que el dolor regresara con su punzada sorda, o que aquel sabor repugnante apareciera de nuevo en su boca, para que toda confianza se derrumbase. Tomaba las medicinas a la hora indicada, vigilaba su alimentación y examinaba sin descanso las reacciones de su cuerpo. La enfermedad ocupaba ahora el centro de su existencia. Aunque intentara trabajar, conversar o jugar a las cartas, siempre estaba allí, apartándolo de cuanto antes le había proporcionado placer.
A veces, durante una partida, olvidaba por un instante el costado. Entonces hacía una jugada desacertada, advertía una mirada de impaciencia en sus compañeros y comprendía que para ellos lo verdaderamente desagradable no era su sufrimiento, sino que estropease el juego. Aquello le parecía monstruoso. ¿Cómo podían continuar hablando de triunfos, nombramientos y cenas cuando él se hallaba frente a algo terrible e incomprensible?
En casa ocurría lo mismo. Praskovia Fiódorovna preguntaba por su salud, pero en seguida añadía que no seguía bien el régimen o que su mal humor hacía imposible la convivencia.
—Si obedecieras al médico con exactitud, quizá estarías mejor —le reprochaba.
Iván la miraba con resentimiento. Él obedecía. Lo que nadie quería admitir era que empeoraba.
Su debilidad aumentó. Subir una escalera exigía un esfuerzo que procuraba disimular. Al mirarse en el espejo veía el rostro más pálido, los ojos hundidos y una expresión que le resultaba ajena. Comparó su aspecto con el de años atrás y ya no pudo engañarse: se consumía.
Una noche oyó a Praskovia hablar con unos invitados en la habitación contigua. Se comentaba una función de teatro. Su hija reía; alguien habló de localidades y vestidos. Iván permanecía solo, escuchando cómo la vida de los demás seguía su curso, ordenada y despreocupada, mientras su dolor no cesaba.
Entonces apareció con claridad la idea que los médicos ocultaban tras sus términos y su familia tras sus quejas: aquello podía ser la muerte.
Se dijo que era imposible. La muerte era algo que sucedía a otros. Recordó el silogismo aprendido en la escuela: Cayo es un hombre; los hombres son mortales; por tanto, Cayo es mortal. Pero Cayo era un hombre abstracto. Él, Iván Ilich, había sido un niño, había tenido padres, juguetes, alegrías y temores; no podía ser simplemente Cayo.
Sin embargo, el dolor respondió desde el costado, obstinado e indiferente. Y mientras las voces del salón continuaban hablando del teatro, Iván comprendió que nadie deseaba mirar con él aquella verdad que se acercaba.
Lo que más atormentaba a Iván Ilich no era únicamente el dolor. Había algo todavía más cruel: la mentira que todos aceptaban, la mentira según la cual él no se estaba muriendo, sino que padecía una enfermedad de la que podría curarse si guardaba reposo, tomaba sus medicinas y obedecía a los médicos.
Cada visita repetía la misma representación. El médico llegaba con aire grave, formulaba preguntas, golpeaba y auscultaba el cuerpo de Iván, y hablaba después de tal o cual órgano como si allí estuviera el verdadero asunto. Iván escuchaba, procurando descubrir en sus palabras una respuesta distinta.
—¿Es peligroso mi estado?
Pero el médico eludía la pregunta. Contestaba que era preciso seguir el tratamiento y esperar sus efectos. Su expresión parecía decir que Iván había preguntado algo impropio, casi descortés.
Iván comprendía que todo aquello era falso. Sabía que no había esperanza. Sin embargo, nadie quería decir: «Te mueres». Y él mismo, sometido a aquella comedia, preguntaba a qué hora debía tomar la medicina o si convenía modificar su alimentación. Praskovia Fiódorovna participaba en la mentira con una seguridad que lo exasperaba. Hablaba de su enfermedad como de una desgracia causada, en parte, por la obstinación del propio Iván.
—Si hicieras exactamente lo que manda el médico —decía—, estarías mucho mejor.
Él la miraba y comprendía que sus sufrimientos eran para ella una molestia más: alteraban las comidas, exigían gastos, perturbaban las visitas y llenaban la casa de un ambiente desagradable. Praskovia podía compadecerlo durante unos instantes; pero, al mismo tiempo, parecía reprocharle que no supiera curarse y devolver a la familia la normalidad.
Cuando acudían sus colegas, adoptaban un tono animado. Le contaban asuntos del tribunal, hablaban de ascensos o de una partida de cartas y evitaban mirar de frente su cuerpo enflaquecido. Iván advertía en ellos la misma impaciencia que tantas veces había sentido él ante las enfermedades ajenas: el deseo de cumplir con la visita y marcharse cuanto antes hacia la vida de los sanos.
A veces alguien decía:
—Pronto volveremos a verte entre nosotros.
Y aquellas palabras, pronunciadas sin convicción, eran casi una ofensa. Iván habría querido gritarles que dejaran de fingir, que todos sabían lo que estaba ocurriendo. Habría querido que alguien reconociera su terror y tuviera piedad de él, no del enfermo que debía tomar una cucharada de medicina, sino del hombre que se precipitaba solo hacia la muerte.
También su hija entraba y salía con sus preocupaciones, sus vestidos y su prometido. La vida familiar continuaba alrededor de Iván, y él sentía que su agonía estorbaba aquella vida. Hasta su hijo, que lo miraba con miedo y verdadera compasión, era apartado pronto de la habitación.
Por la noche, cuando el dolor se hacía más intenso y ya no quedaba nadie con quien sostener la ficción, Iván comprendía la profundidad de su aislamiento. Podían acercarle un vaso, cambiarle una almohada o llamar al médico; pero nadie podía acompañarlo allí donde estaba entrando.
Necesitaba llorar como un niño, ser consolado y acariciado. No se atrevía a pedirlo. Su posición, su familia, toda la vida decorosa que había construido parecían prohibir aquella confesión. Permanecía tendido, escuchando las voces al otro lado de la puerta, mientras la mentira lo cercaba y la muerte, innombrada por todos, se volvía para él la única verdad.
En medio de aquella mentira que lo cercaba, Iván Ilich encontró una excepción: Guerásim, el joven criado encargado de las tareas más humildes de la casa.
Una noche, después de que Iván hubiera tomado su medicina, Guerásim entró para retirar el recipiente que el enfermo ya no podía usar sin ayuda. Lo hizo con naturalidad, sin apartar los ojos ni adoptar aquella expresión grave y artificiosa de los demás. En su rostro había serenidad; en sus movimientos, fuerza y cuidado.
Cuando se disponía a salir, Iván lo llamó.
—Guerásim.
—¿Qué desea, señor?
—Acércame esa silla. No, más cerca. Ponla aquí, junto al diván.
El criado obedeció. Iván había descubierto por casualidad que, al mantener las piernas levantadas, el dolor parecía disminuir. Le pidió que se las colocara sobre el asiento. Guerásim lo hizo, pero la postura no bastó. Entonces Iván apoyó los pies en los hombros del joven, que se agachó ante él sin mostrar sorpresa.
El alivio fue inmediato. No desapareció el sufrimiento, pero cedió lo suficiente para que Iván pudiera descansar de su lucha continua.
—Así estoy mejor —murmuró.
—Pues quédese así —respondió Guerásim. Pasó un rato. Iván temió estar incomodándolo.
—Debes de tener cosas que hacer.
—Siempre hay cosas que hacer. Ya las haré después.
Y siguió sosteniéndole las piernas durante horas. A veces cambiaba de postura, con cuidado de no causarle daño; otras veces le sujetaba los pies con sus manos fuertes. No había sacrificio ostentoso en su conducta. Ayudar al enfermo le parecía tan sencillo como encender una lámpara o traer agua.
Desde entonces, Iván comenzó a llamarlo con frecuencia. Guerásim acudía incluso por la noche y permanecía a su lado mientras los demás dormían. Iván sabía que aquel muchacho robusto necesitaba descanso, pero no podía renunciar al único alivio verdadero que recibía.
—No te resulta desagradable hacer esto por mí? —le preguntó una vez.
Guerásim sonrió.
—¿Por qué habría de serme desagradable? Está usted enfermo.
No dijo que Iván se curaría. No habló de una indisposición pasajera ni repitió las frases tranquilizadoras del médico. Miró de frente aquello que todos procuraban ocultar.
—Todos hemos de morir —añadió—. ¿Por qué no ayudarle un poco?
Aquellas palabras, que en labios de cualquier otro habrían podido parecer crueles, consolaron a Iván. Guerásim admitía la muerte y, al admitirla, no lo abandonaba. No exigía que el moribundo participara en la comedia de los sanos; tampoco le reprochaba su debilidad. Le prestaba su fuerza como si fuera algo debido entre seres humanos.
Iván empezó a desear que lo cuidase siempre. Quería que Guerásim le sostuviera las piernas, pero quería también otra cosa que apenas se atrevía a reconocer: que alguien se compadeciera de él. Deseaba llorar como un niño enfermo, que lo acariciasen y le tuvieran lástima. Sin embargo, cuando entraba Piotr, o cuando aparecía Praskovia Fiódorovna con su gesto preocupado y distante, Iván volvía a endurecerse.
Solo ante Guerásim podía dejar de fingir.
El joven entraba con sus botas limpias, su camisa sencilla y su rostro franco; arreglaba las almohadas, levantaba el cuerpo consumido de Iván y soportaba sin repugnancia cuanto la enfermedad imponía. En sus manos había más verdad que en todos los diagnósticos, visitas y palabras tranquilizadoras.
Pero aquella compasión no podía salvarlo. Cuando Guerásim se marchaba, el dolor regresaba, y con él la pregunta que Iván todavía no sabía responder: ¿por qué aquel tormento, por qué aquella muerte? En la oscuridad, algo parecía aguardarlo, cerrándose alrededor de él.
Cuando Guerásim se marchaba y las piernas de Iván Ilich volvían a quedar tendidas sobre la cama, el alivio desaparecía. Regresaban el dolor, el miedo y aquella insoportable soledad que ninguna visita lograba romper. Ya no podía valerse por sí mismo. Lo lavaban, lo cambiaban de postura, le acercaban la medicina y el orinal. Cada acto cotidiano se había convertido en una humillación, pero aún era peor el fingimiento de cuantos entraban en el dormitorio.
El médico hablaba de complicaciones; Praskovia Fiódorovna, de tratamientos y gastos; su hija procuraba no demorarse junto a la cama. Todos se comportaban como si Iván estuviese enfermo y pudiera restablecerse, aunque él veía en sus miradas la verdad que ninguno pronunciaba.
—Dejadme en paz —decía, volviéndose hacia la pared.
Pero a solas tampoco encontraba descanso. Entonces comenzaba el examen de su vida. Buscaba en ella algo firme a lo que aferrarse: sus estudios, sus primeros destinos, los ascensos, la conducta aprobada por las personas distinguidas, el matrimonio, la casa decorada con tanto cuidado. Todo había sido correcto, decoroso, conveniente. Así tenía que ser.
Y, sin embargo, una idea espantosa se alzaba dentro de él.
«¿Y si toda mi vida no ha sido lo que debía?»
La rechazaba de inmediato. Aquello era imposible. Había cumplido sus deberes, había progresado, había vivido como vivían los hombres respetables. ¿Qué otra cosa podía exigírsele? Solo los recuerdos de la infancia le parecían verdaderamente vivos. Veía a su madre, los juegos, la alegría limpia de los días en que aún no calculaba qué convenía hacer ni qué opinión tendrían los demás. Después, cuanto más avanzaba en el tiempo, más dudoso y vacío se volvía todo. Lo que entonces había considerado una elevación se le aparecía ahora como un descenso continuo.
«Iba subiendo en la opinión de los demás —pensó— y, al mismo tiempo, la vida se alejaba de mí.»
Pero volvía a resistirse. Su cargo había sido honorable. Sus decisiones judiciales, correctas. Su casa, distinguida. No podía admitir que detrás de aquella corrección no hubiese más que vanidad, ambición y falsedad.
El dolor aumentó. Iván dejó de distinguir las horas. Durante tres días gritó casi sin interrupción. No eran ya palabras, sino un alarido ronco, obstinado, que parecía continuar incluso cuando le faltaba la voz.
En medio de la agonía sintió que lo empujaban dentro de una bolsa negra, estrecha y profunda. Una fuerza irresistible lo hacía avanzar, y él luchaba por no caer hasta el fondo. Quería retroceder, detenerse, salir; pero cuanto más se debatía, más estrechamente lo oprimía la bolsa.
Sabía que al otro extremo había algo. No podía verlo. El terror nacía precisamente de esa cercanía.
—¡No quiero! —gritó—. ¡No quiero!
¿No quería morir? ¿O no quería reconocer que su vida había sido falsa? Ambas cosas se confundían. Se agarraba a todo cuanto había defendido durante años, pero aquello ya no podía sostenerlo.
Intentó pensar que aún era posible corregir algo. Entonces surgió una nueva pregunta: «¿Qué es lo correcto?»
Quiso callar y escuchar. Desde fuera llegaban pasos, voces contenidas, el movimiento inquieto de la casa. Dentro solo estaban el dolor y aquella presión implacable.
La bolsa negra lo arrastraba más hondo. Iván forcejeaba, aterrorizado, porque comprendía que no podía regresar y todavía no sabía cómo atravesar aquello que lo separaba del final.
La agonía duró tres días. Para quienes aguardaban al otro lado de la puerta, fueron tres días de gritos incesantes, tan terribles que nadie podía oírlos sin estremecerse. Pero para Iván Ilich todo ocurrió fuera del tiempo.
Seguía debatiéndose dentro de aquella bolsa negra. Algo lo empujaba hacia el fondo, y él se resistía porque aún no podía aceptar lo que veía: su vida había sido equivocada. Todo cuanto había defendido —la respetabilidad, el decoro, los ascensos, la casa, las visitas, la corrección de sus actos— podía no haber sido más que una mentira.
Intentó decirse que había vivido como debía. Pero aquella justificación se deshacía en cuanto surgía. Entonces volvió la pregunta que más temía:
«¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, no hubiera sido lo que debía?»
Dos horas antes de morir, su hijo entró silenciosamente en la habitación. Iván seguía gritando y moviendo un brazo. Su mano cayó sobre la cabeza del muchacho. Vasya la tomó, la acercó a sus labios y rompió a llorar.
Iván abrió los ojos. Vio a su hijo arrodillado junto a la cama, con el rostro bañado en lágrimas. Vio también a Praskovia Fiódorovna. Su esposa lo miraba con la boca entreabierta; las lágrimas le corrían por las mejillas y en su expresión había miedo, cansancio y sufrimiento.
Entonces ocurrió algo que Iván no esperaba. Sintió pena por ellos.
Comprendió que los hacía sufrir, que su agonía los retenía allí, sometidos a aquel horror. Tenía que liberarlos. Y, al pensarlo, comprendió también que debía liberarse él.
Quiso decir:
—Perdonadme.
Pero apenas pudo pronunciar unas palabras confusas. Intentó añadir que se llevaran al niño, que no soportaba verlo sufrir. La lengua no le obedecía. Hizo un gesto con la mano y confió en que lo comprendieran. Ya no importaba que sus palabras fueran claras. Lo esencial estaba en aquella compasión. Había buscado durante tanto tiempo una justificación para sí mismo; ahora solo deseaba no causarles más dolor.
Y de pronto sintió que la fuerza que lo aplastaba cedía. Aquello que lo atormentaba podía corregirse, todavía, en aquel instante. Bastaba con reconocer la verdad y dejar de resistirse.
«Sí, todo aquello no fue como debía», pensó. «Pero no importa. Aún puedo hacer lo que debe hacerse.»
Se preguntó qué era exactamente. Y la respuesta llegó sin palabras: compadecerlos, librarlos de él, terminar con la mentira.
En ese mismo instante cayó hasta el fondo de la bolsa. Pero al otro lado no encontró oscuridad.
Había luz.
Lo que antes lo aterraba sucedió de una vez. La muerte, que había permanecido frente a él como una presencia monstruosa e inevitable, dejó de existir.
Buscó su antiguo miedo y no lo encontró.
«¿Dónde está? ¿Qué muerte?»
No había miedo porque tampoco había muerte. En lugar de la muerte estaba la luz.
—¡Así que era esto! —dijo en voz alta—. ¡Qué alegría!
Para los demás, aquel instante se prolongó. Su pecho se agitó; la respiración se interrumpía con estertores. Alguien se inclinó sobre él y dijo:
—Se acabó.
Iván oyó esas palabras y las repitió en su interior.
«Se acabó la muerte. Ya no existe.»
Tomó aire, se detuvo a mitad de la respiración, se estremeció y murió.
La muerte había desaparecido: en su lugar estaba la luz.
Guion y voz generados con inteligencia artificial.
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