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Historia para dormir · Clásicos de la literatura

La metamorfosis: el encierro y la muerte de Gregor Samsa

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Gregor Samsa, viajante y sostén de su familia, despierta convertido en un insecto monstruoso y queda recluido en su cuarto. Mientras él pierde el trabajo y la voz, Grete y sus padres pasan del desconcierto a una nueva organización familiar que termina por excluirlo.

La historia en texto

Gregor Samsa despertó una mañana, después de un sueño intranquilo, convertido en su cama en un insecto monstruoso. Estaba tendido sobre un lomo duro, semejante a una coraza, y, cuando alzó un poco la cabeza, vio su vientre abombado y oscuro, dividido en segmentos. La manta apenas se sostenía sobre aquella convexidad y parecía a punto de resbalar al suelo. Sus numerosas patas, lamentablemente delgadas en comparación con el resto del cuerpo, se agitaban ante sus ojos sin que pudiera dominarlas.

«¿Qué me ha ocurrido?», pensó.

No era un sueño. Su habitación, una habitación humana, aunque pequeña, permanecía entre las cuatro paredes de siempre. Sobre la mesa se extendía el muestrario de telas de su oficio de viajante. En la pared colgaba la estampa de una mujer envuelta en pieles, que él mismo había recortado de una revista y enmarcado. Contra el cristal de la ventana golpeaban gotas de lluvia; aquel tiempo gris le produjo una profunda melancolía.

Intentó volverse sobre el costado derecho para seguir durmiendo. Era la postura a la que estaba acostumbrado, pero su nuevo cuerpo regresaba una y otra vez sobre el lomo. Después de muchos esfuerzos, tuvo que desistir. Entonces pensó en su trabajo.

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«¡Qué profesión tan agotadora! Viajar día tras día, preocuparse por los enlaces de los trenes, comer mal y a deshora, tratar siempre con personas distintas sin llegar a conocer verdaderamente a ninguna.»

Sintió un leve picor en el vientre. Al rozarlo con una de sus patas, retiró esta de inmediato: el contacto le produjo un escalofrío. Quiso apartar aquellas ideas absurdas y levantarse. Solo entonces miró el despertador.

—¡Dios mío! —pensó.

Eran más de las seis y media. Las agujas avanzaban tranquilamente hacia las siete. El tren de las cinco había partido hacía mucho. Para alcanzar el siguiente tendría que darse una prisa desesperada, y ni siquiera había preparado el muestrario. Además, el apoderado sospecharía lo peor. Gregor no había estado enfermo ni una sola vez durante sus cinco años de servicio. Si no fuera por la deuda de sus padres, habría abandonado hacía tiempo aquel empleo y le habría dicho al jefe cuanto pensaba de él.

El reloj marcó las siete menos cuarto. Gregor decidió salir de la cama antes de las siete. Pero ¿cómo? La parte inferior de su cuerpo parecía fuera de su alcance. Probó a sacar primero las patas; estas se movieron con mayor violencia y sin coordinación. Intentó después balancear el tronco hacia el borde, aunque temía golpearse la cabeza contra el suelo.

Llamaron suavemente a la puerta junto a la cabecera.

—Gregor —dijo su madre—, son casi las siete. ¿No tenías que salir de viaje?

Gregor quiso responder con normalidad.

—Sí, madre. Gracias. Ya me levanto.

Pero se sobresaltó al oírse. Su voz seguía siendo la suya y, sin embargo, se mezclaba con ella un sonido agudo, irreconocible, que deformaba las palabras. Al otro lado, su madre guardó silencio unos instantes y se alejó inquieta.

Poco después, el padre golpeó otra puerta con los nudillos.

—Gregor, ¿qué sucede?

Y desde la puerta lateral llegó la voz baja de Grete, su hermana:

—Gregor, ¿no te encuentras bien? ¿Necesitas algo?

—Ya estoy listo —contestó él, pronunciando cada sílaba con extremo cuidado.

Nadie abrió. Gregor había adquirido, durante sus viajes, la costumbre prudente de cerrar todas las puertas por dentro. Mientras su familia aguardaba en el pasillo, él continuó luchando en silencio contra aquel cuerpo extraño. Antes de que llegasen las siete y cuarto, se dijo, tenía que abandonar la cama, vestirse de algún modo y tomar el tren. Aún confiaba en que todo pudiera ordenarse como cualquier otra mañana.

Entonces, desde el recibidor, sonó el timbre de la casa.

La llamada se repitió, y Gregor oyó cómo la criada cruzaba el recibidor para abrir. Desde su habitación reconoció enseguida la voz del visitante: era el apoderado de la empresa.

La puntualidad con que habían enviado a un superior lo llenó de indignación y de miedo. Apenas había faltado unas horas, y ya acudían a interrogarlo delante de su familia, como si todos los empleados fueran sospechosos de una falta imperdonable.

—Buenos días, señor Samsa —dijo el apoderado al padre—. ¿Por qué no ha tomado Gregor el primer tren? Necesitamos una explicación.

El padre respondió con humildad que su hijo se encontraba indispuesto, aunque jamás faltaba al trabajo. La madre se apresuró a confirmarlo.

—Solo piensa en la empresa —dijo—. Por las noches no sale; se queda leyendo el periódico o estudiando horarios.

Gregor escuchaba tras la puerta. La presencia del apoderado le ofrecía una oportunidad: si lograba levantarse y hablar con él, podría justificar el retraso, tomar otro tren y evitar consecuencias. Pensó en las deudas de sus padres, en los años que aún debía trabajar para saldarlas, y redobló sus esfuerzos. Mientras se balanceaba para abandonar la cama, el apoderado se acercó a la puerta cerrada.

—Señor Samsa —dijo con voz severa—, ¿qué sucede? Se encierra usted, responde únicamente con monosílabos y causa una inquietud innecesaria a sus padres. Su ausencia resulta muy extraña. En los últimos tiempos, además, su rendimiento no ha sido satisfactorio.

Aquella acusación hirió a Gregor. Él, que viajaba durante todo el año, que soportaba madrugadas, transbordos y habitaciones ajenas, era tratado como un holgazán por perder un solo tren.

—Señor apoderado —contestó—, ahora mismo abro. He sufrido un ligero mareo, pero ya estoy mejor. Tomaré el tren de las ocho. No perjudique usted a mis padres. No hay fundamento para esas quejas; los pedidos que me confiaron han sido atendidos. Viajaré inmediatamente.

Gregor creyó haberse explicado con claridad. Al otro lado, sin embargo, se hizo un silencio alarmado.

—¿Han entendido ustedes una sola palabra? —preguntó el apoderado—. Parece la voz de un animal.

La madre comenzó a llorar. Aseguró que su hijo estaba enfermo y pidió que llamaran al médico. El padre ordenó a Grete que fuera en busca de uno y mandó a la criada por un cerrajero.

Gregor comprendió que ya no bastaba con hablar. Tenía que mostrarse. Quizá, al verlo, confirmarían que estaba enfermo y la empresa abandonaría sus sospechas. Se dejó caer de la cama. El golpe sacudió el suelo, y el apoderado, sobresaltado, preguntó qué había ocurrido.

Gregor avanzó trabajosamente hacia la puerta. Sus numerosas patas empezaban a obedecerle mejor sobre la superficie firme. Al llegar, se incorporó contra la madera y buscó con la boca la llave puesta en la cerradura. No tenía manos; debía girarla con las mandíbulas.

El metal le hizo daño. Un líquido oscuro resbaló por la llave y cayó al suelo, pero Gregor continuó. Desde fuera, el apoderado observó que la cerradura se movía.

—Está abriendo —dijo.

Aquellas palabras animaron a Gregor. Apretó con más fuerza, giró la cabeza y oyó por fin el chasquido del mecanismo. La puerta había quedado sin cerrar.

Gregor descansó un instante, sujeto aún al picaporte. Había conseguido abrir. Ahora solo faltaba empujar la hoja y presentarse ante ellos. Seguía convencido de que, si lograba explicarse cara a cara, aún podría conservar su empleo y proteger a su familia.

La puerta cedió por fin. Gregor, aferrado aún a la llave con sus fuertes mandíbulas, empujó una de las hojas y asomó lentamente por la abertura. Tuvo que avanzar de costado, con infinito cuidado, porque todavía no dominaba aquel cuerpo ancho y convulso.

El apoderado fue el primero en verlo. Soltó una exclamación ahogada y retrocedió hacia el rellano, con una mano ante la boca, como si una fuerza invisible lo expulsara de la casa. La madre miró a Gregor, juntó las manos y dio dos pasos hacia él.

—¡Dios mío! —gritó.

Después cayó al suelo, con las faldas extendidas a su alrededor. El padre apretó los puños y observó a su hijo con una expresión hostil, como si quisiera devolverlo de inmediato a la habitación. Pero pronto se cubrió los ojos y rompió a llorar.

Gregor, entretanto, pensaba sobre todo en el apoderado. Era preciso detenerlo, explicarle la situación, impedir que llegara a la oficina con un informe desastroso. Movido por aquella preocupación, salió algo más. Desde el suelo alcanzó a ver la mesa preparada para el desayuno, el café derramado y, al otro lado, la puerta abierta del piso. —Bien —intentó decir—. Me vestiré enseguida, recogeré el muestrario y saldré de viaje. Dígame, ¿acaso no comprende que puedo trabajar?

Pero de su boca solo brotaron sonidos incomprensibles.

El apoderado ya descendía la escalera. Se agarraba a la barandilla sin apartar los ojos de Gregor y bajaba los peldaños de dos en dos, presa del espanto. Gregor quiso seguirlo. Al avanzar torpemente, perdió el equilibrio y cayó sobre sus numerosas patas. Por primera vez sintió que estas podían sostenerlo con cierta firmeza. Se deslizó hacia la entrada, convencido aún de que debía alcanzar al visitante.

Entonces la madre, al verlo moverse, retrocedió hasta la mesa. Volcó la cafetera, y el líquido se extendió por la alfombra. Lanzó un grito agudo y huyó hacia los brazos del padre.

Este ya no vaciló. Cogió con una mano el bastón que el apoderado había olvidado y, con la otra, un periódico. Golpeó el suelo y agitó ambos objetos para obligar a Gregor a regresar.

—¡Atrás! —bramó.

Gregor comprendió la orden, aunque no las palabras exactas. Quiso volverse, pero maniobrar aquel cuerpo era difícil. El padre avanzaba detrás de él, silbando y dando golpes con el bastón. Aterrorizado, Gregor empezó a retroceder sin poder mirar hacia dónde iba.

Al llegar a la puerta de su habitación, calculó mal la anchura. Intentó pasar de frente, pero el costado quedó encajado en el marco. Una de sus patas se dobló dolorosamente; en la puerta aparecieron manchas. Gregor forcejeó, incapaz de avanzar ni de retirarse.

El padre no esperó. Le asestó por detrás un golpe fuerte y liberador. Gregor salió despedido hacia el interior de la habitación, hiriéndose al atravesar la abertura. Enseguida, el bastón empujó la puerta, que se cerró con estrépito.

De pronto, todo quedó en silencio. Gregor permaneció inmóvil sobre el suelo de su cuarto, dolorido y exhausto. Al otro lado se encontraban su familia, el desayuno abandonado y la vida a la que había intentado volver. Entre ellos y él, la puerta estaba otra vez cerrada. Cuando Gregor despertó de su pesado desvanecimiento, ya había oscurecido. La herida del costado le dolía, y una de sus patas parecía inútil. Desde el comedor llegaba una claridad estrecha, pero la casa permanecía casi en silencio. Entonces vio, junto a la puerta, un cuenco de leche con pequeños trozos de pan. Era su bebida preferida; sin duda se lo habían dejado pensando en él.

Se acercó con avidez y hundió la cabeza en el cuenco. Sin embargo, el sabor le produjo repugnancia. Se apartó desconcertado. Hasta aquello, tan familiar, había dejado de pertenecerle. Dolorido y hambriento, retrocedió hasta el centro de la habitación. A la mañana siguiente, Grete abrió apenas la puerta. Al verlo, dio un respingo y volvió a cerrarla. Pero casi inmediatamente regresó, como si se reprochara su miedo. Advirtió que la leche seguía intacta y se la llevó. Poco después entró con un surtido de alimentos: verduras pasadas, huesos cubiertos de salsa blanca, unas pasas, almendras, queso que días antes Gregor había juzgado incomible, pan seco y pan untado con mantequilla.

Para no avergonzarlo, Grete salió y cerró la puerta. Gregor se precipitó sobre el queso. Le pareció delicioso. Devoró también las verduras y la salsa; en cambio, los alimentos frescos le resultaron insoportables. Cuando su hermana volvió, comprendió por los restos cuáles eran sus nuevos gustos. Desde entonces le llevó dos veces al día comida escogida entre las sobras y retiró cuanto él no había tocado, usando un trapo para no rozarlo con las manos.

Gregor reconocía en aquellos cuidados el afecto de Grete, pero también su horror. Antes de que ella entrara, se escondía bajo el sofá. Como su cuerpo sobresalía, arrastró una sábana y la extendió sobre el mueble para quedar enteramente oculto. Grete comprendió aquella delicadeza y dejó la tela en su sitio.

Los padres apenas se acercaban. La madre preguntaba a menudo:

—¿Ha comido?

Y cuando Grete respondía que sí, la mujer suspiraba con alivio. El padre se limitaba a pedir noticias desde el comedor. Ninguno se atrevía todavía a entrar.

Gregor escuchaba detrás de la puerta. Ya no habría trenes, muestras ni clientes; el puesto estaba perdido. Tampoco podía seguir pagando la deuda que había mantenido sometida a toda la familia. Una tarde oyó al padre explicar que aún quedaba un pequeño capital, salvado del fracaso de su antiguo negocio. No era mucho. Los intereses apenas bastaban, y el dinero no podía durar eternamente.

También habían conservado parte de los ahorros que Gregor entregaba cada mes. Él se sorprendió: había creído que todo se gastaba. Durante años se había enorgullecido de sostener la casa y soñaba con enviar a Grete al conservatorio, pues tocaba el violín con verdadero talento. Pensaba anunciarlo solemnemente en Navidad. Ahora, escondido bajo el sofá, comprendió que aquel proyecto se alejaba. La madre no estaba en condiciones de trabajar; padecía asma y se fatigaba con solo cruzar la casa. El padre llevaba cinco años sin empleo y parecía incapaz de recuperarlo. Grete, con sus diecisiete años, no tenía experiencia alguna. Mientras ellos calculaban cuánto tiempo podrían resistir, Gregor ardía de vergüenza.

Sin embargo, cada mañana y cada tarde, su hermana seguía abriendo la puerta. Entraba deprisa, evitaba mirarlo y atendía sus necesidades. En aquella casa paralizada por el miedo, Grete era la única que se ocupaba de él; y, al hacerlo, empezaba también a decidir sobre su nueva vida.

Los días de Gregor quedaron sujetos al movimiento de la puerta. Por la mañana y al mediodía, cuando sus padres y la criada procuraban mantenerse lejos, Grete hacía girar la llave y entraba con cautela. Él había aprendido a reconocer sus pasos y se ocultaba de inmediato bajo el canapé, cubriéndose con la sábana hasta donde se lo permitía su cuerpo. Solo entonces se atrevía ella a cruzar la habitación.

Grete abría la ventana de par en par, como si ni siquiera el aire del cuarto pudiera soportarse sin renovación. Después recogía los restos de comida con una escoba y los arrojaba a un cubo, sin tocarlos. Aunque Gregor no se hubiera acercado al plato, ella lo retiraba igualmente, y apenas pronunciaba palabra. Cada visita seguía un orden rápido y preciso: ventilar, limpiar, dejar alimento fresco y marcharse.

Al principio, Gregor había recibido aquellos cuidados con gratitud. Pero pronto comprendió que su hermana evitaba mirarlo. Si alguna vez lo sorprendía fuera de su escondite, se detenía, volvía el rostro y esperaba a que desapareciese bajo el canapé. Su solicitud era verdadera, pero se había convertido en una obligación silenciosa, cumplida entre el miedo y la repugnancia. Entretanto, Gregor descubrió un nuevo modo de ocupar las largas horas. Arrastrarse por el suelo ya no le bastaba. Probó a subir por una pared, aferrándose al empapelado con sus numerosas patas, y comprobó que podía avanzar con una facilidad inesperada. Poco después alcanzó el techo. Allí su respiración parecía más libre; su cuerpo se balanceaba ligeramente y, durante unos instantes, olvidaba la estrechez de su encierro. A veces se dejaba caer sobre el suelo, no sin golpearse, pero sin sufrir daños graves.

Grete advirtió enseguida las señales de aquella actividad: rastros pegajosos en las paredes y pequeñas huellas que cruzaban el techo. No comentó nada con sus padres. Empezó, sin embargo, a observar la habitación con atención, como si buscara la manera de ofrecerle más espacio.

Gregor, aunque se entregaba a aquellos movimientos propios de su nueva condición, no había dejado de pensar como antes. Escuchaba las conversaciones al otro lado de la puerta y trataba de imaginar a su madre inclinada sobre la mesa, a su padre sentado con expresión fatigada, a Grete entrando y saliendo con los recados domésticos. Deseaba hablarles, explicarles que comprendía sus apuros, que aún los quería y que no había olvidado ninguna de sus antiguas promesas. Pero de su boca solo podían salir sonidos que ellos no entendían.

Por las tardes, la puerta del salón quedaba a veces entreabierta. Gregor permanecía en la oscuridad y contemplaba a su familia sin ser visto. Su padre dormitaba; su madre cosía ropa para una tienda; Grete estudiaba taquigrafía y francés, preparándose para un empleo mejor. Nadie conversaba como antes. El cansancio había ocupado el lugar de la confianza.

Una noche, la madre preguntó en voz baja:

—¿Ha comido hoy?

—Sí —respondió Grete, tras una vacilación—. Bastante.

No era verdad. Gregor apenas había probado el alimento. Comprendió que su hermana mentía para evitar nuevas preocupaciones, y aquel pequeño gesto le produjo a la vez ternura y vergüenza.

Al día siguiente, cuando Grete entró, él no alcanzó a esconderse por completo. Ella retrocedió y cerró la puerta con brusquedad. Gregor se apresuró bajo el canapé. Un momento después, Grete regresó, pálida, y cumplió sus tareas sin dirigir la vista hacia él.

La distancia entre ambos crecía, aunque todavía los unía una forma dolorosa de consideración. Ella procuraba conservarlo vivo. Él procuraba no asustarla. Y así, separados incluso cuando compartían la misma habitación, comenzaron a acostumbrarse a una existencia que ninguno de los dos habría podido nombrar.

Grete había advertido que Gregor encontraba cierto alivio en recorrer las paredes y colgarse del techo. Pensó, por tanto, que debía darle más espacio. Un día, cuando el padre no estaba en casa, pidió ayuda a su madre para retirar los muebles.

—Primero sacaremos la cómoda y después el escritorio —dijo—. Así podrá moverse con libertad.

La madre vaciló. Miró la habitación donde Gregor había dormido desde niño, donde había estudiado y trabajado hasta convertirse en viajante.

—¿No parecerá que hemos renunciado a esperar su regreso? —preguntó—. Si quitamos todo, cuando vuelva a ser como antes no encontrará nada suyo.

Oculto bajo el canapé, Gregor escuchó aquellas palabras con emoción. Su madre comprendía lo que Grete parecía haber olvidado: que él no deseaba perder todo vínculo con su vida humana. Al principio, la idea de disponer de una habitación vacía le había parecido atractiva; pero ahora, al ver que empujaban la cómoda hacia la puerta, sintió que se llevaban también una parte de su memoria. Las dos mujeres trabajaban con dificultad. La madre, todavía débil, se detenía para recobrar fuerzas. Grete, más decidida, insistía en continuar. Gregor recordó que en aquella cómoda guardaba sus útiles; recordó también las horas pasadas ante el escritorio, inclinado sobre cuadernos de comercio. Esos objetos ya no le servían, pero eran testigos de que había sido un hijo, un empleado, un hombre.

Cuando ambas salieron un momento para mover el pesado mueble desde el pasillo, Gregor abandonó su escondite. Debía salvar algo. Recorrió con ansiedad las paredes hasta que vio el retrato recortado de una revista: una dama erguida, cubierta de pieles, que tendía hacia el espectador un grueso manguito. Gregor trepó hasta él y extendió el cuerpo sobre el cristal, decidido a impedir que se lo llevaran.

Grete regresó primero. Lo descubrió pegado al cuadro y comprendió su intención. Procuró interponerse para que su madre no lo viera.

—Ven un momento al otro cuarto —le dijo con inquietud.

Pero la madre siguió la dirección de su mirada. Al alzar los ojos y distinguir aquella criatura oscura sobre la pared, gritó:

—¡Dios mío! ¡Dios mío!

Retrocedió con los brazos abiertos y cayó sobre el sofá, inmóvil.

Grete se volvió hacia Gregor con una expresión distinta de todas las anteriores. Ya no había en ella solo miedo, sino reproche y furia.

—¡Gregor! —exclamó, amenazándolo con el puño.

Era la primera vez desde la transformación que pronunciaba su nombre ante él.

Después corrió en busca de algún remedio para su madre. Gregor, alarmado, quiso ayudar. Se desprendió del retrato y siguió a Grete, aunque sabía que su presencia solo podía empeorarlo todo. En la habitación contigua, ella rebuscaba entre frascos. Al verlo entrar, se sobresaltó; una botella cayó al suelo y se hizo añicos. Un fragmento hirió a Gregor en el rostro, mientras un líquido corrosivo lo salpicaba.

Grete tomó un frasco y regresó junto a su madre, cerrando la puerta tras de sí. Gregor quedó fuera, herido y confuso. Había intentado conservar una última señal de su antigua existencia, pero su aparición había provocado el desmayo de su madre y la cólera de su hermana. Entonces oyó la llave en la puerta de entrada.

El padre acababa de volver. Cuando el señor Samsa entró en la casa, encontró una escena que solo podía interpretar como una catástrofe. La madre yacía desvanecida; Grete, alterada, trataba de atenderla; y Gregor había salido de su habitación y permanecía cerca, incapaz de explicar lo sucedido.

—¿Qué ha pasado? —preguntó el padre.

Su voz no pedía una respuesta: ya contenía una acusación.

Grete se volvió hacia él. Entre sollozos, apenas logró decir que la madre se había desmayado y que Gregor se había escapado. Aquellas palabras bastaron. El señor Samsa creyó que su hijo había cometido alguna violencia. No quiso escuchar más.

Gregor lo miró con asombro. Su padre ya no era el hombre abatido que, antes de la metamorfosis, permanecía largas horas hundido en una butaca. Vestía ahora el uniforme azul de su empleo, ajustado al cuerpo; los botones dorados relucían, y bajo las pobladas cejas sus ojos parecían despiertos y severos. Se mantenía erguido, con una energía que Gregor no le había conocido en mucho tiempo.

El padre avanzó hacia él.

Gregor retrocedió. Intentó hacerle comprender, con movimientos lentos, que regresaría por voluntad propia a su cuarto. Pero el señor Samsa lo perseguía alrededor de la mesa, alzando los pies de manera desmesurada. Gregor, debilitado por el encierro y por la agitación de aquel día, apenas conseguía sostener el ritmo. Cada vez que trataba de detenerse, el padre se acercaba con mayor amenaza. De pronto, algo pequeño y rojo rodó por el suelo. Gregor tardó en reconocerlo: era una manzana. Otra pasó junto a él y chocó contra un mueble. El padre había llenado los bolsillos con las manzanas de un frutero y se las arrojaba una tras otra.

Gregor corrió sin rumbo. Las frutas rodaban por la habitación como proyectiles. Una le rozó el costado; otra rebotó contra su caparazón sin causarle daño grave. Pero el ataque no cesó.

Entonces una manzana, lanzada con mayor fuerza, se hundió en su espalda.

Gregor quedó clavado al suelo. Un dolor espantoso le atravesó el cuerpo. Quiso arrastrarse, pero la fruta permanecía incrustada en su carne, como si formara ya parte de él. Sus patas se agitaron inútilmente y después fueron perdiendo fuerza.

El señor Samsa levantó el brazo de nuevo.

En ese instante apareció la madre. Grete había aflojado sus ropas para que pudiera respirar, y ella salió de la habitación en enaguas, con el vestido desabrochado y arrastrándolo tras de sí. Corrió hacia su marido, se abrazó a él y, alzando el rostro, le suplicó que perdonara la vida de Gregor.

El brazo del padre descendió al fin.

Gregor apenas veía. El dolor le nublaba la conciencia mientras Grete sostenía a la madre y el señor Samsa contemplaba en silencio el resultado de su furia. Nadie se atrevió a extraer la manzana. Quedó alojada en la espalda de Gregor, recordatorio permanente de aquella persecución.

Con enormes esfuerzos, fue llevado de nuevo a su habitación. La puerta volvió a cerrarse tras él. La herida no sanaría: limitaría sus movimientos, consumiría sus fuerzas y cambiaría para siempre la manera en que la familia lo miraba. Desde aquella tarde, Gregor dejó de ser solo una carga oculta tras una puerta. Se convirtió también en el ser herido por su propio padre, tolerado con culpa y con miedo bajo el mismo techo.

La manzana permaneció incrustada en la espalda de Gregor. Nadie se atrevió a retirarla, y la herida le hizo perder gran parte de su movilidad. Durante más de un mes quedó reducido a avanzar con dificultad, arrastrando el cuerpo como un inválido. Sin embargo, aquella misma herida pareció recordar a la familia que, pese a su aspecto, Gregor seguía siendo uno de ellos. Como compensación, la puerta de su habitación se dejaba abierta algunas noches.

Desde la oscuridad, Gregor podía ver el comedor iluminado. No se acercaba demasiado: se quedaba apartado, tendido en el suelo, observando una escena familiar que continuaba sin contar con él. El padre había vuelto a trabajar. Vestía un uniforme azul con botones dorados, el traje de un ordenanza de banco. Ya no era el hombre agotado que permanecía hundido en un sillón mientras Gregor sostenía la casa. Ahora se mantenía erguido, con la barbilla hundida sobre el cuello rígido del uniforme y el cabello blanco cuidadosamente peinado. Parecía haber recuperado, junto con el empleo, una autoridad que durante años había dejado descansar sobre los hombros de su hijo.

Pero al anochecer el cansancio lo vencía. Después de cenar se dormía en el sillón, todavía uniformado. La madre y Grete intentaban llevarlo a la cama.

—Padre, levántate —decía Grete, tocándole el brazo—. Debes descansar.

Él abría los ojos, miraba alrededor como si despertara en un lugar desconocido y murmuraba:

—Esta es la vida que me ha tocado en la vejez.

Luego se apoyaba en las dos mujeres y avanzaba lentamente hacia el dormitorio. Gregor contemplaba aquella ceremonia desde lejos. A veces el padre veía la puerta abierta y ordenaba cerrarla.

La madre cosía ropa fina para una tienda de modas. Se inclinaba sobre la labor hasta altas horas, bajo la luz de la lámpara, pese a que su respiración se volvía fatigosa. Grete, por su parte, había encontrado empleo como dependienta. Por las noches estudiaba taquigrafía y francés, con la esperanza de obtener más adelante un puesto mejor. Sus días estaban ocupados, y el cuidado de Gregor dejó de ser la tarea central que había sido al principio.

La familia hablaba en voz baja de sus ingresos y sus gastos. Habían despedido a la criada y conservaban únicamente una asistenta anciana para los trabajos más pesados. También discutían la posibilidad de abandonar aquel piso, demasiado grande y costoso para su nueva situación. Pero no encontraban una vivienda adecuada ni sabían cómo trasladar a Gregor sin exponerse a la mirada de los demás.

Él escuchaba aquellas conversaciones con una mezcla de vergüenza y dolor. Antes se había enorgullecido de pagar las deudas del padre y sostener a todos. Había soñado incluso con enviar a Grete al conservatorio. Ahora comprendía que cada miembro de la familia trabajaba hasta el agotamiento porque él ya no podía hacerlo. Cuando la puerta quedaba abierta, Gregor esperaba alguna señal: una mirada de su madre, una palabra de Grete, el reconocimiento de que aún pertenecía a aquel círculo. Pero las dos mujeres cosían o estudiaban; el padre dormía o vigilaba. Nadie se acercaba.

Así, la puerta abierta no lo devolvía a la familia. Solo le permitía contemplar, desde la penumbra de su habitación, cómo los Samsa reorganizaban su vida alrededor de su ausencia.

La transformación de la casa no se detuvo. Como el sueldo del padre, el empleo de la madre y el trabajo de Grete apenas bastaban para sostenerlos, los Samsa despidieron a la criada y alquilaron una habitación a tres huéspedes. Eran tres caballeros graves, muy atentos al orden y a la limpieza. El del centro, que parecía hablar por los otros, examinó los muebles, probó la mesa y dejó bien claras sus exigencias.

Desde entonces, la familia les cedió el comedor y tomó sus propias comidas en la cocina. Los huéspedes traían consigo algunos objetos y rechazaban cuanto consideraban superfluo. Todo aquello que estorbaba acababa en el cuarto de Gregor: un arcón, cajas, ceniza, desperdicios y utensilios sin lugar. Su habitación, antes vaciada para que pudiera arrastrarse por las paredes, se convirtió poco a poco en un almacén.

Gregor apenas podía moverse a causa de la manzana que seguía incrustada en su espalda. Tampoco tenía fuerzas para apartar los objetos. Permanecía entre el polvo, cubierto de pelusas y restos de comida, como si la familia hubiese empezado a confundirlo con todo lo que ya no servía. Grete entraba cada vez menos. Por la mañana, antes de marcharse, empujaba con el pie cualquier alimento al interior; por la noche retiraba lo que quedaba, casi siempre intacto. Ya no se detenía a observar qué podía apetecerle. El cansancio y el resentimiento habían sustituido a la atención de los primeros días. Si la madre intentaba limpiar el cuarto, Grete se irritaba, como si todavía quisiera conservar para sí una responsabilidad que, en realidad, había abandonado.

La nueva asistenta era una viuda anciana, huesuda y enérgica, que acudía por la mañana y por la tarde para realizar los trabajos más pesados. Un día abrió por casualidad la puerta de Gregor. Él se sobresaltó y avanzó torpemente hacia ella, dispuesto a defenderse. Pero la mujer no huyó. Se quedó plantada, con las manos cruzadas sobre el vientre, y lo examinó sin el menor espanto.

—Conque aquí está el viejo escarabajo pelotero —dijo.

Desde entonces abrió la puerta siempre que podía y lo provocaba con una familiaridad brutal.

—Ven aquí, pedazo de bicho. ¡Mira qué ejemplar!

Gregor, demasiado débil para atacarla, se limitaba a retroceder. En una ocasión avanzó hacia ella con más decisión. La asistenta levantó una silla por encima de su cabeza.

—Un paso más y te la estampo.

Gregor se detuvo. La mujer dejó la silla en su sitio y continuó trabajando, satisfecha de haber establecido entre ambos aquella áspera confianza.

La presencia de los huéspedes hizo aún más estricta la separación. Antes de servirles la cena, la madre y Grete limpiaban con cuidado el comedor. El padre aparecía con su uniforme, aunque estuviera gastado, y vigilaba que nada los contrariase. Los tres hombres se sentaban a la mesa, inspeccionaban los platos y comenzaban a comer solo después de comprobar que todo estaba a su gusto.

Desde su cuarto, Gregor oía el ruido de sus mandíbulas. Comprendía que aquellos desconocidos recibían la comida abundante, la atención y el respeto que la familia ya no podía ofrecerle. Su puerta permanecía cerrada para que nadie descubriese al huésped monstruoso oculto entre los trastos.

Así, mientras los tres caballeros ocupaban el centro de la casa, Gregor quedaba relegado al rincón donde se arrojaba cuanto resultaba incómodo, inútil o vergonzoso. Y Grete, absorbida por el trabajo y por sus nuevas obligaciones, apenas recordaba ya que, detrás de aquella puerta, seguía viviendo su hermano.

Aquella noche, los tres huéspedes cenaban en el comedor bajo la atención vigilante de la señora Samsa. El padre, vestido aún con su uniforme, esperaba cualquier señal de desagrado; Grete permanecía cerca de la cocina, agotada después de su jornada. Entonces comenzó a oírse el violín.

Grete tocaba en la habitación contigua, quizá creyendo que la puerta cerrada bastaría para no molestar. Pero los huéspedes dejaron los cubiertos. El hombre situado en el centro alzó la cabeza y preguntó:

—Señor Samsa, ¿su hija toca el violín?

—Sí —respondió el padre, apresurándose a añadir—. ¿Desean que venga aquí?

Los huéspedes aceptaron. La madre llevó el atril y las partituras; Grete entró con el violín, y el señor Samsa dispuso todo con una solicitud casi servil. Los tres hombres se colocaron junto a la ventana. Al principio parecían interesados, pero pronto metieron las manos en los bolsillos, inclinaron la cabeza sobre las notas y adoptaron una expresión crítica, como si buscasen defectos.

Grete comenzó a tocar. Desde su cuarto, Gregor escuchó. La puerta había quedado entreabierta. La música lo atrajo con una fuerza que ya no encontraba en la comida ni en las voces de su familia. Sacó la cabeza, avanzó lentamente y penetró en el comedor. El abandono de su cuerpo era visible: llevaba polvo sobre el lomo, hilos y restos adheridos a los costados. Sin embargo, no pensó en ocultarse. Solo escuchaba.

¿Era acaso un animal, si la música le conmovía de aquel modo?

Se acercó un poco más a Grete. Imaginó que ella iría a su habitación y tocaría únicamente para él. Nadie apreciaba su arte como él. Había decidido, antes de la metamorfosis, anunciar durante la Navidad que pagaría sus estudios en el conservatorio, aunque aquel gasto exigiera nuevos sacrificios. Nunca se lo había dicho. Ahora deseaba atraerla hacia sí, retenerla a su lado y confiarle aquel proyecto imposible. Ella se sentaría junto a él; él le revelaría que siempre había querido ayudarla. Y Grete, conmovida, comprendería que bajo aquella forma seguía estando su hermano.

Pero uno de los huéspedes ya lo había visto.

—¡Señor Samsa! —exclamó, señalándolo con el dedo.

El violín enmudeció. El padre trató de interponerse y conducir a los hombres de vuelta a su habitación, extendiendo los brazos como si pudiera borrar con aquel gesto lo que acababan de descubrir.

El huésped principal no retrocedió. Miró a Gregor, luego a la familia, con indignación calculada.

—Declaro que abandono inmediatamente esta casa —dijo—. En vista de las repugnantes condiciones que aquí reinan, no pagaré un céntimo por los días que he vivido bajo este techo. Es más: estudiaré si tengo derecho a exigir una indemnización.

—Nosotros también —añadieron los otros dos.

Los tres entraron en su cuarto y cerraron la puerta.

El padre quedó inmóvil. La madre, vencida, se desplomó en una silla, con las piernas extendidas y el pecho agitado. Grete no había soltado todavía el violín. Durante unos segundos permaneció quieta; después dejó el instrumento sobre las rodillas de su madre y se levantó de golpe.

Gregor seguía en medio del comedor. La música había cesado, y con ella se había desvanecido la esperanza de acercarse a su hermana. En torno a él solo quedaban el miedo, la vergüenza y la ruina que su aparición acababa de precipitar. Grete miró a sus padres. Su rostro ya no mostraba compasión ni cansancio, sino una resolución nueva y terrible. Estaba a punto de pronunciar las palabras que decidirían el destino de Gregor.

El huésped que había descubierto a Gregor alzó una mano y señaló, con gesto de acusación, hacia el cuerpo inmóvil en el suelo. Sus compañeros se habían apartado del atril y observaban también aquella criatura que la familia había tratado de ocultarles.

—Declaro ante ustedes —dijo el hombre, dirigiéndose al señor Samsa— que, dadas las repugnantes condiciones de esta casa y de esta familia, abandono inmediatamente mi habitación. Por supuesto, no pagaré ni un céntimo por los días que he permanecido aquí. Incluso me reservo el derecho de exigir una indemnización.

Los otros dos huéspedes asintieron con energía.

—Nosotros también nos marchamos —declararon.

Después entraron en su cuarto y cerraron la puerta. El padre, que había intentado hacerlos retroceder con ademanes serviles, quedó abatido. La madre seguía hundida en una silla, con el violín abandonado sobre las rodillas. Grete fue la primera en moverse. Dejó el instrumento en manos de su madre y se volvió hacia sus padres. Su rostro había perdido toda vacilación.

—Queridos padres —dijo, golpeando la mesa con la mano—, esto no puede continuar. Tal vez vosotros no queráis comprenderlo, pero yo sí. No pienso pronunciar el nombre de mi hermano delante de esa criatura. Solo digo que debemos intentar librarnos de ella. Hemos hecho cuanto era humanamente posible por cuidarla y soportarla. Nadie puede reprocharnos nada.

El señor Samsa miró a su hija como si esperase de ella una solución que él no se había atrevido a formular.

—Tiene razón —murmuró.

La madre empezó a toser, con una tos seca y descompuesta. Grete continuó:

—Si eso fuese Gregor, habría comprendido hace mucho tiempo que los seres humanos no pueden convivir con semejante animal. Se habría marchado por voluntad propia. Entonces habríamos perdido a un hermano, pero podríamos seguir viviendo y conservar su recuerdo. Sin embargo, esto nos persigue, expulsa a nuestros huéspedes y quiere apoderarse de toda la casa.

—Pero ¿qué podemos hacer? —preguntó el padre, casi en un susurro.

Grete se encogió de hombros y, al mirar a Gregor, mostró un cansancio más profundo que el miedo.

Gregor comprendía cada palabra. Quiso acercarse a su hermana, explicarle que jamás había deseado expulsar a nadie, que solo había salido porque la música del violín lo había atraído. Pero ya no existía medio alguno de hacerse entender. La voz de Grete, aquella voz que antes lo llamaba con cuidado y le llevaba alimento, acababa de negarle incluso su nombre.

Entonces decidió regresar a su habitación.

El esfuerzo era enorme. No podía girar con facilidad, y la herida de la espalda, aún dolorida por la manzana incrustada, le impedía levantar bien el cuerpo. Comenzó a dar la vuelta lentamente. Nadie acudió a ayudarlo. El padre y la madre contemplaban sus movimientos; Grete permanecía en pie, atenta, como si temiese que cambiara de dirección.

Cuando por fin quedó orientado hacia la puerta, Gregor avanzó. Cada tramo le exigía una pausa. Sentía que el cuerpo ya no le respondía y que el suelo se extendía interminablemente ante él. Al llegar al umbral, volvió la cabeza por última vez.

Su madre parecía haberse quedado dormida de agotamiento. El padre mantenía los ojos bajos. Grete, en cambio, seguía vigilándolo.

Gregor entró por completo en su cuarto. Grete se precipitó entonces hacia la puerta, la cerró y echó la llave.

—¡Por fin! —exclamó.

Al otro lado, Gregor oyó esas palabras. Ya no intentó moverse. Permaneció en la oscuridad, rendido, mientras en la casa se hacía un silencio definitivo.

Gregor permaneció solo en su habitación. Apenas podía moverse. La herida de su espalda seguía doliéndole, y el cuerpo, debilitado por tantos días sin comer, descansaba inmóvil sobre el suelo. Sin embargo, no sentía ya la cólera ni la angustia que habían acompañado sus últimos esfuerzos.

Pensó en su familia con ternura. Pensó en su padre, en su madre y, sobre todo, en Grete. La convicción de que debía desaparecer era en él aún más firme que en su hermana. Permaneció así, sumido en una reflexión serena y vacía, mientras la noche avanzaba.

Alrededor de las tres de la madrugada vio aclararse la ventana. Luego su cabeza se inclinó involuntariamente, y de sus orificios nasales salió débilmente el último aliento.

A primera hora entró la asistenta. Al verlo inmóvil, creyó al principio que fingía. Lo empujó con la escoba; Gregor no reaccionó. Entonces comprendió lo ocurrido y abrió de golpe la puerta del dormitorio de los padres.

—¡Vengan a verlo! ¡Ha reventado! ¡Ahí lo tienen, completamente muerto!

El señor y la señora Samsa se levantaron. Grete apareció también. Los tres se acercaron al cuerpo consumido. La asistenta apartó con la escoba el cadáver y confirmó que estaba completamente seco.

—Ahora podemos dar gracias a Dios —dijo el señor Samsa.

Los tres hicieron la señal de la cruz. Grete, sin apartar la vista, murmuró:

—Mirad qué delgado estaba. Hacía tanto tiempo que no comía nada.

Los tres huéspedes salieron entonces de su habitación y preguntaron por el desayuno. El señor Samsa se irguió, señaló la puerta y les ordenó:

—Abandonen inmediatamente mi casa.

El huésped principal intentó protestar, pero, al ver la decisión del padre y a las dos mujeres abrazadas detrás de él, recogió sus cosas. Los tres hombres se marcharon escaleras abajo, observados desde el rellano por la familia. Después, el señor Samsa escribió sendas cartas de disculpa a su jefe, al de su esposa y al de Grete. Habían decidido tomarse aquel día de descanso. Cuando la asistenta anunció, antes de irse, que ya se había ocupado de «lo de ahí dentro», ninguno quiso preguntarle cómo. El señor Samsa la despidió, decidido a prescindir de ella.

Los tres salieron juntos de la vivienda. Era la primera vez, desde hacía meses, que lo hacían. Tomaron un tranvía hacia las afueras. Mientras el coche avanzaba bajo la luz clara de la mañana, hablaron de su porvenir. Sus empleos, examinados con calma, no eran malos y ofrecían esperanzas. Lo más urgente sería buscar una vivienda más pequeña, más barata y mejor situada que aquella que Gregor había escogido para ellos.

Grete permanecía sentada entre sus padres. Durante los meses de fatiga y privaciones, la muchacha se había convertido en una joven hermosa y lozana. El señor y la señora Samsa intercambiaron una mirada. Casi al mismo tiempo pensaron que pronto habría que encontrarle un buen marido.

Al llegar al final del trayecto, Grete fue la primera en levantarse. Estiró su cuerpo joven, mientras sus padres la contemplaban como la promesa silenciosa de otro porvenir.

Mientras Gregor quedaba atrás, los Samsa avanzaron hacia un porvenir que ya no lo incluía.

Guion y voz generados con inteligencia artificial.

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