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Historia para dormir · Clásicos de la literatura

La Eneida: la caída de Troya y el destino de Eneas

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Tras la caída de Troya, Eneas conduce a los supervivientes en busca de la tierra prometida por el destino. Su viaje lo enfrenta al amor trágico de Dido, a las sombras del inframundo y a una guerra en Italia que culmina en su duelo mortal con Turno.

La historia en texto

Canto las armas y al varón que, fugitivo de Troya, llegó por mandato del destino a las costas de Italia. Mucho sufrió Eneas por tierra y por mar, perseguido por la ira de Juno, antes de poder fundar el linaje del que un día nacería Roma.

La diosa odiaba a los troyanos. Sabía que sus descendientes destruirían algún día Cartago, su ciudad predilecta, y no había olvidado ni el juicio de Paris ni el desprecio inferido a su belleza. Cuando vio la flota de Eneas alejándose de Sicilia y rumbo al Lacio, acudió a Eolo, señor de los vientos.

—Desata las tempestades —le pidió—. Hunde sus naves o dispersa a sus hombres. Si lo haces, te entregaré por esposa a la más hermosa de mis ninfas.

Eolo golpeó con su lanza la montaña que encerraba los vientos. Estos salieron en tropel y cayeron sobre el mar. Las olas ocultaron el cielo; crujieron los remos y los relámpagos desgarraron las nubes. Tres naves fueron arrojadas contra unos escollos; otras tres quedaron varadas en bancos de arena.

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Eneas alzó las manos hacia la oscuridad.

—¡Dichosos quienes murieron ante las murallas de Troya! ¡Ojalá hubiera caído yo bajo los golpes de Diomedes, junto a Héctor y Sarpedón! Pero Neptuno oyó el estrépito desde el fondo del mar. Al emerger, comprendió que Juno había invadido sus dominios. Reprendió a los vientos, apartó las nubes y calmó las aguas. Las naves supervivientes alcanzaron la costa de África.

Eneas desembarcó con su fiel Acates. Mientras sus compañeros encendían fuego y reparaban fuerzas, él ocultó su angustia y les habló con firmeza:

—Compañeros, ya hemos conocido males mayores. También estos tendrán fin. El destino nos reserva una patria en el Lacio.

Venus, madre de Eneas, se le apareció bajo la figura de una cazadora y le habló de Cartago y de su reina, Dido. Viuda del asesinado Siqueo, Dido había huido de Tiro y levantado allí una nueva ciudad. Después envolvió a Eneas y a Acates en una nube para que entrasen sin ser vistos.

En el templo de Juno, Eneas contempló representadas las batallas de Troya y lloró al reconocer a sus compañeros muertos. Poco después llegaron algunos troyanos que la tormenta había separado de él. Ante Dido suplicaron hospitalidad.

—No temáis —respondió la reina—. Conozco las desgracias y he aprendido a socorrer a los desdichados.

Entonces la nube se deshizo. Eneas apareció ante todos, semejante a un dios por obra de Venus. Dido lo recibió con generosidad y mandó celebrar un banquete. Venus, temerosa de Juno, hizo que Cupido tomara la apariencia del pequeño Ascanio y encendiera en el corazón de la reina un amor irresistible por el héroe troyano.

Al caer la noche, Dido tomó la copa y se volvió hacia su huésped.

—Cuéntanos, Eneas, las asechanzas de los griegos, la ruina de Troya y tus largos viajes. Hace ya siete años que vagas por mares y tierras.

Todos guardaron silencio. Eneas suspiró, y el dolor volvió a su rostro.

—Reina —dijo—, me ordenas renovar una pena indecible.

Y comenzó a relatar la última noche de Troya.

Ante Dido y los príncipes de Cartago, Eneas comenzó el relato que más dolor le causaba recordar.

—Reina, me mandas renovar una pena indecible.

Los griegos, vencidos en apariencia tras diez años de guerra, habían abandonado la costa. En la playa dejaron un caballo enorme, construido con tablas de abeto. Troya creyó terminada la guerra. Unos quisieron llevar aquella máquina dentro de las murallas; otros, arrojarla al mar o abrir su vientre con las armas.

Laocoonte, sacerdote de Neptuno, descendió corriendo desde la ciudad.

—¡Desdichados! ¿Pensáis que los griegos se han marchado? Desconfío de los dánaos incluso cuando traen regalos.

Y arrojó su lanza contra el costado del caballo. El golpe hizo resonar las cavidades, pero los dioses habían cegado ya el entendimiento de Troya. Entonces unos pastores llevaron ante el rey Príamo a un joven griego maniatado. Se llamaba Sinón. Fingiendo temor y abandono, aseguró que Ulises había querido sacrificarlo y que el caballo era una ofrenda a Minerva. Añadió que, si los troyanos lo destruían, atraería sobre ellos la cólera divina; pero, si lo introducían en la ciudad, Troya alcanzaría un poder invencible.

Mientras aún hablaba, dos serpientes gigantescas surgieron del mar. Avanzaron sobre las olas y se lanzaron contra los hijos de Laocoonte. El padre acudió a socorrerlos, pero los monstruos lo envolvieron también con sus anillos y lo ahogaron junto al altar. Después se ocultaron bajo la estatua de Minerva.

Los troyanos interpretaron aquella muerte como castigo por la lanza. Abrieron una brecha en las murallas y arrastraron el caballo entre cantos festivos. Cuatro veces se detuvo en el umbral; cuatro veces sonaron armas dentro de su vientre. Nadie escuchó la advertencia. Casandra anunció la ruina, y nadie creyó a Casandra.

Llegó la noche. Troya dormía, confiada. Entonces la flota griega regresó en silencio desde Ténedos. Sinón abrió el caballo, y de él descendieron Ulises, Menelao, Neoptólemo y los demás guerreros. Mataron a los centinelas, abrieron las puertas y dieron entrada al ejército.

Eneas dormía cuando se le apareció Héctor. No era el príncipe glorioso que había combatido ante las murallas, sino una sombra ensangrentada, cubierta de polvo y con los pies hinchados por las correas que habían arrastrado su cadáver.

—¡Héctor! —exclamó Eneas—. ¿Por qué tardas? ¿Qué ultrajes han desfigurado tu rostro?

La sombra no respondió a sus preguntas.

—Huye, hijo de Venus. El enemigo ocupa las murallas. Troya te confía sus objetos sagrados y sus penates. Llévalos contigo; busca para ellos una nueva patria, que levantarás al otro lado del mar.

Héctor puso en sus manos las cintas de Vesta y el fuego eterno. Eneas despertó sobresaltado. Desde los tejados llegaban gritos, estrépito de armas y resplandores de incendio. Subió a la azotea y vio la ciudad tomada: las casas ardían, los soldados griegos corrían por las calles y el fragor de la matanza crecía a cada instante.

Pero, aunque Héctor le había ordenado salvar el porvenir de Troya, Eneas sintió primero el furor del guerrero. Tomó sus armas y salió hacia el corazón del incendio, decidido a reunir compañeros y combatir en la última noche de su patria.

Cuando Eneas comprendió que toda resistencia era inútil, regresó entre llamas a la casa de su padre. Allí encontró a Anquises resuelto a morir con Troya.

—Vosotros, jóvenes —dijo el anciano—, huid mientras aún podáis. Yo he vivido bastante. No seré una carga para nadie.

Eneas se negó. ¿Cómo abandonar al padre que le había dado la vida? Ya pensaba volver al combate y buscar una muerte digna entre los últimos defensores cuando Creúsa, abrazada a sus rodillas, le mostró al pequeño Ascanio.

—Si vas a morir, llévanos contigo —suplicó—. ¿A quién nos dejas?

Entonces apareció sobre la cabeza del niño una llama leve, que no quemaba sus cabellos. Mientras todos contemplaban el prodigio, un trueno sonó a la izquierda y una estrella atravesó el cielo, señalando el camino hacia el monte Ida. Anquises alzó las manos.

—Ya no me resisto. Dioses de mi patria, acepto vuestro aviso. Eneas se cubrió los hombros con una piel de león y recibió sobre ellos a su padre. Anquises llevaba los penates de Troya, pues Eneas, manchado por la lucha, no podía tocar los objetos sagrados antes de purificarse. Ascanio caminaba cogido de la mano de su padre; Creúsa debía seguirlos a cierta distancia. El lugar de reunión sería un antiguo templo de Ceres, fuera de las murallas.

Avanzaron por calles apartadas. Eneas, que poco antes había desafiado las lanzas griegas, temblaba ahora ante cada rumor: no por sí mismo, sino por el anciano que cargaba y por el niño que guiaba. De pronto oyó pasos y creyó ver enemigos. Aceleró la marcha, cruzó pasadizos oscuros y alcanzó por fin el templo.

Entonces descubrió que Creúsa no estaba con ellos.

Sin escuchar a Anquises ni atender al peligro, Eneas volvió sobre sus huellas. Recorrió las murallas, la casa abandonada y las calles invadidas por los aqueos. La llamó una y otra vez. Vio mujeres y niños cautivos; vio a los vencedores amontonar el botín en los santuarios. Pero no halló a su esposa.

Cuando su desesperación era mayor, se le apareció la sombra de Creúsa, más alta y solemne que en vida. Eneas quiso abrazarla, pero ella habló:

—¿Por qué te entregas a este dolor? Nada de esto sucede sin voluntad divina. No puedo acompañarte. Te esperan un largo destierro y mares que atravesar. Llegarás a la tierra occidental donde corre el Tíber lidio. Allí tendrás un reino y una esposa real. No llores por mí: no seré esclava de una mujer griega. La madre de los dioses me retiene en estas tierras. Cuida de nuestro hijo.

Tres veces intentó Eneas rodearla con los brazos; tres veces la imagen escapó de sus manos, semejante a una brisa o a un sueño fugitivo. Al despuntar el alba regresó al templo de Ceres. Allí encontró a muchos supervivientes: hombres, mujeres y jóvenes dispuestos a seguirlo hacia cualquier tierra. Eneas contempló por última vez la ciudad vencida. Después tomó de nuevo a Anquises sobre los hombros y condujo a los fugitivos hacia las montañas. Troya quedaba atrás; la patria prometida aún estaba más allá del mar.

Cuando volvió la primavera, los troyanos talaron los bosques del monte Ida, construyeron naves y abandonaron para siempre las costas de su patria. Eneas llevaba consigo los dioses penates; Anquises, anciano pero aún guía de los suyos, interpretaba los designios divinos.

Su primera escala fue Tracia. Allí, al arrancar unas ramas para adornar un altar, Eneas vio brotar sangre de la tierra. Una voz subterránea le advirtió:

—Huye de este país. Soy Polidoro, hijo de Príamo. Fui asesinado por quienes debían protegerme.

Los troyanos honraron al muerto y se hicieron de nuevo a la mar. En Delos, Apolo les ordenó buscar la antigua madre de su estirpe. Anquises creyó que se refería a Creta, cuna de Teucro, y hacia allí navegaron. Fundaron una ciudad, pero una peste devastadora cayó sobre hombres, campos y animales. Durante la noche, los penates se aparecieron a Eneas y corrigieron el error:

—No es Creta la tierra prometida, sino Italia, de donde procede Dárdano.

Partieron otra vez. Una tormenta los empujó hasta las islas Estrófades, donde las harpías ensuciaron el banquete que los fugitivos habían preparado. Eneas y sus compañeros empuñaron las armas, pero aquellas criaturas eran invulnerables. Celeno, la más terrible, lanzó una profecía:

—Llegaréis a Italia, pero el hambre os obligará a devorar hasta vuestras mesas.

Prosiguieron inquietos. En Epiro encontraron a Andrómaca, viuda de Héctor, casada ahora con Héleno, hijo de Príamo y dotado del don profético. Ambos habían levantado allí una pequeña imagen de la Troya perdida. Andrómaca abrazó a Ascanio y lloró al reconocer en él los rasgos de Astianacte.

Héleno aconsejó a Eneas que evitase la costa más cercana de Italia, guardada por monstruos y peligros, y que consultase en Cumas a la Sibila. También le dio una señal: una cerda blanca con treinta crías indicaría el lugar destinado para su ciudad.

Las naves bordearon Sicilia, escapando del estrecho donde acechaban Escila y Caribdis. Cerca del Etna recogieron a Aqueménides, un griego abandonado por Ulises en la cueva del cíclope Polifemo. Apenas se alejaron, apareció el gigante cegado, tanteando el mar con un pino mientras otros cíclopes descendían de las montañas.

Tras nuevas escalas alcanzaron Drépano, en Sicilia. Allí llegó para Eneas el golpe más doloroso desde la pérdida de Creúsa: Anquises murió. El hijo le rindió honras fúnebres y sintió que perdía no solo a su padre, sino también al intérprete de los dioses y al sostén de su empresa.

—Ni entre tantos peligros —diría después— imaginé que me aguardaba este dolor.

Desde Sicilia pusieron rumbo hacia Italia. Pero Juno, enemiga de los troyanos, obtuvo de Eolo que desatara los vientos contra la flota. Las naves fueron dispersadas y arrojadas hacia las costas de África. Así llegaron a Cartago, donde la reina Dido los recibió en su palacio y pidió a Eneas que relatara la caída de Troya y sus largos extravíos. Cuando el héroe terminó su relato, la noche estaba avanzada. Pero en el corazón de Dido acababa de comenzar una pasión que habría de cambiar el destino de ambos.

Dido escuchó hasta el final el relato de Eneas, y desde aquella noche ya no pudo ocultarse a sí misma la herida del amor. Al amanecer confió su turbación a su hermana Ana. Había jurado guardar fidelidad a la memoria de Siqueo, su esposo asesinado; pero el príncipe troyano, por su valor y sus desgracias, había quebrantado aquella resolución.

—Si no aborreciera el lecho nupcial —dijo la reina—, quizá solo Eneas podría vencer mi resistencia. Reconozco las señales del antiguo fuego.

Ana la animó a aceptar aquel amor. Le habló de la soledad de Cartago, de los enemigos que rodeaban la ciudad y de la alianza poderosa que nacería entre fenicios y troyanos. Dido cedió. Desde entonces acompañó a Eneas por las murallas que se alzaban, le mostró sus riquezas y buscó motivos para prolongar su estancia. Las obras de Cartago quedaron suspendidas: las torres no crecían, los jóvenes abandonaban los ejercicios y los muros permanecían a medio levantar. Juno observaba cuanto sucedía. Sabía que Venus protegía a Eneas y temía el futuro en que los descendientes de Troya destruirían Cartago. Por eso propuso a la diosa unir definitivamente a Dido y al héroe.

—Hagamos de ambos un solo pueblo —dijo—. Que Dido obedezca a un esposo frigio y entregue como dote a sus tirios.

Venus comprendió que Juno pretendía apartar a Eneas de Italia, pero aceptó el plan, confiando en que el destino no podría ser abolido.

Al día siguiente, la reina y sus huéspedes salieron de caza. Jinetes, lanceros y batidores cruzaron los montes; Ascanio, lleno de entusiasmo, deseaba encontrar un jabalí o un león. Dido apareció con manto bordado y carcaj de oro, y Eneas marchó a su lado.

Entonces Juno desató la tormenta. El cielo se oscureció, retumbó el trueno y una lluvia violenta dispersó a la comitiva. Los tirios y los troyanos buscaron refugio entre barrancos y bosques. Dido y Eneas llegaron juntos a una cueva. Allí, mientras la tierra y el cielo parecían dar testimonio de su unión, la reina se entregó al héroe.

Dido llamó matrimonio a lo ocurrido y dejó de temer las apariencias. Pero no hubo pacto solemne ni consentimiento de los pueblos. Para ella, aquella cueva había sellado un vínculo irrevocable; Eneas, en cambio, permaneció junto a la reina sin declarar que Cartago fuese ya su patria.

La noticia corrió por Libia llevada por la Fama, monstruo veloz que mezcla la verdad con la mentira. Llegó hasta Yarbas, rey rechazado por Dido, quien, enfurecido, pidió a Júpiter que mirase cómo un extranjero dominaba la ciudad.

Entretanto, Eneas vestía como un príncipe cartaginés y colaboraba en las obras, demorando la empresa que le había sido impuesta. Sus naves seguían en la costa; Italia continuaba aguardando. El amor de Dido convertía cada día de demora en una promesa, mientras el silencio del héroe ocultaba que aquella felicidad no podía durar. Mientras Eneas permanecía en Cartago, entregado a Dido y a las obras de la nueva ciudad, Júpiter volvió los ojos hacia él. Aquel descanso amenazaba con borrar la misión impuesta por los hados. Entonces llamó a Mercurio y le ordenó descender.

El mensajero encontró al troyano vestido con ricos presentes de la reina, ocupado en levantar murallas ajenas. Invisible para todos los demás, se plantó ante él.

—¿Eres tú quien debe fundar el linaje de Italia? —le reprochó—. Si ya no te mueve tu propia gloria, piensa en Ascanio. Le arrebatas el reino que le está destinado. El soberano del Olimpo te manda zarpar sin demora.

Dichas estas palabras, Mercurio desapareció. Eneas quedó inmóvil, estremecido. Amaba a Dido y temía su dolor, pero no podía resistirse al mandato divino. Llamó a sus capitanes y les ordenó disponer las naves en secreto, reunir a los hombres y ocultar la razón de aquellos preparativos. Pero nada permanece oculto para quien teme ser abandonado. Dido conoció la noticia y, enloquecida de dolor, buscó a Eneas.

—¿Esperabas marcharte en silencio? —le dijo—. ¿Nada te detiene? Ni nuestro amor, ni la promesa que creí recibir, ni la muerte que me aguarda. Si al menos me hubieras dado un hijo, no quedaría enteramente sola.

Eneas sostuvo con esfuerzo la mirada de la reina.

—Nunca negará mi memoria cuanto te debo. Pero no vine a Cartago por voluntad propia, ni por voluntad propia parto. Los dioses me ordenan buscar Italia. Allí están mi patria futura y el destino de Ascanio.

Dido lo miró con amargura.

—No fue una diosa tu madre, ni desciendes de Dárdano. Te engendraron las rocas y te amamantaron tigres. Vete. Busca Italia entre las tempestades. Si existe justicia entre los dioses, pagarás por haberme abandonado.

Eneas no cedió. Aunque el dolor le oprimía el pecho, volvió junto a sus compañeros y apresuró la partida. Dido envió todavía a su hermana Ana con nuevas súplicas, pidiendo al menos una demora. Todo fue inútil.

La reina mandó levantar una pira en el patio del palacio. Fingió que un rito mágico la libraría de su amor y colocó allí las armas, los vestidos y el lecho de Eneas. Mientras tanto, la flota troyana aguardaba en el mar.

Antes del alba, Mercurio se apareció de nuevo a Eneas en sueños y le advirtió del peligro. Los troyanos cortaron las amarras y remaron hacia mar abierto.

Desde lo alto de su palacio, Dido vio alejarse las velas. Entonces maldijo a Eneas y a su descendencia. Pidió que nunca hubiera amistad entre Cartago y el pueblo nacido de los troyanos, y que un vengador surgiera algún día de sus huesos para perseguirlos con fuego y espada.

Subió después a la pira, tomó la espada que Eneas había dejado y se atravesó el pecho. Ana corrió hacia ella, demasiado tarde, y sostuvo entre sus brazos a la reina moribunda. Juno, compadecida de aquella larga agonía, envió a Iris. La mensajera cortó un mechón de los cabellos de Dido y liberó su alma. Sobre Cartago quedaron el humo de la pira, el lamento de Ana y una enemistad destinada a sobrevivir durante siglos.

Mientras las naves se alejaban de Cartago, Eneas vio a lo lejos el resplandor de la pira de Dido. Ignoraba la causa, pero un oscuro presentimiento le oprimió el ánimo. Poco después, el mar se encrespó y el piloto Palinuro aconsejó buscar refugio en Sicilia, donde reinaba el troyano Acestes.

Allí se cumplía un año de la muerte de Anquises. Eneas, ante la tumba de su padre, derramó vino, leche y sangre de víctimas, y convocó juegos funerarios en su honor.

Primero compitieron las naves. Después hubo carreras a pie, lucha, pugilato y tiro con arco. Los vencedores recibieron armas, copas, mantos y reses; pero Eneas procuró que también los vencidos conservaran honra. En la última exhibición, Ascanio condujo a los jóvenes troyanos en una ordenada cabalgata que anunciaba las futuras ceremonias de Roma. Entretanto, Juno no había depuesto su rencor. Envió a Iris entre las mujeres troyanas, cansadas de tantos años de viaje. Disfrazada de una anciana, la diosa señaló las naves y clamó:

—¿Hasta cuándo cruzaremos los mares? Aquí tenemos amigos y una tierra donde vivir. ¡Quememos estas naves y fundemos aquí nuestra ciudad!

Las mujeres vacilaron. Pero Iris arrojó una antorcha y, revelando su naturaleza divina, se elevó por el aire. Entonces el furor se apoderó de ellas. Arrancaron fuego de los altares y prendieron las embarcaciones.

Cuando los hombres llegaron desde los juegos, las llamas devoraban remos, bancos y jarcias. Ascanio acudió a caballo y gritó:

—¡No es el campamento enemigo ni son naves griegas! ¡Estáis incendiando vuestra propia esperanza!

Las mujeres, recobrada la razón, huyeron avergonzadas. Eneas se rasgó las vestiduras e imploró a Júpiter. De pronto cayó una lluvia torrencial que apagó casi todo el incendio. Solo cuatro naves quedaron destruidas.

Eneas dudó si abandonar el viaje. Entonces el anciano Nautes le aconsejó dejar en Sicilia a quienes estuvieran agotados: mujeres, viejos y hombres sin fuerzas para nuevas guerras. Aquella noche se le apareció la sombra de Anquises.

—Sigue el consejo de Nautes —le dijo—. Lleva a Italia a los más valerosos. Pero antes de penetrar en el Lacio, desciende al mundo de los muertos. En Cumas, la Sibila te mostrará el camino hasta mí.

Eneas obedeció. Fundó para los que se quedaban una ciudad bajo la protección de Acestes y partió con sus mejores compañeros.

Venus pidió entonces a Neptuno una travesía segura. El dios del mar accedió, pero anunció que una sola vida sería entregada por la salvación de todos.

Durante la noche, el dios Sueño se acercó a Palinuro y le pidió que descansara. El piloto se negó:

—¿Me aconsejas confiar Eneas a un mar engañoso?

Pero el dios sacudió sobre sus sienes una rama empapada en las aguas del olvido. Palinuro cayó dormido al mar, llevándose consigo parte del timón. Eneas ocupó su puesto y condujo la flota, afligido por la pérdida de su fiel piloto. Al amanecer, las naves alcanzaron por fin las costas de Italia. Ante ellos se alzaba Cumas, y en sus profundidades aguardaba la puerta de las sombras.

En Cumas, Eneas subió hasta el templo de Apolo y entró en la gruta de la Sibila. Apenas formuló su ruego, la profetisa quedó poseída por el dios. Su voz resonó entre las cien puertas de la caverna:

—Troyano, alcanzarás por fin las tierras de Italia, pero desearás no haber llegado. Veo guerras, un nuevo Aquiles y un matrimonio que traerá sangre.

Eneas no retrocedió. Pidió descender al reino de los muertos para hablar con Anquises. La Sibila respondió que era fácil bajar al Averno; lo difícil era regresar. Para hacerlo debía hallar una rama de oro consagrada a Proserpina y dar sepultura a un compañero que aún yacía insepulto.

Aquel muerto era Miseno, trompetista de valor insigne. Los troyanos levantaron su pira y cumplieron los ritos funerarios. Después, guiado por dos palomas enviadas por Venus, Eneas penetró en el bosque y arrancó la rama de oro, que cedió dócilmente ante su mano. La Sibila lo condujo hasta una caverna de aliento pestilente. Tras ofrecer sacrificios, ambos cruzaron la puerta de las sombras. Allí vagaban las formas del Dolor, la Vejez, el Hambre y la Guerra. Caronte, barquero de los muertos, se negó al principio a transportarlos; pero, al ver la rama de oro, los admitió en su barca.

En la orilla opuesta, la Sibila arrojó a Cerbero una torta adormecedora. Pasaron junto a las almas de quienes murieron antes de tiempo y Eneas encontró a Palinuro. El piloto le contó cómo había caído al mar y cómo, después de alcanzar la costa, unos hombres lo asesinaron. Suplicó sepultura. La Sibila le prometió que aquellas gentes honrarían su memoria y que un cabo llevaría su nombre.

Más adelante se extendían los campos de los que habían muerto por amor. Entre las sombras, Eneas reconoció a Dido, silenciosa y pálida.

—Reina —dijo, llorando—, ¿era verdad que habías muerto? No te abandoné por voluntad propia. Los dioses me ordenaron partir.

Dido no respondió. Mantuvo los ojos fijos en el suelo, inmóvil como una roca. Luego se apartó y buscó la sombra de Siqueo, su primer esposo. Eneas la siguió con la mirada, compadecido, hasta que desapareció.

Tras contemplar desde lejos los castigos del Tártaro, Eneas llegó a los Campos Elíseos. Allí encontró a Anquises. Padre e hijo intentaron abrazarse tres veces, pero tres veces la sombra escapó de las manos del héroe.

Anquises le mostró entonces una multitud reunida junto al río Leteo. Eran almas destinadas a beber sus aguas, olvidar sus vidas anteriores y regresar al mundo en cuerpos nuevos.

—Esos serán tus descendientes —dijo—. De tu linaje nacerán los hombres que levantarán Roma.

Eneas contempló aquellas figuras aún sin nombre para él, y comprendió que su viaje no terminaba en la búsqueda de una patria. Llevaba consigo el origen de un pueblo futuro. Anquises se dispuso a revelarle quiénes serían aquellos herederos y qué destino aguardaba a Roma.

Anquises condujo a Eneas hasta una elevación desde la que podían contemplarse las almas reunidas junto al río Leteo. Todas aguardaban el momento de beber sus aguas, olvidar su existencia anterior y regresar al mundo bajo nuevos cuerpos.

—Ahora sabrás qué gloria espera a la descendencia de Dárdano —dijo el anciano—. Te mostraré a tus hijos y a los hijos de tus hijos.

Señaló primero a un joven apoyado en una lanza sin hierro.

—Ese es Silvio, hijo que te dará Lavinia cuando tú seas ya anciano. Reinará en Alba Longa, y de su linaje nacerán reyes durante muchas generaciones.

Ante ellos desfilaron Procas, Capis, Numitor y muchos otros aún sin nombre entre los vivos. Después apareció Rómulo, hijo de Marte, con una doble cresta sobre el yelmo.

—Él levantará Roma y extenderá su dominio por la tierra. Siete colinas encerrará su muralla, y su pueblo no conocerá límites seguros para su poder.

Eneas contemplaba en silencio aquellas sombras futuras. Anquises le mostró a los reyes de la ciudad, a Bruto, que expulsaría al último Tarquinio y devolvería la libertad a los romanos, y a quienes sostendrían la república con valor, disciplina y sacrificio. Luego apareció una figura rodeada de una claridad singular.

—Mira a César Augusto, descendiente de un dios. Bajo su gobierno volverá la edad de oro al Lacio y el imperio llegará más allá de los caminos de Hércules.

Pasaron ante ellos los Decios, los Drusos, Torcuato y Camilo, vencedor de los galos. Anquises señaló también a dos almas destinadas a enfrentarse, César y Pompeyo, y les habló como si ya pudieran oírle:

—No acostumbréis vuestro ánimo a las guerras civiles. Tú, que llevas la sangre del Olimpo, sé el primero en deponer las armas.

Después mostró a Marcelo, vencedor y consagrador de despojos enemigos. Pero junto a él caminaba un joven hermoso, con los ojos abatidos y una sombra triste en torno a la frente.

—¿Quién es ese? —preguntó Eneas—. ¿Por qué lo acompaña tanta pena?

Anquises lloró.

—No preguntes por el inmenso dolor de los tuyos. Los destinos solo permitirán que ese joven aparezca un instante en la tierra. Será Marcelo también, y poseerá virtud bastante para igualar a sus antepasados, pero morirá antes de cumplir su promesa. Dadme lirios a manos llenas; quiero cubrir de flores el alma de mi descendiente.

Durante un momento, padre e hijo guardaron silencio.

Entonces Anquises reveló a Eneas la carga inseparable de aquella grandeza:

—Otros pueblos sabrán modelar mejor el bronce, arrancar rostros vivos al mármol, medir los cielos o defender causas con elocuencia. Tú, romano, recuerda tu misión: gobernar a los pueblos con tu poder, imponer la paz, perdonar al vencido y abatir al soberbio.

No le prometía una victoria sin sufrimiento. Antes de que pudiera alzarse Roma, Eneas tendría que conquistar en el Lacio una patria para los suyos, afrontar reyes airados y combatir contra pueblos valerosos. Pero ya no ignoraba por qué debía hacerlo.

Anquises le explicó las guerras venideras y el modo de soportarlas. Después acompañó a su hijo y a la Sibila hasta las dos puertas del Sueño. Una era de cuerno, paso de las visiones verdaderas; la otra, de marfil, dejaba salir los sueños engañosos. Por esta última hizo partir a Eneas.

El héroe regresó junto a sus compañeros y volvió a ver el cielo de los vivos. Sin demora llevó la flota hasta el puerto de Cayeta. Allí murió su nodriza, cuyo nombre quedó unido para siempre a aquella costa.

Cumplidas las honras fúnebres, los troyanos desplegaron de nuevo las velas. Dejaron atrás la región de la hechicera Circe, mientras el dios Neptuno los apartaba de sus peligros, y al amanecer vieron el Tíber derramando sus aguas amarillas en el mar.

Eneas ordenó virar hacia su desembocadura. Ante ellos se extendía por fin el Lacio: la tierra prometida, y también el campo de las guerras que estaban a punto de comenzar.

Al llegar a las riberas del Tíber, los troyanos dispusieron sobre la hierba sus escasos alimentos, apoyándolos en tortas de trigo. Cuando el hambre les hizo devorar también aquellas mesas, Ascanio exclamó entre risas:

—¡Hasta las mesas nos comemos!

Eneas recordó entonces la antigua profecía de las Harpías y comprendió que habían alcanzado la tierra prometida. Al día siguiente envió cien embajadores a la ciudad del rey Latino, con ramas de olivo y presentes rescatados de Troya.

Latino gobernaba en paz, pero los prodigios inquietaban su casa. Su hija Lavinia, única heredera, estaba prometida a Turno, rey de los rútulos y principal entre sus pretendientes. La reina Amata favorecía aquella unión. Sin embargo, el oráculo de Fauno había advertido a Latino:

—No entregues tu hija a un esposo latino. Vendrá de fuera un yerno cuya descendencia elevará nuestro nombre hasta las estrellas.

Por eso, cuando los enviados de Eneas comparecieron ante él y declararon que unos troyanos, guiados por el destino, pedían hospitalidad y un lugar donde fundar su ciudad, Latino reconoció al extranjero anunciado. —Troyanos —respondió—, no llegáis aquí por azar. Vuestro caudillo es aquel que los hados destinan a mi casa. Decidle que le ofrezco mi alianza y la mano de Lavinia.

Les entregó caballos y envió para Eneas un carro tirado por corceles nacidos de la estirpe del Sol.

Pero Juno, viendo a los troyanos establecidos en Italia, se negó todavía a ceder ante el destino. Llamó desde las tinieblas a la furia Alecto y le ordenó sembrar odio entre latinos y extranjeros.

Alecto penetró primero en el palacio y arrojó una de sus serpientes sobre Amata. El veneno se deslizó hasta el corazón de la reina. Amata suplicó a Latino que no entregase a Lavinia a un desconocido; después, fingiendo celebrar los ritos de Baco, ocultó a su hija en los bosques y arrastró consigo a las mujeres latinas, enloquecidas por el furor.

Luego Alecto voló hasta Árdea. Mientras Turno dormía, adoptó la apariencia de una sacerdotisa y le anunció que Latino quería arrebatarle su prometida para entregársela a Eneas. Turno se burló de la anciana. Entonces la furia mostró sus ojos de fuego, hundió una antorcha invisible en su pecho y despertó en él una cólera irresistible.

—¡A las armas! —clamó Turno—. ¡Expulsaremos a esos intrusos de nuestras tierras!

Aún faltaba una chispa. Alecto guio la flecha de Ascanio durante una cacería contra un ciervo domesticado, querido por Silvia, hija del pastor Tirreo. Herido, el animal regresó sangrando a la casa de sus amos. Los campesinos acudieron con hachas y estacas; los troyanos corrieron en ayuda de Ascanio. En el combate murieron el joven Almón y el anciano Galeso, que intentaba imponer la paz.

Los latinos llevaron los cadáveres ante el rey y exigieron la guerra. Turno y Amata avivaron el clamor. Latino trató de resistirse, pero comprendió que la furia dominaba ya a su pueblo. Se retiró, abandonando el gobierno a la violencia.

Como él se negó a abrir las puertas del templo de Jano, señal de guerra, la propia Juno descendió y las empujó con su mano divina. Las hojas de bronce giraron sobre sus goznes. Resonaron las trompetas y toda Italia comenzó a reunir sus armas. La boda anunciada por los oráculos quedaba oculta tras el estrépito de los escudos. Para alcanzar a Lavinia y cumplir el destino, Eneas tendría que conquistar primero la paz por medio de la guerra.

Abierta ya la guerra, Eneas comprendió que los troyanos no podrían resistir solos a Turno y a los pueblos del Lacio. Guiado por el dios Tíber, remontó el río hasta Palanteo, la humilde ciudad levantada sobre las colinas donde un día se alzaría Roma. Allí reinaba Evandro, arcadio desterrado y antiguo enemigo de los latinos.

Evandro recibió al extranjero junto a los altares de Hércules. Al conocer su linaje y recordar la amistad que había unido a Anquises con su familia, le tendió la mano.

—No dispongo de un reino poderoso —dijo—, pero te daré cuanto poseo. Mi hijo Palante marchará contigo. Así aprenderá bajo tus órdenes el duro oficio de la guerra.

También envió a Eneas hacia los etruscos, sublevados contra el cruel Mezencio, aliado de Turno. Un oráculo había anunciado que solo obedecerían a un jefe extranjero. Eneas era aquel caudillo esperado. Mientras se preparaba la alianza, Venus, temerosa por su hijo, acudió a Vulcano. El dios herrero cedió a sus ruegos y, en las fraguas ardientes, los Cíclopes forjaron una espada, una coraza, un casco y un escudo imposibles de quebrar. En la superficie del escudo aparecía, todavía futura, la historia de Roma: la loba y los gemelos, las guerras de la república y la victoria de Augusto en Accio. Eneas no podía conocer aquellos sucesos, pero alzó sobre sus hombros la gloria y el destino de sus descendientes.

Entretanto, Turno atacó el campamento troyano. Los defensores, obedeciendo las órdenes de Eneas, permanecieron tras la empalizada. Turno intentó incendiar sus naves, pero aquellas embarcaciones, construidas con madera consagrada a Cibeles, rompieron sus amarras, se transformaron en ninfas y desaparecieron bajo las aguas. Ni siquiera aquel prodigio detuvo al rútulo.

Cuando Eneas regresó con los etruscos y los arcadios, la batalla se extendió por la llanura. Palante combatió con valor, animando a sus jóvenes compañeros. Derribó a varios enemigos, hasta que Turno lo vio y avanzó hacia él.

—Dejadme solo —ordenó Turno—. Este combate me pertenece.

Palante, aunque sabía que se enfrentaba a un guerrero más fuerte, no retrocedió. Rogó a Hércules y arrojó su lanza. El golpe rozó a Turno, pero no lo abatió. La lanza del rútulo atravesó después el escudo y la coraza del muchacho, y se hundió en su pecho.

Palante cayó sobre la tierra. Turno se inclinó sobre el cadáver y le arrancó el tahalí adornado que llevaba cruzado al cuerpo.

—Que Eneas venga a recogerlo —dijo—, y que Evandro reciba de mis manos el honor que deseaba para su hijo.

Los arcadios levantaron a Palante sobre su propio escudo. Cuando la noticia llegó a Eneas, el dolor se convirtió en una furia implacable. Recordó la confianza de Evandro y la promesa de devolverle vivo a su hijo. Desde entonces buscó a Turno entre el tumulto, y las armas forjadas por Vulcano abrieron ante él un camino de muerte. Pero Juno consiguió apartar por un tiempo al caudillo rútulo del combate. La guerra continuó con mayor crueldad. Eneas venció a Mezencio, y también a Lauso, su joven hijo, que murió intentando salvar a su padre. Al contemplarlo, Eneas reconoció en aquel sacrificio la misma piedad filial que había guiado su propia vida. Sin embargo, ningún duelo podía detener ya el conflicto. Sobre el cadáver de Palante, la lucha entre Eneas y Turno se había vuelto personal e inevitable.

La muerte de Camila dejó quebrantada la defensa de los rútulos. Turno regresó a Laurento y comprendió que la guerra debía resolverse entre él y Eneas. Mandó un heraldo al campamento troyano y ofreció combatir a solas: Lavinia y el reino serían el premio del vencedor.

Al amanecer se levantaron altares entre ambos ejércitos. El rey Latino juró respetar el pacto; Eneas prometió que, si vencía, no sometería a los latinos, sino que troyanos e italianos formarían un solo pueblo. Turno avanzó armado, pero palideció al ver de cerca a su adversario.

Juturna, hermana de Turno, no pudo aceptar su muerte. Incitó a los rútulos disfrazada entre sus filas. Un augurio engañoso inflamó los ánimos, voló una lanza y la tregua quedó rota. Los ejércitos chocaron alrededor de los altares. Eneas trató de contener a los suyos:

—¡Deteneos! El pacto me obliga a mí. Turno y yo debemos terminar esta guerra.

Una flecha anónima lo hirió en el muslo y hubo de retirarse. Mientras Venus curaba secretamente la herida, Turno creyó llegado su momento y sembró la muerte entre los troyanos. Eneas volvió al combate. Al no encontrar a Turno, marchó contra Laurento. La reina Amata, creyendo muerto al príncipe rútulo, se quitó la vida. Turno oyó los lamentos desde lejos y, comprendiendo que Juturna lo apartaba del duelo, le ordenó dejarlo afrontar su destino.

—Ya no huiré —dijo—. Quizá pueda realizar una acción digna de mis antepasados.

Los ejércitos abrieron espacio. Turno lanzó primero su venablo, pero no logró atravesar el escudo forjado por Vulcano. Después alzó la espada y descargó un golpe sobre Eneas. El arma se quebró: en la confusión había tomado la espada de su auriga, no la suya. Turno huyó buscando auxilio, y Eneas lo persiguió pese a la herida.

Juturna devolvió a su hermano la espada verdadera. Venus, a su vez, ayudó a Eneas a recuperar la lanza clavada en una raíz. Entonces Júpiter ordenó a Juno abandonar toda resistencia. La diosa accedió con una condición: que los troyanos adoptasen el nombre, la lengua y las costumbres de los latinos. Júpiter lo concedió.

Privado ya de la ayuda divina, Turno levantó una piedra enorme y la arrojó; pero sus fuerzas desfallecieron y el golpe cayó corto. La lanza de Eneas atravesó su muslo. Turno se desplomó.

—He merecido mi suerte —dijo—. Lavinia es tuya. Si aún puedes sentir compasión por un padre, devuelve mi cuerpo al mío. No prolongues tu odio.

Eneas quedó inmóvil. Sus ojos vacilaron y su mano comenzó a ceder. Pero entonces vio sobre el hombro de Turno el tahalí de Palante, el joven confiado a su protección y despojado después de morir.

La memoria encendió su furia.

—¡Palante te ofrece este golpe! ¡Palante toma venganza con tu sangre!

Hundió la espada en el pecho de Turno. El cuerpo se enfrió, y su vida, indignada y gimiente, descendió a las sombras.

Y, con un gemido, la vida de Turno huyó indignada hacia las sombras.

Guion y voz generados con inteligencia artificial.

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