
A través del espejo: la partida de Alicia
38 min · Clásicos de la literatura

Historia para dormir · Clásicos de la literatura
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Perdido en un bosque oscuro, Dante emprende, guiado por Virgilio, un viaje por el Infierno y el monte del Purgatorio. Beatriz toma después el relevo y lo conduce por los cielos del Paraíso hasta la visión de Dios, término de su extravío y de su deseo.
A mitad del camino de la vida, Dante se encontró en un bosque oscuro, porque había perdido la senda verdadera. No sabía explicar cómo había entrado allí: el sueño y el extravío habían enturbiado su juicio. La espesura era áspera y salvaje; solo recordarla renovaba el miedo.
Anduvo sin rumbo hasta llegar al pie de una colina. Sobre su cima brillaban ya los primeros rayos del sol, y aquella luz le devolvió alguna esperanza. Como el náufrago que, recién salido del mar, vuelve la vista hacia las aguas que estuvieron a punto de devorarlo, Dante miró atrás, hacia el bosque del que nadie parecía salir con vida. Después comenzó a subir. Apenas había avanzado cuando una pantera ligera, de piel moteada, le cerró el paso. Se movía ante él sin apartarse y lo obligaba a retroceder. La mañana era temprana y la estación benigna, de modo que Dante quiso confiar todavía en un buen presagio. Pero entonces apareció un león. Venía con la cabeza erguida, tan feroz que parecía hacer temblar el aire. Tras él surgió una loba escuálida, cargada de deseos insaciables. Su presencia arrebató a Dante toda esperanza de alcanzar la cumbre.
La loba avanzó. Él retrocedió pendiente abajo, hacia la oscuridad. Entonces distinguió una figura silenciosa, debilitada por un largo callar.
—Ten piedad de mí —gritó Dante—, seas sombra u hombre verdadero.
La figura respondió:
—Hombre fui, aunque ya no lo soy. Mis padres fueron lombardos y ambos nacieron en Mantua. Viví en Roma bajo el buen Augusto, en tiempos de los dioses falsos y engañosos. Fui poeta y canté al justo hijo de Anquises, que huyó de Troya después de que la soberbia Ilión fuera incendiada.
Dante reconoció entonces a Virgilio, autor de la Eneida, maestro y guía de los poetas.
—Tú eres mi maestro y mi autor —dijo—. De ti aprendí el bello estilo que me ha dado honor. Mira la fiera que me obliga a volver atrás. Líbrame de ella, pues hace temblar mi sangre.
Virgilio le advirtió que la loba no permitía pasar a nadie. Su hambre crecía después de alimentarse y había causado la ruina de muchos. Para escapar de aquel lugar, Dante tendría que seguir otra ruta.
—Yo seré tu guía —anunció—. Te conduciré por un reino eterno, donde oirás gritos desesperados y verás a los antiguos espíritus dolientes. Después contemplarás a quienes padecen con esperanza, porque aguardan subir algún día entre los bienaventurados. Si deseas ascender aún más, otra alma, más digna que yo, habrá de conducirte.
Dante vaciló ante el viaje terrible. Virgilio le reveló entonces que una mujer bendita y hermosa había descendido hasta el Limbo para pedirle ayuda. Era Beatriz. Movida por el amor, le había dicho que Dante se encontraba perdido y que acudiera en su auxilio.
Al saberlo, el temor cedió. Dante pidió al poeta que cumpliera la misión que Beatriz le había confiado.
—Guíame —dijo—, para que pueda abandonar este mal y alcanzar la puerta que has descrito.
Virgilio echó a andar. Dante lo siguió, dejando atrás la colina luminosa y tomando la senda que habría de llevarlo, primero, hacia las profundidades del mundo de los muertos. Dante siguió a Virgilio hasta una puerta sobre la cual unas palabras terribles anunciaban la ciudad del dolor, la gente perdida y la justicia que había levantado aquel reino. La inscripción concluía con una sentencia que le heló el ánimo: «Dejad toda esperanza, quienes entráis».
—Maestro —dijo Dante—, su sentido me espanta.
Virgilio respondió con firmeza:
—Aquí conviene abandonar toda cobardía. Hemos llegado al lugar donde verás a quienes perdieron el bien del entendimiento.
Y, tomándolo de la mano, lo condujo al otro lado. En la oscuridad se alzaban suspiros, llantos y gritos. Voces de muchas lenguas se mezclaban con golpes y lamentos. Dante lloró al oírlas y preguntó quiénes sufrían de aquel modo.
—Son las almas de quienes vivieron sin infamia y sin alabanza —explicó Virgilio—. No fueron fieles ni rebeldes: solo miraron por sí mismos. El cielo los rechaza y tampoco el profundo Infierno los recibe, pues los condenados podrían gloriarse frente a ellos.
Aquella muchedumbre corría eternamente detrás de una bandera que giraba sin descanso. Avispas y tábanos les herían el rostro; su sangre, mezclada con lágrimas, caía al suelo, donde la recogían gusanos repugnantes. Eran quienes nunca eligieron, y ahora perseguían para siempre un emblema vacío.
Virgilio no quiso detenerse:
—No hablemos de ellos. Mira y pasa.
Llegaron entonces a la ribera de un río oscuro: el Aqueronte. Allí se apiñaban almas desnudas y aterradas. Un anciano de cabellos blancos, Caronte, se acercó en su barca y gritó:
—¡Ay de vosotras, almas perversas! No esperéis volver a ver el cielo. Vengo a llevaros a la otra orilla, a las tinieblas eternas.
Al advertir que Dante estaba vivo, quiso expulsarlo. Pero Virgilio lo detuvo:
—Caronte, no te irrites. Así se quiere allí donde se puede cuanto se quiere. No preguntes más.
Las almas, pálidas y temblorosas, subieron una tras otra, como hojas que el otoño desprende de las ramas. En la orilla opuesta ya se congregaban otras, empujadas por la justicia divina.
De pronto, la tierra profunda se estremeció. Un viento rojizo cruzó el aire, y Dante, vencido por el terror, cayó sin sentido. Cuando despertó, se hallaba al otro lado del río.
Virgilio lo condujo al primer círculo, el Limbo. Allí no había tormentos corporales, sino suspiros: permanecían los no bautizados y los virtuosos nacidos antes de la fe cristiana, privados para siempre de la visión de Dios. Dante vio a Homero, Horacio, Ovidio y Lucano, y fue recibido por ellos como sexto entre tan alta compañía. También contempló a grandes héroes, filósofos y sabios en un noble castillo rodeado por siete murallas.
Pero el viaje debía continuar. Descendieron al segundo círculo, más estrecho y más doloroso. A su entrada estaba Minos, juez infernal, que escuchaba cada confesión y enrollaba su cola tantas veces como círculos debía bajar el culpable.
Al ver a Dante, Minos le advirtió que desconfiara de quien lo guiaba. Virgilio volvió a imponer la voluntad superior:
—No impidas su camino. Así se quiere allí donde se puede cuanto se quiere.
Minos calló. Más abajo rugía una tormenta incesante, y en ella eran arrastradas las almas que habían sometido la razón al deseo. Dante entró tras su maestro en el círculo de los lujuriosos, dispuesto a conocer el dolor nacido de las pasiones sin freno. El vendaval del segundo círculo arrastraba sin descanso a quienes habían sometido la razón al deseo. Dante vio pasar a Semíramis, Cleopatra, Helena, Paris y Tristán. Después distinguió dos sombras que avanzaban juntas, ligeras como palomas llevadas hacia el nido, y les pidió que se acercaran.
La mujer habló. Era Francesca de Rímini, y el espíritu que no se separaba de ella era Paolo. «El amor, que prende pronto en los corazones nobles, hizo que este amase mi hermosura. El amor, que no permite que quien es amado deje de amar, me unió a él. Y el amor nos condujo a una misma muerte».
Dante quiso saber cómo habían reconocido su pasión. Francesca respondió que, cierto día, ambos leían la historia de Lanzarote y Ginebra. Al llegar al pasaje en que el caballero besaba a la reina, Paolo la besó temblando. «Aquel día no seguimos leyendo». Mientras ella hablaba, Paolo lloraba. Abrumado por la piedad, Dante perdió el sentido y cayó como cae un cuerpo muerto.
Despertó bajo una lluvia helada y sucia, en el círculo de los glotones. Cerbero, monstruo de tres gargantas, ladraba sobre las almas hundidas en el fango. Virgilio arrojó tierra a sus fauces y ambos pasaron. Allí Dante habló con Ciacco, un florentino que le anunció nuevas discordias y destierros para su ciudad.
Más abajo, avaros y pródigos empujaban enormes pesos, chocando unos contra otros y gritándose mutuos reproches. Después aparecieron las aguas negras de la laguna Estigia. En su superficie, los iracundos se golpeaban y desgarraban; bajo el barro, los tristes y rencorosos dejaban escapar un murmullo ahogado.
Flegias los condujo en su barca. Una sombra cubierta de cieno se alzó ante Dante: Filippo Argenti. El poeta lo rechazó, y pronto los demás condenados se arrojaron sobre el florentino. Al otro lado se levantaban las murallas encendidas de la ciudad de Dite. Los demonios cerraron sus puertas incluso ante Virgilio. Por un instante, Dante temió quedar abandonado. Aparecieron las Furias y llamaron a Medusa para convertirlo en piedra, pero Virgilio le cubrió los ojos. Entonces llegó un mensajero celestial, abrió la puerta con una vara y reprendió a los guardianes.
Dentro de Dite ardían sepulcros abiertos. Eran las tumbas de los herejes. Farinata degli Uberti se alzó desde una de ellas, orgulloso aún, y habló con Dante de las luchas de Florencia. Junto a él, Cavalcante de’ Cavalcanti preguntó angustiado por su hijo Guido. Al interpretar mal una respuesta, cayó de nuevo en la tumba, creyéndolo muerto.
Antes de continuar, Virgilio explicó el orden del abismo. La incontinencia ocupaba los círculos superiores; más abajo se castigaban la violencia y, todavía más profundamente, el fraude, porque el engaño pervierte la facultad propia del ser humano: la razón.
Un hedor terrible obligó a los viajeros a detenerse junto al sepulcro del papa Anastasio. Después descendieron entre peñascos vigilados por el Minotauro. Los centauros custodiaban un río de sangre hirviente, donde estaban sumergidos tiranos y homicidas. Quirón escuchó a Virgilio y ordenó a Neso que los guiara. El centauro les mostró a Alejandro, Dionisio y otros violentos hundidos a distinta profundidad, según la sangre que habían derramado. Finalmente, transportó a Dante sobre su grupa hasta la otra orilla. Ante ellos se extendía un bosque sin hojas, donde no cantaban aves y cada rama quebrada guardaba una voz humana.
Más allá del bosque de los suicidas, Dante y Virgilio cruzaron el arenal ardiente donde sufrían los violentos contra Dios, la naturaleza y el arte. Después, montados sobre Gerión —monstruo de rostro honrado, cuerpo de serpiente y cola venenosa— descendieron al octavo círculo: Malebolge, el reino del fraude.
Diez fosas concéntricas se abrían en la roca. En la primera, demonios armados de látigos azotaban a seductores y rufianes. Entre ellos caminaba Jasón, todavía erguido bajo el castigo, por haber engañado y abandonado a las mujeres que le ayudaron. Más adelante, los simoníacos estaban hundidos cabeza abajo en agujeros de piedra, con las plantas de los pies abrasadas por llamas. El papa Nicolás III confundió a Dante con Bonifacio VIII, cuya llegada esperaba, y confesó cómo había convertido las cosas sagradas en mercancía.
Dante le habló con indignación; Virgilio aprobó sus palabras y lo llevó hacia la fosa siguiente. Allí avanzaban adivinos y hechiceros con el rostro vuelto hacia la espalda. Quienes habían pretendido ver demasiado lejos caminaban ahora hacia delante sin poder mirar el camino. Dante lloró al contemplar sus cuerpos deformados, pero Virgilio lo reprendió: la piedad que contradice la justicia divina se extravía.
En otra fosa, los corruptos hervían bajo una pez negra y espesa. Los diablos Malebranche los vigilaban con garfios y se burlaban de los viajeros. Su jefe prometió guiarlos por un puente seguro, aunque mentía. Cuando dos demonios cayeron en la pez durante una disputa, Dante y Virgilio aprovecharon el tumulto para huir.
Los hipócritas marchaban después bajo capas doradas por fuera y revestidas de plomo. Entre ellos yacía Caifás, crucificado en el suelo para que todos pasaran sobre él. Más allá, serpientes atacaban a los ladrones y confundían sus formas con las humanas: hombres y reptiles se fundían, intercambiando miembros, piel y figura.
En la octava fosa ardían los consejeros fraudulentos, cada uno oculto dentro de una llama. Una lengua de fuego dividida en dos guardaba a Ulises y Diomedes. Virgilio pidió a Ulises que contara el final de su viaje.
La llama osciló antes de responder. Ulises dijo que ni el cariño por su hijo, ni la piedad debida a su padre, ni el amor de Penélope pudieron vencer su deseo de conocer el mundo. Reunió a sus viejos compañeros y los exhortó:
—Considerad vuestro origen: no fuisteis hechos para vivir como brutos, sino para seguir la virtud y el conocimiento.
Navegaron más allá de las columnas de Hércules, límite prohibido a los hombres, hasta divisar una montaña altísima. Entonces un torbellino golpeó la nave tres veces; a la cuarta, la popa se alzó, la proa se hundió y el mar se cerró sobre ellos.
Dante comprendió que aquellas palabras, tan nobles en apariencia, habían servido a un deseo sin freno: la inteligencia, separada de la rectitud, podía conducir a la perdición. Los viajeros continuaron entre sembradores de discordia, mutilados una y otra vez, y falsarios consumidos por enfermedades, fiebre y sed. Al dejar atrás Malebolge, ante ellos se alzaron gigantes como torres. Uno de ellos, Anteo, tomó a Dante y Virgilio en su enorme mano y los depositó en el último círculo, donde ya no ardía el fuego: comenzaba el reino helado de la traición.
Depositados por Anteo en el noveno círculo, Dante y Virgilio avanzaron sobre Cocito, un lago endurecido por un frío que no procedía del invierno, sino del batir de unas alas monstruosas. Bajo sus pies, los traidores permanecían presos en el hielo. En la Caína, quienes habían traicionado a sus parientes inclinaban el rostro; más allá, en la Antenora, yacían los traidores a la patria y a sus compañeros.
Dante tropezó con una cabeza que sobresalía de la superficie helada. El condenado alzó el rostro, airado, pero se negó a decir su nombre. Entonces otro espíritu lo reveló: era Bocca degli Abati, acusado de haber traicionado a los güelfos florentinos durante la batalla de Montaperti. A su alrededor, otras almas castañeteaban los dientes, incapaces de ocultar ya aquello que habían querido callar en vida. Poco después, Dante vio una escena aún más atroz. Un condenado roía con furia el cráneo de otro. Al levantar la boca ensangrentada, explicó que era el conde Ugolino della Gherardesca, y que aquel a quien mordía era el arzobispo Ruggieri.
Ugolino contó cómo Ruggieri lo había encerrado, junto con sus hijos y nietos, en la torre de Pisa. Una noche soñó una cacería en la que unos lobos y sus crías eran perseguidos y despedazados. Al despertar, oyó llorar a los muchachos. Poco después clausuraron la puerta de la torre.
—Padre —le dijeron—, menos dolor nos causaría que comieras de nosotros; tú nos diste estas carnes miserables, tómalas ahora.
Ugolino calló, endurecido por el espanto. Uno tras otro, los jóvenes cayeron de hambre. Cuando el último dejó de responderle, permaneció a tientas entre los cuerpos.
—Después —concluyó—, pudo más el hambre que el dolor.
Y volvió a hundir los dientes en el cráneo de su enemigo.
En la Tolomea, los traidores a sus huéspedes yacían boca arriba, con las lágrimas congeladas dentro de las cuencas. Uno de ellos explicó que algunas almas caían allí antes incluso de morir: mientras tanto, un demonio ocupaba sus cuerpos en el mundo.
Finalmente, los viajeros llegaron a la Judeca, donde quienes habían traicionado a sus benefactores permanecían enteramente sepultados. En el centro se alzaba Lucifer, gigantesco y atrapado desde el pecho. Tenía tres rostros y seis alas semejantes a las de un murciélago. Su aleteo congelaba Cocito. En cada boca trituraba a un pecador: Judas Iscariote en la central; Bruto y Casio en las otras dos.
—Es hora de partir —dijo Virgilio.
Se aferró al cuerpo velludo de Lucifer y Dante se abrazó a su maestro. Descendieron entre el pelo y el hielo hasta alcanzar el centro de la Tierra. Allí Virgilio giró con esfuerzo y comenzó a subir: habían cruzado el punto hacia el cual caían todos los pesos. Por una abertura estrecha siguieron el curso de un arroyo oculto. Dejaron atrás la tiniebla infernal y ascendieron durante largo tiempo. Al fin, salieron al otro hemisferio. Sobre ellos se extendía de nuevo el cielo nocturno.
Y allí, Dante y Virgilio volvieron a ver las estrellas.
Dante y Virgilio salieron por fin a la orilla de una isla solitaria. Sobre el mar temblaba la luz del amanecer, y ante ellos se alzaba una montaña inmensa: el Purgatorio, donde las almas destinadas a la salvación se purificaban antes de ascender al cielo.
Un anciano de barba blanca y semblante severo apareció ante los viajeros. Era Catón de Útica, guardián de aquel reino.
—¿Quiénes sois vosotros, que habéis escapado de la prisión eterna? —preguntó.
Virgilio hizo inclinarse a Dante y explicó que una dama celestial le había confiado su guía. No venían contra las leyes divinas: Dante aún vivía y debía conocer aquellos reinos para apartarse de su extravío.
Catón ordenó que Virgilio lavase del rostro de Dante la suciedad del Infierno y ciñese su cintura con un junco humilde. Cumplido el mandato, ambos avanzaron por la playa. Entonces llegó sobre las aguas una barca conducida por un ángel. En ella viajaban numerosas almas, que cantaban un salmo al desembarcar. Entre ellas, Dante reconoció a su amigo Casella. Quiso abrazarlo, pero sus brazos atravesaron tres veces aquella sombra sin cuerpo. Casella, músico en vida, cantó a petición de Dante una canción que cautivó a todos, incluso a Virgilio. Catón los reprendió:
—¿Qué negligencia es esta? Corred hacia la montaña y libraos de cuanto impide ver a Dios.
Las almas se dispersaron, y los dos poetas reanudaron la marcha.
En las pendientes inferiores encontraron a quienes habían tardado en arrepentirse. Allí estaba Manfredo de Sicilia, herido en vida y excomulgado por la Iglesia, pero acogido por la misericordia divina tras su postrer arrepentimiento. Rogó a Dante que comunicase a su hija Constanza su destino, pues las oraciones de los vivos podían abreviar la espera de los muertos.
Más arriba encontraron a Belacqua, sentado con indolencia, y después a las almas de quienes habían muerto violentamente. Jacopo del Cassero, Buonconte de Montefeltro y Pía de Tolomei pidieron también ser recordados en el mundo. Buonconte contó cómo, mortalmente herido en Campaldino, había invocado a María con su último aliento; un ángel tomó su alma, mientras el demonio, vencido, desencadenó una tormenta que arrastró su cadáver.
Al caer la tarde llegaron a un valle donde aguardaban príncipes negligentes. Dos ángeles descendieron con espadas sin punta para defender aquel lugar de una serpiente. El reptil apareció entre la hierba, pero huyó ante el batir de sus alas.
Durante la noche, Dante soñó que un águila lo arrebataba hacia el fuego. Al despertar, Virgilio le explicó que Lucía lo había llevado dormido hasta la entrada verdadera del Purgatorio.
Ante ellos había tres escalones: uno blanco y pulido como espejo; otro oscuro, áspero y quebrado; y un tercero rojo como sangre. Sobre el umbral se sentaba un ángel con una espada desnuda. Dante se golpeó el pecho y pidió humildemente que le abriera.
El guardián trazó en su frente siete letras pe, signo de las siete raíces del pecado.
—Procura lavar estas heridas mientras asciendes —dijo.
Después sacó dos llaves, una de plata y otra de oro, y abrió la puerta. Advirtió a los viajeros que quien volviese la mirada quedaría fuera. Los goznes resonaron con fuerza, y desde el interior llegó un canto solemne.
Dante y Virgilio cruzaron el umbral. La montaña de la purificación comenzaba ante ellos, cornisa tras cornisa. Al otro lado de la puerta, Dante y Virgilio emprendieron la subida por las siete cornisas. En la primera, los soberbios avanzaban encorvados bajo enormes piedras. En el mármol del suelo aparecían ejemplos de orgullo castigado, mientras voces invisibles proclamaban actos de humildad. Dante, inclinado para hablar con ellos, reconoció que también él tendría que purgar aquella culpa. Entre los penitentes encontró a Oderisi de Gubbio, quien le advirtió cuán breve es la gloria humana. Al abandonar la cornisa, un ángel rozó la frente de Dante y borró la primera de las siete letras. De pronto, subir le resultó menos fatigoso.
En la segunda cornisa, los envidiosos vestían ásperos mantos y tenían los párpados cosidos con alambre. Apoyados unos en otros, escuchaban voces que exaltaban la generosidad. Allí Dante habló con Sapia de Siena, que había gozado perversamente con la derrota de sus conciudadanos. Tras sus palabras, otro ángel borró una nueva letra. Más arriba, un humo negro, espeso y amargo, envolvía a los iracundos. Sin poder verse, cantaban pidiendo paz. Marco Lombardo explicó a Dante que los astros pueden inclinar al ser humano, pero no le arrebatan su libre voluntad; la corrupción del mundo nace de una voluntad mal guiada. Cuando salieron del humo, Virgilio aclaró el orden de la montaña: todo pecado procede del amor; unas veces porque se dirige al mal del prójimo, otras porque busca con poca fuerza el verdadero bien, y otras porque se entrega sin medida a bienes inferiores.
En la cuarta cornisa, los perezosos corrían sin descanso, gritando ejemplos de diligencia. Uno de ellos era el abad de San Zenón. Apenas se detuvieron: aquellas almas corregían con ardor la tibieza de su vida. Dante soñó entonces con una sirena deforme que parecía hermosa hasta que una mujer santa descubría su corrupción. Virgilio le mostró así el engaño de los deseos terrenales.
Los avaros y pródigos yacían boca abajo, atados al suelo que habían amado en exceso. El papa Adriano Quinto confesó la tardía conversión de su corazón; y Hugo Capeto denunció la codicia de su linaje. De pronto, la montaña entera tembló y todas las almas entonaron un himno. Apareció Estacio, poeta romano, que acababa de concluir su purificación. Al saber que caminaba junto a Virgilio, su maestro venerado, quiso abrazarle; pero recordó, con una sonrisa, que ambos eran sombras.
En la cornisa de los glotones, las almas, consumidas por el hambre, pasaban junto a árboles cargados de frutos y regados por agua clara que no podían alcanzar. Dante reconoció con dolor a Forese Donati, demacrado por la penitencia. Este le habló de su esposa Nella y profetizó desgracias para Florencia. También allí una letra desapareció de la frente del viajero.
La última cornisa ardía en llamas. Los lujuriosos caminaban dentro del fuego, cantando ejemplos de castidad, y dos grupos se besaban brevemente antes de separarse y proclamar sus culpas. Dante conversó con Guido Guinizelli y con Arnaut Daniel, poetas a quienes admiraba. Para alcanzar la cima, Dante tuvo que atravesar aquel muro ardiente. Retrocedió aterrorizado, pero Virgilio pronunció el nombre de Beatriz y le aseguró que el fuego no podía matarlo. Dante entró, sintiendo un calor abrasador, y salió al otro lado. Un último ángel borró la séptima letra. Ya ligero y purificado, subió los peldaños finales mientras Virgilio le decía que su voluntad era libre, recta y sana. Ante ellos se abría el jardín del Paraíso terrenal.
Al amanecer, Dante entró con Virgilio y Estacio en el Paraíso terrenal, en la cima del monte. Una brisa constante movía las ramas sin quebrar su quietud, y el canto de las aves acompañaba el rumor de un arroyo. En la otra orilla apareció una mujer sola, recogiendo flores mientras cantaba. Era Matelda.
Dante le preguntó cómo podían existir allí viento y agua. Ella explicó que aquel jardín había sido preparado para la humanidad inocente: el aire giraba por impulso del cielo, y las aguas nacían de una fuente inagotable. Un río, el Leteo, borraba la memoria del pecado; otro, el Eunoé, devolvía el recuerdo de toda buena acción. De pronto, una claridad atravesó el bosque. Avanzaron siete luces, semejantes a candelabros, que dejaban tras ellas franjas de colores. Las seguían veinticuatro ancianos coronados de lirios; después venía un carro triunfal tirado por un grifo, criatura de doble naturaleza, águila y león. A su alrededor danzaban figuras que representaban virtudes, y detrás marchaban otros personajes venerables. La procesión entera era una imagen de la revelación, de la Iglesia y de la historia sagrada.
Cuando el carro se detuvo, una multitud de ángeles esparció flores. Entre aquella lluvia apareció una mujer cubierta con velo blanco, vestida de rojo y ceñida de verde. Antes de reconocer su rostro, Dante sintió el poder antiguo de su presencia. Buscó a Virgilio para decirle que volvía a experimentar el temblor del primer amor.
Pero Virgilio ya no estaba.
Dante lloró. Entonces la mujer pronunció su nombre:
—Dante, no llores todavía por la partida de Virgilio. Tendrás que llorar por otra herida.
Era Beatriz. No lo recibió con dulzura, sino con severidad. Le recordó que, tras la muerte de ella, él había abandonado el camino recto y se había entregado a bienes falsos, imágenes pasajeras que prometían felicidad sin poder cumplirla. Dante bajó la cabeza. Los ángeles parecieron compadecerlo, pero Beatriz no permitió que aquella compasión evitara la verdad.
—¿Qué obstáculos encontraste —le preguntó— para perder así la esperanza de alcanzar el bien?
Dante intentó responder, pero la voz se le quebró. Al fin confesó que las cosas presentes, con su placer engañoso, habían desviado sus pasos cuando el rostro de Beatriz desapareció del mundo.
Ella declaró que precisamente su muerte debía haberle enseñado la fragilidad de lo terreno. La vergüenza venció a Dante; cayó desmayado.
Cuando recobró el sentido, Matelda lo llevaba a través del Leteo. Lo sumergió y le hizo beber de sus aguas, borrando la memoria culpable de sus pecados ya reconocidos. Después lo condujo ante Beatriz. En los ojos de ella, fijos en el grifo, Dante contempló reflejada alternativamente su doble figura. La procesión avanzó hasta el árbol del conocimiento, seco y despojado, que reverdeció al ser unido a él el carro. Dante asistió luego a una visión alegórica de las amenazas y corrupciones sufridas por la Iglesia. Beatriz le encargó conservar cuanto había visto y transmitirlo al regresar al mundo.
Finalmente, Matelda lo llevó al Eunoé. Dante bebió de aquella segunda corriente y recuperó la fuerza de recordar el bien. Purificado y renovado, quedó dispuesto para subir con Beatriz hacia las estrellas.
Purificado por las aguas del Leteo y del Eunoé, Dante alzó los ojos hacia Beatriz. Ella contemplaba el sol con una firmeza que él no podía imitar; pero, al mirar después el rostro de su guía, sintió que su naturaleza se elevaba más allá de sus propios límites. Sin advertir movimiento alguno, dejó atrás el Paraíso terrenal y penetró con Beatriz en la esfera del fuego. Una música nueva llenaba el universo, y la luz crecía a su alrededor.
—¿Cómo puede mi cuerpo ascender? —preguntó Dante.
Beatriz sonrió ante su error.
—No deberías maravillarte de subir, sino de no haberlo hecho antes. Libre ya de impedimentos, toda criatura tiende al lugar que le corresponde en el orden divino. Llegaron al cielo de la Luna. En su claridad aparecieron rostros tenues, como imágenes reflejadas en un cristal. Dante creyó ver espectros y se volvió para buscar detrás de sí aquello que suponía reflejado. Beatriz sonrió de nuevo.
—Son almas verdaderas. Habla con ellas.
Una figura se adelantó: era Piccarda Donati. Había profesado como religiosa, pero unos hombres la arrancaron violentamente del convento y la obligaron a abandonar sus votos. Junto a ella se hallaba la emperatriz Constanza, también apartada por fuerza de la vida religiosa.
—¿No deseáis un lugar más alto? —preguntó Dante.
—Nuestra voluntad descansa enteramente en la voluntad de Dios —respondió Piccarda—. En su querer está nuestra paz. Todos participamos plenamente de la bienaventuranza, aunque esta se manifieste de distintos modos.
Dante quiso comprender si una voluntad forzada podía ser culpable. Beatriz le explicó que aquellas almas no habían consentido en su interior, aunque les faltó la fortaleza absoluta de quienes prefieren sufrirlo todo antes que ceder exteriormente.
Ascendieron después a Mercurio, donde resplandecían quienes habían obrado el bien buscando también honor y fama. Una luz se acercó y se presentó como Justiniano, emperador y legislador. Relató el largo curso del águila romana: desde Eneas hasta César, desde Augusto hasta el imperio cristiano. Luego censuró a güelfos y gibelinos, que empleaban aquel signo universal para intereses de partido.
Justiniano habló también de Romeo de Villanova, servidor fiel y prudente, acusado injustamente por los envidiosos. Obligado a abandonar la corte, terminó pobre y errante, aunque su mérito permanecía intacto ante Dios.
La tercera ascensión los condujo a Venus. Allí las almas aparecían como luces veloces, movidas por un amor que en vida no siempre supieron ordenar. Dante conversó con Carlos Martel, príncipe húngaro y amigo suyo. El joven explicó que la providencia distribuye naturalezas distintas incluso dentro de una misma familia: uno nace para gobernar, otro para la vida religiosa, otro para el arte. El desorden surge cuando los hombres fuerzan cada vocación y confían los cargos a quienes no son aptos para ellos. Después habló Cunizza da Romano. Sin ocultar las pasiones que habían marcado su existencia, anunció discordias y violencias futuras en las tierras italianas. A su lado brillaba Folco de Marsella, poeta y amante convertido más tarde a una vida penitente. Él señaló otra luz: Rahab, la mujer de Jericó que había ayudado a los exploradores de Israel.
Dante comprendió entonces que las distintas esferas no dividían la felicidad. Las almas no estaban realmente encerradas en aquellos cielos: se mostraban así para que su entendimiento humano pudiera reconocer los diversos modos en que la gracia había actuado en ellas. Guiado por Beatriz, dejó atrás Venus y se dispuso a entrar en regiones donde la sabiduría y la justicia revelarían un resplandor todavía mayor.
Desde Venus, Dante ascendió con Beatriz al cielo del Sol. Allí no vio el astro como se contempla desde la Tierra, sino una claridad habitada por luces aún más vivas. Doce espíritus resplandecientes formaron una corona en torno a ambos y giraron cantando, como las agujas de un reloj movidas por perfecta concordia.
Una de aquellas luces se adelantó. Era Tomás de Aquino, que nombró a sus compañeros: Alberto Magno, Graciano, Pedro Lombardo, Salomón y otros maestros de la sabiduría sagrada. Después habló de Francisco de Asís, cuya pobreza y amor habían renovado la Iglesia, y reprendió la decadencia de su propia orden. Otra corona apareció entonces, y Buenaventura respondió celebrando a Domingo de Guzmán y censurando, a su vez, a los franciscanos apartados de su regla. Así, cada sabio elogió al fundador de la orden ajena, y Dante comprendió que la verdad no conoce rivalidades mezquinas. Beatriz lo condujo luego al cielo de Marte. En el fulgor rojizo, las almas formaron una gran cruz, y sobre sus brazos centelleó la imagen de Cristo. Eran combatientes que habían muerto por la fe. Una luz descendió por la cruz y saludó a Dante con el afecto de quien reconoce su propia sangre.
—Yo fui tu raíz —le dijo—. Me llamé Cacciaguida.
Era un antepasado suyo, nacido en la antigua Florencia, cuando la ciudad, según recordó, vivía con mayor sobriedad y concordia. Había seguido al emperador Conrado en una cruzada y allí encontró la muerte. Dante, que ya había oído oscuras profecías durante su viaje, le pidió que revelara con claridad lo que le aguardaba.
Cacciaguida no ocultó la respuesta:
—Dejarás cuanto amas. Probarás cuán salado es el pan ajeno y cuán duro resulta subir y bajar por escaleras extrañas. Tus enemigos te expulsarán de Florencia, y también sufrirás la compañía de otros desterrados, cuya necedad acabará separándote de ellos.
Dante temió que contar cuanto había visto aumentase sus peligros. Pero Cacciaguida le ordenó no traicionar la verdad.
—Haz manifiesta tu visión. Tu palabra será amarga al principio, pero dejará alimento duradero.
Ascendieron después a Júpiter, donde las almas justas trazaron letras luminosas y compusieron una exhortación: «Amad la justicia, los que juzgáis la tierra». Después se reunieron hasta formar la cabeza y las alas de una inmensa águila. Aunque estaba hecha de muchas almas, habló con una sola voz.
Dante preguntó por quienes habían vivido virtuosamente sin conocer la fe cristiana. El águila respondió que ningún entendimiento creado podía abarcar la justicia divina. El juicio humano, dijo, ve apenas como un ojo que intenta medir el fondo del mar desde la orilla. Y denunció a los príncipes cristianos que invocaban a Dios mientras gobernaban con avaricia, violencia o engaño.
Luego reveló una verdad desconcertante: en su ojo resplandecían gobernantes justos de historias muy distintas, entre ellos el pagano Rifeo y el emperador Trajano. Su salvación mostraba que la gracia obraba por caminos que los mortales no podían calcular. Dante guardó silencio. Había aprendido que la sabiduría podía armonizar voces diversas, que la verdad exigiría de él el precio del exilio y que la justicia eterna no cabía en las estrechas medidas de los hombres. Junto a Beatriz, se dispuso a subir hacia cielos todavía más altos.
Desde Júpiter, Dante ascendió con Beatriz al cielo de Saturno. Allí no oyó la música que acompañaba a las otras esferas, ni vio sonreír a su guía. Beatriz le explicó que sus sentidos mortales no podrían soportar tanta belleza y armonía. Ante ellos apareció una escala de oro, tan elevada que su extremo se perdía más allá de la vista. Por ella descendían luces innumerables: eran las almas contemplativas.
Una de aquellas llamas se acercó. Era Pedro Damián, que recordó la austeridad de su retiro y censuró la opulencia de los prelados que habían olvidado la pobreza apostólica. Después habló san Benito, fundador de la comunidad de Montecasino. Dante quiso contemplar su rostro, pero el santo respondió que aquel deseo solo podría cumplirse en el Empíreo. También denunció la decadencia de las órdenes monásticas, cuyos claustros habían dejado de producir frutos dignos de su origen. Entonces todas las luces ascendieron por la escala con rapidez fulgurante. Dante y Beatriz llegaron al cielo de las estrellas fijas, bajo la constelación de Géminis. Desde aquella altura, el poeta miró hacia abajo y vio, pequeños y remotos, los siete cielos recorridos y la Tierra que tanto enorgullece a los hombres. Luego apareció el triunfo de Cristo, rodeado de innumerables almas, y una luz más viva se elevó tras él: María, acompañada por el arcángel Gabriel.
Allí Dante fue sometido a un examen. San Pedro le preguntó qué era la fe.
—Es la sustancia de las cosas que esperamos y el argumento de aquellas que no vemos —respondió Dante.
Explicó después que su certeza procedía de las Escrituras y de los milagros que habían acompañado su revelación. San Pedro aprobó sus respuestas y giró a su alrededor como una luz jubilosa. Santiago lo interrogó acerca de la esperanza. Dante la definió como la espera segura de la gloria futura, nacida de la gracia divina y de los méritos precedentes. Afirmó que las palabras de David y la promesa de Cristo la habían afirmado en él.
Por último, san Juan examinó su caridad. Dante declaró que amaba a Dios como sumo bien y que, por ese amor primero, amaba también a las criaturas. Durante el encuentro quedó momentáneamente ciego, y fue Adán quien habló después con él sobre la creación del primer hombre, su permanencia en el Paraíso terrenal y la mudanza de las lenguas.
Pero la alegría se tornó severa cuando san Pedro denunció la corrupción de sus sucesores. La luz del apóstol se volvió roja de indignación mientras condenaba a quienes habían convertido su sede en instrumento de codicia y facción.
Beatriz condujo entonces a Dante hasta el Primer Móvil, la esfera más veloz, que no recibe su movimiento de otro cielo, sino directamente del deseo de Dios. Allí Dante vio un punto de luz deslumbrante, y alrededor de él nueve círculos ardientes que giraban con distinta rapidez.
—De ese punto dependen el cielo y toda la naturaleza —le explicó Beatriz.
Los círculos eran los nueve coros angélicos: ángeles, arcángeles, principados, potestades, virtudes, dominaciones, tronos, querubines y serafines. Los más próximos al punto giraban con mayor ardor, porque veían más profundamente la verdad divina. Beatriz aclaró así la correspondencia entre aquellas inteligencias y las esferas del universo. Luego censuró a los predicadores que sustituían el Evangelio por fábulas y vanidades.
Más allá del Primer Móvil ya no había lugar, tiempo ni naturaleza. Solo quedaba el Empíreo, morada de la luz pura, hacia la cual Dante estaba a punto de elevarse.
Más allá del espacio y del tiempo, Dante entró con Beatriz en el Empíreo, reino de luz pura. Al principio vio un río resplandeciente, del que saltaban centellas vivas hacia flores innumerables. Pero aquella apariencia solo preparaba sus ojos. Cuando su vista cobró nueva fuerza, el río se transformó ante él en una inmensa rosa blanca, cuyos pétalos formaban los asientos de los bienaventurados.
Ángeles de rostros encendidos descendían hasta la rosa y volvían hacia Dios, como abejas entre las flores y la colmena. Llevaban a los santos la paz y el ardor que recibían de la fuente eterna. Dante contempló aquella multitud reunida desde todos los tiempos, y buscó a Beatriz para preguntarle cuanto aún no comprendía.
Pero junto a él encontró a un anciano de mirada bondadosa.
—¿Dónde está ella? —preguntó Dante.
—Beatriz me ha enviado para conducir tu deseo a su término —respondió san Bernardo.
El santo le indicó un lugar elevado de la rosa. Allí estaba Beatriz, coronada de gloria. Dante alzó hacia ella sus últimas palabras de gratitud: por haberlo sacado de la servidumbre, por haberlo guiado desde el bosque oscuro y por haberlo hecho digno de contemplar aquel reino. Beatriz sonrió y volvió los ojos hacia la luz eterna. Bernardo mostró entonces a Dante la disposición de la rosa: María en lo alto; bajo ella, las mujeres santas de la antigua alianza; enfrente, Juan el Bautista; alrededor, apóstoles, patriarcas, niños y justos. Pero le advirtió que no bastaba con mirar aquel orden. Para alcanzar la visión suprema necesitaba la gracia.
San Bernardo volvió los ojos hacia la Virgen y oró:
—Virgen madre, hija de tu Hijo, término fijado por el consejo eterno, tú ennobleciste la naturaleza humana hasta hacer que su Creador no desdeñara convertirse en criatura. Ruega para que este hombre pueda alzar los ojos hasta la salvación última.
María miró a Bernardo, después dirigió su vista hacia la luz divina. Su gesto anunció que la súplica había sido aceptada.
Dante concentró toda su mirada en aquel resplandor. Cuanto más contemplaba, más crecía en él la facultad de contemplar. Vio, recogido en un solo volumen por el amor, todo cuanto en el universo aparece disperso: sustancias y accidentes, causas y relaciones, enlazados en una unidad que ninguna palabra puede expresar.
En aquella profundidad distinguió tres círculos de tres colores y de una misma dimensión. Uno parecía reflejado por otro, como arco iris de arco iris; el tercero era fuego igualmente respirado por ambos. Dante quiso comprender cómo la naturaleza humana podía unirse a la divina. En el segundo círculo creyó ver, con su mismo color, la imagen del hombre.
Se esforzó por penetrar aquel misterio como el geómetra que busca la medida imposible del círculo. Pero sus fuerzas no bastaban. Entonces un fulgor atravesó su mente y le concedió aquello que deseaba. La visión excedió a la memoria. Cesaron la fantasía y el discurso. Ya no necesitó buscar ni querer por sí mismo: su deseo y su voluntad giraban con perfecta armonía, movidos por el amor que mueve el sol y las demás estrellas.
Y su deseo giró con el amor que mueve el sol y las demás estrellas.
Guion y voz generados con inteligencia artificial.
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