
A través del espejo: la partida de Alicia
38 min · Clásicos de la literatura

Historia para dormir · Clásicos de la literatura
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Tras la muerte de su segundo marido, Bernarda Alba encierra a sus cinco hijas bajo un luto implacable. El compromiso de Angustias con Pepe el Romano desata el deseo de Adela, los celos de Martirio y una lucha contra la autoridad que culmina en tragedia.
Las campanas doblaban por segunda vez cuando la criada entró en la habitación, llorando y maldiciendo al mismo tiempo. El marido de Bernarda Alba acababa de ser enterrado, y la casa aguardaba el regreso de las mujeres del duelo.
Poncia, la criada más antigua, comía pan con chorizo a escondidas. Había servido a Bernarda durante treinta años y conocía cada rincón de aquella casa, cada rencor y cada miedo.
—Si Bernarda te viera... —murmuró la criada.
—Ahora no puede verme. Está en la iglesia —respondió Poncia—. Pero ya vendrá a gobernarlo todo, como siempre.
La criada recordó al difunto y rompió a llorar. Poncia no compartió su pena. Habló del orgullo de Bernarda, de su lengua afilada y del odio que despertaba en el pueblo. Sin embargo, también sabía que ninguna murmuración se atrevería a cruzar el umbral mientras la dueña estuviese presente.
Una mendiga apareció con una niña y pidió las sobras. La criada la expulsó con aspereza. En aquella casa se guardaba comida para quienes la habitaban, pero no caridad para los de fuera. Cuando quedó sola, abrió las puertas para que entrasen las mujeres y, ante el silencio del patio, lanzó toda su rabia contra el muerto.
—¡Ojalá tardes mucho en descansar! Las mujeres del pueblo fueron llegando vestidas de negro. Llenaron la habitación con abanicos oscuros, rezos y conversaciones contenidas. Después entró Bernarda, acompañada de sus cinco hijas: Angustias, Magdalena, Amelia, Martirio y Adela. Todas llevaban luto. Bernarda, erguida, sostenía su bastón como una señal de mando.
—¡Silencio! —ordenó.
Las voces cesaron. Bernarda dirigió el responso y vigiló a las presentes incluso durante la oración. Una mujer tosió; otra murmuró unas palabras; Bernarda volvió la cabeza y bastó su mirada para imponer quietud.
Magdalena lloraba sinceramente por su padre. Bernarda la reprendió. No quería lamentos desordenados ni gestos que escaparan a su autoridad.
Cuando terminó el rezo, las visitantes hablaron del calor, de la cosecha y de la ausencia de hombres en el funeral. Bernarda explicó que los hombres permanecían fuera, en el patio. No permitiría que se mezclasen con las mujeres bajo su techo.
Las vecinas se despidieron con fórmulas respetuosas. Bernarda respondió con frialdad. Apenas salió la última, su desprecio estalló.
—Andad a vuestras casas a criticar todo lo que habéis visto. ¡Ojalá paséis muchos años sin cruzar mi puerta!
Poncia oyó aquellas palabras sin sorprenderse. Sabía que las mujeres hablarían de Bernarda al salir; sabía también que Bernarda las despreciaba porque se creía por encima de todas. En el pueblo, su orgullo había levantado un muro de enemistad tan sólido como los muros blancos de la casa.
Una de las hijas comentó que Angustias había estado mirando a los hombres por una rendija. Bernarda la llamó de inmediato. Angustias, hija de su primer marido y la mayor de las hermanas, compareció ante ella. Negó haber buscado a ningún hombre: solo había escuchado una conversación desde la ventana.
Bernarda no aceptó explicaciones. Levantó el bastón y la golpeó.
—¡A tu edad, mirando hombres el día del entierro de tu padre!
Poncia intervino con cautela, aclarando que los hombres solo hablaban de asuntos del campo. Pero Bernarda no necesitaba pruebas. En su casa, su juicio era ley.
El funeral había terminado. Las puertas estaban cerradas y las visitas se alejaban por la calle. Dentro quedaban Bernarda, sus cinco hijas, las criadas y una autoridad que no admitía réplica.
El luto apenas comenzaba.
Cuando se marcharon las últimas mujeres del duelo, Bernarda reunió a sus hijas. Angustias, Magdalena, Amelia, Martirio y Adela quedaron ante ella vestidas de negro, bajo una autoridad que no admitía réplica.
—En ocho años que dure el luto no ha de entrar en esta casa el viento de la calle —sentenció Bernarda—. Haremos cuenta de que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas.
La orden cayó sobre las cinco como una losa. Ocho años sin paseos ni visitas, apartadas de las miradas de los hombres y de la vida del pueblo. Bernarda no hablaba de dolor, sino de decencia y vigilancia. Aquella clausura era, para ella, lo que correspondía a las mujeres de su clase.
—Así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo —añadió.
Después dispuso el trabajo que ocuparía sus días. En el armario había veinte piezas de hilo para cortar sábanas y embozos. Magdalena protestó, vencida por la amargura.
—Sé que ya no me voy a casar. Prefiero llevar sacos al molino. Todo menos estar sentada días y días dentro de esta sala oscura.
Bernarda la reprendió sin compasión:
—Eso tiene ser mujer.
—Malditas sean las mujeres —murmuró Magdalena. Bernarda hizo traer abanicos. Adela ofreció uno redondo, decorado con flores rojas y verdes. Su madre lo arrojó al suelo.
—¿Es este el abanico que se da a una viuda? Dame uno negro y aprende a respetar el luto de tu padre.
Las flores parecieron quedar aplastadas junto con cualquier deseo de alegría. Bernarda siguió dictando la conducta de la casa: hilo y aguja para las hembras; látigo y mula para el varón. Así nacía la gente con posibles, afirmó, como si la costumbre fuese una ley de la sangre.
Entonces se oyó la voz de María Josefa, la anciana madre de Bernarda, encerrada en una habitación. Pedía salir. Llamaba a Bernarda y gritaba que no quería seguir allí. La Criada explicó que había logrado quitarle los anillos y los pendientes que se había puesto. Bernarda, avergonzada ante la posibilidad de que los vecinos escuchasen, ordenó cerrar bien la puerta y vigilarla.
Ni siquiera aquella voz podía atravesar los muros sin permiso.
Cuando Bernarda se alejó, las hermanas hablaron en voz baja. Magdalena evocó el tiempo de la siega: los segadores llegaban de lejos cantando, libres bajo el sol, mientras ellas permanecían detrás de las ventanas. Amelia aceptaba el encierro con resignación. Martirio, enfermiza y amarga, desconfiaba de todo. Angustias, la mayor, sabía que su edad y su aspecto la apartaban de las esperanzas de las más jóvenes.
Adela no se resignaba. Tenía veinte años y sentía que aquellos ocho años podían devorar lo mejor de su vida. Delante de Bernarda callaba, pero en su interior crecía una negativa feroz. No quería que su cuerpo se marchitara entre costuras, paredes blancas y vestidos negros.
—No me acostumbraré —dijo al fin—. Yo no quiero estar encerrada.
Sus hermanas intentaron contenerla. En aquella casa, una protesta podía llegar a oídos de Bernarda y convertirse en castigo. Adela bajó la voz, aunque no la rebeldía. Miró hacia la puerta por la que no podría salir y comprendió que el luto no sería solo por el muerto: sería también por la juventud de las vivas. Fuera continuaba el pueblo. Dentro, Bernarda había dispuesto ocho años de silencio, trabajo y obediencia. Pero la menor de sus hijas ya sentía contra aquellos muros una fuerza que no sabía someterse.
En la casa cerrada por el luto, una noticia vino a quebrar la monotonía de las labores. Pepe el Romano rondaba a Angustias, la mayor de las hermanas. No era todavía una petición formal, pero en un pueblo donde cada paso se vigilaba detrás de las cortinas, bastaba con que un hombre mirase dos veces hacia una reja para que su intención corriese de boca en boca.
Angustias tenía treinta y nueve años. Era enfermiza, poco agraciada y, a juicio de sus hermanas, demasiado mayor para despertar una pasión semejante. Pero era hija del primer marido de Bernarda y había heredado de su padre una fortuna que no correspondía a las otras cuatro. Aquella diferencia, conocida desde siempre, adquirió de pronto un peso nuevo.
—Pepe el Romano viene por el dinero —dijo Magdalena, sin ocultar su amargura.
Amelia no se atrevió a contradecirla. Martirio, consumida por una inquietud más profunda, preguntó cuánto había heredado Angustias. Poncia respondió con cifras y propiedades suficientes para disipar cualquier duda sobre el interés del pretendiente.
—Aunque sea por el dinero, Angustias puede salir de esta casa —repuso una de las hermanas.
La frase cayó entre ellas con toda su crudeza. Casarse no significaba únicamente conseguir marido. Significaba cruzar la puerta que Bernarda había cerrado durante ocho años. Cuando Angustias apareció, las miradas se volvieron hacia ella. Había salido a observar a los hombres que aún permanecían en el patio después del funeral, y Bernarda la reprendió por haberse asomado en un día de luto. Angustias trató de justificarse, pero su madre no toleraba explicaciones.
—¿Es decente que una mujer de tu clase ande detrás de los hombres el día del entierro de su padre?
—No era mi padre —respondió Angustias.
La verdad era indiscutible: el muerto había sido el segundo marido de Bernarda. Pero la respuesta sonó como un desafío. Bernarda levantó el bastón y reafirmó que, dentro de aquella casa, el honor de todas dependía de una obediencia absoluta.
Más tarde, ya confirmada la intención de Pepe, Bernarda cambió de actitud. Un compromiso con un hombre joven, respetado y deseado en el pueblo convertía la herencia de Angustias en una salida honorable. No le preocupaba tanto averiguar si había amor como asegurar que las apariencias quedasen intactas.
—Si habla con ella, será por la ventana y como es debido —sentenció—. Aquí no entra nadie sin mi consentimiento.
Poncia escuchó en silencio. Conocía demasiado bien a los hombres y también a las hijas de Bernarda. Sabía que un novio en la reja no traería calma a una casa llena de mujeres jóvenes, encerradas y obligadas a renunciar a cuanto ocurría fuera.
Adela recibió la noticia con una agitación que no pudo disimular por completo. Preguntó por la edad de Pepe, y al saber que tenía veinticinco años, la desigualdad le pareció intolerable.
—Angustias podría ser su madre.
Martirio la observó. Magdalena insistió en que los hombres no miraban la edad cuando había tierras y dinero. Angustias, herida por las burlas, se defendió con el orgullo de quien ve abierta una puerta que las demás no podrán cruzar.
Bernarda puso fin a la disputa. Para ella, el asunto estaba decidido: Pepe el Romano cortejaría a Angustias bajo su vigilancia, y el matrimonio preservaría el nombre de la familia.
Pero desde aquel momento, la fortuna de la hermana mayor dejó de ser solo una herencia. Se convirtió en motivo de envidia, sospecha y deseo. Y el nombre de Pepe el Romano comenzó a circular por las habitaciones como una presencia capaz de enfrentar a unas hermanas con otras.
Después de conocerse el noviazgo de Angustias, la casa pareció cerrarse aún más sobre las hermanas. La mayor iba a casarse; las demás continuarían bajo la autoridad de Bernarda, sometidas al luto y a unas paredes que apenas dejaban entrar el mundo.
Adela no podía resignarse. Entró con un vestido verde que se había puesto antes del funeral y se volvió ante sus hermanas, buscando en sus miradas la alegría que ella aún quería defender.
—Me lo pondré para salir al corral. Quiero que me vea alguien.
Magdalena contempló aquel color vivo, escandaloso en medio del negro impuesto por Bernarda.
—¿Pero no habías empezado el luto?
Adela respondió con una rebeldía casi desesperada:
—No me acostumbraré. Yo no quiero estar encerrada. No quiero que se me pongan las carnes como a vosotras. No quiero perder mi blancura en estas habitaciones. Mañana me pondré mi vestido verde y me echaré a pasear por la calle. ¡Yo quiero salir!
Pero hasta ella sabía que aquello era imposible. Si Bernarda la veía vestida así, descargaría sobre ella toda la fuerza de su autoridad. Magdalena le aconsejó que tiñera el vestido de negro. Adela, herida, se llevó la tela consigo. Aquel verde no era solo una prenda: era la juventud que se negaba a vestir de luto. Más tarde, cuando la conversación volvió a Pepe el Romano, Adela intentó mostrarse indiferente. Martirio, sin embargo, la observaba con atención. Dijo que Pepe se acercaría aquella noche a hablar con Angustias por la reja.
Adela reaccionó demasiado deprisa:
—¿A qué hora?
Martirio advirtió la ansiedad de su voz.
—No sé. Angustias lo sabrá.
Adela quiso corregirse. Dijo que preguntaba por curiosidad, como cualquiera de ellas. Pero sus hermanas conocían ya sus cambios de humor: la palidez repentina, el sobresalto al oír el nombre de Pepe, la violencia con que negaba cuanto más la afectaba.
Amelia comentó que Pepe tenía veinticinco años y que era el mejor tipo de aquellos contornos. Magdalena añadió con amargura que, naturalmente, iba tras el dinero de Angustias. Era la única hermana rica; aunque enfermiza y poco agraciada, podía ofrecerle una herencia que las demás no poseían.
—Si viniera por el tipo de Angustias, por Angustias como mujer, yo me alegraría —dijo Magdalena—. Pero viene por el dinero.
Adela no soportó escuchar más. Defendió a Pepe con una energía que excedía la compasión hacia su hermana.
—¡Puede quererla!
Las otras callaron un instante.
Entonces apareció Angustias, alterada, preguntando quién había cogido el retrato de Pepe que guardaba en su habitación. Todas negaron haberlo tocado. Bernarda acudió al oír las voces y ordenó que cesara el escándalo. En aquella casa, dijo, no toleraría disputas por un hombre.
Adela permaneció apartada, pero su agitación ya no podía ocultarse bajo una apariencia de simple curiosidad. El vestido verde había revelado su ansia de vivir; el nombre de Pepe revelaba ahora hacia dónde se dirigía esa fuerza. Mientras Angustias esperaba tras la reja al hombre que iba a casarse con ella, Adela comprendía, sin decirlo todavía, que no estaba dispuesta a renunciar a él.
Desde aquel momento, el luto dejó de ser solo una prohibición impuesta por Bernarda. Se convirtió en el muro que separaba a Adela de Pepe el Romano. Y cuanto más alto se alzaba el muro, con mayor violencia crecía en ella el deseo de atravesarlo.
Desde que se anunció el compromiso, Pepe el Romano acudía de noche a hablar con Angustias. No entraba en la casa. Permanecía fuera, junto a la ventana enrejada, mientras ella se acercaba por dentro y conversaba con él en voz baja, separada de su prometido por los hierros y por la vigilancia de Bernarda.
Aquellas visitas alteraron el encierro. Las hermanas procuraban aparentar indiferencia, pero todas escuchaban los ruidos del patio, el murmullo que llegaba desde la ventana y, al final, los pasos del caballo alejándose en la oscuridad.
Una noche, Angustias volvió de la reja con el rostro encendido. Bernarda quiso saber a qué hora se había marchado Pepe.
—A la una y media.
La Poncia, que no perdía detalle de cuanto ocurría en la casa, levantó la cabeza.
—¿A la una y media?
Angustias insistió. Ella había terminado de hablar con él a esa hora. Pero la criada sabía que el Romano no se alejaba entonces. Había oído su caballo mucho más tarde, cerca de las cuatro.
—Sería otro —dijo Angustias, incómoda.
—No había otro caballo —repuso la Poncia.
Bernarda cortó la conversación. No toleraba dudas sobre un matrimonio que consideraba ya decidido, ni quería que las palabras de una criada despertasen murmuraciones. Para ella, Pepe acudía por Angustias, y todo cuanto quedaba fuera de aquella explicación era malicia o fantasía. Pero Martirio también vigilaba. Sabía que Adela dormía inquieta y que, algunas noches, faltaba de su cama. La había visto levantarse con cautela, cruzar la casa y desaparecer hacia el corral. Adela regresaba después con una agitación que no podía ocultar del todo.
Cuando Martirio la interrogó, Adela se defendió con violencia.
—Tenía sed.
—No era agua lo que buscabas.
Las dos se miraron como enemigas. Martirio hablaba desde una sospecha que ya era casi certeza; Adela, desde una pasión que se negaba a reconocer ante nadie. El nombre de Pepe no llegó a pronunciarse, pero quedó entre ambas con más fuerza que si lo hubieran gritado.
Mientras tanto, Angustias hablaba de su boda y esperaba la siguiente visita. No advertía, o no quería advertir, que Pepe era poco expresivo con ella. Al preguntarle de qué conversaban, confesó que él apenas decía nada. Ella le hablaba de los preparativos, de la casa futura y de los días que vendrían después del luto; él respondía brevemente, desde el otro lado de la reja.
La Poncia observaba aquella frialdad y desconfiaba. Pepe había escogido a la hija con dinero, pero sus ojos podían haberse detenido en otra. Y aquellas horas sin explicación, desde que dejaba la ventana de Angustias hasta que por fin se oía marchar su caballo, abrían una grieta peligrosa.
Bernarda continuó imponiendo orden. Mandó cerrar puertas, vigilar ventanas y apagar conversaciones. Creía que su autoridad bastaba para mantener intacto el honor de la casa. Sin embargo, cada noche, cuando Angustias se retiraba de la reja, la oscuridad conservaba un secreto.
Adela aguardaba. Después se deslizaba fuera de su cuarto, procurando que ningún paso la delatara. Pero Martirio ya estaba despierta, y la Poncia había empezado a contar las horas.
Angustias entró en la habitación con el rostro desencajado. Había buscado en el cajón, entre sus cosas y bajo la ropa, pero el pequeño retrato de Pepe el Romano no aparecía.
—¿Quién de vosotras ha cogido mi retrato?
Magdalena y Amelia negaron saber nada. Adela respondió con brusquedad, molesta por la acusación. Martirio permaneció rígida, fingiendo indiferencia. Pero Angustias insistió: el retrato estaba guardado y nadie de fuera podía haber entrado a robarlo.
Las voces llegaron hasta Bernarda. Entró golpeando el suelo con el bastón y exigió saber qué escándalo era aquel.
—Me han quitado el retrato de Pepe —dijo Angustias.
Bernarda miró a sus hijas una por una. Para ella, la desaparición no era una travesura, sino otra grieta en el orden de la casa.
—¿Quién lo tiene?
Ninguna contestó.
—Registrad las habitaciones —ordenó Bernarda.
La Poncia obedeció. Mientras buscaba, las hermanas se observaban con una mezcla de temor y recelo. Adela se revolvió contra la humillación del registro; Martirio quiso mostrarse serena, pero su silencio pesaba más que las protestas de las demás. Al cabo de un momento, la Poncia regresó con el retrato en la mano.
—Aquí está.
Angustias dio un paso hacia ella.
—¿Dónde estaba?
La Poncia miró a Bernarda antes de responder.
—Entre las sábanas de la cama de Martirio.
Todas volvieron los ojos hacia la hermana. Martirio palideció. Bernarda se abalanzó sobre ella y comenzó a golpearla con el bastón, furiosa por la desobediencia y por la vergüenza que aquel acto podía traer.
—¡Mala hija! ¡Una mujer sin honra en esta casa!
Martirio intentó defenderse.
—¡No me pegue, madre!
Adela intervino para detener los golpes. Durante un instante, la disputa dejó al descubierto algo más profundo que el robo: Pepe el Romano no era ya solamente el prometido de Angustias. Su nombre encendía deseos, rivalidades y odios entre las paredes cerradas.
Bernarda exigió una explicación.
—¿Por qué tenías ese retrato?
Martirio respondió que había sido una broma. Dijo que lo había escondido para gastarle una chanza a su hermana. Pero nadie creyó del todo aquellas palabras. Magdalena comprendió la verdad y se la lanzó sin rodeos:
—Lo has cogido porque te gusta Pepe el Romano.
Martirio negó con vehemencia. Sin embargo, la herida era demasiado visible. Tiempo atrás había esperado casarse con Enrique Humanes, pero Bernarda había impedido aquel noviazgo por considerar inferior a su familia. Desde entonces, Martirio vivía encerrada con su amargura, viendo cómo Angustias, mayor y enfermiza, obtenía gracias a su dinero al hombre que todas miraban.
Angustias reclamó el retrato y Bernarda dio por terminado el asunto con amenazas. Quería creer que su autoridad bastaría para sofocar el conflicto. Ordenó que no se hablase más y que cada una volviera a su sitio.
Pero la Poncia no compartía aquella seguridad. Había visto el miedo de Martirio, la agitación de Adela y la rabia que despertaba el nombre de Pepe. Mientras Bernarda hablaba de vigilancia y obediencia, la criada comprendió que las hijas callaban mucho más de lo que su madre imaginaba.
El retrato volvió a manos de Angustias, pero el secreto no regresó a su escondite. Los celos de Martirio habían quedado expuestos, y con ellos la sospecha de que, en aquella casa, Pepe el Romano ocupaba demasiados pensamientos y visitaba más de una oscuridad.
Después del hallazgo del retrato, la casa recobró su aparente quietud, pero la Poncia ya no se dejó engañar por ella. Conocía demasiado bien a las hijas de Bernarda y había visto cómo Adela cambiaba cuando se pronunciaba el nombre de Pepe el Romano. La observó acercarse a la puerta, inquieta, atenta a cualquier ruido de la calle. Entonces decidió hablarle sin rodeos.
—¿Crees que no me he dado cuenta?
Adela fingió no comprender.
—¿De qué?
—De lo que haces. De tus miradas. De cómo te levantas cuando todas duermen. De lo que ocurre cuando Pepe deja la ventana de Angustias.
Adela se volvió hacia ella. Por un instante quiso sostener la mentira, pero la Poncia no apartó los ojos.
—No te metas en mis cosas.
—Me meto porque conozco esta casa —replicó la criada—. Y porque sé adónde llevan estas cosas cuando se dejan crecer. Pepe viene a ver a Angustias. Está comprometido con ella.
—Viene por el dinero de Angustias.
—Por el dinero o por lo que sea, se casará con ella.
Adela dio un paso al frente. Ya no había temor en su voz, sino una resolución encendida.
—Pues yo haré lo que me dé la gana con mi cuerpo. La Poncia comprendió entonces que sus sospechas eran ciertas. Pepe hablaba con Angustias ante la reja, pero después buscaba a Adela en secreto. La menor de las hermanas no negó los encuentros. Al contrario: habló de ellos con el orgullo desesperado de quien se aferra a la única salida que cree posible.
—Él me quiere a mí —dijo—. Me lleva a los juncos de la orilla.
—Y cuando se case con Angustias, ¿qué harás?
—Seguiré viéndolo. Seré lo que él quiera que sea. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, y aun así me pondré delante de todos con la corona de espinas de la que aman a un hombre casado.
La Poncia intentó hacerla entrar en razón. Le recordó la vigilancia de Bernarda, la fuerza de las murmuraciones y, sobre todo, los celos de Martirio. Aquella casa estaba llena de ojos. Una palabra mal oída, una puerta abierta a destiempo, un movimiento en el corral podían desencadenarlo todo.
—Martirio también lo quiere —advirtió—. Y una mujer enferma de amor es capaz de cualquier cosa.
Adela endureció el rostro.
—Pepe es mío.
—No digas eso. No es tuyo mientras vaya a casarse con tu hermana.
—Eso no me importa. Él me busca a mí.
La Poncia vio que no bastaban las amenazas ni la prudencia. Adela no pensaba renunciar. Los ocho años de luto, las paredes blancas y el bastón de Bernarda habían conseguido contener sus pasos, pero no su deseo. Y ese deseo avanzaba ahora contra Angustias, contra Martirio y contra la autoridad de su madre.
—Yo no quiero tener culpa de que la sangre llegue al río —murmuró la criada.
Adela respondió con una frialdad desafiante:
—No tendrás ninguna. Lo hago porque quiero.
La Poncia se quedó mirándola, consciente de que el peligro ya no era una sospecha. Dentro de la casa, tres hermanas estaban unidas por el mismo hombre: Angustias por el compromiso, Martirio por un amor oculto y Adela por una pasión clandestina. Bernarda seguía creyendo que su autoridad bastaba para mantener el orden. Pero bajo aquel silencio, la lucha había comenzado.
La noche caía sobre la casa sin traer alivio. El calor se había quedado encerrado entre los muros, espeso y áspero, y ninguna de las mujeres lograba descansar. Desde el corral llegaban golpes, relinchos y coces contra los tabiques.
Prudencia, que había ido de visita, preguntó por aquel estrépito. Bernarda respondió que era el caballo garañón, encerrado y sofocado por el calor. Mandó que lo soltaran en el corral para que se revolcase entre los montones de paja.
—Debe tener calor.
La Poncia añadió que aquella misma mañana habían llevado las potras al semental. Habló de los animales con naturalidad, pero sus palabras cayeron sobre las hijas como una provocación. En aquella casa donde todo deseo debía permanecer oculto, la fuerza del caballo golpeando los muros parecía decir en voz alta lo que nadie se atrevía a nombrar. Prudencia se marchó. Las hijas volvieron a sus labores, inquietas. Angustias habló de Pepe el Romano y de la hora en que solía despedirse de la ventana. Martirio escuchaba cada frase con una atención hostil. Adela guardaba silencio, pero la Poncia vio en su rostro la impaciencia de quien espera que llegue la noche.
Cuando Bernarda quedó a solas con la criada, la Poncia decidió hablar. Ya no podía proteger aquella casa callando.
—Aquí pasa una cosa muy grande —le advirtió—. Yo no te quiero echar la culpa, pero no has dejado a tus hijas libertad. Martirio está enamorada de Pepe. Y Adela... Adela lleva fuego en los ojos.
Bernarda se irguió, ofendida. Su bastón afirmó su autoridad antes que sus palabras.
—Mis hijas me respetan y jamás torcieron mi voluntad.
—Eso es lo que tú crees —replicó la Poncia—. Pero no ves lo que tienes delante. Angustias se casará con Pepe por su dinero, y las otras saben que después de ella no queda esperanza para ninguna. Hay una tormenta en cada cuarto. El día que estalle, nos barrerá a todas.
Bernarda rechazó la advertencia con desprecio. Para ella, bastaban las puertas cerradas, la vigilancia y el miedo a la honra perdida. Nadie atravesaría los límites que había impuesto.
—En esta casa no sucede nada sin que yo lo sepa.
La Poncia la miró con amargura. Llevaba muchos años sirviéndola y conocía bien aquella soberbia.
—Siempre has sido lista. Pero a veces una no puede ver lo que tiene debajo de los ojos.
Bernarda insistió en que Pepe no buscaba más que a Angustias y que el matrimonio pondría fin a los recelos. La Poncia calló entonces. Había dado el aviso; no podía hacer más.
Fuera, el garañón volvió a cocear contra el muro. Dentro, Martirio vigilaba los movimientos de Adela, Angustias defendía una felicidad que ya sentía amenazada y Adela aguardaba la oscuridad para encontrarse con Pepe. Bernarda creyó haber restablecido el orden con unas cuantas órdenes. Pero el silencio de sus hijas ya no era obediencia. Era el instante tenso que precede al estallido.
La advertencia de la Poncia quedó suspendida en el aire, rechazada por la obstinación de Bernarda. Dentro de la casa, el calor seguía apretando. Entonces llegó desde la calle un rumor confuso, primero lejano y después cada vez más violento. Se oyeron voces de hombres y mujeres, gritos que avanzaban como una multitud enfurecida.
Martirio preguntó qué sucedía. Amelia se acercó inquieta, y la Poncia salió para averiguarlo. Bernarda permaneció erguida, atenta al alboroto, mientras sus hijas trataban de distinguir las palabras que llegaban desde fuera.
—¡Que venga un carro de fuego! —gritaba una voz.
—¡Que pague lo que ha hecho! —respondía otra. La Poncia regresó con el rostro alterado. Era la hija de la Librada, una joven soltera. Había tenido un hijo sin que nadie lo supiera y, para ocultar su deshonra, lo había matado. Después había escondido el cadáver bajo unas piedras. Pero unos perros lo encontraron y llevaron sus restos hasta la puerta de su casa. Ahora el pueblo entero la perseguía por las calles.
Amelia y Martirio escucharon horrorizadas. Angustias se santiguó. Magdalena quiso saber adónde la llevaban.
—La arrastran para matarla —dijo la Poncia—. Vienen por aquí.
El clamor creció al otro lado de los muros. No era ya un rumor, sino una sentencia colectiva. Bernarda se dirigió hacia la puerta, encendida por la misma furia que dominaba al pueblo.
—Que venga —dijo con dureza—. Que todos la veamos.
Adela, en cambio, había palidecido. La historia de aquella joven no le parecía distante. En su castigo reconocía el destino reservado a cualquier mujer que amase fuera de las normas y desafiara la vigilancia de los demás. Dio unos pasos, estremecida, mientras las voces exigían sangre.
—¡Que la dejen escapar! —suplicó—. ¡No salgáis!
Bernarda no atendió a su ruego. Para ella, la hija de la Librada había quebrantado el orden y debía recibir un castigo ejemplar.
—¡Acabad con ella antes de que lleguen los guardias! —gritó hacia la calle—. ¡Carbón ardiendo en el sitio de su pecado!
Adela se apretó el vientre con las manos. La violencia de afuera penetraba en la casa y parecía cercarla también a ella. Ya no pidió compasión en voz baja. Se volvió hacia la puerta, desesperada, como si pudiera proteger a la fugitiva atravesando los muros.
—¡No! ¡No! —clamó—. ¡Que la dejen escapar!
Pero Bernarda, sin apartarse de la puerta, respondió con una orden feroz:
—¡Matadla! ¡Matadla!
Los gritos del pueblo continuaron alejándose detrás de la joven perseguida. Dentro, nadie se atrevió a contradecir a Bernarda. Solo Adela quedó temblando, enfrentada en silencio a su madre y a una ley que castigaba con la muerte lo que ella misma estaba dispuesta a defender con su vida. La casa recobró poco a poco su quietud, pero ya no era la misma. La tragedia de la hija de la Librada había mostrado, sin disimulo, hasta dónde podía llegar la crueldad del honor. Y entre las hermanas, las sospechas que rodeaban a Pepe el Romano estaban a punto de convertirse en acusaciones abiertas.
Los gritos de la calle terminaron por alejarse, pero dentro de la casa quedó suspendida la violencia de Bernarda. Adela no podía olvidar aquel clamor que pedía sangre. Sabía que también contra ella se alzarían las voces si descubrían su secreto.
Aquella noche, cuando la casa parecía dormida, Adela salió al corral para encontrarse con Pepe el Romano. Regresó con cautela, creyendo que nadie la había visto. Pero Martirio la aguardaba entre las sombras.
—¿De dónde vienes?
Adela se sobresaltó y trató de pasar junto a ella.
—Apártate de la puerta.
Martirio no se movió. Ya no buscaba indicios ni necesitaba espiar tras las ventanas. La presencia de su hermana a aquellas horas confirmaba cuanto había sospechado.
—Estabas con él.
Adela negó al principio, pero la firmeza de Martirio fue cerrándole toda escapatoria. Entonces dejó de fingir.
—Sí. He estado con Pepe. Martirio recibió la confesión como un golpe que llevaba demasiado tiempo esperando. Pepe era el prometido de Angustias, el hombre que acudía a hablar con ella junto a la reja; pero sus visitas no terminaban cuando todos suponían. Después buscaba a Adela en la oscuridad.
—Te verá todo el pueblo —dijo Martirio—. Y Bernarda acabará contigo.
—No me importa. Ya no puedo soportar este encierro.
Adela habló con la resolución de quien había elegido su camino. Dijo que Pepe la quería a ella, que Angustias solo poseía su dinero y el compromiso público. Para Adela, la boda no era más que una apariencia destinada a romperse ante una pasión verdadera.
Martirio respondió que aquello era una deshonra. Sin embargo, sus palabras no nacían únicamente del temor ni de la defensa de Angustias. Adela comprendió por fin la raíz de su vigilancia.
—Tú también lo quieres.
Martirio quiso negarlo. La acusó de soberbia y de haberlo trastornado todo. Pero Adela insistió, y la verdad salió de sus labios con amargura:
—Sí. Lo quiero.
La confesión dejó a las dos hermanas frente a frente, unidas por el mismo deseo y separadas por un odio que ya no podía ocultarse. Martirio amaba a Pepe sin esperanza. Lo había observado desde la oscuridad y sufría al saber que acudía por Adela. Por eso estaba dispuesta a vigilarla, denunciarla y cerrarle cualquier salida.
—No será para ti —sentenció—. Mientras yo tenga una gota de sangre, no lo tendrás.
Adela no retrocedió.
—Él me quiere a mí. Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, y me pondré delante de todos con la corona de espinas que tienen las que son queridas de algún hombre casado.
Martirio le recordó que aún no estaba casado. Adela contestó que lo estaría con Angustias, pero que ella seguiría encontrándose con él. Aceptaba el escándalo, la persecución y cuanto viniera después con tal de no renunciar.
—Me enseñasteis a querer a mis hermanas —dijo Martirio con dureza—. Pero me habéis puesto en medio del pecho una cosa que no puedo arrancarme.
Las voces comenzaron a elevarse. En aquella casa, donde Bernarda había impuesto silencio y obediencia, el secreto estaba a punto de romper todas las paredes. Adela quiso apartar a Martirio y volver a su cuarto, pero su hermana le cerró el paso una vez más.
—Voy a impedirlo.
—Nadie podrá conmigo. Ya no había posibilidad de reconciliación. Martirio conocía la relación clandestina; Adela conocía los celos de Martirio. Cada una sabía hasta dónde estaba dispuesta a llegar la otra. Y mientras la madrugada avanzaba, la casa entera parecía esperar el choque definitivo entre la voluntad de Bernarda y la rebeldía de su hija menor.
Las voces de Adela y Martirio, afiladas por los celos, despertaron a la casa. Angustias apareció primero, inquieta, preguntando qué sucedía. Detrás llegó Bernarda, firme aún en mitad de la noche, reclamando orden y obediencia.
Martirio ya no quiso callar.
—Adela estaba con él. Mira esas enaguas llenas de paja de trigo.
Angustias comprendió antes de atreverse a preguntar. El nombre de Pepe el Romano quedó suspendido entre las hermanas, como una acusación que nadie podía retirar.
Bernarda exigió la verdad. Adela, acorralada, dejó de fingir. No negó el encuentro ni buscó disculpa. Miró a Angustias y proclamó que Pepe la quería a ella. La boda prometida, la herencia y las apariencias no podían cambiar lo que ocurría cada noche, cuando el hombre abandonaba la ventana de la hermana mayor para buscarla en la oscuridad.
—¡Pepe el Romano es mío! —gritó—. Él me lleva a los juncos de la orilla. Bernarda alzó su bastón. Aquel golpe de madera había mandado durante años: había cerrado puertas, reprimido deseos y obligado a sus hijas a vivir bajo el peso del apellido y del luto. Pero Adela se adelantó, se apoderó del bastón y lo partió en dos.
El chasquido atravesó la casa.
—Esto hago yo con la vara de la dominadora —declaró—. No dé usted un paso más. En mí no manda nadie más que Pepe.
Por primera vez, Bernarda quedó desarmada ante una hija. Su autoridad seguía en la voz, en las paredes y en el miedo de las demás, pero el símbolo de su poder yacía quebrado en el suelo.
Adela se volvió hacia Angustias sin compasión. Le dijo que ya podía ponerse el luto de viuda, pues Pepe sería suyo por entero. Luego llamó a Martirio, la enfrentó con su envidia y repitió que, aunque toda la casa se levantara contra ella, saldría a buscar al hombre que amaba.
Amelia y Magdalena acudieron atraídas por los gritos. La Poncia comprendió que ya no era posible contener lo sucedido. Quiso impedir que el escándalo alcanzara la calle, pero Bernarda solo pensaba en restablecer su mando y defender la honra familiar.
Martirio, herida por la certeza de que Pepe había elegido a Adela, señaló el corral. Allí estaba él, aguardando todavía. Bernarda reaccionó de inmediato. Mandó buscar la escopeta y salió tras el hombre que amenazaba el orden de su casa.
Adela intentó seguirla, pero las hermanas y la criada la retuvieron. Desde fuera llegó un disparo seco.
Durante un instante nadie se movió.
Martirio regresó primero al patio. En su rostro había dolor y una satisfacción desesperada. Miró a Adela y pronunció la frase destinada a destruirla:
—Se acabó Pepe el Romano.
Adela lanzó un grito. Sin escuchar nada más, corrió hacia su habitación y cerró la puerta con violencia.
La Poncia miró a Martirio, alarmada.
—¿Pero lo habéis matado?
Martirio bajó la voz. El disparo no había alcanzado a Pepe. Había escapado en su jaca.
Pero Adela ya no podía oírlo. Al otro lado de la puerta, el silencio había empezado a hacerse insoportable. El disparo aún resonaba en los muros de la casa cuando Bernarda regresó con la escopeta entre las manos. Había apuntado contra Pepe el Romano, pero la oscuridad lo había protegido. Él había saltado sobre su jaca y huido a todo galope.
—No fue culpa mía —dijo Bernarda—. Una mujer no sabe apuntar.
Martirio, que conocía la verdad, miró hacia la puerta por la que Adela acababa de desaparecer. La envidia y el dolor pudieron más que cualquier compasión.
—Se acabó Pepe el Romano —había dicho—. ¡Está muerto!
Adela creyó sus palabras. Sin responder, se encerró en su habitación y echó el cerrojo. Dentro de la casa se hizo una quietud terrible. Bernarda ordenó que se acostaran, como si aún pudiera restablecer la obediencia después del desafío de Adela y del bastón partido. Pero entonces se oyó un golpe tras la puerta cerrada.
La Poncia comprendió antes que nadie.
—¡Adela! ¡Adela, abre!
No hubo respuesta.
Bernarda llamó con toda su autoridad, golpeando la madera.
—¡Abre! ¡Te digo que abras!
Entre Bernarda y la Criada forzaron la puerta. La Poncia entró y lanzó un grito. Adela se había ahorcado. Su cuerpo pendía inmóvil dentro de la habitación donde había buscado refugio.
Bernarda retrocedió, pero no permitió que el dolor quebrara la ley que había impuesto sobre aquella familia. Mandó bajar el cuerpo y ordenó que nadie llorase ante ella. Cuando Martirio confesó que Pepe no había muerto, que había huido a lomos de su caballo, ya era demasiado tarde.
—Dichosa ella mil veces que lo pudo tener —murmuró Martirio, consumida por aquello mismo que había provocado.
Amelia y Magdalena lloraron. Angustias quedó abatida, herida también por la huida del hombre con quien debía casarse. La Poncia contempló a Bernarda y vio que ni siquiera ante la muerte estaba dispuesta a ceder.
Bernarda se acercó a su hija muerta y, con una obstinación feroz, cerró sus párpados.
—Mi hija ha muerto virgen —declaró—. Llevadla a su cuarto y vestidla como si fuera doncella. Nadie dirá nada. Ella ha muerto virgen.
La verdad debía quedar sepultada junto con Adela: sus encuentros nocturnos, su pasión por Pepe, su rebelión y el bastón roto. En el pueblo solo se conocería la versión dictada por Bernarda Alba. Después dispuso que las campanas sonaran dos veces al alba. La casa volvería a vestirse de negro. Un nuevo luto caería sobre aquellas paredes, más sombrío que el primero, porque ya no nacía de la costumbre, sino de una muerte engendrada dentro del encierro.
Las hijas siguieron llorando. Bernarda alzó la voz por última vez, exigiendo que ni una palabra escapase de la casa.
—¡Silencio! ¡Silencio he dicho! ¡Silencio!
Bernarda impone silencio mientras la muerte de Adela sella para siempre la casa.
Guion y voz generados con inteligencia artificial.
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