
A través del espejo: la partida de Alicia
38 min · Clásicos de la literatura

Historia para dormir · Clásicos de la literatura
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En la corte de Dinamarca, el príncipe Hamlet descubre por boca del espectro de su padre que Claudio usurpó la corona mediante el asesinato y se casó con Gertrudis. Entre dudas, fingida locura y una prueba teatral, su búsqueda de certeza y venganza arrastra a Ofelia, Polonio y Laertes hacia la destrucción de Elsinor.
La medianoche había caído sobre el castillo de Elsinor. En lo alto de las murallas, Francisco terminaba su guardia cuando Bernardo surgió de la oscuridad.
—¿Quién anda ahí?
—No; respóndeme tú. ¡Alto y descubre quién eres!
Los centinelas se reconocieron, pero la inquietud no desapareció. Durante las dos noches anteriores, una figura inexplicable había recorrido las almenas. Por eso Marcelo acudía ahora acompañado de Horacio, amigo del príncipe Hamlet y hombre poco dispuesto a creer en fantasmas.
—No vendrá —dijo Horacio.
Apenas había pronunciado esas palabras cuando una silueta armada apareció ante ellos. Llevaba la misma coraza que el difunto rey de Dinamarca había vestido en sus campañas; el mismo rostro severo, la misma barba entrecana. Horacio palideció.
—Se parece al rey como tú a ti mismo.
El espectro avanzó con majestad silenciosa. Horacio le ordenó que hablase, pero la figura se desvaneció sin responder. Los hombres recordaron entonces que Dinamarca se preparaba para la guerra. El joven Fortimbrás de Noruega pretendía recobrar las tierras que su padre había perdido ante el rey Hamlet. Quizá aquella aparición presagiaba calamidades para el reino. Cuando el espectro volvió a mostrarse, Horacio trató de detenerlo; el canto del gallo anunció el amanecer y la sombra desapareció.
—Contémoselo al joven Hamlet —decidió Horacio—. Aunque a nosotros nos niegue la palabra, a él quizá le hable.
Mientras las almenas guardaban aquel secreto, la corte se reunía bajo la autoridad de un nuevo soberano. Claudio, hermano del rey muerto, ocupaba ya el trono y había tomado por esposa a la reina viuda, Gertrudis. Habló con estudiada gravedad del duelo y de las bodas, mezclando en una sola frase la tristeza y el júbilo.
—Con un ojo alegre y otro lloroso —declaró—, hemos celebrado nuestro matrimonio.
Después atendió los asuntos del reino y permitió a Laertes, hijo de Polonio, regresar a Francia. Solo Hamlet permanecía apartado, vestido de negro, incapaz de sumarse a aquella concordia oficial.
—¿Por qué siguen esas nubes sobre ti? —le preguntó Claudio.
—No son nubes, señor. Estoy demasiado al sol —replicó Hamlet, jugando amargamente con las palabras.
Gertrudis le pidió que abandonase el luto. Todos los seres vivos morían, dijo; no debía parecerle extraordinario. Hamlet respondió que su dolor no era una apariencia: ni el manto negro, ni los suspiros, ni las lágrimas podían expresar cuanto llevaba dentro.
Claudio censuró aquella obstinación y le rogó que lo considerase como a un padre. También le negó el regreso a sus estudios en Wittenberg. Hamlet cedió por obediencia a su madre, pero no por afecto al nuevo rey.
Cuando quedó solo, su repugnancia salió a la luz. El mundo le parecía un jardín abandonado, invadido por plantas corruptas. Su padre, muerto apenas dos meses antes, había amado a Gertrudis con devoción; y ella se había casado enseguida con Claudio.
—¡Fragilidad, tienes nombre de mujer! —exclamó—. Los manjares del funeral aún podían servirse en las mesas de la boda.
Entonces llegaron Horacio, Marcelo y Bernardo. Hamlet recibió con alegría a su amigo, pero advirtió pronto la gravedad de su semblante.
—Señor —dijo Horacio—, creo que anoche vi a vuestro padre.
Hamlet quedó inmóvil.
—¿A mi padre?
Horacio relató la aparición: la armadura, el rostro pálido, el silencio y la hora. Hamlet preguntó cada detalle y tomó una decisión.
—Esta noche montaré guardia con vosotros. Si adopta la figura de mi noble padre, le hablaré aunque se abra el infierno y me mande callar.
Pidió secreto a los tres hombres. Algo oculto perturbaba Dinamarca, y Hamlet estaba dispuesto a enfrentarse a ello en las almenas.
A medianoche, Hamlet aguardó en las almenas junto a Horacio y Marcelo. Desde el castillo llegaban el estrépito de las trompetas y el retumbar de los cañones con que Claudio celebraba sus brindis. Hamlet censuró aquella costumbre que, a ojos de otras naciones, manchaba el honor de Dinamarca.
Entonces apareció el espectro.
Vestía la misma armadura del rey muerto y, sin hablar, hizo señas al príncipe para que lo siguiera. Horacio trató de detenerlo.
—¿Y si os conduce hacia el mar, o hasta la cima del acantilado? ¿Y si allí adopta una forma terrible y os arrebata la razón?
Pero Hamlet se soltó de quienes intentaban retenerlo.
—Mi destino me llama. ¡Apartad esas manos!
Siguió a la aparición hasta un lugar solitario. Allí, por fin, el espectro habló.
—Soy el espíritu de tu padre, condenado por un tiempo a vagar durante la noche. Si alguna vez amaste a tu padre, venga su asesinato infame y monstruoso.
Hamlet quedó sobrecogido.
—¿Asesinato?
—Se ha dicho que una serpiente me mordió mientras dormía en mi jardín. Pero la serpiente que quitó la vida a tu padre lleva ahora su corona.
—¡Claudio! —exclamó Hamlet.
El espectro confirmó la sospecha. Mientras el rey dormía, como acostumbraba, entre los árboles del huerto, Claudio se acercó llevando un frasco de veneno. Vertió aquel licor mortal en su oído, y el tóxico se extendió con rapidez por su sangre. Así le fueron arrebatados de una vez la vida, la corona y la reina; y murió sin confesión ni preparación alguna.
—Si tienes naturaleza en ti, no lo toleres —ordenó el espectro—. No permitas que el lecho real de Dinamarca siga siendo morada del incesto. Pero, sea cual sea tu propósito, no manches tu alma contra tu madre. Déjala al cielo y a las espinas de su propia conciencia.
La primera luz del alba comenzaba a vencer a la noche. El espectro se despidió:
—Acuérdate de mí.
Y desapareció.
Hamlet quedó solo, trastornado por la revelación. Juró borrar de su memoria cuanto no fuera aquel mandato. Claudio, el rey sonriente y cortés, era un asesino.
—¡Adiós, adiós! Y acuérdate de mí —repitió—. Lo he jurado.
Horacio y Marcelo llegaron llamándolo. Hamlet evitó revelarles lo sucedido, pero les exigió que guardaran silencio sobre la aparición. Los llevó hasta un lugar apartado y les pidió que juraran sobre su espada. Cuando iban a hacerlo, la voz del espectro resonó bajo tierra:
—¡Jurad!
Sobresaltados, cambiaron de sitio; pero la voz volvió a exigir el juramento. Horacio, maravillado y temeroso, obedeció al fin junto con Marcelo. Entonces Hamlet les anunció una precaución más. Quizá, desde aquel momento, considerase conveniente adoptar una conducta extraña, como si hubiera perdido el juicio. Si así ocurría, ninguno de ellos debía insinuar, con gestos o palabras ambiguas, que conocía la causa verdadera.
Ambos prometieron callar.
Hamlet miró hacia el castillo. Sobre él pesaba ya una tarea terrible: descubrir el modo de cumplir la orden del muerto sin entregarse ciegamente a las apariencias.
—El tiempo está fuera de quicio —murmuró—. ¡Maldita suerte, haber nacido yo para enderezarlo!
Y los tres abandonaron las almenas mientras amanecía sobre Elsinor. Hamlet regresó a la corte llevando consigo un secreto, una promesa de venganza y la máscara de una locura todavía por representar.
Antes de partir hacia Francia, Laertes había llamado aparte a su hermana. Con afecto, pero también con la severidad de quien cree conocer los peligros de la corte, le habló de Hamlet.
—Puede que sus palabras sean sinceras —le advirtió—, pero no es dueño de su voluntad. Es príncipe de Dinamarca, y su elección habrá de someterse a los intereses del reino. Guarda tu honra y no entregues el corazón a promesas que quizá no pueda cumplir.
Ofelia escuchó en silencio. Luego le pidió que no fuese uno de esos hombres que señalan a otros el camino estrecho de la virtud mientras ellos mismos pisan las flores del placer. Laertes aceptó la reprensión y se despidió.
Polonio, que había oído parte de la conversación, quiso saber qué ocurría. Cuando Ofelia confesó que Hamlet le hablaba de amor y acompañaba sus palabras con juramentos, su padre se burló de su credulidad.
—Esas promesas son trampas para pájaros incautos. Desde hoy no volverás a recibirlo ni a conversar con él.
Ofelia obedeció. Rechazó las cartas del príncipe, evitó su presencia y guardó los recuerdos que él le había entregado para devolvérselos cuando pudiera. Poco después, entró aterrada en la estancia de Polonio. Hamlet acababa de presentarse ante ella con el jubón desabrochado, sin sombrero, las medias sucias y caídas sobre los tobillos. Estaba pálido y le temblaban las rodillas.
—Me tomó por la muñeca —contó Ofelia— y me sujetó con fuerza. Después se apartó cuanto le permitía su brazo y se quedó mirándome como si quisiera dibujar mi rostro. Permaneció así largo rato. Al fin me sacudió suavemente el brazo, movió tres veces la cabeza y dejó escapar un suspiro tan hondo y doloroso que parecía romperle el cuerpo. Luego salió sin apartar los ojos de mí.
—¿Está loco por tu amor? —preguntó Polonio.
—No lo sé, señor. Pero lo temo.
Polonio quiso saber si ella había tratado al príncipe con aspereza. Ofelia respondió que, siguiendo sus órdenes, había rechazado sus visitas y devuelto sus cartas. Aquello bastó para que el anciano construyera una explicación completa: Hamlet, privado de la presencia de Ofelia, había caído primero en la tristeza, después en el ayuno, luego en el insomnio, la debilidad y, por último, en la locura.
—Ven conmigo —dijo—. Debemos contárselo al rey. Más vale que se descubra mi error que ocultar un amor capaz de causar semejante daño.
Polonio acudió ante Claudio y Gertrudis convencido de haber resuelto el enigma que inquietaba a toda la corte. Con su habitual abundancia de palabras, anunció que había hallado la causa de la transformación del príncipe.
—Vuestro noble hijo está loco —declaró—. Y puesto que la locura consiste precisamente en estar loco, dejemos a un lado las definiciones.
Para demostrarlo, leyó una carta en la que Hamlet llamaba a Ofelia «ídolo celestial de mi alma» y juraba amarla mientras aquella máquina mortal le perteneciese. Polonio explicó entonces que había ordenado a su hija cerrarle las puertas y rechazar sus mensajes.
Gertrudis preguntó si aquello podía ser realmente la causa. Polonio no mostró duda alguna. Propuso que Ofelia se encontrara con Hamlet mientras él y el rey observaban ocultos. Si el amor no era el origen de su trastorno, renunciaría a su cargo y se dedicaría a labrar la tierra.
Claudio aceptó considerar la prueba. Así, mientras Hamlet fingía desvarío para encubrir un propósito de sangre, Polonio confundía la máscara con una enfermedad amorosa. Y Ofelia, obediente entre el mandato de su padre y el extraño dolor del príncipe, quedaba convertida, sin saberlo, en instrumento de la vigilancia de la corte. Claudio no se conformó con la explicación de Polonio. Si Hamlet había perdido el juicio por amor, convenía comprobarlo; pero si su extraña conducta ocultaba otra causa, el rey necesitaba conocerla cuanto antes.
Por eso llamó a Rosencrantz y Guildenstern, antiguos compañeros del príncipe. Los recibió junto a Gertrudis y les habló con fingida solicitud.
—Hamlet se ha transformado —dijo—. Ni por fuera ni por dentro parece el mismo. Puesto que habéis compartido con él los años de juventud, permaneced algún tiempo en la corte. Tratadlo, distraedlo y averiguad qué pena secreta lo atormenta.
La reina añadió que Hamlet los apreciaba y prometió recompensar sus servicios. Ambos aceptaron sin resistencia. Al salir, ya no eran simples amigos llegados a Elsinor, sino instrumentos del rey. Entonces Polonio anunció que había encontrado la causa de la locura del príncipe. Después de despachar a los embajadores recién llegados de Noruega, leyó ante los reyes una carta que Hamlet había escrito a Ofelia. En ella, el príncipe declaraba un amor desmedido y firmaba como quien se sabía enteramente suyo.
—Mi hija, obediente, me mostró estas palabras —explicó Polonio—. Le ordené que rechazara sus visitas y devolviera sus regalos. Desde entonces, Hamlet ha caído en la tristeza, el ayuno, el insomnio y, finalmente, la demencia.
Claudio escuchó sin decidirse. Polonio propuso una prueba: harían que Ofelia se encontrase con Hamlet mientras ellos observaban ocultos. Si el príncipe no daba muestras de sufrir por ella, Polonio aceptaría quedar por necio.
Poco después apareció Hamlet, leyendo. Polonio se acercó para tantearlo.
—¿Me conocéis, señor?
—Perfectamente. Sois un vendedor de pescado.
El anciano negó serlo, y Hamlet continuó hablando con una lógica quebrada solo en apariencia. Mezcló burlas sobre la honradez, la vejez y las hijas con frases tan certeras que Polonio se apartó murmurando:
—Aunque esto sea locura, hay método en ella.
Rosencrantz y Guildenstern encontraron luego al príncipe. Hamlet los recibió con afecto, pero pronto advirtió sus vacilaciones.
—¿Qué habéis hecho para que la fortuna os envíe a esta prisión?
—¿Prisión, señor?
—Dinamarca es una prisión.
Ellos intentaron atribuir aquellas palabras a su ambición. Hamlet replicó que podría vivir encerrado en una cáscara de nuez y creerse rey del espacio infinito, si no fuera por sus malos sueños. Después los miró fijamente.
—Decidme la verdad. ¿Habéis venido por voluntad propia? ¿O han mandado buscaros?
Los dos callaron. Hamlet insistió, y sus rostros acabaron confesando antes que sus bocas.
—El rey y la reina nos enviaron —admitió Guildenstern.
Hamlet les evitó una mentira más. Les habló de la melancolía que había borrado para él la belleza de la tierra y del cielo. El hombre, esa criatura admirable, ya no le producía deleite. Sin embargo, no reveló la aparición del espectro ni la acusación contra Claudio. Sabía ya que lo rodeaban ojos y oídos al servicio del trono. Y también sabía que una voz llegada de la muerte, por terrible que fuese, no bastaba todavía para derramar sangre. El espíritu podía haber dicho verdad; pero también podía ser una fuerza engañosa que se aprovechara de su dolor. Antes de matar al rey, Hamlet necesitaba una prueba que alcanzara a los vivos y obligara a Claudio a delatarse.
Rosencrantz y Guildenstern, incapaces de ocultar por completo el encargo que los había llevado a Elsinor, procuraron distraer a Hamlet con una noticia: una compañía de comediantes acababa de llegar al castillo.
El príncipe recibió a los actores con una cordialidad que contrastaba con la aspereza dedicada a los cortesanos. Conocía a algunos de ellos y pidió al principal que recitase un pasaje sobre la caída de Troya: el momento en que Pirro, cubierto de sangre, mata al anciano Príamo, mientras Hécuba contempla la ruina de su esposo y de su reino.
El actor comenzó. A medida que avanzaba el relato, su voz se quebró y sus ojos se llenaron de lágrimas por el dolor de una reina que solo existía en una historia.
Polonio, impaciente, quiso interrumpirlo.
—Eso es demasiado largo.
—Continuad —ordenó Hamlet.
Cuando terminó la recitación, el príncipe mandó que atendieran bien a toda la compañía. Luego llamó de nuevo al actor principal.
—Mañana representaréis ante el rey. ¿Conocéis El asesinato de Gonzago?
El comediante respondió que sí.
—Preparadla. Añadiré unos versos y quiero que los aprendáis para la función.
El actor aceptó y salió con los demás. Rosencrantz, Guildenstern y Polonio abandonaron también la estancia. Hamlet quedó solo. Entonces se volvió contra sí mismo. Aquel actor había palidecido y llorado por Hécuba, una mujer a la que nunca había conocido; él, en cambio, tenía un padre asesinado, una madre casada con el usurpador y una corona arrebatada, y todavía no había hecho nada.
—¡Qué miserable soy! —se reprochó—. Puedo hablar, acusar y enfurecerme, pero no actuar.
Sin embargo, su cólera cedió ante la cautela. El espectro podía haber dicho la verdad, pero también podía ser un espíritu maligno que aprovechase su tristeza para empujarlo al crimen y a la condenación. Necesitaba una prueba que no dependiera de voces llegadas de la noche.
Entonces comprendió para qué serviría la obra.
Los comediantes representarían ante Claudio un asesinato semejante al descrito por el fantasma: un soberano dormido en un jardín y un asesino que vertería veneno en su oído para apoderarse de su vida, de su trono y de su esposa. Hamlet observaría el rostro de su tío cuando apareciese aquella escena.
—La representación será la trampa —dijo— en que prenderé la conciencia del rey.
Antes de la función buscó a Horacio, el único hombre de la corte cuya lealtad no ponía en duda. Le recordó cuanto el espectro había revelado y le explicó la prueba que preparaba.
—Durante la obra habrá una escena parecida a la muerte de mi padre. Cuando llegue, vigila a mi tío con toda la atención de tu alma. Yo también lo observaré. Después compararemos nuestros juicios.
Horacio aceptó sin precipitación.
—Si durante la representación muestra algo que pueda escapar a mis ojos, asumiré la culpa.
Hamlet le agradeció aquella firmeza. No buscaba una sospecha nacida de su propio rencor, sino dos testimonios coincidentes. Si Claudio permanecía sereno, tendría que desconfiar del espectro. Pero si el rey se alteraba ante la imagen del crimen, su reacción hablaría por él.
Ya estaba dispuesto el salón, y la corte comenzaba a reunirse. Hamlet se preparó para ocultar su propósito bajo bromas y palabras ambiguas. Los actores aguardaban la señal. Claudio iba a sentarse frente al escenario sin saber que la ficción reproduciría su secreto.
La prueba estaba preparada. Solo faltaba que el rey contemplase su propio crimen. Mientras los comediantes se preparaban para representar la obra con la que Hamlet pensaba probar la culpa del rey, Claudio y Polonio dispusieron otra prueba. Harían que Ofelia encontrase al príncipe como por casualidad; ellos, ocultos, escucharían sus palabras y averiguarían si el amor desdeñado era la causa de su extraña conducta.
Ofelia quedó sola, con un libro entre las manos. Pero antes de que ella hablase, Hamlet entró absorto, como si sostuviera un debate ante un tribunal invisible.
—Ser o no ser: esa es la cuestión. ¿Qué es más digno para el ánimo: soportar los golpes y las flechas de una fortuna ultrajante, o alzarse contra un mar de adversidades y, haciéndoles frente, acabar con ellas?
Morir era dormir. Nada más. Y en ese sueño podían concluir el dolor del corazón y los innumerables males que hereda la carne. Parecía un final deseable. Pero dormir era también soñar, y ahí surgía el temor: nadie sabía qué sueños podían venir tras la muerte, cuando el cuerpo hubiese quedado atrás.
—Ese recelo —continuó— nos hace soportar una vida tan larga. Pues ¿quién aguantaría los azotes del tiempo, la injusticia del opresor, el desprecio del soberbio, la angustia del amor desairado, la tardanza de la ley y las humillaciones que el mérito recibe de los indignos, si pudiera darse descanso con un simple puñal?
Era el miedo a aquello que esperaba más allá de la tumba, aquel país desconocido de cuyos confines ningún viajero regresaba, lo que paralizaba la voluntad. La conciencia convertía a todos en cobardes; el pensamiento debilitaba las resoluciones más firmes y desviaba las grandes empresas de su curso.
Entonces vio a Ofelia.
—El hermoso príncipe —dijo ella—, ¿cómo ha estado vuestra alteza tantos días?
Hamlet respondió con cortesía distante. Ofelia le mostró los regalos y recuerdos que él le había dado y le pidió que los aceptase de nuevo.
—Yo nunca te di nada —replicó Hamlet.
Ella insistió: sí se los había dado, acompañados de palabras tan dulces que aumentaban su valor. Pero, al perder su perfume aquellas palabras, también los presentes habían perdido el suyo.
Hamlet la miró con dureza. Tal vez sospechaba que no estaban solos; tal vez su crueldad nacía también de la furia que le inspiraban la falsedad de la corte y el matrimonio de su madre.
—¿Eres honrada? ¿Eres hermosa? Yo te amé una vez.
—Así me lo hicisteis creer, señor.
—No debiste creerme. Yo no te amaba. Vete a un convento. ¿Por qué habrías de engendrar pecadores? Ofelia contempló, consternada, al hombre que había admirado. Hamlet arremetió contra el matrimonio, la coquetería y el engaño. Después preguntó de pronto:
—¿Dónde está tu padre?
—En casa, señor —mintió Ofelia.
—Que cierren las puertas sobre él, para que no haga el necio sino en su propia casa.
Hamlet se alejó repitiendo su mandato: que fuese a un convento. Ofelia, quebrantada, lamentó la caída de aquel espíritu noble: el cortesano, el soldado y el sabio; la esperanza del reino, ahora descompuesta ante sus ojos.
Claudio y Polonio salieron de su escondite. El rey no había oído en Hamlet el delirio de un enamorado. Sus palabras ocultaban algo más profundo y peligroso.
—Lo que dice no se parece a la locura —sentenció—. Hay algo en su alma sobre lo que se posa su melancolía, y temo que al romper el cascarón nazca algún peligro.
Decidió enviarlo cuanto antes a Inglaterra, con el pretexto de cobrar los tributos atrasados. Polonio aún pidió que, después de la representación, la reina hablase a solas con su hijo mientras él escuchaba oculto. Claudio aceptó, pero su resolución ya estaba tomada: Hamlet debía abandonar Dinamarca.
Aquella noche, la corte se reunió para asistir a la comedia. Entraron el rey Claudio y la reina Gertrudis, seguidos por Polonio, Ofelia y los cortesanos. Horacio permaneció cerca de Hamlet, atento a la misión que el príncipe le había confiado: observar el rostro del rey cuando los actores representasen el asesinato descrito por el espectro.
—Si durante esa escena no revela su culpa —le había dicho Hamlet—, entonces lo que vimos en las almenas fue un espíritu engañador, y mis sospechas no merecen crédito.
Gertrudis invitó a su hijo a sentarse junto a ella, pero Hamlet rehusó y se acomodó a los pies de Ofelia. Sus palabras fueron agudas, equívocas, por momentos crueles. Ofelia soportó aquella extraña ligereza, sin saber si hablaba el príncipe que había amado o el hombre que fingía haber perdido la razón.
—Estáis alegre, alteza —observó ella.
—¿Y qué habría de hacer un hombre sino estar alegre? —respondió Hamlet—. Mirad qué contenta parece mi madre, y mi padre murió hace apenas dos horas.
—Hace dos veces dos meses, señor.
—¿Tanto tiempo? Entonces que el diablo vista de luto. La representación comenzó con una pantomima. Un rey y una reina se mostraron unidos por un afecto solemne. El rey se tendió a dormir en un jardín. Entonces apareció otro hombre, le quitó la corona y vertió veneno en su oído. Después buscó a la viuda y, tras fingir pesar, obtuvo su amor.
Claudio contempló la escena sin interrumpirla, pero Hamlet no apartó los ojos de él.
Luego llegaron los versos. El rey de la ficción habló de su cansancio y se retiró a descansar. Su esposa juró que jamás volvería a casarse si él moría.
—La dama promete demasiado —dijo Gertrudis.
Hamlet respondió con una ironía que solo ella podía comprender a medias:
—Pero cumplirá su palabra.
Claudio preguntó por el nombre de la obra.
—La ratonera —contestó Hamlet—. Es una imagen de un asesinato cometido en Viena. El duque se llama Gonzago; su esposa, Baptista. Una historia perversa, majestad, pero no hay motivo para inquietarse: a quien tiene limpia la conciencia nada puede ofenderle.
En escena apareció Luciano, sobrino del rey. Hamlet anunció que aquel personaje envenenaría al soberano. El actor se acercó al durmiente y, mientras pronunciaba palabras sobre hierbas recogidas a medianoche, derramó el veneno en su oído.
Claudio se levantó de golpe.
—¡Luz! —ordenó.
La representación se quebró. Polonio mandó detener a los comediantes. Los cortesanos acudieron alrededor del rey, que abandonó la sala sin disimular ya su perturbación. Tras él salieron Gertrudis y los demás, entre voces confusas y antorchas agitadas.
Hamlet quedó exultante. Para él, aquella huida equivalía a una confesión. Citó versos, se burló de la corte y declaró que, si la fortuna le abandonaba, aún podría ganarse la vida como actor.
Horacio, más sereno, confirmó lo que había visto.
—Observé al rey con atención. Cuando apareció el veneno, cambió su semblante.
—¡Apostaría mil libras por la palabra del espectro! —exclamó Hamlet. Llegaron entonces Rosencrantz y Guildenstern. Claudio se encontraba alterado, dijeron, y la reina deseaba hablar con su hijo en sus aposentos. Hamlet los recibió con sarcasmo. Cuando Guildenstern intentó averiguar la causa de su conducta, el príncipe tomó una flauta y le pidió que la tocase. El cortesano confesó que no sabía hacerlo.
—Pues ved qué cosa tan indigna hacéis conmigo —replicó Hamlet—. Pretendéis arrancarme mis secretos, como si conocierais mis registros y mis llaves; y, sin embargo, no sabéis hacer hablar a este pequeño instrumento.
Después se encaminó hacia la estancia de su madre. La noche había confirmado la culpa de Claudio. Hamlet estaba dispuesto a hablar con palabras afiladas, aunque se juró no emplear el acero contra Gertrudis.
La corte se dispersó tras la brusca interrupción de la comedia. Claudio había ordenado que encendieran las luces, pero ninguna claridad podía ya ocultar su turbación. La representación había reproducido ante sus ojos el crimen cometido en el jardín, y el rey comprendió que Hamlet sabía demasiado.
Mientras el príncipe avanzaba hacia los aposentos de su madre, Claudio buscó la soledad. Apartó a sus servidores y quedó a solas con aquello que llevaba años evitando nombrar. Entonces intentó arrodillarse.
—Mi culpa es repugnante; su hedor llega hasta el cielo —confesó—. Lleva sobre sí la más antigua de las maldiciones: el asesinato de un hermano.
Quiso rezar, pero las palabras no acudieron. ¿De qué servía pedir perdón si aún conservaba el fruto del crimen? Había matado al rey Hamlet para ceñirse la corona de Dinamarca y hacer suya a la reina Gertrudis. Y no estaba dispuesto a renunciar ni al trono ni a la mujer por quienes había derramado aquella sangre.
—¿Puede alguien ser perdonado y retener al mismo tiempo la causa de su delito?
En los tribunales de los hombres, pensó, el oro y el poder podían torcer la justicia. El culpable podía comprar la ley con lo mismo que había robado. Pero ante el cielo no había sobornos: allí el acto quedaba desnudo, y el criminal debía enfrentarse a su propia naturaleza.
Claudio levantó los ojos, desesperado.
—Doblaos, rodillas obstinadas. Y tú, corazón, abrándate. Quizá todavía pueda hallarse misericordia.
Se arrodilló al fin, aunque su arrepentimiento no era entero. En ese momento entró Hamlet. Llevaba aún encendida la certeza que le había dado la función. Ya no dudaba de la palabra del espectro: Claudio era el asesino de su padre. Al verlo solo, desarmado y de rodillas, desenvainó la espada.
—Ahora podría hacerlo —murmuró.
La ocasión parecía perfecta. Un solo golpe cumpliría la orden del rey muerto. Sin guardias, sin testigos, sin posibilidad de defensa. Hamlet avanzó un paso, con la punta del acero dirigida hacia la espalda de su tío.
Pero se detuvo.
Creyó que Claudio estaba rezando y, por tanto, reconciliándose con Dios. Si lo mataba en aquel instante, razonó, su alma podría alcanzar la salvación. ¿Sería eso venganza? Su padre había muerto de improviso, sin confesión ni preparación, cargado con sus faltas. En cambio, el asesino sería enviado al cielo por la mano del hijo de su víctima.
—No —decidió Hamlet—. Guarda tu espada y espera una ocasión más terrible.
Se prometió sorprender a Claudio entregado al vino, a la ira, al incesto o a cualquier acto que condenara su alma. Solo entonces, pensó, la venganza sería completa. Envainó el arma y abandonó la estancia para acudir al encuentro con Gertrudis.
Hamlet ignoraba la amarga verdad. Claudio no había conseguido rezar. Sus rodillas estaban inclinadas, pero su voluntad seguía aferrada a la corona y a la reina. Cuando el príncipe se marchó, el rey se alzó lentamente.
—Mis palabras vuelan hacia lo alto —dijo—, pero mis pensamientos permanecen abajo. Y las palabras sin pensamiento nunca llegan al cielo.
Así pasó intacto el instante en que Hamlet habría podido vengar a su padre. La duda, disfrazada de escrúpulo, apartó su espada. Pero la violencia no había sido evitada: solo se había desplazado. Al otro lado del castillo, Gertrudis aguardaba a su hijo, y tras un tapiz alguien se disponía a escuchar su conversación.
Gertrudis aguardaba a su hijo en sus aposentos. Antes de que Hamlet llegara, Polonio se ocultó tras un tapiz para escuchar la conversación y pidió a la reina que reprendiera al príncipe con severidad.
Hamlet entró resuelto.
—Hamlet, has ofendido gravemente a tu padre —dijo Gertrudis.
—Madre, vos habéis ofendido gravemente al mío.
La reina intentó poner fin a aquella insolencia, pero Hamlet le cerró el paso. No pretendía herirla, sino obligarla a contemplar aquello que se negaba a reconocer.
—No saldréis hasta que os ponga delante un espejo donde veáis lo más íntimo de vuestra alma.
Gertrudis, asustada por la vehemencia de su hijo, pidió socorro. Desde detrás del tapiz, Polonio repitió el grito.
—¡Socorro! ¡Socorro!
Hamlet desenvainó la espada.
—¿Qué es eso? ¿Una rata?
Atravesó el tapiz de una estocada. Se oyó un gemido, y el cuerpo de Polonio cayó al suelo. —¡Qué acción tan cruel y sangrienta! —exclamó Gertrudis.
—Casi tan cruel, madre, como matar a un rey y casarse con su hermano.
Hamlet levantó el tapiz y descubrió a Polonio. Había esperado encontrar allí a Claudio; al reconocer al anciano consejero, lo llamó necio entrometido y lamentó que su afán de espionaje lo hubiese conducido a la muerte. Pero no se apartó de su propósito. Mostró a Gertrudis los retratos de los dos hermanos: la noble majestad del rey Hamlet frente a la corrupción de Claudio. Le reprochó haber abandonado a un esposo semejante para compartir el lecho con el asesino.
La reina, quebrantada, le suplicó que dejara de hablar.
—¡Vuelves mis ojos hacia mi propia alma! —dijo—. Y allí veo manchas tan negras que jamás podrán borrarse.
Entonces apareció el espectro del rey muerto. Vestía como en las almenas, pero solo Hamlet podía verlo.
—¿Qué deseáis de mí? —preguntó el príncipe.
El espectro le recordó que estaba retrasando la venganza y le ordenó que consolara a Gertrudis, abatida por el espanto. La reina, incapaz de ver la aparición, creyó que Hamlet hablaba con el aire y que su locura era verdadera.
—No es locura —aseguró él—. Es el fantasma de mi padre.
Hamlet le pidió que no revelara a Claudio lo sucedido aquella noche y que no volviera voluntariamente a su lecho. Después le habló del viaje a Inglaterra. Sabía que Rosencrantz y Guildenstern llevaban órdenes del rey y sospechaba una traición, pero afirmó que haría estallar la trampa contra quienes la habían preparado.
Al marcharse, arrastró consigo el cadáver de Polonio.
La noticia llegó pronto a Claudio. Gertrudis contó que Hamlet, en un arrebato, había matado al consejero oculto tras el tapiz. El rey comprendió que la espada podía haberlo alcanzado a él. Ya no bastaba con vigilar al príncipe: debía apartarlo de Dinamarca antes de que su propia culpa quedara expuesta.
Ordenó a Rosencrantz y Guildenstern que encontraran el cuerpo y prepararan la partida inmediata. Ante la corte, presentó el viaje como una medida necesaria para contener el peligro. Pero las cartas selladas que enviaba al monarca inglés encerraban una orden secreta: Hamlet debía morir en cuanto desembarcara.
El príncipe partió bajo custodia, rumbo a Inglaterra, mientras en Elsinor quedaban el cadáver de Polonio, una reina atormentada y un rey que acababa de convertir el destierro en sentencia de muerte. La muerte de Polonio dejó en Elsinor una herida que nadie sabía cerrar. Ofelia, privada de su padre y quebrantada por el rechazo de Hamlet, perdió el juicio. Entró ante la reina con los cabellos sueltos y la mirada errante, cantando versos inconexos sobre sepulturas, amores traicionados y muertos que no regresan.
—¿Dónde está la hermosa majestad de Dinamarca? —preguntó.
Gertrudis intentó consolarla, pero Ofelia parecía escuchar voces lejanas. Cuando apareció Claudio, ella habló de su padre bajo tierra y repartió flores imaginarias: romero para el recuerdo, pensamientos para la memoria, hinojo y aguileñas para la falsedad. Para sí guardó la ruda, hierba amarga del arrepentimiento.
—Mi hermano sabrá lo ocurrido —dijo antes de alejarse cantando.
Y Laertes ya había regresado. Irrumpió en palacio al frente de una multitud que lo aclamaba rey. Desenvainó la espada ante Claudio y exigió saber cómo había muerto Polonio y por qué lo habían enterrado en secreto.
—Devuélveme a mi padre —gritó.
Claudio no perdió la calma. Aseguró que no era culpable y prometió mostrarle toda la verdad. Entonces volvió Ofelia. Laertes contempló a su hermana, deshecha por la locura, y su cólera se hizo más profunda.
—¡Oh rosa de mayo! —exclamó—. ¿También tu razón ha sido enterrada con nuestro padre? Mientras tanto, en el barco rumbo a Inglaterra, Hamlet sospechó de la misión. Una noche sustrajo el pliego que Rosencrantz y Guildenstern custodiaban y rompió el sello real. Allí encontró la orden de Claudio: en cuanto el príncipe pisara suelo inglés, debía ser ejecutado sin demora.
Hamlet redactó otra carta. En ella mandaba dar muerte a los propios portadores del mensaje. La selló con el anillo de su padre, cuyo emblema reproducía el de Dinamarca, y devolvió el pliego a su lugar. Poco después, unos piratas atacaron la nave. En el combate, Hamlet saltó a su barco y quedó separado de sus compañeros. Los piratas, esperando obtener recompensa, lo llevaron de regreso a Dinamarca.
Desde allí envió cartas. A Horacio le contó la traición y su inesperada salvación; a Claudio le anunció, con inquietante cortesía, que pronto comparecería ante él.
El rey recibió la noticia mientras trataba de ganar a Laertes para su causa. Le explicó que Hamlet había matado a Polonio y que solo el amor de Gertrudis y el favor popular habían impedido castigarlo abiertamente. Laertes juró vengarse.
—Le cortaría la garganta incluso en una iglesia —dijo.
Entonces llegó la reina con otra desgracia. Ofelia había caído al agua junto a un sauce. Las ramas se quebraron cuando intentaba colgar en ellas sus guirnaldas. Durante unos instantes, sus vestidos la sostuvieron y ella siguió cantando, como si no comprendiera el peligro. Después, empapadas las ropas, la arrastraron al fondo.
Laertes quiso contener el llanto, pero no pudo.
—Demasiada agua tienes ya, pobre Ofelia —murmuró—. Por eso reprimo mis lágrimas.
Salió del salón, vencido por el dolor. Claudio siguió tras él, temiendo que aquella nueva pérdida encendiera una furia imposible de dominar. Hamlet había vuelto; Laertes deseaba sangre, y la muerte de Ofelia acababa de estrechar el círculo de la venganza.
Hamlet regresó a Dinamarca acompañado de Horacio. Cerca de Elsinor, ambos atravesaron un cementerio donde dos sepultureros abrían una fosa. Uno de ellos cantaba mientras arrojaba huesos fuera de la tierra, y aquella indiferencia ante los restos humanos sorprendió al príncipe.
Hamlet se acercó y preguntó para quién era la tumba. El sepulturero respondió con juegos de palabras, sin revelar el nombre del difunto. Luego levantó un cráneo y explicó que había permanecido bajo tierra veintitrés años.
—¿De quién era? —preguntó Hamlet.
—De Yorick, el bufón del rey.
Hamlet tomó el cráneo entre las manos.
—¡Ay, pobre Yorick! Yo le conocí, Horacio. Era hombre de gracia infinita y de admirable fantasía. Me llevó mil veces sobre sus hombros. ¿Dónde están ahora tus bromas, tus canciones, tus carcajadas?
Contemplando aquellos restos, pensó en Alejandro y en César, conquistadores reducidos al mismo polvo que cualquier mendigo. La muerte borraba los rangos, la hermosura y la gloria; hasta el barro de un emperador podía acabar tapando una grieta. Entonces llegó un cortejo fúnebre. El rey Claudio y la reina Gertrudis avanzaban junto a Laertes y varios cortesanos. Hamlet y Horacio se apartaron para observar. El sacerdote declaró que la muerta había recibido más ceremonias de las permitidas, pues las circunstancias de su muerte despertaban sospechas de suicidio. No habría para ella todos los ritos reservados a quienes morían en paz con la Iglesia.
Laertes, indignado, exigió mayores honras.
—Depositadla en la tierra. De su carne pura brotarán violetas, mientras tú, sacerdote cruel, yacerás entre piedras.
Al oír esas palabras y ver el cuerpo, Hamlet comprendió la verdad.
—¡Ofelia! —clamó la reina, esparciendo flores—. Esperaba que fueras esposa de mi Hamlet, no adornar tu sepultura.
Laertes, quebrado por el dolor, saltó dentro de la fosa y pidió que lo enterraran con su hermana. Hamlet ya no pudo permanecer oculto. Salió de su escondite y se dio a conocer.
—¿Quién expresa un dolor tan poderoso? Soy Hamlet, príncipe de Dinamarca.
Entró también en la tumba. Laertes se abalanzó sobre él y ambos forcejearon entre la tierra recién removida. Los cortesanos tuvieron que separarlos.
—Yo amaba a Ofelia —gritó Hamlet—. Ni cuarenta mil hermanos, con todo su amor reunido, podrían igualar el mío.
Laertes respondió con amenazas. Hamlet, arrebatado, lo desafió a mostrar qué estaba dispuesto a hacer por su pena: llorar, combatir, dejarse enterrar vivo. Gertrudis atribuyó aquella violencia a la locura de su hijo, pero Claudio observó en silencio. Sabía que el odio de Laertes podía servir todavía a sus designios.
Cuando Hamlet se retiró con Horacio, el rey se acercó a Laertes y le pidió paciencia.
—Recuerda nuestro acuerdo —le dijo en voz baja—. Pronto llegará la ocasión. Mantén vivo tu propósito.
Claudio había encauzado ya la furia del joven hacia un plan preciso: un duelo de esgrima aparentemente amistoso. Laertes usaría una espada sin botón, cuya punta estaría untada con un veneno mortal. Y, por si el golpe fallaba, el rey prepararía una copa envenenada para Hamlet.
Así, junto a la tumba abierta de Ofelia, el dolor de los vivos quedó convertido en instrumento de asesinato. Mientras Hamlet se alejaba sin conocer la trampa, Claudio dispuso que el duelo se celebrara cuanto antes.
En el gran salón de Elsinor, la corte se reúne para presenciar el duelo. Claudio proclama que todo será amistad y destreza; pero junto a él aguardan la espada de Laertes, untada con un veneno mortal, y una copa preparada para Hamlet.
Antes de comenzar, Hamlet se vuelve hacia su adversario.
—Perdonadme, señor. Lo que hice contra vuestro honor no fue Hamlet quien lo hizo, sino su locura.
Laertes acepta sus palabras solo en apariencia. Conserva intacta su sed de venganza.
Osric entrega los floretes. Hamlet prueba el suyo; Laertes elige cuidadosamente el arma sin botón. Empieza el combate. Hamlet logra el primer tocado y después el segundo. Claudio alza la copa envenenada.
—Esta perla es tuya, Hamlet. Bebe.
—Después del asalto, señor.
La reina, orgullosa de su hijo, toma la copa.
—Gertrudis, no bebas —ordena Claudio.
—Beberé, mi señor.
Y bebe. El rey no se atreve a detenerla ni a revelar la trampa. Laertes ataca con decisión y alcanza a Hamlet. La punta envenenada le abre la carne. En el forcejeo, ambos pierden sus floretes y, al recogerlos, los intercambian. Hamlet acomete entonces con el arma traidora y hiere a Laertes.
De pronto, Gertrudis cae.
—¡La reina! —grita Horacio.
Claudio pretende atribuirlo al desmayo provocado por la sangre, pero ella reúne sus últimas fuerzas.
—No, no... La bebida. ¡La bebida! Mi querido Hamlet... La copa está envenenada.
Muere. Hamlet exige que cierren las puertas y busca al traidor. Laertes, sintiendo ya el veneno en su propia sangre, abandona el engaño.
—Aquí está, Hamlet. Tú estás muerto. No hay medicina capaz de salvarte. El arma está envenenada. El rey tiene la culpa de todo.
Hamlet se vuelve hacia Claudio.
—¿La punta envenenada también? Entonces, veneno, cumple tu obra.
Hiere al rey con la espada y, mientras Claudio pide auxilio, le obliga a beber de la copa mortal.
—¡Sigue a mi madre!
Claudio cae. Laertes pide perdón a Hamlet y le ofrece el suyo. Poco después muere.
El veneno avanza por el cuerpo del príncipe. Horacio toma la copa para morir con él, como un romano antiguo, pero Hamlet se la arrebata.
—Si alguna vez me llevaste en tu corazón, renuncia por un tiempo a la felicidad de la muerte. Permanece en este mundo cruel para contar mi historia.
A lo lejos suenan marchas. Fortimbrás regresa victorioso de Polonia, y los embajadores ingleses traen la noticia de que Rosencrantz y Guildenstern han muerto. Hamlet, ya sin fuerzas, concede su voto al príncipe noruego.
—Lo demás es silencio.
Hamlet muere en brazos de Horacio. Fortimbrás entra y contempla la corte destruida: Gertrudis, Claudio, Laertes y Hamlet yacen en el salón. Horacio promete explicar los actos sangrientos, los engaños, las muertes accidentales y las intrigas que han conducido hasta allí.
Fortimbrás ordena que Hamlet sea alzado como un soldado, pues cree que, de haber reinado, habría demostrado nobleza. Los cuerpos son retirados al son de una marcha fúnebre. Después, una descarga de cañón resuena sobre Elsinor.
El silencio cae sobre Elsinor, mientras Horacio queda para contar la tragedia.
Guion y voz generados con inteligencia artificial.
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