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Historia para dormir · Clásicos de la literatura

Fausto: el pacto, Margarita y la apuesta por el instante

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Insatisfecho con los límites del saber, Fausto entrega su destino a Mefistófeles a cambio de una experiencia capaz de colmarlo. La seducción de Margarita desencadena una cadena de culpa, muerte y locura que culmina en una cárcel, donde ella rechaza la fuga y recibe la salvación.

La historia en texto

En las alturas, las legiones celestes celebran la armonía de la creación. Rafael contempla el sol, que resuena según su antigua ley entre los astros hermanos. Gabriel habla de la tierra, que gira con velocidad sublime, alternando la claridad del paraíso y la noche profunda. Miguel ve cómo el mar embiste contra las rocas y cómo las tormentas recorren, encadenadas, el mundo entero. Los tres arcángeles reconocen que las obras del Señor conservan el esplendor del primer día.

Pero entre aquellas voces solemnes aparece Mefistófeles. No canta la grandeza de los cielos. Mira hacia abajo, hacia los hombres, y habla de ellos con burla.

—El pequeño dios del mundo sigue siendo tan extraño como al principio —dice—. Emplea la razón que recibió para ser más bestial que cualquier bestia.

El Señor escucha sin indignarse. Conoce el desprecio del espíritu negador y le pregunta si nada encuentra digno en la tierra.

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Mefistófeles responde que la miseria humana le inspira compasión, aunque tanta que ni siquiera desea atormentar a los hombres. Entonces el Señor pronuncia un nombre:

—¿Conoces a Fausto?

—¿El doctor?

—Mi siervo.

Mefistófeles conoce bien al sabio. Sabe que Fausto no se contenta con los bienes comunes. Su espíritu busca lo más alto y lo más lejano; exige a la tierra sus mayores placeres y al cielo sus últimas verdades. Ninguna experiencia basta para calmarlo.

—No os sirve de manera habitual —observa Mefistófeles—. Su comida y su bebida no son terrenales. La agitación lo empuja hacia lo remoto, y él mismo sabe que está medio loco. Pide al cielo sus más hermosas estrellas y a la tierra sus voluptuosidades más extremas; pero nada, ni cercano ni distante, satisface la tempestad de su pecho. El Señor no niega esa inquietud. Fausto se halla aún confundido, pero mientras viva sobre la tierra podrá ser guiado. El hombre yerra mientras aspira.

Entonces Mefistófeles propone la apuesta. Pide permiso para tentar al doctor, para conducirlo por sus propios caminos y apartarlo de su origen. Está seguro de que podrá rebajar sus aspiraciones, atarlo a los placeres y hacer que se arrastre satisfecho.

—¿Qué apostáis? —pregunta—. Todavía habréis de perderlo, si me concedéis licencia para llevarlo poco a poco por mi senda.

El Señor acepta la prueba mientras Fausto viva.

—Puedes apartar a ese espíritu de su fuente —responde— y, si eres capaz, conducirlo hacia abajo. Pero avergüénzate cuando tengas que reconocer que un hombre bueno, incluso en su oscuro impulso, conserva la conciencia del camino recto.

Mefistófeles sonríe. Confía en ganar pronto y reclama de antemano su triunfo. No piensa luchar con grandeza, sino servirse de lo bajo: deseos, fatiga, orgullo, impaciencia. Tratará a Fausto como el gato trata al ratón, haciéndolo correr antes de atraparlo.

El Señor no le cierra el paso. La actividad del hombre se adormece con facilidad, y por eso admite al adversario, al que provoca, niega y obliga a obrar. Después, las alturas vuelven a cerrarse sobre su armonía.

Mefistófeles queda solo un instante. Le agrada conversar con el viejo Señor, dice, y celebra que una figura tan elevada trate al diablo con cortesía.

Abajo, ajeno todavía a la disputa, Fausto vela entre libros. No sabe que su insatisfacción acaba de convertirse en el terreno de una apuesta celestial.

Mientras en lo alto se decidía la apuesta, Fausto velaba sin saberlo en su estrecho gabinete. Inclinado sobre libros ennegrecidos por los años, contemplaba las bóvedas, los instrumentos y los anaqueles que encerraban toda una vida de estudio.

Había profundizado en filosofía, derecho, medicina y, para su pesar, también en teología. Poseía títulos, discípulos y fama de sabio; pero se sentía tan ignorante como al principio. Ninguna ciencia le había revelado qué fuerza mantiene unido al mundo. Ningún libro había satisfecho su deseo de verdad.

—¡Y aquí estoy, pobre insensato, tan sabio como antes! —se lamentó—. Me llaman maestro y doctor, y conduzco a mis alumnos de un lado a otro. Pero comprendo que nada podemos saber.

La confesión lo hirió. No ambicionaba riquezas ni honores: ansiaba penetrar en la esencia de la naturaleza, abandonar las palabras vacías y conocer las fuerzas vivas de la creación. Por eso se había entregado a la magia.

Abrió el libro de un sabio ocultista y contempló el signo del Macrocosmos. Por un instante creyó ver la armonía universal: potencias celestes que ascendían y descendían, entregándose unas a otras los vasos de oro de la existencia. Pero aquella visión no le bastó.

—¡Qué espectáculo! —exclamó—. Pero no es más que un espectáculo. ¿Dónde podré asirte, naturaleza infinita?

Entonces volvió sus ojos hacia el signo del Espíritu de la Tierra. Pronunció las palabras de invocación y una llama rojiza llenó el aposento. El Espíritu apareció, terrible y palpitante.

—¿Quién me llama?

Fausto, estremecido, afirmó ser su igual. Pero el Espíritu lo rechazó:

—Te pareces al espíritu que alcanzas a comprender, no a mí.

Y desapareció. Fausto quedó abatido. Poco después entró Wagner, su ayudante, que había oído la voz y creyó que su maestro declamaba una tragedia griega. Su conversación erudita irritó aún más a Fausto. Cuando Wagner se marchó, el sabio se sintió reducido de nuevo a la estrechez de su cuarto y de su propia existencia.

Entonces reparó en una pequeña redoma. Contenía un veneno preparado tiempo atrás. La tomó como si fuese una copa solemne.

—Te contemplo, licor mortal, y el dolor se aquieta. Con este trago cruzaré, aunque sea a riesgo de la nada, la puerta que los hombres temen atravesar.

Vertió el líquido en una copa y la acercó a los labios.

En ese instante sonaron campanas. A lo lejos, un coro anunciaba la mañana de Pascua y la resurrección de Cristo. Fausto no recobró la fe, pero aquellas voces despertaron recuerdos poderosos: la infancia, las celebraciones, las plegarias escuchadas junto a los suyos, el llanto sencillo y la esperanza de los primeros años.

Bajó lentamente la copa.

—No creo en el mensaje que proclamáis —murmuró—, pero el recuerdo me devuelve a la vida.

El veneno no llegó a sus labios. Las campanas lo habían arrancado de la muerte, aunque no de su desesperación. Cuando amaneció, Fausto seguía vivo; y seguía hambriento de una experiencia capaz de romper los límites del saber y de sí mismo. Al día siguiente, Fausto salió de la ciudad acompañado por Wagner. Era Pascua, y el pueblo se entregaba al bullicio de la fiesta; pero la alegría ajena apenas lograba aliviar su desasosiego. Cuando emprendieron el regreso, un perro negro comenzó a seguirlos. Trazaba círculos cada vez más estrechos a su alrededor, como si una corriente invisible lo arrastrara.

Wagner no vio en él más que un animal extraviado. Fausto, en cambio, creyó percibir una estela de fuego tras sus pasos. Aun así, permitió que lo acompañara hasta su gabinete. Ya en la estancia, Fausto abrió el Nuevo Testamento. Buscaba en sus páginas la revelación que los libros humanos le habían negado, y se detuvo ante el comienzo del Evangelio de Juan: «En el principio era la Palabra». Dudó. La palabra le parecía incapaz de contener el origen de todas las cosas. Probó con «el Sentido», después con «la Fuerza», y finalmente escribió: «En el principio era la Acción».

Entonces el perro se agitó. Gruñó, se hinchó de manera monstruosa y pareció llenar la habitación. Fausto comprendió que aquella criatura ocultaba otra naturaleza. Pronunció fórmulas de conjuro, invocó los signos sagrados y exigió al intruso que mostrase su verdadero rostro.

Entre humo y sombras, el animal desapareció. En su lugar quedó un hombre vestido como un estudiante ambulante, con porte burlón y mirada penetrante.

—¿Así que este era el contenido del perro? —dijo Fausto—. ¿Quién eres?

—Una parte de aquella fuerza que siempre quiere el mal y siempre obra el bien.

Fausto exigió una respuesta más clara.

—Soy el espíritu que siempre niega —declaró el desconocido—. Y con razón, pues todo cuanto nace merece perecer. Sería mejor que nada surgiera. Mi elemento es cuanto llamáis pecado, destrucción y mal.

Su nombre era Mefistófeles.

Fausto advirtió entonces que el visitante no podía abandonar el gabinete. Había entrado sin reparar en el pentagrama dibujado en el umbral, pero una de sus puntas estaba mal trazada: permitía el paso hacia dentro y se lo impedía hacia fuera.

—También el infierno tiene leyes —se burló Fausto.

Mefistófeles no perdió la calma. Llamó a unos espíritus invisibles, que entonaron cantos sobre palacios, jardines y placeres remotos. Fatigado, Fausto cayó dormido bajo el hechizo. Los espíritus royeron el umbral y rompieron el signo que retenía al demonio. Cuando el sabio despertó, se encontró solo y creyó por un instante que todo había sido un sueño.

Pero Mefistófeles regresó poco después, vestido ya con elegancia mundana: jubón rojo, capa de seda y espada al costado. Esta vez invitó a Fausto a abandonar la estrechez del gabinete.

—Deja esa vida que se consume entre pergaminos. Yo te mostraré lo que los hombres desean, temen y gozan. Verás el mundo, no desde la distancia del sabio, sino en el fuego mismo de la experiencia.

Fausto escuchó. Aquel huésped no le ofrecía conocimiento puro, sino movimiento, deseo y exceso. Y precisamente por eso su promesa empezó a abrir una brecha en su desesperación. Mefistófeles había encontrado el punto vulnerable del sabio: su hambre de una vida que ningún libro podía darle. Solo faltaba fijar el precio.

Mefistófeles volvió al gabinete de Fausto vestido como un caballero dispuesto a recorrer el mundo. Ya no hablaba con enigmas ni se ocultaba bajo la figura del perro negro. Se presentó como guía y servidor, y ofreció al sabio cuanto su vida de estudio le había negado: acción, placer, riesgo y conocimiento de los hombres.

Fausto lo escuchó con amarga desconfianza.

—¿Qué puedes darme tú? —preguntó—. ¿Acaso ha saciado alguna vez el espíritu humano aquello que tú posees?

Mefistófeles no prometió paz. Le propuso un intercambio. Mientras vivieran sobre la tierra, serviría a Fausto y obedecería sus deseos. Pero, tras la muerte, los papeles se invertirían, y Fausto quedaría a su servicio.

El sabio no se estremeció ante la amenaza de la otra vida. Su desprecio por la existencia era tan profundo que aceptaba cualquier destino con tal de romper los límites que lo aprisionaban. Sin embargo, impuso una condición que convertía el trato en una apuesta.

—Si alguna vez me tiendo satisfecho en un lecho de ocio; si consigues engañarme con halagos hasta hacerme complaciente conmigo mismo, entonces habré perdido. Y si alguna vez digo a un instante: «¡Detente, eres tan bello!», podrás encadenarme. Entonces consentiré en perecer. Mefistófeles aceptó. Confiaba en que los sentidos, la vanidad o el deseo acabarían venciendo a aquel hombre que se creía insaciable. Fausto, por su parte, no buscaba una felicidad tranquila. Quería lanzarse a la totalidad de la experiencia humana: alcanzar las cimas y hundirse en los abismos, cargar en su pecho el gozo y el dolor de todos, y naufragar con ellos si era necesario.

El demonio pidió que el acuerdo quedara por escrito. Fausto se burló de la cautela legal de un espíritu infernal, pero Mefistófeles insistió. No bastaba una firma ordinaria.

—La sangre es un fluido muy especial —dijo.

Fausto se hizo una incisión y firmó con su propia sangre. El pacto quedó sellado.

Antes de partir, llamó a la puerta un estudiante que deseaba consejo del célebre doctor. Fausto, ya hastiado de la enseñanza, dejó que Mefistófeles ocupara su lugar. Disfrazado con la toga del maestro, el demonio recibió al joven y ridiculizó ante él las facultades universitarias: la lógica que encorseta el pensamiento, la metafísica que pretende explicar lo incomprensible, el derecho que perpetúa leyes heredadas y la teología que se aferra a las palabras. En el álbum del estudiante escribió una sentencia bíblica con intención maliciosa: «Seréis como Dios, conocedores del bien y del mal».

Cuando el muchacho se marchó, confundido y admirado, Mefistófeles se volvió hacia Fausto.

—Ahora salgamos al mundo.

Fausto preguntó cómo emprenderían el viaje. El demonio extendió su capa y le ordenó aferrarse a ella. Un soplo sobrenatural llenó el gabinete. Los dos se elevaron y abandonaron la estancia donde el sabio había consumido tantos años entre libros.

Ya no quedaban tratados ni disputas académicas que lo protegieran. Fausto partía hacia los placeres y peligros de la vida, acompañado por aquel que deseaba probar que hasta su ansia infinita podía ser vencida.

Mefistófeles condujo a Fausto lejos del gabinete, hacia una cocina donde nada obedecía al orden de la razón. Entre vapores, animales grotescos y fórmulas incomprensibles, una bruja preparó el brebaje que debía devolver al sabio el vigor perdido. Fausto contempló en un espejo la imagen de una mujer de belleza ideal y quedó fascinado.

—¿Es posible que exista criatura semejante? —preguntó.

—Bebe —respondió Mefistófeles—. Con esa pócima en el cuerpo, pronto verás una Helena en cada mujer.

Fausto apuró la copa. El fuego del filtro le recorrió las venas; su vejez pareció desprenderse de él como una vestidura inútil. Salió de allí rejuvenecido, impaciente por probar el mundo que hasta entonces solo había estudiado. Poco después, en una calle, se cruzó con una joven que regresaba sola a su casa. Era Margarita, muchacha de familia modesta, recatada y todavía casi una niña. Su sencillez tenía una gracia que ningún artificio podía imitar.

Fausto se acercó con decisión.

—Hermosa señorita, ¿me permitiríais ofreceros mi brazo y acompañaros?

Margarita se apartó sin brusquedad, pero con firmeza.

—No soy señorita ni hermosa, y puedo volver a casa sin compañía.

Hizo una breve reverencia y siguió su camino. Aquella negativa, lejos de contener a Fausto, encendió aún más su deseo. La vio alejarse y se volvió hacia Mefistófeles, que había observado la escena.

—¡Escucha! Tienes que conseguirme a esa muchacha.

—¿A esa? —repuso el demonio—. Viene de confesarse, y el sacerdote no ha encontrado falta alguna que absolver. No tengo poder inmediato sobre un alma tan inocente.

Fausto no aceptó la dificultad.

—Esta misma noche ha de ser mía.

Mefistófeles se burló de su prisa. No podía entregar como una mercancía a una joven honrada que apenas conocía a su pretendiente. Harían falta tiempo, astucia y ocasiones propicias.

—Al menos —exigió Fausto—, llévame a su habitación. Quiero verla en el lugar donde vive. Consígueme un pañuelo, una prenda, cualquier cosa que haya tocado.

—Eso podrá hacerse —concedió Mefistófeles—. Y para que empiece a pensar en ti, habrá que dejarle un regalo.

Mientras tanto, Margarita llegó a su casa recordando al desconocido. Había advertido en su porte algo noble, aunque su atrevimiento la había turbado. Se preguntó quién sería, sin sospechar que Fausto ya la había convertido en objeto de un deseo imperioso.

Cuando cayó la tarde y la casa quedó vacía, Mefistófeles facilitó la entrada de Fausto en el pequeño aposento de la joven. Allí, ante la cama ordenada y los escasos muebles, el deseo del sabio se mezcló por un instante con una emoción más reverente. La pureza de aquel cuarto parecía juzgarlo. Se sentó, imaginó la vida sencilla de Margarita y sintió que su pasión adquiría una fuerza distinta.

Pero Mefistófeles interrumpió aquel recogimiento. Había que marcharse antes de que regresara la muchacha. Sacó entonces un cofrecillo de joyas y lo dejó en el armario.

Fausto abandonó la habitación. Tras él quedaba el primer lazo de la intriga: un tesoro resplandeciente escondido entre las humildes pertenencias de Margarita. Al volver a su cuarto, Margarita cerró la puerta y miró en torno a sí. Todo parecía igual: la cama estrecha, el armario, el pequeño espejo. Sin embargo, al abrir el arcón de sus vestidos, descubrió un cofrecillo que no había dejado allí.

Lo tomó con cautela. Dudó unos instantes y levantó la tapa. Collares, pendientes y brazaletes relucieron ante sus ojos.

—¿Cómo habrá llegado esto aquí? —murmuró—. ¡Y qué cosas tan hermosas!

El temor cedió a la fascinación. Margarita se puso un collar y se acercó al espejo. La muchacha humilde pareció transformarse bajo el brillo de las piedras.

—Si estos pendientes fueran míos... Enseguida parece una otra. ¿De qué sirven la juventud y la belleza, si nadie hace caso de ellas? Al oro se acerca todo el mundo; del oro depende todo.

Pero no se atrevió a ocultar el hallazgo. Se lo mostró a su madre, mujer severa y piadosa, que sospechó en aquellas alhajas una tentación peligrosa. El cofrecillo fue entregado a un sacerdote. La Iglesia aceptó el tesoro sin vacilaciones, y las joyas desaparecieron de la vida de Margarita tan súbitamente como habían entrado en ella. Cuando Mefistófeles comunicó a Fausto el resultado, se burló de la facilidad con que el clérigo había reconocido lo que convenía hacer.

—La Iglesia tiene buen estómago —dijo—. Ha devorado reinos enteros y nunca ha sufrido indigestión. Recibe bienes mal adquiridos y no pregunta demasiado.

Fausto no estaba para sarcasmos.

—Consigue otro regalo. Y que sea más valioso.

Mefistófeles obedeció. Un segundo cofre apareció en el cuarto de Margarita, todavía más rico que el primero. Esta vez, la joven no acudió a su madre. Temiendo perder de nuevo las joyas, fue a confiarse a su vecina Marta Schwerdtlein.

Marta abrió mucho los ojos al contemplarlas.

—No debes enseñárselas a tu madre —aconsejó—. Volvería a entregarlas. Tráelas aquí. Podrás ponértelas poco a poco, en secreto, y salir conmigo cuando haya ocasión.

Margarita aceptó, inquieta pero deslumbrada. Ignoraba quién enviaba aquellos regalos; solo sabía que alguien desconocido pensaba en ella.

Mefistófeles comprendió que Marta podía servir a sus planes. Fue a visitarla y se presentó como un viajero portador de noticias de su marido, ausente desde hacía años. Le aseguró que el hombre había muerto lejos de su hogar.

Marta lamentó la noticia, pero enseguida pidió pruebas: necesitaba un testigo que confirmase la muerte para poder considerarse viuda legítimamente.

—Eso puede arreglarse —respondió Mefistófeles—. Volveré acompañado de un hombre respetable. Si vuestra joven vecina está presente, la conversación será más agradable para todos.

Marta accedió. Margarita acudiría a su jardín, y Fausto sería presentado como testigo. Así, bajo el pretexto de certificar una muerte que ninguno de los dos había presenciado, Mefistófeles preparó el encuentro que Fausto deseaba.

Las joyas habían abierto la puerta que la honradez de Margarita mantenía cerrada. Ahora faltaba llevarla hasta el jardín. Al caer la tarde, el jardín de Marta recibió a los cuatro. La dueña caminaba junto a Mefistófeles, ansiosa por conocer más detalles de aquel marido ausente cuya muerte él había anunciado sin pruebas suficientes. Unos pasos detrás, Fausto y Margarita pudieron hablar sin testigos.

Mefistófeles daba a Marta respuestas ambiguas. Afirmaba que su esposo había muerto lejos, dejando apenas una despedida y no poca culpa; pero, cuando ella preguntaba por documentos, herencia o sepultura, él desviaba la conversación con bromas y galanterías. Marta, entre ofendida y halagada, insistía. Él la entretenía con tanta habilidad que la pareja joven quedaba cada vez más aislada. Margarita avanzaba con modestia, sin comprender qué podía encontrar en ella un hombre como Fausto.

—Sé que el señor solo condesciende a hablar conmigo —dijo—. Soy una muchacha pobre e ignorante. No he viajado ni sé conversar como las grandes damas.

Fausto rechazó aquella humildad. Para él, la inocencia de Margarita valía más que cualquier refinamiento. Le tomó la mano y recordó el breve encuentro en la calle, cuando ella había rehusado su brazo.

—Entonces me pareciste un ángel —confesó—. Desde aquel instante no he podido olvidarte.

Margarita bajó los ojos. También ella lo había recordado, aunque le avergonzaba admitirlo. Habló de su casa y de sus obligaciones: de la madre severa, del padre muerto, de la hermana pequeña a la que había criado hasta verla morir. Contó cómo se levantaba de noche para alimentarla y cómo llevaba sola el peso del hogar. Fausto la escuchaba cautivado; cuanto más sencilla era su historia, más crecía su deseo.

—¿Me reconociste cuando entré en casa de Marta? —preguntó él.

—Enseguida —respondió Margarita—. Y no sé qué vi en vuestra mirada que me dejó sin sosiego.

Fausto arrancó entonces una margarita y se la ofreció. Ella fue deshojándola, pétalo a pétalo, con una sonrisa temerosa.

—Me quiere... no me quiere... me quiere...

El último pétalo confirmó la esperanza. Fausto le tomó ambas manos.

—Sí. Esa flor ha dicho la verdad.

La estrechó y la besó. Margarita se apartó, turbada, pero ya no podía fingir indiferencia.

Al reunirse de nuevo con Marta y Mefistófeles, la muchacha miró al acompañante de Fausto y su alegría se ensombreció. Más tarde, a solas con su amado, se atrevió a decirlo:

—El hombre que va con vos me resulta insoportable. Nunca había sentido tal aversión por nadie. Cuando está cerca, se me oprime el corazón. No parece capaz de amar a criatura alguna.

Fausto intentó tranquilizarla, llamándolo un amigo extraño, áspero, pero útil. Margarita no quedó convencida. En la mirada de Mefistófeles percibía una burla fría, como si nada humano mereciera respeto.

Sin embargo, la atracción entre ella y Fausto ya había sido confesada. Cuando abandonaron el jardín, el obstáculo no era el sentimiento, sino la vigilancia de la madre y la imposibilidad de encontrarse a solas. Mefistófeles, que había observado cuanto ocurría, comprendió que pronto Fausto le pediría un medio para vencer también esa resistencia.

Después de aquella tarde en el jardín, Margarita volvió a encontrarse con Fausto. Lo amaba ya con una entrega que la llenaba de dicha y de temor; pero había una pregunta que no podía acallar.

—Dime, Enrique: ¿qué piensas de la religión?

Fausto quiso apartar el asunto con ternura.

—Déjalo, niña. Sabes que te amo. Por quienes amo daría mi sangre y mi vida. No quiero arrebatar a nadie su fe ni su Iglesia.

Margarita no cedió.

—Eso no basta. Tú respetas los sacramentos, pero no los recibes. Hace mucho que no vas a misa ni te confiesas. ¿Crees en Dios? Fausto rehuyó una respuesta sencilla. Habló del misterio que sostiene el cielo y la tierra, de la emoción que colma el corazón y de lo infinito, imposible de encerrar en un nombre.

—Llámalo felicidad, corazón, amor o Dios. El nombre es sonido y humo; el sentimiento lo es todo.

Margarita escuchó con atención. Aquellas palabras le parecían hermosas y, sin embargo, no disipaban su inquietud.

—Eso se parece a lo que dice el sacerdote —murmuró—, aunque con palabras algo distintas.

Entonces confesó otra preocupación: Mefistófeles le inspiraba un rechazo invencible. En su presencia se sentía incapaz de rezar e incluso de amar a Fausto con libertad. Él procuró tranquilizarla, pero Margarita insistió en que aquel hombre llevaba algo escrito en el rostro: nunca lo había visto reír, y parecía no amar a nadie.

Fausto cortó sus temores con caricias. Pronto la conversación volvió al deseo que los atormentaba. Margarita quería recibirlo, pero su madre dormía poco y podía sorprenderlos.

—Si al menos descansara profundamente una noche…

Fausto le entregó entonces un pequeño frasco.

—Tres gotas en su bebida bastarán para sumirla en un sueño profundo.

La joven tomó el frasco, aunque vaciló.

—¿No le hará daño?

—No —respondió Fausto—. De otro modo, ¿te lo aconsejaría?

Margarita confió en él. Su amor había vencido las reservas que todavía luchaban en su conciencia. Admitió que, al verlo, sentía cómo su voluntad se deshacía: había hecho ya tantas cosas por él que casi nada le quedaba por hacer.

Aquella noche vertió el somnífero en la bebida de su madre. No conocía la fuerza de la preparación ni sabía que Mefistófeles había intervenido en ella. Creía concederle unas horas de sueño para abrirle a Fausto la puerta y entregarse por entero al hombre amado.

La madre bebió y cayó en un sopor del que ya no despertaría. Pero Margarita aún ignoraba la muerte que acababa de entrar en su casa junto con el deseo.

La desgracia que había entrado en casa de Margarita ya no podía permanecer oculta. Mientras ella soportaba en silencio la muerte de su madre y el peso de su relación con Fausto, las murmuraciones crecían por las calles. Su hermano Valentín, soldado orgulloso, regresó y oyó cómo el nombre de la joven, antes pronunciado con respeto, servía ahora de escarnio.

Hasta entonces se había vanagloriado de ella ante sus camaradas. Margarita era para él el honor de la familia. Al conocer su deshonra, aquella misma estima se convirtió en furia. Decidió esperar al hombre que la había seducido y lavar con sangre la afrenta.

Una noche, Fausto volvió a acercarse a la casa acompañado por Mefistófeles. Este llevaba una cítara y entonó bajo la ventana una canción insolente, una burla dirigida a las muchachas que entregaban su amor a escondidas y después quedaban abandonadas.

Valentín salió de las sombras con la espada desnuda.

—¿A quién vienes a ultrajar con esa canción? —gritó.

De un golpe hizo pedazos el instrumento. Luego reconoció a Fausto.

—¡Ahí estás! ¡Por fin te encuentro! Uno de los dos no verá amanecer. Fausto desenvainó. No era diestro en aquella lucha ni estaba libre de temor, pero Mefistófeles se situó a su lado y le habló con frialdad:

—Adelante. Yo pararé sus golpes. Tú ataca cuando te lo ordene.

Las espadas chocaron en la oscuridad. Valentín combatía con la cólera de quien cree defender su nombre; Fausto retrocedía, guiado a cada instante por la voz de su compañero. Mefistófeles desvió la hoja del soldado mediante su poder invisible y gritó:

—¡Ahora!

Fausto lanzó una estocada. El acero penetró en el cuerpo de Valentín, que cayó mortalmente herido.

—¡Huyamos! —dijo Mefistófeles—. Ya se oye gente.

Ambos desaparecieron antes de que los vecinos acudieran con luces. Marta llegó entre los primeros. También Margarita salió de su casa y, al reconocer al hombre tendido en el suelo, se arrodilló junto a él.

—¡Hermano! ¿Quién te ha hecho esto?

Valentín abrió los ojos. La muerte estaba cerca, pero su rencor no se había extinguido.

—No llores por mí —respondió—. Cuando eras honrada, todos hablaban de ti con orgullo. Ahora serás señalada en cada plaza. Ya no entrarás en la iglesia sin que te miren; ya no llevarás cadenas de oro ni te acercarás al altar. Las gentes se apartarán de ti como de una apestada.

Marta intentó acallarlo.

—¡No condenes así a tu hermana en tu última hora!

—¡Calla, alcahueta! —replicó Valentín—. Tú también tienes parte en su vergüenza.

Margarita suplicó de nuevo:

—¡Hermano mío!

Pero él reunió sus últimas fuerzas para herirla con palabras ante todos.

—Lo hecho, hecho está. Tú lo comenzaste en secreto; ahora será público. Que tu deshonra crezca hasta que todos la conozcan.

Después cayó hacia atrás y murió sobre las piedras.

Margarita quedó inmóvil entre los vecinos. Fausto había huido, su madre yacía muerta por el brebaje que ella misma le administró, y ahora su hermano expiraba maldiciéndola. La culpa que hasta entonces había temido en soledad acababa de recibir una voz pública y despiadada.

Después de la muerte de Valentín, las palabras del moribundo quedaron suspendidas sobre Margarita como una sentencia. Los vecinos que habían acudido al ruido ya no veían en ella a la muchacha sencilla que iba a la fuente o rezaba ante la imagen de la Virgen. La señalaban al pasar; las miradas se apartaban con desprecio o se detenían en su vientre, donde crecía el hijo de Fausto.

Pero el juicio de los demás era menos cruel que el suyo propio. Margarita recordaba la bebida que había dado a su madre para facilitar sus encuentros secretos. Fausto le había asegurado que solo produciría un sueño profundo. Sin embargo, su madre no había despertado. A aquella muerte se sumaba ahora la de Valentín, caído por defender el honor familiar. Y Fausto, por quien había sacrificado cuanto poseía, ya no estaba junto a ella.

Buscó refugio en la catedral. Durante el oficio religioso, se arrodilló entre la multitud mientras el órgano llenaba las bóvedas y el coro entonaba el himno del Juicio Final. Quiso rezar, pero una voz sombría se alzó a su espalda. Era el Espíritu Maligno, que convertía cada palabra sagrada en una acusación.

—¿Cómo era tu corazón, Margarita, cuando te acercabas al altar? —le susurró—. ¿Rezas por el alma de tu madre? ¿Y qué sangre hay bajo tu puerta?

Ella intentó atender al canto.

—¡Aparta de mí esos pensamientos!

Pero la voz insistió:

—¿No sientes agitarse bajo tu corazón aquello que no puedes ocultar? Los bienaventurados vuelven el rostro. Los puros te rehúyen. El coro proclamó que nada permanecería escondido, que el juez pediría cuentas de todo. Margarita abrió su libro de oraciones, pero las letras se confundieron ante sus ojos. El aire parecía faltarle; las columnas y los rostros giraban a su alrededor.

—¡Vecina, vuestro frasco! —alcanzó a decir—. Me ahogo.

Y cayó desvanecida en medio del oficio.

Mientras Margarita quedaba sola ante la vergüenza, el embarazo y el peso de sus muertos, Mefistófeles había llevado a Fausto lejos de la ciudad. Lo arrastró a la noche de Walpurgis, a las montañas del Harz, donde brujas, espíritus y figuras grotescas celebraban su tumultuosa fiesta en torno al Brocken. Quería aturdirlo con música, danzas y deseos fugaces; sepultar bajo el estrépito cuanto había sucedido.

—Déjate llevar —le decía—. Aquí no hay madres muertas, ni hermanos vengadores, ni muchachas que reclamen promesas.

Fausto trató de entregarse al torbellino. Bailó entre apariciones y escuchó las burlas de Mefistófeles. Pero, en medio de la multitud, vio una figura pálida y solitaria. Le pareció Margarita, con los pies encadenados y una fina línea roja alrededor del cuello.

—¿Quién es esa? —preguntó, estremecido.

Mefistófeles se apresuró a desdeñar la visión.

—Una imagen sin vida. No la mires. Esas figuras embrujan a quien les presta atención.

Fausto apartó los ojos, pero no pudo borrar la aparición. Comprendió que el placer con que Mefistófeles pretendía distraerlo no destruía las consecuencias de sus actos. Margarita seguía en alguna parte, abandonada a una desgracia que avanzaba sin él; y aquella sombra encadenada anunciaba que su caída aún no había tocado fondo.

La visión contemplada en la noche de Walpurgis no abandonó a Fausto. Aquel rostro pálido, aquellos ojos sin esperanza y la cinta roja que parecía ceñir el cuello de Margarita habían atravesado de pronto el estrépito de la montaña. Poco después conoció la verdad que Mefistófeles le había ocultado.

Margarita estaba presa.

Había dado a luz en la soledad y la deshonra. Abandonada por Fausto, señalada por la ciudad y quebrantada por la culpa, había matado al hijo nacido de ambos. Los jueces la habían condenado, y la ejecución estaba próxima.

Fausto se volvió contra Mefistófeles con una furia que ya no podía contener.

—¡En la miseria! ¡Desesperada! ¡Errante tanto tiempo sobre la tierra y ahora cautiva! Encerrada como una criminal, aguardando espantosos tormentos... ¡Y tú me lo has ocultado!

Mefistófeles recibió las acusaciones sin conmoverse. No negó la desgracia, pero tampoco aceptó cargar con toda la culpa.

—No es la primera —respondió fríamente.

Aquellas palabras encendieron aún más a Fausto.

—¡Perro abominable! —gritó—. ¡Devuélvele su razón, tú que embruteces al hombre y te deleitas después contemplando su ruina! Mefistófeles le recordó entonces aquello que Fausto no quería oír: él también había participado en cada paso de la caída de Margarita. Había deseado poseerla, había aceptado sus servicios y después se había dejado arrastrar lejos de ella. El demonio había abierto caminos, pero Fausto los había recorrido por voluntad propia.

—¿Quién la precipitó a la perdición? —replicó—. ¿Yo o tú?

Fausto no respondió a esa acusación. Ya no buscaba excusas ni quería discutir sobre la culpa. Solo veía a Margarita tras los muros de una prisión, esperando la muerte.

—¡Sálvala! —ordenó—. O caerá sobre ti la más terrible maldición.

Mefistófeles le advirtió que no poseía poder absoluto. Sobre la cárcel pesaba la vigilancia humana; sobre Margarita, una sentencia. Además, Fausto seguía siendo perseguido por la muerte de Valentín. Si regresaba a la ciudad, arriesgaba la libertad y la vida.

Pero Fausto no cedió.

—Llévame hasta ella. Tiene que quedar libre.

Ante aquella decisión, Mefistófeles expuso lo único que podía hacer. Adormecería al carcelero y pondría en manos de Fausto las llaves. Él tendría que entrar, encontrar a Margarita y sacarla de su celda. Después, los caballos encantados los conducirían lejos antes de que amaneciese y se cumpliera la condena.

—Procura que estén dispuestos —dijo Fausto—. No perdamos un instante.

Mefistófeles aceptó. La huida era peligrosa, pero aún posible. Mientras la noche avanzaba, ambos partieron hacia la prisión. Fausto llevaba consigo la urgencia del remordimiento; Mefistófeles, los medios para franquear las puertas. Al otro lado de aquellas puertas, Margarita aguardaba sola, confundida y condenada, sin saber que quien la había abandonado regresaba por fin para intentar arrancarla de la muerte.

Fausto atravesó los corredores de la prisión con las llaves que Mefistófeles había conseguido. Tras una puerta de hierro oyó una voz quebrada, una canción de madre y de reo. Margarita, encadenada sobre la paja, creyó que había llegado el verdugo.

—¡Piedad! —gritó—. Todavía es de noche. Déjame vivir hasta el amanecer.

Fausto abrió la celda y se arrodilló ante ella.

—¡Margarita! Soy yo. He venido a liberarte.

Ella no lo reconoció. Le ofreció el cuello, confundiendo sus manos con las del ejecutor. Fausto pronunció de nuevo su nombre, y aquella voz atravesó por un instante su delirio.

—¡Fausto! —exclamó.

Se abrazó a él. Durante unos momentos renació la muchacha que lo había amado. Fausto rompió sus cadenas y quiso levantarla.

—Ven. La puerta está abierta. Los caballos nos esperan.

Pero Margarita se quedó inmóvil. —¿Tan poco deseas estar conmigo? —preguntó Fausto.

Ella lo miró largamente. Algo había cambiado en él, o acaso era ella quien veía ahora con una claridad terrible.

—¿Eres tú de verdad? ¿Dónde está tu amor? Antes, una palabra tuya bastaba para llevarme contigo. Ahora me abrazas y siento miedo.

Fausto insistió. La noche terminaba; cada instante podía perderlos. Margarita, sin embargo, comenzó a hablar de los muertos. Recordó a su madre, vencida por el narcótico que ella misma le había dado; a Valentín, caído ante su puerta; y al niño que había ahogado.

—He matado a mi madre. He ahogado a mi hijo. ¿No te lo habían dicho?

Después pidió sepulturas: una para su madre, otra para su hermano, otra para ella; y, junto a su pecho, un lugar pequeño para la criatura.

Fausto trató de arrastrarla hacia la salida.

—Si no vienes, moriremos los dos.

—¡No! Tú debes vivir. Yo no puedo huir de lo que he hecho.

Desde el corredor llegó la voz impaciente de Mefistófeles:

—¡Deprisa! Ya clarea. Mis caballos tiemblan. El alba se acerca.

Margarita reconoció aquella presencia antes de verlo. Retrocedió, horrorizada.

—¿Qué surge del suelo? ¡Él! ¡Échalo! En este lugar santo no debe entrar.

Mefistófeles apareció en el umbral y ordenó a Fausto que saliera. Margarita comprendió entonces que ninguna fuga podía devolverle cuanto había destruido. Rechazó la mano de Fausto y alzó el rostro.

—Me entrego al juicio de Dios. Padre, sálvame. Vosotros, ángeles, rodeadme y protegedme. ¡Enrique, me causas horror!

Fausto pronunció su nombre una última vez.

Mefistófeles lo sujetó y sentenció:

—Está condenada.

Pero desde lo alto respondió una voz:

—Está salvada.

Mefistófeles arrastró a Fausto fuera de la celda. Ambos huyeron antes de que llegaran los guardianes. Tras ellos quedó Margarita, aguardando la muerte, separada para siempre de Fausto y arrebatada, en el instante final, al poder del demonio.

Desde el interior de la prisión todavía se oyó su voz:

—¡Enrique! ¡Enrique!

Margarita queda a salvo; Fausto huye con Mefistófeles hacia su incierto destino.

Guion y voz generados con inteligencia artificial.

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