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La hora que se perdía en el taller: un misterio en Núremberg

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En la Núremberg renacentista, Greta ayuda en el taller de su padre y descubre que un reloj portátil pierde tiempo únicamente durante las tardes de invierno. Comparando medidas, examinando su mecanismo y cambiando una sola variable cada vez, convierte una anomalía cotidiana en un hallazgo útil.

La historia en texto

El mercader Konrad Vogel llegó al taller antes de que terminara la tarde y dejó sobre el mostrador el recibo de su encargo.

—Vengo por mi reloj portátil —dijo—. Mañana parto hacia Augsburgo y quisiera llevar la hora conmigo.

Hans, el maestro relojero, abrió el armario de las piezas acabadas. Su hija Greta se adelantó, sacó una cajita de madera y levantó la tapa. Dentro descansaba un reloj redondo, algo más pequeño que una manzana, con una anilla para colgarlo del cinturón.

—Primero debemos comprobarlo —dijo ella.

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Greta dio cuerda al mecanismo y acercó el oído. El escape dejó avanzar las ruedas con un tictac regular. La aguja señaló las cuatro y veinte, exactamente la hora que Hans había ajustado aquella mañana. Entonces sonó el reloj público de Núremberg. Desde la torre llegaron cuatro campanadas, seguidas por la señal del cuarto de hora. Greta contó cada golpe y volvió a mirar la esfera.

—El reloj de la torre marca las cuatro y cuarto —dijo—. El nuestro debería señalar lo mismo, pero se ha retrasado cinco minutos desde el mediodía.

Konrad no protestó. Sacó de su bolsa una tablilla con sus cuentas y anotó la demora del viaje.

—Puedo partir después del desayuno —decidió—. Prefiero un reloj tardío a uno que me engañe durante semanas.

Hans devolvió el recibo al mostrador y cerró la caja.

—La entrega queda aplazada hasta mañana.

Greta comparó la aguja con una línea que ella misma había trazado al probar el reloj por la mañana. La posición confirmaba que nadie había movido la esfera. Después sostuvo la caja en vertical, como se llevaría en el cinturón, y el tictac continuó sin detenerse.

—No parece una parada completa —explicó—. Pierde tiempo poco a poco.

—¿Qué revisarías primero? —preguntó Hans.

Greta pensó en la cuerda, en el muelle y en las pequeñas ruedas ocultas bajo la tapa metálica, pero no quiso desmontarlas sin reunir más datos.

—Mañana lo compararé desde la primera campanada —respondió—. Anotaré cuánto pierde mientras permanece quieto y después comprobaré qué sucede al caminar con él.

Hans asintió y le entregó la llave diminuta del reloj.

—Haz la investigación. Yo no corregiré nada hasta conocer la causa.

Konrad acordó regresar al final de la jornada siguiente. Antes de marcharse, tomó el reloj un instante y lo inclinó como solía hacer al guardarlo en su bolsa. El tictac cambió apenas durante dos latidos y luego recuperó su compás. Greta levantó la vista. —Esa será nuestra primera pista —dijo.

Guardó el reloj en el banco de pruebas, escribió «cinco minutos de retraso» en una hoja y dejó preparada la comparación de la mañana. La entrega se había aplazado, pero la avería ya no era invisible: tenía una medida, una posición y un primer indicio.

A la mañana siguiente, Greta abrió la tapa posterior del reloj mientras Hans preparaba las herramientas del taller. Introdujo la pequeña llave en el eje y la hizo girar con cuidado hasta notar la resistencia del muelle.

—Ya tiene cuerda para toda la jornada —dijo.

Hans comparó las agujas con el reloj grande de la pared y anotó la hora en una hoja: las siete y cuarto. Después dejó el reloj de Konrad extendido sobre un paño, con la esfera hacia arriba.

—Hoy no corregiremos nada —decidió—. Primero averiguaremos cuándo se retrasa. Greta comenzó sus tareas. Barrió las limaduras de latón, llevó dos cajas de resortes al armario y sostuvo una lámpara mientras su padre ajustaba el cierre de un reloj de carruaje. Cada media hora regresaba al banco, comprobaba el reloj portátil y trazaba una raya en la hoja. A las ocho menos cuarto coincidía con el de la pared. A las ocho y cuarto seguía coincidiendo.

Cuando la campana pública dio las nueve, Hans abrió la ventana. Greta contó las nueve campanadas, volvió al banco y examinó la aguja de los minutos.

—Exacta —anunció.

—Entonces no pierde un minuto cada pocas horas —respondió Hans—. Si lo hiciera, ya habría empezado a notarse.

Greta escribió junto a la tercera raya: «Marcha regular en reposo». Luego cerró la tapa del reloj y escuchó su tictac sin levantarlo. El sonido mantuvo un compás parejo.

A media mañana salieron para entregar una caja reparada al impresor de la plaza. Hans guardó el reloj de Konrad en un estuche rígido y lo llevó horizontal dentro de la cesta. En la imprenta, Greta lo comparó con el reloj del mostrador, que acababan de poner en hora con las campanas. Las agujas coincidieron de nuevo.

—Ni siquiera el trayecto lo ha alterado —dijo ella.

—Porque apenas ha cambiado de posición —señaló Hans, colocando el estuche plano otra vez.

De regreso al taller, Greta dejó el reloj sobre el paño y ayudó a ordenar unas facturas. Al oír las primeras campanadas del mediodía, ambos interrumpieron el trabajo. Hans contó en voz baja hasta doce; Greta aguardó la última nota y miró la esfera.

Marcaba exactamente las doce. Hans tomó la hoja y encerró las comprobaciones de la mañana en un mismo círculo.

—Ya podemos descartar un retraso constante —concluyó—. El reloj conserva bien la hora cuando permanece apoyado y casi horizontal.

Greta recordó el cambio de tictac que había oído al inclinarlo la tarde anterior. Dibujó una pequeña flecha junto a su nota y añadió: «Segunda comprobación: probar distintas posiciones».

Después guardaron el reloj sin tocar ningún tornillo. La mañana no había revelado una avería, pero sí algo más útil: durante cinco horas había marchado con precisión, y la pérdida de Konrad debía depender de una circunstancia concreta.

Después de comer, Greta dio cuerda al reloj y comparó sus agujas con el regulador del taller. Ambos marcaban la una y diez. Esta vez no lo dejó sobre la mesa: lo guardó derecho en el bolsillo interior de su delantal, anotó la posición y volvió al banco de trabajo.

A la una y media llegó el señor Vogel, proveedor de muelles. Abrió una caja estrecha y entregó a Hans varios resortes enrollados.

—El frío vuelve quebradizo el acero mal templado —explicó mientras Hans examinaba una espiral con la lupa—. Pero un buen muelle debe conservar su fuerza.

Greta escribió aquella observación al margen. Después llevó las cajas al armario y, al inclinarse para colocarlas, notó cómo el reloj cambiaba de ángulo dentro del bolsillo. Poco después entró una clienta con un reloj de sobremesa que se detenía cada hora. Hans retiró la tapa y encontró polvo entre dos dientes del engranaje. Greta sostuvo la lámpara, limpió la rueda con un pincel y escuchó cómo el mecanismo recuperaba su marcha regular.

—Comprueba el nuestro —dijo Hans cuando terminaron.

Greta sacó el reloj del bolsillo y lo puso junto al regulador. El del taller marcaba las tres menos doce; el pequeño indicaba las tres menos catorce.

—Ha perdido dos minutos —dijo ella.

Hans no corrigió las agujas.

—Déjalo como está. Una sola comparación muestra una diferencia; la siguiente nos dirá si continúa.

Greta lo devolvió al bolsillo en la misma posición. Atendió a dos clientes, cruzó varias veces el taller para buscar herramientas y ayudó al señor Vogel a contar los muelles entregados. Antes de marcharse, el proveedor vio sus anotaciones.

—Apunta también si el taller está frío o caliente —sugirió—. Los metales cambian un poco con la temperatura, y los aceites se espesan cuando hace frío.

Greta acercó el termómetro de pared al cuaderno y registró doce grados. Añadió que la estufa llevaba encendida desde el mediodía y que el reloj había permanecido vertical, salvo al agacharse.

A las cuatro y veinte realizó la segunda comprobación. El regulador mantenía la hora correcta; el reloj del bolsillo señalaba las cuatro y dieciséis.

—Otros dos minutos —anunció Greta—. Cuatro en total desde la una y diez.

Hans leyó la página y señaló las cifras con el lápiz.

—Por la mañana no perdió nada tumbado. Por la tarde pierde tiempo erguido. La temperatura podría influir, pero también ha cambiado la posición.

Greta trazó tres columnas nuevas: hora, posición y temperatura. Luego añadió una cuarta para anotar si caminaba o trabajaba sentada.

—Mañana separaremos las causas —decidió—. Primero probaremos cada posición sin moverlo.

Hans asintió y guardó el reloj, todavía sin corregir, en una caja acolchada. La segunda comprobación ya había transformado una sospecha imprecisa en una pista medible: el retraso aparecía bajo condiciones concretas, y ahora sabían exactamente cuáles debían comparar.

A la mañana siguiente, Greta dejó el cuaderno de pruebas junto al banco y señaló la última línea: cuatro minutos perdidos, siempre durante la tarde y siempre en posición vertical.

—Antes de buscar causas extrañas, descartaremos las sencillas —dijo su padre.

Cerró las contraventanas para que no entrara polvo, extendió un paño claro y abrió la caja del reloj. Greta colocó cada tornillo en un pequeño círculo dibujado sobre el papel, respetando el orden en que salía. Retiraron el puente superior y dejaron a la vista el tren de ruedas. El padre hizo girar suavemente la rueda de centro; las demás respondieron una tras otra, hasta que el escape avanzó con pasos diminutos.

—Ahora contamos —propuso Greta.

Ella marcó cada vuelta con la punta de un palillo mientras su padre iba nombrando los dientes. Repitieron el recuento para evitar errores y anotaron las cifras. Ningún diente faltaba, ninguno estaba doblado y las ruedas engranaban a la distancia correcta.

Después examinaron los pivotes con una lente. Greta hizo rodar cada rueda entre las pinzas y comprobó que sus ejes permanecían rectos.

—Si uno estuviera torcido, rozaría más en cierta posición —explicó él.

—Pero todos giran libres —respondió ella, y trazó una raya junto a aquella posibilidad descartada.

Llegó el turno del muelle real. El padre abrió con cuidado el barrilete y permitió que la fuerza se descargara poco a poco. Greta observó cómo aparecía la espiral de acero, vuelta tras vuelta. No encontraron grietas, dobleces ni zonas adheridas. Lo limpiaron, lo lubricaron apenas y volvieron a alojarlo.

—Un muelle fatigado podría entregar poca fuerza al final de la cuerda —dijo él.

Greta consultó sus notas.

—Pero ayer perdió tiempo antes de llegar a ese punto.

La explicación no encajaba, y ambos la apartaron sin borrarla del cuaderno.

Por último revisaron el escape. Greta sostuvo la lupa mientras su padre movía el áncora. Cada paleta recibía y soltaba los dientes de la rueda de escape con regularidad. Luego montaron el volante, le dieron un impulso leve y escucharon una sucesión pareja de golpes.

—Nada roto, nada deformado y ningún roce evidente —resumió Greta.

Volvieron a montar el mecanismo, dieron cuerda y ajustaron la hora con el reloj del taller. El reloj comenzó a marchar correctamente sobre el banco. Greta cerró la tapa y escribió una conclusión nueva: «El defecto mecánico visible queda descartado». Después añadió debajo: «Siguiente prueba: comparar banco y bolsillo».

Su padre asintió.

—Entonces no basta con saber cómo funciona. Habrá que descubrir qué cambia cuando lo llevas contigo.

Greta guardó el reloj en el bolsillo vertical y anotó la hora exacta de partida. La investigación acababa de reducirse a una pregunta mucho más precisa.

Greta cerró la tapa del reloj, le dio cuerda hasta el punto acordado y comparó sus agujas con las del reloj grande del taller. Después anotó la hora en una hoja: una y cuarto.

—Ahora necesitamos un bolsillo que camine —dijo.

Konrad, el aprendiz, dejó la escobilla con la que limpiaba limaduras y se acercó. Greta le entregó el reloj dentro de una pequeña funda de paño.

—Llévalo bajo la chaqueta, en el bolsillo interior. Haz tus recados como cualquier otra tarde, pero no lo saques ni le des cuerda.

Konrad guardó la pieza junto al chaleco y aceptó el encargo con una inclinación seria. Primero cruzó la plaza para entregar una bisagra reparada al fabricante de cofres. Después llevó una nota al proveedor de aceite fino y recogió una caja de tornillos. En la panadería esperó mientras pesaban un pan para el taller; luego tomó el camino de vuelta, procurando no golpear el bolsillo al caminar.

Mientras tanto, Greta dejó sobre el banco un segundo reloj de marcha fiable. Su padre comprobó ambos registros y señaló la columna de la víspera.

—En una tarde fría, el reloj defectuoso perdía casi nueve minutos —recordó.

—Si hoy pierde lo mismo, el movimiento será la causa —respondió Greta—. Si pierde menos, habrá cambiado alguna condición.

Konrad regresó cuando el reloj grande señalaba las cinco y media. Colocó la caja de tornillos en su sitio, entregó el pan y, por último, sacó la funda de debajo de la chaqueta.

—No lo he abierto —dijo—. Solo he caminado con él.

Greta puso el reloj junto al patrón y alineó las esferas. Su padre contó primero un minuto, luego otro, para evitar una lectura apresurada. La diferencia era pequeña: apenas cuarenta segundos.

—Ayer, sobre el banco, habría perdido varios minutos —dijo él.

Greta tocó la tapa y notó que aún conservaba el calor de Konrad. No abrió la caja de inmediato. Primero escribió el resultado, después midió la temperatura aproximada del taller con el termómetro de pared y anotó también que Konrad lo había llevado bajo dos capas de ropa.

—El bolsillo no ha reparado ningún diente —comentó Konrad.

—Ni ha enderezado un pivote —añadió el padre.

—Entonces ha cambiado otra cosa —concluyó Greta—. El reloj funciona mejor cuando permanece templado.

Para comprobar que el movimiento no se había corregido por casualidad, Greta lo dejó cerrado sobre el banco durante media hora. Al enfriarse, comenzó a perder más deprisa frente al reloj patrón. La diferencia aún era modesta, pero seguía la misma dirección que las observaciones anteriores. Greta trazó una línea bajo sus notas y escribió: «La marcha depende del frío». Aquella frase no resolvía todavía qué pieza se volvía lenta, pero transformaba una sospecha dispersa en la primera pista firme.

Su padre guardó la hoja en el cajón de los trabajos pendientes.

—Mañana buscaremos si esto ya le ocurrió a alguien antes que a nosotros.

Greta dejó el reloj junto al cuaderno de registros. Por primera vez desde que había llegado al taller, el retraso tenía una condición concreta: aparecía en el banco frío y casi desaparecía en un bolsillo abrigado.

Greta no quiso confiar la nueva pista a la memoria. A la mañana siguiente abrió un cuaderno, trazó cuatro columnas y escribió en sus cabeceras: hora, campanadas, lugar del reloj y temperatura aproximada. Junto a la última columna dibujó el termoscopio del taller, un tubo de vidrio cuyo líquido subía con el calor y bajaba con el frío.

—No nos dará grados exactos —explicó el maestro—, pero sí permitirá comparar unas horas con otras.

Greta marcó tres líneas en una tira de papel colocada junto al tubo: templado, fresco y frío. Después dio cuerda al reloj, ajustó sus agujas con las campanadas de la plaza y lo dejó sobre el banco. Cuando sonó el mediodía, anotó que había perdido un minuto y que el líquido estaba cerca de la marca de fresco. Aquella tarde Konrad trasladó el reloj a un estante próximo a la estufa. Greta esperó las campanadas de las cuatro, comparó las agujas y escribió: «Retraso casi nulo; templado». Antes de cerrar el taller, devolvió la pieza al banco más frío y apuntó el cambio de lugar.

Durante los cuatro días siguientes repitieron la prueba sin alterar el mecanismo. Por la mañana, Greta comprobaba el termoscopio y escuchaba la hora pública. A mediodía, Konrad cambiaba el reloj de sitio. Al anochecer, ambos sumaban los minutos perdidos. El maestro insistió en que le diesen cuerda siempre a la misma hora, pues una prueba solo servía si cambiaba una condición cada vez.

El tercer día llegó un aire más frío, y el líquido descendió hasta la marca inferior. El reloj, que había permanecido junto a la ventana, perdió casi cuatro minutos entre dos series de campanadas. Greta lo llevó después al estante templado; durante el mismo intervalo, apenas perdió uno.

—Ya no parece casualidad —dijo Konrad.

—Aún falta ordenar los datos —respondió ella, pasando la página.

Greta copió todas las observaciones en filas y agrupó las que compartían una temperatura semejante. Las pruebas templadas mostraban retrasos pequeños; las frescas, retrasos mayores; y las frías, los más claros. Incluso separó las horas en que Konrad había llevado el reloj bajo el chaleco: encajaban con el grupo templado.

El maestro revisó la tabla con una regla y señaló una fila dudosa. Greta descubrió que aquel día habían dado cuerda al reloj más tarde, así que la tachó sin intentar hacerla encajar. Al retirar ese dato, la relación quedó más limpia.

—Cuando baja la temperatura, aumenta la pérdida —leyó Greta.

El maestro asintió, pero cerró el cuaderno antes de que desmontaran nada.

—Ahora sabemos cuándo aparece el defecto. Mañana buscaremos qué pieza se resiste con el frío.

Greta guardó el cuaderno junto al reloj. La investigación ya no dependía de una impresión: tenía varios días de medidas, una comparación repetida y una pista escrita con tinta firme. Greta dejó el cuaderno de invierno junto al termoscopio y señaló la última columna.

—Hoy el taller está casi tan frío como el día de mayor retraso.

Su padre asintió, retiró la tapa posterior del reloj y sujetó el mecanismo en un soporte. Después dio cuerda solo lo necesario y acercó la lámpara para que ambos vieran trabajar el escape.

—Ya sabemos cuándo aparece el defecto —dijo—. Ahora debemos averiguar dónde.

Greta siguió el movimiento desde el barrilete hasta las ruedas del tren. Los dientes se entregaban el impulso unos a otros, pero una de las ruedas avanzaba con una vacilación leve. No se detenía; simplemente parecía gastar más esfuerzo que las demás. Su padre paró el mecanismo y rozó cada rueda con una varilla fina de boj. Una giró libremente. Otra dio varias vueltas. La siguiente se detuvo antes de lo esperado.

—Esa se resiste —dijo Greta.

Repitieron la prueba para no confundir una casualidad con una pista. Greta movió la rueda una vez, luego otra, y contó sus giros. Su padre comprobó que los pivotes no estaban doblados y examinó con la lente los pequeños orificios donde se apoyaban.

—No veo suciedad suficiente para frenarla —explicó—, ni tampoco un diente dañado.

Greta recordó una anotación del cuaderno.

—En las tardes templadas también retrasaba, pero mucho menos. Quizá el apoyo cambia con el frío.

El relojero tomó dos agujas limpias. Con una recogió una cantidad diminuta del aceite que lubricaba el pivote resistente. Con la otra preparó una gota igual del mismo frasco y la templó entre sus dedos cerrados. Después inclinó ambas agujas sobre una plaquita de metal.

La gota fría apenas avanzó. La templada se deslizó antes y dejó una línea más fina.

—El aceite no se ha convertido en cera —aclaró su padre—, pero al enfriarse aumenta su viscosidad. Fluye peor y ofrece más resistencia.

Greta acercó la plaquita a la ventana fría y vio que la gota templada iba perdiendo movilidad. Luego la devolvió junto a la lámpara, sin aproximarla demasiado, y comprobó que volvía a correr con mayor facilidad.

—Entonces el frío no frena todas las ruedas por igual —concluyó—. Se nota más en esta, porque sus pivotes ya encuentran demasiada resistencia.

Su padre limpió el exceso de aceite de uno de los apoyos, aplicó una porción menor y montó de nuevo el puente. La rueda giró más libremente, aunque todavía no tanto como debía.

—Hemos encontrado una causa importante —dijo—, pero no conviene dar el caso por cerrado con una sola prueba.

Greta anotó: «Rueda resistente; aceite frío, menos fluido; mejora al reducir la cantidad». Después dibujó el lugar exacto de los pivotes y cerró el cuaderno.

El reloj volvió a latir sobre la mesa. Aún necesitaba una comparación definitiva, pero aquella tarde fría había dejado una respuesta clara: el retraso nacía, al menos en parte, en dos apoyos pequeños donde el aceite se espesaba y la rueda perdía libertad. Greta colocó sobre la mesa los dos mecanismos que su padre había preparado. Procedían del mismo taller, tenían ruedas semejantes y habían sido limpiados aquella mañana. Para distinguirlos, ella ató un hilo azul al primero y uno gris al segundo.

—Si queremos una comparación justa, solo cambiaremos el aceite —dijo su padre.

Greta tomó la aceitera de punta fina. En los pivotes del mecanismo azul dejó la cantidad que solía emplearse antes de descubrir la rueda resistente. En el gris puso apenas una gota diminuta, y luego la repartió con una aguja limpia hasta que formó una película muy fina. Después dio cuerda a ambos relojes por igual y comprobó sus marchas junto al reloj regulador del taller. Durante media hora, los dos avanzaron casi al mismo paso. Greta anotó cada comprobación en el cuaderno de invierno y trazó dos columnas: «azul, aceite abundante» y «gris, aceite mínimo». Su padre cerró las cajas y las llevó a la repisa exterior protegida, donde el aire frío podía alcanzarlas sin mojarlas.

—Ahora no tocamos nada —indicó él—. Dejaremos que el frío haga la única diferencia.

Esperaron dentro mientras reparaban una hebilla de reloj y ordenaban varios muelles. Al cabo de una hora, Greta salió con el reloj regulador bien guardado en el bolsillo interior. Recogió los mecanismos y los puso uno junto al otro sobre la mesa. Los dos seguían funcionando, pero el azul marcaba casi cuatro minutos menos; el gris apenas se había apartado de la referencia.

Greta repitió la prueba para descartar una casualidad. Intercambió las posiciones en la repisa, dio la misma cuerda a ambos y anotó la temperatura que señalaba el termómetro de pared. Mientras transcurría la segunda hora, su padre no corrigió ninguna rueda ni abrió ninguna caja.

Cuando regresaron los relojes al taller, el resultado se repitió. El mecanismo azul volvía a retrasarse más. Greta acercó una lente al pivote de su rueda más delicada y movió el volante con suavidad. El aceite espeso frenaba el movimiento; en el mecanismo gris, la película fina permitía que el pivote oscilara con regularidad.

—Entonces no era el frío por sí solo —concluyó Greta—. Era lo que el frío hacía con demasiado aceite.

—Exactamente —respondió su padre—. El lubricante ayuda, pero una cantidad excesiva se convierte en resistencia cuando baja la temperatura. Greta unió con una línea las cifras de las dos pruebas y escribió debajo: «Mismo mecanismo, mismo frío, distinta lubricación». La relación había quedado demostrada. Su padre guardó los dos relojes sin alterar sus ajustes, porque al día siguiente llevarían las notas y los mecanismos al maestro relojero. Él decidiría cómo convertir aquella comprobación en una corrección precisa y duradera.

El maestro relojero llegó después de comer, se quitó los guantes y leyó las cifras que Greta había anotado durante las dos pruebas. Luego acercó ambos mecanismos a la lámpara y movió con cuidado sus ruedas de escape.

—La comparación está bien hecha —dijo—. Ahora falta convertir la explicación en una reparación.

Greta colocó el reloj atrasado sobre la mesa. Su padre abrió la caja, y el maestro señaló los pivotes donde los ejes descansaban en diminutos orificios.

—El aceite viejo no debe mezclarse con el nuevo. Primero hay que limpiar.

Greta humedeció una fina varilla de madera y retiró el lubricante espeso sin rozar los dientes. Cambió la punta varias veces, hasta que el maestro examinó cada apoyo con la lupa y asintió. Después, el padre de Greta montó de nuevo el mecanismo. Ella tomó el aceitador, pero esta vez dejó en su extremo una cantidad casi invisible.

—¿Tan poco? —preguntó.

—Tan poco como para reducir el roce —respondió el maestro—, pero no tanto como para frenar el movimiento cuando llegue el frío.

Greta tocó cada punto indicado y retiró una gota que había quedado demasiado grande. Su padre dio cuerda al muelle; el volante comenzó a oscilar y el escape repartió los impulsos con un tic-tac regular.

El maestro escuchó varias vueltas y corrigió ligeramente la raqueta que regulaba la longitud útil de la espiral. Luego comparó el reloj con el de referencia.

—Ahora no buscamos que acierte durante un minuto —explicó—. Debe mantener la marcha durante toda una tarde.

Llevaron el reloj hasta la ventana del taller, donde el aire era más frío que junto a la estufa. Greta anotó la hora inicial y dejó a su lado el segundo reloj. Cada media hora regresó, leyó ambas esferas y añadió una nueva línea al cuaderno. La primera comparación no mostró diferencia. La segunda tampoco. En la tercera, las agujas seguían avanzando juntas.

Al caer la tarde, el padre encendió la lámpara y Greta hizo la última comprobación. El reloj de referencia dio seis campanadas. Un instante después, el reparado hizo sonar también seis golpes claros y bien espaciados.

Greta revisó sus anotaciones y sumó las diferencias.

—Ya no pierde los minutos que perdía ayer.

El maestro cerró la caja, aunque todavía no apretó el último tornillo.

—La causa era el exceso de lubricante, y la corrección ha funcionado —concluyó—. Mañana podremos guardar la hora con confianza.

Greta escribió al pie de la página: «Pivotes limpios, película mínima, marcha estable en frío». Después dejó el reloj junto al de referencia, listo para la comprobación final de la mañana. El mercader regresó al taller poco antes de que acabara la tarde. Se quitó los guantes, saludó al maestro y dejó sobre el mostrador el recibo de la entrega aplazada.

—¿Habéis descubierto por qué se retrasaba con el frío? —preguntó.

Greta colocó ante él el reloj y los dos registros de marcha. En uno figuraban las horas pasadas cerca del hogar; en el otro, las comprobaciones junto a la ventana.

—Primero creímos que el aceite se espesaba —explicó—. Pero el reloj gemelo siguió funcionando en las mismas condiciones. Eso nos indicó que el frío no era la causa completa, sino una pista.

Su padre abrió la caja y señaló la rueda que habían corregido.

—Este pivote tenía suciedad antigua y demasiado lubricante. Al bajar la temperatura, aumentaba la resistencia. El muelle entregaba su fuerza, pero una parte se perdía antes de llegar al escape.

El mercader inclinó la cabeza mientras Greta hacía oscilar suavemente el volante. El mecanismo respondió con un tic regular. Después, ella comparó la aguja de los minutos con el reloj del taller: ambos marcaban la misma hora.

—Lo probamos en el bolsillo, sobre la mesa y junto a la ventana —añadió Greta—. También repetimos la prueba después de la corrección del maestro. Desde entonces no ha perdido una campanada.

El maestro cerró la tapa y devolvió el reloj al mercader.

—En invierno, mantenedlo seco y evitad dejarlo toda la noche junto a un cristal helado. Traedlo para limpieza antes de que el aceite envejezca; no esperéis a que vuelva a retrasarse.

El hombre guardó el reloj en el bolsillo interior y dio unos pasos por el taller. Luego lo sacó, escuchó su marcha y sonrió.

—Ahora comprendo por qué la entrega tuvo que esperar —dijo—. No me llevo solo la hora correcta, sino la razón de que pueda conservarla.

Cuando el mercader se marchó, el padre abrió el cuaderno del taller. Copió las temperaturas aproximadas, las posiciones de prueba y la diferencia entre ambos relojes. Después dejó la pluma a Greta.

Ella añadió una última línea: «La resistencia aparecía en frío porque el pivote sucio y el exceso de aceite frenaban la rueda; limpieza, lubricación mínima y ajuste devolvieron una marcha estable».

El maestro leyó la nota y escribió al margen: «Comprobado dos veces».

Los tres guardaron las herramientas, cubrieron el banco y dieron cuerda al reloj de pared. Al sonar la hora, ninguna campanada llegó tarde.

Greta cerró el cuaderno y su padre lo colocó junto a los registros antiguos. Desde aquella tarde, los inviernos del taller quedaron mejor comprendidos, y la hora permaneció bien guardada en los relojes y en sus páginas.

El pequeño reloj siguió latiendo con calma mientras el taller descansaba.

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